Camarón de la Isla

Camarón de la Isla –
La Leyenda del Tiempo

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La revolución musical que supuso el lanzamiento de La Leyenda del Tiempo y la oposición de la gran mayoría del mundo flamenco no eclipsan la calidad de las canciones, la valía de los intérpretes y su originalidad. Perfecto punto de partida para adentrarse en el género e irlo recorriendo hacia delante, pero también hacia atrás.

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No hay duda al respecto. Rosalía y Niño de Elche nunca hubieran podido marcar el ritmo de sus combinatorias si Ricardo Pachón, Raimundo Amador, Tomatito, Kiko Veneno y Camarón de la Isla no se hubieran enfrentado al tradicionalismo impuesto por la comunidad flamenca en 1979. Porque algunos músicos habían osado previamente derribar las columnas, pero cuando lo hicieron los artistas más grandes del género estábamos hablando de algo imperdonable. Los seguidores, en su mayoría gitanos, se dividieron en dos facciones: los que consideraban el trabajo una aberración y los tristemente escasos que veían que una música tan anclada en el pasado, tan maltratada por las discográficas (hoy día es casi imposible rastrear las grabaciones de Manolo Caracol o de El Niño de Ronda), tenía que afrontar un resurgir aproximándose a las nuevas tendencias y ampliar su público.

Una ruptura total

La inclusión de un conjunto de rock completo, atendiendo a las armonías y cadencias andaluzas, percusión brasileña, entre palmas, bulerías y tangos, e incluso un sitar, fue el hachazo determinante en la rectitud de los palos. Ahí reside uno de los principales fundamentos de La Leyenda del Tiempo.

Desde que Manuel de Falla y Federico García Lorca unificaran en 1922 las bases estilísticas del flamenco, los artistas habían convenido atrincherarse en una directriz tradicional, cuyos valores no debían ser alterados. Los distintos palos determinaban una estructura rítmica y una procedencia. Para hacerse una idea de esta inmovilidad sólo hay que pararse a pensar en la inclusión de la rumba flamenca como un palo menor o en las acusaciones a artistas ajenos a la comunidad andaluza de apropiación cultural (cuando Estados Unidos ya se había hecho eco décadas antes del género. Poderoso caballero es Don Dinero).

Granada, Triana, y en un año tan precoz como 1970, el guitarrista americano Joe Beck con la colaboración de Sabicas (Encuentro con el Rock), ya pretendieron establecer un nuevo género al combinar la intrincada métrica del flamenco con el rock progresivo y el jazz. Esto era tolerable, porque en ningún caso se trataba de flamenco, y la etiqueta ‘rock andaluz’ pareció contentar a todo el mundo. Sin embargo, en 1975, Lole y Manuel lanzaron al mercado un disco de folk que incluía guitarras eléctricas, bajo y teclados, y se trataba claramente de una grabación flamenca. La ofensa fue mayor un año más tarde, cuando Paco de Lucía lanzó su Almoraima, recibiendo amplias críticas por parte de la comunidad gitana.

Fotografía: Mario Pacheco

Intérpretes de primera línea

Las letras extraídas de la obra teatral de Federico García Lorca Así que pasen cinco años (autor al que pertenecen la gran mayoría de los textos) encuentran una nueva e hipnótica vía de expresión, ideada por el genial productor y compositor Ricardo Pachón.

Sin embargo, la inclusión de un conjunto de rock completo, atendiendo a las armonías y cadencias andaluzas, percusión brasileña, entre palmas, bulerías y tangos, e incluso un sitar, fue el hachazo determinante en la rectitud de los palos. Los integrantes del grupo Alameda, Manolo (teclados) y Rafael Marinelli (piano), Pepe Roca (guitarra eléctrica) y Manolo Rosa (bajo eléctrico), hacen su aparición desde el momento cero en la fantástica “La Leyenda del Tiempo”, uno de los mejores ejemplos de lo que se dio en llamar ‘nuevo flamenco’. Estableciendo una burbuja progresiva e incluso psicodélica sobre la marea de palmeros, conviven un solo de teclado y otro de guitarra flamenca. Las letras extraídas de la obra teatral de Federico García Lorca Así que pasen cinco años (autor al que pertenecen la gran mayoría de los textos) encuentran una nueva e hipnótica vía de expresión, ideada por el genial productor y compositor Ricardo Pachón.

No contentos con esta supuesta herejía, los músicos se destapan con la rumba del ya por entonces repudiado por el sector más clasista Kiko Veneno: “Volando Voy”, probablemente el corte más reproducido del álbum que incluye un set de percusión bajo las manos del brasileño Rubem Dantas y el cubano Tito Duarte, proporcionando a Camarón un ambiente festivo que hoy día frecuenta piscinas y discotecas. Además de un breve solo de bajo y otro de guitarra eléctrica, el músico de jazz Jorge Pardo incluye una intervención de la flauta muy poco canónica.

También hay espacio para temas más tradicionales como el desolador “Romance del Amargo” o “Mi niña se fue a la mar”, donde las letras de Lorca exploran sus temas favoritos: el amor y la muerte. O la bulería “Viejo Mundo”, basada en textos del poeta persa del siglo XI Omar Jayam. Otros como “Bahía de Cádiz” plantean una dote bastante doctrinaria, pero permiten la adhesión de teclados y bajo realizando un papel similar al de las guitarras flamencas. La interesante versión jazzística de “La Tarara” propone un reto a Pachón, que consigue crear un estilo prácticamente nuevo que serviría de apoyo a la fusión posterior y que, del mismo modo, funciona como una especie de estándar andaluz.

Brumas de experimentación

Conviene recordar que este trabajo no fue el primero en trasgredir las pétreas leyes del flamenco, pero sí fue la marca de un antes y un después en su historia. Es momento de reivindicar La Leyenda del Tiempo no sólo como una revolución en sí, sino como atractivo para que oyentes de todas las generaciones rescaten lo viejo y lo nuevo.

Pero la joya de la corona, al menos en lo que a extravagancia se refiere, es la “Nana del Caballo Grande”, un poema en tono elegíaco rasgado por Camarón, extraído de la obra de teatro Bodas de Sangre, de Lorca, en la que las guitarras son suplantadas por un instrumento indio, el sitar, tocado por Gualberto Garcia, miembro de la banda pionera de rock andaluz Smash. El resultado es comparable al de “Tomorrow Never Knows”, que cierra el legendario Revolver (1966) de los Beatles, aunque la oscuridad que rodea al texto, especialmente teniendo en cuenta que se trata de un recitativo para niños, engloba perfectamente el sentir trágico del poeta y la esencia florida y doliente de su obra.

Conviene recordar que este trabajo no fue el primero en trasgredir las pétreas leyes del flamenco, pero sí fue la marca de un antes y un después en su historia. Hoy día vemos con naturalidad la intrusión del jazz o incluso el heavy metal (como en el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick) en las melodías populares andaluzas. Sin embargo, dado que esto no siempre fue así y que el género mantiene su pasado en las sombras de los sótanos editoriales, es momento de reivindicarlo no sólo como una revolución en sí, sino como atractivo para que oyentes de todas las generaciones rescaten lo viejo y lo nuevo, una de las principales motivaciones del mítico grupo liderado por Camarón para lanzarse a las brumas de la experimentación.

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