Ty Segall

Ty Segall –
First Taste

Un año y medio después del extenso y multidisciplinar Freedom’s Goblin (y tras seguir alimentando varios de sus proyectos paralelos), Ty Segall regresa mostrándose más centrado de lo habitual con un álbum de clara vocación experimental en el que intentará retarse a sí mismo desde la construcción y composición de las canciones, llevando su imaginación de manera indisimulada por su vertiente más raruna y divertida.


Si hay algo que Ty nos ha querido dejar claro durante sus más de diez años haciendo música es que nunca es suficiente. Da igual que al acabar el año haya publicado tres o cuatro trabajos con otros tantos proyectos diferentes, uno puede comer las uvas tranquilo sabiendo que una de las pocas certezas que ofrece la vida es que a lo largo del año entrante otro disco de Ty Segall será publicado.

2018 acabó siendo un ejercicio especialmente ajetreado para el californiano: un extenso doble álbum, la continuación de su asociación con White Fence (traducida en otro disco de estudio), un LP de versiones de algunos de sus clásicos favoritos, el segundo álbum de los punkarras GØGGS, ese collage lo-fi llamado Orange Rainbow publicado bajo el pseudónimo ‘Lag el Sty’ y el lanzamiento de un EP y un LP con The CIA, la banda ad-hoc que montó con su esposa –Denée Segall– para la ocasión. Lo cierto es que de aquella inagotable sucesión de trabajos apenas merecían más de un par de escuchas el muy notable Freedom’s Goblin y, en menor medida, el resultón segundo disco de GØGGS. Y, aunque normalmente los álbumes de estudio que Ty publica bajo su propio nombre mantienen un buen nivel cualitativo, no creo que fueran pocos los fans que, al llegar 2019, sentían que el de Palo Alto debía centrarse un poco. No obstante, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, justo cuando el ritmo frenético de producción se incrementa demasiado haciendo prever que Ty dará un paso en falso en su carrera en solitario, el rubio regresa por donde no le esperábamos con un álbum especialmente trabajado.

0% guitarras, 100% Ty Segall

Si otras veces las ideas geniales se cazaban al vuelo tratando de ejecutarlas cuanto antes con su guitarra, lo que First Taste nos ofrece es un Ty Segall que ha madurado y paladeado bien cada uno de sus planteamientos, intentando superar sus propias limitaciones al abandonar esa guitarra sin la que es difícil imaginarle.

Si otras veces las ideas geniales se cazaban al vuelo tratando de ejecutarlas cuanto antes con su guitarra, lo que First Taste nos ofrece es un Ty Segall que ha madurado y paladeado bien cada uno de sus planteamientos, intentando superar sus propias limitaciones. La primera y más evidente se encuentra en el apartado instrumental, abandonando esa guitarra sin la que es difícil imaginarle sobre un escenario. Tras el homenaje a dicho instrumento que fue Freedom’s Goblin, donde trataba de exprimir al máximo las sonoridades rock (garage, funk-rock, heavy, no wave, jazz-punk, psych-pop, folk-rock, glam…), Ty –como él mismo admitió cuando le entrevistamos— empezó a sentirse algo bloqueado.

La solución la ha encontrado en dejar la guitarra en su funda y componer e interpretar las canciones de First Taste recurriendo a instrumentos nuevos para él como el koto, la mandolina o el buzuki, además de algunos teclados, sintetizadores antiguos y juguetes varios. Y es aquí donde quizá podamos entender por qué Segall ha titulado así su enésimo álbum. Una década de experiencia le ha otorgado la confianza necesaria para hacer lo que le dé la gana. Que nadie dé ya nada por sentado. First Taste es toda una declaración de lo libre que se siente Segall para retarse a sí mismo y seguir su olfato experimental aunque esto signifique enfrentarse a lo desconocido.

Fotografía: Denée Segall

Enfrentarse a lo desconocido

Ty Segall ha compuesto e interpretado las canciones de First Taste recurriendo a instrumentos nuevos para él como el koto, la mandolina o el buzuki, además de algunos teclados, sintetizadores antiguos y juguetes varios. Y es aquí donde quizá podamos entender por qué el californiano ha titulado así su enésimo álbum.

Taste” arranca con la guitarra el buzuki rezumando fuzz. Un trallazo que nos hará acordarnos de Emotional Mugger (2016) por las texturas rugosas y sus letras abstractas, pero que parecen querer desarrollar una intrincada historia. Mucho menos críptica se presenta “Whatever”, en la que Segall consigue integrar con acierto el disonante saxo de Cronin en su experimento, acrecentando lo inquietante de unos versos que nos hablan de un amor esclavo y enfermizo: Just tell me, “Lay up on the floor” / So that I can do it some more / I’ll be whatever you want me to be”.

En el extremo más brillante del disco tenemos “Ice Plant”, una de las pocas baladas de la discografía del norteamericano. Una pieza minimalista en la que Ty se apoya exclusivamente en los oníricos coros de su banda para plasmar sobre el vinilo un recurrente sueño de su infancia. En esa peculiar batalla entre luces y sombras que tiene lugar a lo largo de First Taste vuelven a ganar las melodías destellantes en piezas como la manipulatoresca The Arms”, toda una cima dentro del disco en la que las cuerdas del buzuki se entrelazan magistralmente con la electricidad del koto para conseguir una psicodelia aún más oriental. En una línea parecida se mueve “Radio”, nuevamente con un buen trato de las texturas y la percusión desde la producción, en la que nuestro estajanovista favorito nos advierte –no sin cierta ironía– sobre la falsa ilusión de libertad con la que la sociedad envuelve ciertos productos de nuestro tiempo como las redes sociales.

No puedo cerrar esta crítica sin destacar debidamente el trabajo en la percusión, uno de los ingredientes maestros de la mezcla, capaz de crear una sensación envolvente gracias al uso de dos baterías en la grabación, una en cada cada canal: Ty sonando en tu orejita izquierda y su inseparable Charles Moothart haciendo lo propio en la derecha. Aunque las baterías juegan un rol preponderante durante todo el LP, su protagonismo resulta especialmente reseñable entre los fieros compases de “The Fall”, haciendo aún más afilado el garage del californiano. 

Experimentación à la Ty Segall

Es la actitud extravagante y juguetona que impregna el disco la que justifica gran parte del acierto que constituye First Taste, presentándonos a un Ty Segall que ha comprendido que es en la apuesta por esa vanguardia que no se toma demasiado en serio a sí misma donde su música gana enteros en calidad y diversión al tiempo que se multiplican las posibilidades de su universo sonoro.

Otro de los puntos álgidos del álbum se alcanza en la experimental “I Worship the Dog”, un post-punk que hace gala del retorcido absurdismo en el que tan bien se desempeña la mente de Segall. Es precisamente esta actitud extravagante y juguetona que impregna el disco la que justifica gran parte del acierto que constituye First Taste. La polirrítmica “Self Esteem” refrenda esta idea, presentándonos a un Ty Segall que ha comprendido que es en la apuesta por esa vanguardia que no se toma demasiado en serio a sí misma donde su música gana enteros en calidad y diversión al tiempo que se multiplican las posibilidades de su universo sonoro. 

Pero, al final, acaso por los pocos aires de importancia que él mismo se concede o por el perfeccionamiento de una fórmula desarrollada durante años, lo cierto es que nada en First Taste suena impostado, fuera de lugar ni a otra cosa que no sea Ty Segall. Ésta puede ser la mejor noticia que nos deja un disco que, si bien no contiene ninguna de la doce mejores canciones de su autor, conforma un todo mucho mayor que la suma de sus partes. El propio Ty parece consciente de esto y se permite brindar por ello en “I Sing Them”, celebrando la certificación de un sello personal tan reconocible como imperecedero:

“I sing them
I sing my song so I am free
I sing them
I sing my song and sound like me”

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