Stef Chura

Stef Chura –
Midnight

Dos años después de aterrizar en la escena lo-fi rock, la cantante de Míchigan regresa con Midnight, un álbum tan versátil y nostálgico como el anterior, pero con una estructura más organizada y una lírica más trabajada. Con el apoyo de su amigo Will Toledo como productor, Chura explora un lenguaje rock a medio camino entre el punk hecho en casa y el pop más ácido que consigue traducir la sensibilidad de los noventa para el mundo millennial.


El año 2017 marcó el principio de la era Trump y de una nueva revolución cultural entre los jóvenes americanos, con una actitud menos esperanzada pero mucho más independiente que las de décadas anteriores. Era y sigue siendo el peor de los tiempos, pero quizá también el mejor momento para grabar tu primer álbum desde cero, de Bandcamp a la eternidad, de las influencias del post-punk y el rock alternativo clásico a una nostalgia nueva por un pasado sin futuro. Con ánimo de reinventar la música de guitarras desde un espíritu más cínico que romántico, algunos pioneros del nuevo lo-fi relataron la same old shit de épocas anteriores, vaciada de su aura de alcohol y rascacielos y empapada de una cotidianidad de extrarradio tan descarnada que te oprimía los ganglios con sólo escucharla. 

La voz desgarrada de su generación

Chura basa su música en la experiencia personal y encuentra inspiración tanto en el alt-rock de finales del siglo pasado como en el imaginario cultural teenager desde los ochenta hasta hoy.

Así es como se siente la música de Stef Chura, cuya experiencia personal es el hueso roto de una inspiración que mira tanto al alt-rock de finales del siglo pasado como al imaginario cultural teenager desde los ochenta hasta hoy. Su primer álbum, Messes, publicado en enero de aquel año, era un conjuro contra la angustia de los veintitantos a base de un rock tan frío como visceral salido de los garajes de Detroit. Aunque el sentimiento predominante en ese primer álbum era la tristeza existencial ante la entrada en la edad adulta, Chura supo diseccionar esa emoción en canciones que iban del punk-pop chillón y delirante (“Faded Heart”, “Spotted Gold”) al rock más denso e intimista plagado de símbolos e historias contadas a través de flashes (“Thin”, “Speeding Ticket”). La suma de su aparente simplicidad melódica, su intensidad lírica y su facilidad para jugar entre varios géneros le valió a Chura, de la mano de Pitchfork y otros colegas, la ansiada distinción como otra de las voces de su generación.

Dos años después, la de Míchigan agudiza su técnica con Midnight. Producido por su amigo Will Toledo, álter ego de Car Seat Headrest, este último trabajo está a medio camino entre un álbum conceptual sobre las relaciones tóxicas y una playlist autobiográfica con temas de distinta duración y tempo. Al igual que el anterior, este nuevo elepé mantiene una esencia rock distorsionada y la narración de una antiheroína del medio oeste que sueña con romper con el pasado sin marcharse muy lejos de casa. En este sentido, Chura sigue siendo fiel al rock melódico ácido de Liz Phair y Alanis Morissette, con la peculiaridad de una voz aguda y raspada, ese timbre resacoso y líquido que de primeras puede dejarte frío pero que crea una conexión tan fuerte con su música que acaba por ser tan catártico como reconfortante.

Fotografía: Chloe Sells

Transformación y dobles juegos

Este segundo álbum conserva la esencia rock distorsionada y la narración de una antiheroína del medio oeste con voz raspada y reconfortante.

Si hay una trama conceptual detrás de Midnight, tal vez sea la de la transformación continua, el tránsito constante entre varios puntos opuestos y las cosas que nunca son lo que parecen. En “All I Do is Lie”, nuestra primera impresión sobre el carácter manipulador de la narradora nos descubre una sumisión casi compulsiva: 

“All I do is lie
Horizontal in your bed, I am
Repeating everything you said I am”

Aunque, finalmente, las letras giran en torno a la construcción de una mentira seguida de la revelación implacable de la verdad, que sucede durante la progresión violenta del estribillo. Por su parte, “Scream”, que ya es el tema más popular de Chura en Spotify, contiene todos los elementos clave de la música de Chura: un ritmo ágil desde las primeras estrofas, un estribillo simple a base de vibratos agudos, solos de guitarra interminables y una lírica desconcertante donde continúa el juego de opuestos:

“I’m selected
I’m selective
You can see it
It’s protected
And you know me
But I’m lonely
Yes, I’m lonely
If only you could hear me”

En contra de toda la fantasía misógina adolescente que evoca el título, desde el cine de terror mainstream hasta el porno amateur, Chura propone el grito como denuncia contra silencio que asumen las mujeres en sus relaciones.

La rabia como hilo conductor

Stef Chura describe una serie de escenas y personajes con una mezcla entre precisión y frialdad emocional, reinventando el discurso tradicional de la canción romántica.

Esta rabia que Chura describe sobre todo a nivel físico, acaba siendo el hilo conductor del álbum. En temas como “Method Man” o “3D Girl”, en clave punk garajero, Chura expresa la necesidad urgente de tomar el control de su cuerpo como un acto de violencia contra quienes lo ponen en duda. Todas las escenas y personajes se dibujan con una mezcla entre precisión y frialdad emocional. Paisajes muy concretos como el de “Trumbull” se convierten en metáforas del aislamiento y la incomprensión, al hilo de una melodía dulce de teclado y guitarra.

En otros casos, el discurso tradicional de la canción romántica se muestra más seco y cotidiano que de costumbre. En esta línea estarían “Love Song”, una breve, repetitiva y pegadiza digresión sobre su incapacidad para escribir una canción de amor, y “Eyes Without a Face”, una especie de balada garajera con ecos surrealistas, medio estribillo en un francés que apenas se entiende y una línea instrumental que se esconde tras la potente pista vocal.

Pero, pese a su variedad rítmica, puede que la fuerza del disco se concentre en dos de los temas más densos y experimentales. Por un lado “Degrees”, una secuencia lenta de líneas breves que fluyen lentamente por medio de aliteraciones y oscuras metáforas hasta eclosionar en un estribillo que puede aludir a un espectro sensorial, térmico o etílico: 

“Dark as it’s been
Thicker than sin
It don’t change the circumstance
Even for a glimpse
[…]
Off into winter
Feed me that splinter
Burn back at me
Reciprocating one million
Degrees”

Mantener la esencia a través de nuevos escenarios

Chura consigue destilar la rabia de los nuevos tiempos en formatos distintos que ella conecta a través de una voz muy personal y un estilo interpretativo con múltiples influencias. Esa es la rebeldía de quien ha sido invisible y acaba siendo, casi por inercia, camaleónico.

Por último, llama la atención esa joya llamada “Sweet Sweet Midnight” a dúo con Will Toledo, con sintetizadores en el puente y un outro frenético (I wasn’t moving / I wasn’t moving, oh, moving…”) que recuerda a varios clásicos de los Car Seat. La voz de Toledo, tan nasal y ahogada como la de Chura, crea una inquietante narrativa espejo que reformula el clásico tema del doble con una visión fluida de la identidad y el deseo sexual (una constante temática en el indie-rock millennial). Este tema es probablemente la síntesis de todo el álbum, donde la medianoche se presenta como un punto de no retorno: la transformación es irreversible, pero la dulzura del momento está en darse cuenta de que puedes adoptar cualquier forma de un momento a otro. 

Este segundo álbum no sólo prueba una vez más que la unión hace la fuerza, especialmente cuando se juntan dos cerebros post-adolescentes herederos del post-punk y de la poesía modernista, sino que transformarse implica, en muchas ocasiones, mantener la esencia a través de nuevos escenarios. Lejos de ser un disco memorable y a pesar de varias piezas monótonas o excesivamente largas, Chura consigue destilar la rabia de los nuevos tiempos en formatos distintos que ella conecta a través de una voz muy personal y un estilo interpretativo con múltiples influencias. Esa es la rebeldía de quien ha sido invisible y acaba siendo, casi por inercia, camaleónico.

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