Tyler, the Creator

Tyler, the Creator –
IGOR

Detrás de un personaje y lejos de la vulnerabilidad de Flower Boy (2017), Tyler, the Creator ofrece su disco más despampanante y accesible, un híbrido complejo entre el cosmic jazz urbano de Solange, el góspel de Kanye West, sus producciones clásicas de pop-rap junto a Pharrell Williams y su propia y mutante evolución.


Diez años de la trayectoria de uno de los artistas más destacados y camaleónicos de su generación deberían bastarnos para colegir los avatares de su personalidad artística. Pero Tyler Gregory Okonma parece estar jugando siempre al despiste. Consigo mismo, con su música y con nosotros. ¿Y si el despiste, la finta, es su principal característica? Pues tampoco tanto. A través de todo su catálogo de proyectos, desde la época en la que compartía focos con Frank Ocean, Earl Sweatshirt y The Internet en ese colectivo filosofal alquímico que fue Odd Future hasta este último IGOR, Tyler, The Creator ha ido evolucionando, probando una faceta distinta de sí e incorporando ciertos elementos de cada personificación a su aprendizaje, estableciendo una línea que, en el fondo, muestra cierta coherencia y se aleja de cualquier atisbo de aleatoriedad.

Un camaleón disfrazado de avispa

Si en Flower Boy ofrecía su particular disección del hip-hop en términos puramente soul, funk e intensificando su calor psicodélico y su devoción por el sonido californiano, ahora vemos un disco de hip-hop que realmente no lo es, o que lo esconde muy bien, y en el que el soul se ha puesto por delante junto a la melodía.

Si al principio de su carrera en solitario podía presumir de ser quizá el responsable de hacer perdurar el repertorio más grave, oscuro, malrollero y densote de Odd Future, ahora esa oscuridad repta entre algunas de las bases vestida de soul y jazz (miren “NEW MAGIC WAND” o “WHAT’S GOOD”, en la que aparece Slowthai), dos géneros que en el fondo también le pertenecen por derecho al colectivo en los tiempos modernos. Si más tarde Tyler se apegaba a la experimentación y a incluir con cierta locura elementos discordantes, no hay más que verle ahora volcado al menos en lo estructural (y seguramente muy influenciado por su trabajo junto a Solange, que ha participado en IGOR del mismo modo que Tyler participó produciendo varias secciones de esa fantasía de abstracción que es When I Get Home), en esas sorpresas de la sección rítmica, las disrupciones instrumentales, los momentos de colapso y resaca, las baterías secantes que casi cortan… No sería muy raro, de hecho, que “A BOY IS A GUN” se colase en algún momento entre “Down With the Clique” y “My Skin My Logo”. 

La catedral del soul

El resultado es el esfuerzo más (digamos) pop de Tyler, the Creator, su intento de entrar definitivamente en un mainstream que merece y que se le resiste pese a haber ido configurando con los años y los discos una personalidad como artista casi de culto.

Si en Flower Boy (2017) ofrecía su particular disección del hip-hop en términos puramente soul, funk e intensificando su calor psicodélico y su devoción por el sonido californiano, ahora vemos un disco de hip-hop que realmente no lo es, o que lo esconde muy bien, y en el que el soul se ha puesto por delante junto a la melodía, un poco en la línea de mucha música puramente urbana americana, que se ha decidido hacer fuerte como género gracias a una mezcla, vaya, del hip-hop con el soul.

La sensación con Flower Boy, de hecho, es en parte de inversión al establecer una comparación que tiene tanto sentido como de pronto deja de tenerlo: Los colaboradores de aquel aportaban el cuerpo melódico, ponían las canciones y los momentos más easy-going, reforzaban la parte amable del disco y lo convertían en un esfuerzo de soul mientras Tyler manejaba todo con ese flow ingrávido suyo. Pero en IGOR es, contra todo pronóstico, al revés. Aunque Tyler sigue manejando, esta vez mucho más que nunca, es él mismo quien se encarga del peso melódico y de las armonías mientras que las colaboraciones aportan las partes más rapeadas, se ‘limitan’ a coros o asisten a la producción, como es el caso de, especialmente, Kanye West y Pharrell Williams, a los que parece homenajear junto a Solange (y por ende un excelso espectro que discurre desde Sun Ra y George Clinton hasta Thundercat y Flying Lotus) en todo el trabajo, de una manera casi atmosférica y contextual. Rezumando sin apestar.

Fotografía: Nicholas Hunt (Getty Images)

“All songs written, produced and arranged by Tyler Okonma”

Tyler se ha rodeado de algunos de los mejores colaboradores que podía desear, amigos y personajes de su círculo cercano que además están muy conectados de algún modo tanto con el pop como con la tradición de la música negra en todas sus formas, pero no les ha dado ni más ni menos poder o protagonismo del necesario, contribuyendo todos a recrear sus propios homenajes o afinando la precisión de los disparos.

El resultado, aunque ahora entremos a diseccionar todas estas circunstancias un poco más en profundidad, es el esfuerzo más (digamos) pop de Tyler, the Creator, su intento de entrar definitivamente en un mainstream que merece y que se le resiste pese a haber ido configurando con los años y los discos una personalidad como artista casi de culto. Y también es la prueba de una misión cumplida, debido a que el disco ya ha alcanzado el número 1 en las listas de Estados Unidos y además marcando un hito histórico de esos que poco importan pero que el tiempo recuerda: es el primer disco de rap (si lo podemos considerar un disco de rap, que sí pero no) en llegar al número 1 que está íntegramente compuesto, interpretado, producido y mezclado por la misma persona, el propio Okonma.

Para conseguir esta proeza se ha rodeado de algunos de los mejores colaboradores que podía desear, amigos y personajes de su círculo cercano que además están muy conectados de algún modo tanto con el pop como con la tradición de la música negra en todas sus formas, pero no les ha dado ni más ni menos poder o protagonismo del necesario, contribuyendo todos a recrear sus propios homenajes o afinando la precisión de los disparos cuando Tyler pretende surfear por un género que a priori debería resultarle más hostil, como es el cosmic jazz o pueden ser el abstract soul, el góspel, el funk lento e intensito.

Fotografía: Nicholas Hunt (Getty Images)

Asumiendo todos los riesgos melódicos

Tyler, the Creator se ha querido reservar para él la voz principal, arriesgando su propia piel y cantando sin saber hacerlo. Para apoyar su voz, ha diseñado junto a Kanye West un intrincado tótum de voces digitalizadas y bañadas de efectos que en directo es bastante difícil de reproducir pero que en el disco nos deja ver a un Tyler asumiendo más riesgos que nunca. Y saliendo vencedor.

Pero se ha querido reservar para él la voz principal, arriesgando su propia piel y mostrándose en IGOR de una manera mucho más cercana, más descarnada. Aunque paradójicamente menos real, precisamente por alejarse esta vez bastante de su zona de confort. Sigue en ella, una especie de resort psicodélico eterno y soleado, pero ya no sólo se pasea entre invitados de lujo como Kali Uchis, Frank Ocean o A$AP Rocky, ahora se tira a la piscina y pone las copas. Ahora canta sin saber hacerlo, y para apoyar su voz ha diseñado junto a Kanye West (experto en este punto, hacia un lado o hacia el otro; él también refuerza muchas veces sus estrofas rapeadas con una instrumental colérica y ornamental, con horror vacui, para disimular sus carencias al fraseo) un intrincado tótum de voces digitalizadas y bañadas de efectos que en directo (ya tenemos algunas pruebas) es bastante difícil de reproducir pero que en el disco nos deja ver a un Tyler asumiendo más riesgos que nunca. Y saliendo vencedor.

Entre el soul, el pop-rap y el cosmic jazz

Al final, IGOR puede ser un híbrido entre el cosmic jazz de Solange, el góspel de Kanye y la influencia savoir-faire de Pharrell Williams. Una criatura de Frankenstein, como sugiere un poco el nombre del disco y el hecho de que Tyler se haya creado un personaje para la ocasión después de haberse expuesto mucho más personalmente en Flower Boy.

Con él arranca el disco, en una “IGOR’S THEME” que sirve de conector y enlace de la trayectoria general de Tyler, the Creator con esta nueva faceta, ligando las bases mórbidas con un espíritu eminentemente pop-rap en el fondo y con esos esfuerzos melódicos que alcanzan su máxima expresión pronto, en lo más parecido a un single que tiene IGOREARFQUAKE”. Aquí el rap, por ejemplo, se lo cede Okonma a Playboi Carti mientras él, entre coros de Kali Uchis y Solange, a la que también remiten esos sintetizadores cósmicos y sus arpegios espaciales, se pega su baladón intensísimo en clave de soulful jazz. Es tan increíble que este sea el mismo artista detrás de Goblin (2011) como creíble parece al escuchar (una canción antigua que sirva como previa para este disco y estas bases más angulares y ampulosas).

El count-to-4 propio de Pharrell anuncia “I THINK”, con Solange asumiendo protagonismo y un enorme regusto a las producciones primigenias de Kanye, cerrando el círculo de lo que será el disco, loops espaciales e interludios jazzísticos mediante, como avisa una “RUNNING OUT OF TIME” que perfectamente podría haber aparecido en el último disco de la pequeña Knowles, como delatan los arpegios de sintetizador infinitos, como lo hacen los disparos al aire y la fragmentación de las canciones. Los mismos elementos se repiten en “PUPPET”, en la que de hecho el fraseo recae en ye, en “WHAT’S GOOD” o en “I DON’T LOVE YOU ANYMORE”, de nuevo protegida por Solange, demostrando que al final IGOR puede ser un híbrido entre el cosmic jazz de ella, el góspel de Kanye y la influencia savoir-faire de Pharrell. Una criatura de Frankenstein, como sugiere un poco el nombre del disco y el hecho de que Tyler se haya creado un personaje para la ocasión después de haberse expuesto mucho más personalmente en Flower Boy.

Un escudo de coros magistrales para proteger su voz

“GONE, GONE / THANK YOU” es la canción que mejor encarna todas las virtudes y todos los defectos líricos de IGOR, toda la artificialidad y toda la artificiosidad, todo el calor, toda la delicadeza, su crudeza, su empuje y su fiereza, su carácter experimental, sus rendiciones góspel y sus abstracciones cósmicas, su ambigüedad, su carácter individualista a la vez que colectivo. Su ying rosa y su yang negro.

Así, la magnífica y gigante estructura de coros que se monta en todo el trabajo constituye un escudo más para proteger su voz, mucho más expuesta que nunca. Para redondear el personaje, terminar de vestirlo, Solange, Santigold o hasta La Roux destacan en el lado femenino, pero también están ahí las voces del propio Pharrell en la flamígera “ARE WE STILL FRIENDS?” que cierra el trabajo (y que arranca, qué casualidad, también con un count-to-4), la de Lil Uzi Vert, la de Cee Lo Green, la de Slowthai o la de Anthony Evans.

Y de algún modo todo colisiona en la colosal “GONE, GONE / THANK YOU”, seguramente la canción más grande y definitoria de todo el trabajo, la que mejor encarna todas sus virtudes y todos sus defectos líricos, toda la artificialidad y toda la artificiosidad, todo el calor, toda la delicadeza, su crudeza, su empuje y su fiereza, su carácter experimental, sus rendiciones góspel y sus abstracciones cósmicas, su ambigüedad, su carácter individualista a la vez que colectivo. Su ying rosa y su yang negro.

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