Crónica y mejores conciertos del Mad Cool Festival 2019

Pese a la menor entrada y las dudas que había suscitado el cartel, lo visto sobre el escenario refrendó, una vez más, la reputación del festival



La canícula amortajaba los cuerpos de las más de 45.000 almas congregadas en la gran cita musical del verano en la capital. Con más de 38 grados de temperatura, las puertas del recinto de Valdebebas se abrieron para dar paso a cuatro días ininterrumpidos de música en directo. Aunque el número de entradas vendidas no superó la mitad de las del año pasado, las ganas de ver a los artistas nacionales e internacionales más potentes del momento y de los últimos cuarenta años no aminoraron entre las personas allí reunidas. 

Existía este año cierto recelo, primero al no haber vendido todas las entradas por culpa de un cartel que se quedó algo cojo bastante pronto, y segundo por ver cómo funcionaba la nueva ‘Welcome Party’. Cada uno puede extraer sus propias lecturas, pero la verdad es que la afluencia en este novedoso primer día tuvo cierto éxito gracias al reclamo del momento, que no es otro que la omnipresente Rosalía. El efecto se notó tras su concierto, programado en el cénit de la jornada, y dejando algo vendidos luego a Lykke Li y Bring Me the Horizon. No obstante, la fiesta inaugural tuvo sus momentos y valió para servirnos grandes shows como los que dieron Don Broco y, sobre todo, Metronomy. 

Aunque el número de entradas vendidas no superó la mitad de las del año pasado, las ganas de ver a los artistas nacionales e internacionales más potentes del momento y de los últimos cuarenta años no aminoraron entre las personas reunidas para disfrutar del Mad Cool Festival 2019.

El festival oficial, aquel al que se accedía con el abono de rigor, salvó los muebles a pesar del line-up que tanto aletargamiento había provocado. Los cabezas de cartel cumplieron e incluso superaron las expectativas, ya que, en líneas generales, los artistas respondieron por la vía de la sorpresa en lugar de por el de la decepción. Cabe destacar las actuaciones de peces gordos de renombre actual como Robyn, Vampire Weekend o Jon Hopkins, y de auténticos revivals como los que nos ofrecieron Iggy Pop o Johnny Marr. Nombres que en un principio no alientan las ganas de pagar un precio tan exigente como el Mad Cool, pero cuyo bagaje y talento a la hora de enfrentarse a un escenario despejan las dudas y siguen acrecentando la credibilidad de un festival que, pese al desliz en el aforo de este año, continúa creciendo y haciéndose hueco entre los más importantes del continente.

The Cure, la sombra más alargada de todas

Fue, de largo, la aparición más esperada de todo el festival, que se tradujo consecuentemente en el concierto más multitudinario de esta edición. Poco antes de las siete de la tarde del sábado ya se empezaba a ver una tenue pero incesante procesión de gente con camisetas de los de Crawley acercándose al escenario principal, dispuestos a guardar las mejores posiciones para ver a sus ídolos. Una larga espera que mereció la pena cuando, pasadas las 23:20 de la noche, “Plainsong” lo envolvió todo, arrebatando lágrimas y escalofríos de entre las masas que se agolpaban frente al Mad Cool Stage. Excelentemente hilada con “Pictures of You”, las dos primeras acometidas sirvieron para rendir homenaje y reproducir así el inicio de Disintegration (1989), disco que está de aniversario este año y que ha contado con bastante peso en esta gira. 

La irrupción en escena de Robert Smith suscitó cuchicheos entre los curiosos y algún que otro fan, pero pronto quedaron acallados debido al despliegue técnico, con una voz y sonido espectaculares, al igual que el aguante y aplomo demostrado al abarcar más de dos horas de concierto a un nivel altísimo. The Cure realizaron un repaso a su extensa discografía y respondieron con creces a su condición de leyendas.

La irrupción en escena de Robert Smith suscitó cuchicheos entre los curiosos y algún que otro fan debido a su aspecto físico, pero pronto quedaron acallados debido al despliegue técnico, con una voz y sonido espectaculares, al igual que el aguante y aplomo demostrado al abarcar más de dos horas de concierto a un nivel altísimo. La banda realizó un repaso a su extensa discografía, combinando con maestría los temas más desconocidos con hits como “In Between Days”, “Just Like Heaven” o “A Forest”, el cual cerró la primera parte del concierto, previa a una de las mayores catarsis que ha vivido el festival en su corta existencia. 

Tras un parón, el grupo regresó para cerrar con una media hora final donde concentró sus temas más icónicos, llevando al éxtasis a sus seguidores y convenciendo hasta a los escépticos y de estímulo fácil. A saber: “Lullaby”, “The Caterpillar”, “The Walk”, “Friday I’m In Love”, “Close to Me”, “Why Can’t I Be You” y “Boys Don’t Cry” se encargaron de poner patas arriba el recinto y justificar a la vez el precio de la entrada, el calor de la aglomeración y los años de devoción hacia una carrera difícil de igualar. Respondieron con creces a su condición de leyendas.

Fotografía: Andrés Iglesias

The National, o cómo estar en casa. En la suya

Al margen de The Cure, era el grupo que más expectación suscitaba. No se puede decir que sean una banda de culto, ya que la estela de fans es considerable, pero su música sí que requiere cierto prisma para ser apreciada, y, de primeras, puede no ser entendida, más aún con su último disco a la cabeza. Desde el principio, todo desborda: La voz de Matt Berninger, acorde a su planta y apariencia de caballero, pero luego difuminada (gracias a Dios) por una locura inusitada, extendiendo aún más la magia. Los hermanos Dressner, gemelos como ellos solos en apariencia y en virtuosismo, creadores en gran parte de todo esto y sostén principal de esta familia, que somos ellos y nosotros. Los hermanos Devenford, el esqueleto de la maravilla que vivimos el viernes, y de la que se vive cada pocos días en cualquier lugar del mundo, el bajo y la batería que mantienen el latido constante. Y ellas. Mina Tindle, Gail Ann Dorsey y, por primera vez en esta gira, Lisa Hannigan se erigieron como protagonistas del directo, así como lo son de la joya que es I Am Easy to Find, un último disco que es mucho más que eso. Una experiencia de una profundidad difícil de explicar.

Fotografía: Andrés Iglesias

Bon Iver, a quien nunca se debe cuestionar

En Justin recaía todo el peso del jueves, tras quedar erigido como el único cabeza de cartel, y con el recelo que inevitablemente se derivaba de su introspectiva discografía y de las voces que hablaban decepciones de sus últimos conciertos con Big Red Machine. Qué equivocación. Con un show preparado al detalle, él en el centro rodeado de su cacharrería, la banda en la aureola exterior y un juego de luces apabullante, fue el concierto de la noche.

Con un show preparado al detalle, Justin Vernon en el centro rodeado de su cacharrería, la banda en la aureola exterior y un juego de luces apabullante, el despliegue de Bon Iver fue una experiencia que trasciende la mitomanía y las exigencias con pedigrí. Sublime.

Una de las cosas más fascinantes de la música es cuando un artista mejora en directo su discografía de estudio, y eso es exactamente lo que sucedió el jueves. Justin Vernon se adueñó de sus canciones como suele hacer, modelándolas a su antojo y transformando su complejidad en algo accesible para todos, pero con una clase admirable. El apartado electrónico aportó el extra justo de bajos necesario, y sus hits siguieron sonando entre las ondas tan reconocibles y evocadores como siempre. Bastaba con mirar alrededor para darse cuenta de que uno estaba viendo algo importante. Quizá faltó alguna canción imprescindible como “re:stacks”, pero el despliegue del de Wisconsin fue una experiencia que trasciende la mitomanía y las exigencias con pedigrí. Sublime. 

Fotografía: Andrés Iglesias

Sharon Van Etten, la auténtica reina del festival

Error de bulto programar a esta mujer a las siete de la tarde del viernes. Se presentó en el escenario con un calor abrasador, pese a las nubes, y sólo presenciamos uno de los mejores conciertos del festival los pocos que pudimos llegar a esa hora. A la apabullante sesión de sonido y entrega hemos de sumar el carisma de Sharon, siempre cercana a su público, haciendo un gran esfuerzo por expresarse en castellano y en todo momento pendiente de su banda y público. El desvío hacia un cariz más electrónico en su último disco se ha traducido en un directo mucho más contundente, donde los graves envuelven unas canciones que con el tiempo serán himnos. 

Dudo que hubiese muchos curiosos entre la escueta afluencia que acudió al concierto, pero ver y sentir a Sharon, una de las mejores voces de la actualidad, acompañar los arrebatos de percusión con el cuerpo y reventarse las cuerdas vocales con cada canción es una experiencia de las que no se olvidan. Mención especial para “Seventeen”, punta de lanza de Remind Me Tomorrow y perfecto lienzo para desplegar virtudes en el escenario. Pueden buscar en YouTube el vídeo de esta canción en Glastonbury, días antes de venirse a Madrid, para ver el paradigma de lo que es dejarse la vida en el escenario. No fue distinto de lo que vivimos los presentes el viernes: una auténtica salvajada.

Mogwai, Mad Cool Fear Satan

Uno de los momentos más grandiosos y especiales de la noche del tercer día fue aquel en el que los asistentes pudimos sentir y vibrar con la que sin duda es una de las mejores canciones de la historia de la música independiente: “Mogwai Fear Satan”. Poco antes de que dieran las diez de la noche, una ensordecedora sucesión de acordes contrajo las almas de los allí congregados. Atrás quedaron las opiniones contradictorias de los que dudaban entre quedarse o mejor acudir a la cita de Jon Hopkins o Parquet Courts (sin duda una decisión difícil de tomar debido al calibre de las tres bandas). Pero nada pudo contra esta meteórica canción de más de quince minutos forjada en las estrellas, publicada hace veintidós años a modo de cierre de aquel clásico inmortal titulado Young Team.

Como una balsa en medio de una tormenta de sonido, Mogwai repartieron cuidados y violencia musical a la par, emplazando a los espíritus allí reunidos a un viaje por cada uno de los momentos más especiales.

Los escoceses sacaron toda la artillería para brillar en un resplandor armónico que seguramente perdurará en la memoria de los asistentes. Una experiencia mesiánica que hizo que en el interludio que antecede a la explosión final todo el mundo guardase silencio en señal de respeto por lo que allí se estaba originando. Como una balsa en medio de una tormenta de sonido, Mogwai repartieron cuidados y violencia musical a la par, emplazando a los espíritus allí reunidos a un viaje por cada uno de los momentos más especiales de sus vidas. Los más rezagados o inexpertos ante la sombra del genio temblaron ante esta cumbre musical interpretada a mitad de concierto que terminó en una exhalación de guitarra seca e indescriptible. Algo muy gordo ha pasado aquí, y no se puede explicar. 

El resto del recital estuvo protagonizado por varias de sus canciones inconfundibles, como “Take Me Somewhere Nice” o “I’m Jim Morrison I’m Dead”, con una coherencia en el repertorio escogido digna de los clásicos. Para el final, la banda optó por “We’re No Here”, extraída de su largo de 2003 Mr. Beast, un tema que les alza una vez más y para siempre como los pioneros de ese género que tanto ha influido a cientos de bandas a lo largo del globo, el post-rock. 

The Chemical Brothers, paz química y después gloria

El dúo formado por Tom Rowlands y Ed Simons desplegó un rotundo muro de sonido basado en hondos beats, ráfagas electrónicas y melodías noventeras. Un ensayo conceptual del drum ‘n’ bass más canónico, acompañado de imágenes entrecortadas y luces estroboscópicas, que produjo la catarsis en un público inconsciente y rabioso, ya en plena madrugada. Tocar a las tres de la noche para los más incautos que decidieron quedarse a pesar del cansancio y del dolor de pies tiene sus recompensas. 

Un camino recorrido con pies de plomo por cada uno de sus temas más clásicos y actuales que destaparon las emociones más ocultas de los asistentes. En su primera media hora primó la paranoia, el desconcierto y la angustia debido al ambiente gris proyectado en las imágenes del fondo del escenario. El show viró hacia lo más luminoso con “Swoon”, una canción eterna, escuchada hace miles de años en algún remoto lugar de la infancia para disfrute de aquellos no familiarizados con su discografía y nacidos en los 90 (como el que escribe), y los colores ambientales cambiaron al verde, azul y amarillo con dos formas humanas fundiéndose en un profundo beso que solo podía inspirar amor. El paraíso perdido al que se refería Milton y que sólo es alcanzable a través de la experiencia inconsciente. 

Gracias a la potencia del equipo de sonido, el ambiente pronto se convirtió en una auténtica rave sinestésica en la que se podía notar las vibraciones de los beats recorriendo cada uno de los órganos de los cuerpos allí congregados. Otro de los puntos fuertes de la noche fue la apoteósica versión de “Temptation”, la pasional composición de New Order, que hizo saltar la emoción hacia los sitios más recónditos de la conciencia.. Para el final, se reservaron los temas más reconocibles de su discografía, como “Hey Boy Hey Girl”, “Galvanize” o “No Geography”, instaurando la paz química sin perdón ni gloria.

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