The Black Keys

The Black Keys –
“Let’s Rock”

El último tigre de Java, el último delfín chino de río, el último gran grupo de Rock. Ocho años después de El Camino, su opus magnum, parece evidente que no ha surgido una banda que tome el relevo guitarrero de los de Ohio a un nivel tan masivo.


You’re the Black Keys, America’s sweethearts”, dice el terapeuta que atiende a Dan y a Patrick en el videoclip de su primer single, “Go”. Y es que más allá de su tremenda discografía, capaz de defenderse por sí sola y aguantar incluso el chaparrón (injustificado, a mi juicio) que les cayó por Turn Blue (2014), uno opina que parte del carácter legendario del dúo se fundamenta en el reconocimiento de todo el mundo de que probablemente sean los últimos de su especie. No los últimos en morir, porque muchos aún siguen y seguirán unos años más dando coletazos con mejor o peor fortuna. Pero sí los últimos rockeros en ser coronados como tales, de manera unánime (y tardía) por crítica y público.

Con dichas credenciales y tras un barbecho necesario por agotamiento (para cuando tocaron en el Primavera Sound de 2015, la tensión era tal que Auerbach y Carney no se hablaban), las reacciones ante el anuncio de un nuevo disco de The Black Keys este mismo año fueron muy variadas. Desde la incredulidad hasta el hype estratosférico, pasando por otros que veían el movimiento con una ceja enarcada, quedó patente que la indiferencia fue la única reacción difícil de encontrar. Extrañamente, tras su publicación las aguas se han calmado y, de hecho, el impacto de uno de los discos más esperados del mundo parece haberse esfumado. Lo cual, para bien o para mal, parece una reacción posterior bastante diferente a la marejada ocasionada por su polémico anterior trabajo.

Retomando El Camino con pies de plomo

“Let’s Rock” es un disco conservador, impregnado de aroma a americana y a AOR, que retoma su blues-rock clásico en la vertiente más accesible con una marcha menos que en Brothers (2010) o El Camino (2011).

Visto en retrospectiva, “Let’s Rock” ha acabado siendo lo que parecía más probable que fuese. Antes de su publicación se podía especular con el rumbo que tomaría el dúo: una inmersión en las turbias aguas de la psicodelia explorada en Turn Blue, un regreso al lo-fi crudo y garajero de sus orígenes, una tercera vía totalmente novedosa apuntando directamente al mainstream… El resultado final no es ninguna de esas tres opciones, sino un disco conservador impregnado de aroma a americana y a AOR, y que retoma su blues-rock clásico en la vertiente más accesible con una marcha menos que en Brothers (2010) o El Camino (2011), los discos que les catapultaron a su actual estatus.

Fotografía: Alysse Gafkjen

Back-to-basics sin complicarse demasiado la vida

Aunque tremendamente fácil y agradable de escuchar, da la impresión de que con el paso del tiempo uno va a acabar olvidándose de “Let’s Rock”. Pese a todo, la clase media de buenos temas que puebla el disco camufla en gran medida esa indolencia y falta de mala leche rockeril que acaba apareciendo con las escuchas.

A ello se le suma la experiencia adquirida por Auerbach como productor de gente muy válida y variada como Shannon Shaw, Yola y Cage The Elephant (y la de Carney con Tennis, Tobias Jesso Jr. y Calvin Johnson, de Beat Happening). Experiencia que se plasma en “Let’s Rock” en su manejo de la producción (nada más hay que ver la inicial Shine a Little Light, con un magnífico uso de los coros), limpia pero menos arriesgada que la de Danger Mouse, su productor desde Magic Potion (2006).

La relación con esas otras bandas y artistas también parece revelarse en ciertas costuras del boogie de Shannon and the Clams (“Eagle Birds”) o en algunos acercamientos al folk campestre de Dee White o el último álbum en solitario de Dan (“Walk Across the Water”).

Lo/Hi es, sin duda y más allá del efecto single, uno de los temas más pegadizos del disco. Aquel que más fácilmente uno se imaginaría siendo la banda sonora de un anuncio de Chevrolet con el Gran Cañón de fondo. Y eso, si se habla de los Black Keys, implica sencillamente que es una de sus mejores canciones. Por su parte, Tell Me Lies es el mejor compendio de este álbum: rock relajado y maduro, aún con músculo y poso bluesero, pero ya despojado de todo rastro lo-fi.

¿Un paso atrás para coger impulso, o para tumbarse en un colchón de billetes?

La sensación que acaba consolidándose es que “Let’s Rock” no es un disco precisamente ambicioso. Más bien parece un ejercicio de probarse a sí mismos, relajar la presión sobre sus cabezas y no arriesgar de nuevo. Es una opción perfectamente válida, aunque podían haber optado por mostrar una versión algo más cruda y acelerada.

En cierta manera se trata de un back-to-basics, matizado por el hecho de que realmente los de Akron nunca se complicaron demasiado la vida. La animada “Get Yourself Together” o “Go”, con la chispa y el riff traqueteante de los clásicos hits de la banda, así lo confirman. Sí es más descarada la faceta de pop deslumbrante de sus melodías, que se desborda en Breaking Down y la creedence-iana Sit Around and Miss You, en parte debido a la importante aportación de las dos únicas colaboradoras externas en este trabajo: las coristas Leisa Hans y Ashley Wilcoxson. En general, la clase media de buenos temas que puebla el disco camufla en gran medida esa indolencia y falta de mala leche rockeril que acaba apareciendo con las escuchas.

Según van pasando los tracks de forma agradable pero casi sin darnos cuenta (Every Little Thing, Under the Gun), la sensación que va consolidándose es que “Let’s Rock” no es un disco precisamente ambicioso. Más bien parece que fuera un ejercicio de probarse a sí mismos, relajar la presión sobre sus cabezas y no arriesgar de nuevo, jugando sus cartas cautelosamente. Es una opción perfectamente válida, aunque puestos a elegirla podían haber optado por mostrar una versión algo más cruda y acelerada, algo más Chulahomesco.

Con un guiño a Twin Peaks (Fire Walk With Me) y de paso uno de los mejores cortes del disco, “Let’s Rock” llega a su fin dejando sensaciones encontradas. Aunque tremendamente fácil y agradable de escuchar, da la impresión de que con el paso del tiempo uno va a tender a olvidarse de él. Falta saber si también lo harán los propios Dan y Patrick, o si por el contrario seguirán reclinándose cada vez más en la mecedora de su porche mientras se congratulan de haber sido los últimos mohicanos del Rock con mayúsculas.

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