Resurrection Fest 2019: Los grandes conciertos

Primera parte de nuestra particular crónica del Resurrection Fest, incluyendo algunos de los conciertos de las bandas con más renombre en el metal actual



Hay una intensidad mayor en la manera en la que se vive el Resurrection Fest que la del resto de los infinitos festivales musicales que se celebran en nuestro país. Un cierto orgullo hardcoreta, metalero e irracional que inunda Viveiro por unos días, como si esta villa gallega fuera el único refugio en el que sus asistentes se pudiesen liberar, al menos musicalmente, durante una semana al año.

Aviso a navegantes: la siguiente crónica es rara, alternativa e incompleta. El que la firma considera, en un alarde de pedantería, que lo verdaderamente mágico del Resu tiende a suceder más en los escenarios pequeños a altas horas de madrugada o bien pronto por la tarde que en el escenario principal, viendo a la banda que más cobra a mucha distancia. Todo esto sirva para justificar el hecho de que aquí no encontrarán narraciones de los conciertos de Slipknot, Parkway Drive, Arch Enemy o Within Temptation. Porque alguien tiene que contar lo otro, ¿no?

Kvelertak: postulándose para encabezar el Resu 2024

Cuando a la tercera canción de Kvelertak su cantante, Ivar Nikolaisen, ya se había tirado al público, vaciado una jarra de cerveza encima y prendido unas enormes llamas en medio del escenario, quedó clara una cosa: Kvelertak tienen tablas para convertirse en futuros cabezas de los grandes festivales de metal de todo el mundo. O eso es lo que ellos se creen, que en estos casos suele ser lo importante. Pancarta enorme de fondo, bandera gigante, tres guitarristas… Lo importante para los noruegos parece ser hacerlo todo a lo grande, haya o no necesidad. Cuando literalmente media banda está volando por encima del público y siguen sonando igual de bien, tú te planteas si realmente les hacen falta tres guitarras, pero ellos no.

En conclusión, un concierto desproporcionado y masivo, mucho mejor que en su última visita a España teloneando a Mastodon. Quizá simplemente Kvelertak pertenezcan a esa rara especie de bandas que se gustan más en escenarios festivaleros y al aire libre, donde pueden dar rienda suelta a toda su artillería.

Fotografía: Javier Bragado

Gojira: cabezas de presente

Personalmente, me reconforta ver a una banda como Gojira encabezando el Resurrection Fest, porque denota un esfuerzo del festival por premiar la solidez y el nombre de una agrupación como la francesa en una escena plagada de dinosaurios. Está claro que Gojira llevan ya dos décadas en esto, con lo que no son ningunos novatos. Y pese a ello les ha costado lo suyo llegar a esa posición de los carteles europeos.

Yendo al grano: los hermanos Duplantier y compañía ofrecieron un espectáculo impecable. Muchísimo fuego, mucho vapor, un setlist sin una sola pega, con hasta cuatro temas de su último y devastador Magma. Quizá, de hecho, se les podría reprochar que fue una actuación excesivamente limpia, aunque reconozco que me cuesta especificar qué me faltó para que alcanzasen el sobresaliente. En cualquier caso, una demostración de fuerza hercúlea por parte de los de Bayona, que finalizó con una épica “Blow Me Away You (Niverse)” de su primer trabajo.

Fotografía: Javier Bragado

Toundra, la niña bonita del Resu

Quizá el encuadre del concierto de Toundra, encajado en el escenario Ritual entre dos malas bestias del Main como Gojira y Slayer, no fuera el más agradecido. Sin embargo, y pese a que posiblemente fueran el grupo del cartel que más veces ha tocado en España en el último lustro, la expectación por recibirles parecía altísima. Y el desenlace no por previsible fue menos meritorio: una lección magistral de post-rock acerado y, a estas alturas no creo que haga falta decirlo, instrumental, de una hora de duración. En su setlist mucho de Vortex, que para eso es el miembro más joven de su discografía, aderezado con “Cielo Negro” y “Ara Caeli”, de su tercer LP, para terminar. La sorpresa adorable del día la puso la aparición en el escenario de los ojipláticos Resukids, que pudieron flipar muy de cerca con los riffs de Maca y Esteban. La verdad es que creo que hablo en nombre de esos chavalines y del 90% del público del Resu si afirmo que Toundra deberían convertirse en los Shellac del Resu.

Fotografía: Javier Bragado

Slayer frente a los elementos

El espectáculo meteorológico de lluvia y rayos que se desplegó en Viveiro minutos antes de la actuación de Slayer, la banda de metal con más solera de esta edición del festival (y de las tres últimas), pareció tan propicia que hizo preguntarse a alguno si no sería parte del show. El ánimo, pese a la tormenta (o debido en parte a ella), estaba tan enardecido que no importó demasiado tener que esperar en torno a cincuenta minutos para ver a Araya y compañía. Con el propio Tom flipando ante el marco que les había regalado la tempestad, comenzó la exhibición.

Pese a no ser un servidor fan de Slayer (ni del thrash en general), es difícil no darse cuenta de la relevancia y el peso casi diría que histórico de la banda. Pero más allá de esa importancia, la presencia de Slayer como cabezas la justifica su estado de forma actual y lo técnicamente sublime de su show. Para cuando se puso a sonar “Repentless”, no había salvación posible. En líneas generales, basta decir que el concierto fue impoluto. Mayoría aplastante de temas clásicos (“Raining Blood”, “Mandatory Suicide” o “Angel of Death” para terminar) aderezados con otros pocos más recientes pero de pegada similar, como “World Painted Blood” o “Hate Worldwide”, todos ellos desgranados por un Tom Araya con muy buena voz, y escoltado por dos malas bestias como Kerry King y Gary Holt. A la batería no se echó de menos a Dave Lombardo, lo cual dice y mucho en favor de su sustituto Paul Bostaph. Tras una hora y cuarto de concierto aproximadamente, Slayer decían adiós definitivo a los escenarios españoles. Como no podía ser de otra manera, todavía entre rayos y fuego.

Fotografía: Javier Bragado

La inm(t)ensidad del océano

Ya había comentado la presencia destacable en el cartel de varias de las bandas más punteras de post-metal europeas. Una de las más esperadas, por rara de ver pese a una trayectoria ya consolidada y plagada de álbumes brillantes, era la de The Ocean. Lo que personalmente no vi venir fue a un Loïc Rossetti volar directamente desde el escenario por encima de mi cabeza dos veces para aterrizar en medio del público.

En resumidas cuentas: una actuación intensa hasta el agotamiento, donde los riffs de los berlineses (especial peso en el setlist de su último álbum, Phanerozoic I: Palaeozoic) servían de telón para el lucimiento de Rosetti. Para el que se quedó con ganas de más (no fuimos pocos), los de Robin Staps, verdadero cerebro de la banda, aprovecharon para contar que estarán en Barcelona y Madrid en noviembre, abriendo para Leprous.

La despedida de Berri Txarrak

Rivalizando con Toundra como la banda estatal más esperada por el respetable de Viveiro estaban Berri Txarrak. Tras sorprender con un set acústico un rato antes de su concierto, quedó patente que la decisión de que tocaran en el segundo escenario en tamaño, en lugar de en la carpa donde encajaban a priori, fue acertada. Lleno absoluto de la explanada frente al Ritual para ver a otros que se han dejado en los últimos años muchas horas en la carretera para llevar su rock allá donde quiera escucharles alguien.

Y como Gorka Urbizu, Galder Izagirre y David González (que repetía tras tocar con Cobra un rato antes) son unos profesionales como la copa de un pino, no dudaron en adaptar su setlist al entorno. Como unos camaleones sobre una de las muchas ikurriñas que se vieron entre el público, Berri se transformaron en una máquina de hacer metal que ni los altos hornos de Bizkaia. Una auténtica catarsis emocional, especialmente intensa para el nutrido público vasco y navarro del festival.

Fotografía: Javier Bragado

Cult of Luna: vencedores por K.O.

No tengo pruebas, pero mucho menos dudas de que el de Cult of Luna fue el mejor concierto de la XIV edición del Resurrection Fest. El derroche fue tan mayúsculo que de las cinco canciones que tocaron, dos pertenecen a un disco que ni siquiera está oficialmente confirmado aún. El arranque de la primera de ellas, “The Silent Man”, fue tan avasallador y magnético que me niego a pensar que tras él ninguno de los presentes fuese capaz de moverse dos metros. 

La perfección sonora de la que hicieron gala los suecos se vio magnificada por uno de los espectáculos de luces más elegantes que uno haya presenciado. Sobrio, sólo blanco primero, verde después (en “Finland”), y rojo más tarde (“Ghost Trail”), es complicado transcribir las sensaciones que ayudaron a catalizar esos focos. Si a eso le sumamos tres guitarras, un bajo, un teclado, dos (!) baterías a pleno rendimiento y un frontman excelso como Johannes Persson, el resultado no puede ser otro que el de matrícula de honor. En conjunto, una bola de demolición sonora y visual que, tras un tema inédito aparentemente llamado “Nightwalkers”, se cerró con “In Awe Of”, para dejar a todo el respetable con la rodilla hincada en el barro.

Fotografía: Javier Bragado

Vestigios de otra época: King Diamond

Que King Diamond no era un “cabeza de cartel de consenso” (como sí lo podía ser, ejem, Alice in Chains) quedó patente al ver la afluencia de público presente ante el escenario principal antes de su concierto. Sin duda, el menos multitudinario de todos los cabezas (y algunos no cabezas). El estatus de leyenda de Kim Bendix Petersen y su longeva carrera le sitúan más cerca de festivales metaleros de corte más clásico que el Resu, pese a que es innegable que es una adición de calidad a cualquier cartel pesado que se precie, y un guiño a los fans más jevis.

Sonando “The Wizard” de Uriah Heep apareció el rey diamante, aparentemente muerto con una tormenta como telón de fondo. Con su banda en un segundo plano descarado, quedó claro desde el minuto uno que ese era su show, y de nadie más. A nivel musical, el danés parece mantener un chorro de voz envidiable, pese a que personalmente esos falsetes operísticos me sonaran un poco anticuados. Y lo siento de verdad, porque sé que es culpa de no haber prestado la suficiente atención a su discografía, pero no acabé de conectar en ningún momento con el teatrillo de King Diamond. Una corista, fingir el degüello de una chica en el escenario, agitar una muñeca hasta matarla (Abigaíl)… En resumen, una serie de escenas destinadas a invocar el satanismo de todos los presentes e infundir pánico en el personal, pero que por vistas o imitadas hasta la saciedad, no podían pretender asustar ni a los Resukids.

Fotografía: Javier Bragado

El broche de Colour Haze

Por eso un servidor optó por trasladarse al Desert Stage. Y es que difícil elegir un cierre mejor para ese escenario en concreto, y para todo el festival en general, que el de Colour Haze. Quizá por ser demasiado tarde para sus horarios alemanes o por algún otro problema logístico, el trío comenzó la prueba de sonido prácticamente a la hora a la que estaba programado su concierto. Esto derivó en un retraso de cuarto de hora, que al final y tras alargarse cinco minutos de más, nadie les pudo reprochar.

Entre medias, una espesa bruma de colores como su propio nombre indica. De colores y de humos cannábicos, para presenciar la construcción nota a nota de cada riff, y su posterior derribo. Así fueron sonando “Aquamaria”, “Tempel”, “Love”…, todas con una estructura similar y desarrollos eternos, que acaban irremediablemente con un headbanging lento pero imparable. Así, al terminar su concierto, me sorprendí a mí mismo apoyado en la valla con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, orándole a esos tres alemanes, al Resurrection Fest o al heavy metal. Toca esperar otro año más para volver a peregrinar a Viveiro.

Fotografía: Javier Bragado

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