Julia Jacklin

Julia Jacklin –
Crushing

En su segundo álbum de estudio, Julia Jacklin explora los matices del folk-rock para hacer frente a la pérdida. El último trabajo de la cantautora de Sydney oscila entre el pop eléctrico y el folk más intimista, con ecos a varios de sus referentes y un impulso experimental propio de su generación.


En los últimos años, el folk se ha convertido en un territorio de exploración para cantautoras jóvenes. Es probable que el alcance del #MeToo haya abierto un espacio a muchas mujeres para traducir la experiencia personal en la ansiedad colectiva y experimentar con los límites de un género que tiene tanto de público como de confesional. Fue en medio de este universo, en la órbita experimental del rock antipodiano, donde entró en escena Julia Jacklin. Tras debutar en 2016 con el valiente y agridulce Don’t Let the Kids Win, la cantautora de Sydney regresó a principios de este año con Crushing, un álbum escrito durante un largo periodo de gira en el que experimentó una ruptura y varios encontronazos con el machismo que perdura en la industria musical. Por ello, el segundo trabajo de la cantautora es un viaje introspectivo que no trata tanto del final del amor como del eterno retorno de este, y del valor que hace falta para encontrar el camino a casa.

Valor para encontrar el camino a casa

El trabajo de la australiana siempre ha estado guiado por la experimentación, en su interés por crear discursos alternativos sobre el desamor o la crisis de los veinte, con canciones tristes que huyen del estribillo cortavenas típico del nu folk hacia una rebeldía muy particular a través de estructuras orgánicas.

A lo largo de diez temas, el álbum recrea la tensión, no siempre reconciliable, entre la voluntad de seguir adelante y el juego vicioso entre la memoria y el deseo. En Crushing, palabra que alude a algo que puede ser tan tierno como demoledor, los dobles sentidos y las continuas referencias a experiencias físicas dirigen la borrosa temporalidad de la historia, atrapada entre el antes y el después de un punto de no retorno.

El propio cuerpo es protagonista de las letras, como un vínculo peligroso con el pasado y, de manera simultánea, la casa familiar donde se debe aprender a vivir por una temporada.

Fotografía: Nick Mckinlay

Un suspiro

Los dobles sentidos y las continuas referencias a experiencias físicas dirigen la borrosa temporalidad de la historia, atrapada entre el antes y el después de un punto de no retorno. Crushing recrea la tensión, no siempre reconciliable, entre la voluntad de seguir adelante y el juego vicioso entre la memoria y el deseo.

Desde el primer tema, “Body”, que narra la huida de una relación problemática, Jacklin pretende volver a apropiarse de un cuerpo que ya no le pertenecía del todo:

“Go your own way
Watch me turn my own head
Eyes on the driver, hands in my lap
Heading to the city to get my body back”

Aunque la canción introduce la actitud irónica y algo desganada que predomina en el álbum, se desmarca del conjunto por su particular gravedad instrumental y vocal. El tempo lento y constante invoca la fuerza femenina del rock alternativo norteamericano de los noventa, con ecos a Regina Spektor y Fiona Apple, al tiempo que la voz de Jacklin, reconocida por su timbre líquido y distorsionado, desciende áspera y mucho más nítida que de costumbre.

La propia artista ha dicho que esta pieza está escrita a la manera de un largo suspiro, como una bocanada de humo apurando el último cigarrillo en alguna estación de servicio mientras, tal y como canta, recuerda que su ex todavía guarda una foto comprometedora de ella que le sacó al principio de la relación. Su tono suena más sereno que resignado hacia el final del outro, al concluir que ni su vida ni su cuerpo son objetos sagrados: I guess it’s just my life/And it’s just my body”.

El amplio espectro del folk-pop como segunda piel

En su conjunto, Crushing es un disco más autónomo que su debut, con una sintonía que oscila entre un rock acústico frío, en la liga de Angel Olsen o Aldous Harding, y un bedroom pop electrificante heredero de las girl bands universitarias que pueblan el imaginario colectivo del indie desde los noventa.

Paradójicamente, Jacklin encuentra en este nuevo álbum fuerza en su vulnerabilidad, entendida como la exposición total al dolor y a los espacios desiertos. El trabajo de la australiana siempre ha estado guiado por la experimentación, en su interés por crear discursos alternativos sobre el desamor o la crisis de los veinte, con canciones tristes que huyen del estribillo cortavenas típico del nu folk hacia una rebeldía muy particular a través de estructuras orgánicas.

Desde su álbum debut, Jacklin ha habitado el amplio espectro del folk-pop como una segunda piel. Crushing no es muy diferente en este sentido, aunque sí algo más libre de influencias clásicas del rock and roll y el country (a expensas de solos tan potentes como los de “Cold Caller” o “Sweet Step”). Quizá por eso, en su conjunto, este sea un disco más autónomo, con una sintonía que oscila entre un rock acústico frío, en la liga de Angel Olsen o Aldous Harding, y un bedroom pop electrificante heredero de las girl bands universitarias que pueblan el imaginario colectivo del indie desde los noventa. 

Ejemplos del primer tipo son temas como “Good Guy”, que suena extrañamente reconfortante, como un audio que grabas para un ex cuando has bebido demasiado, o “Don’t Know How to Keep Loving You”, una balada rock especialmente cruda, en la que Jacklin vuelve a recordar la importancia del cuerpo en la experiencia común de una relación con un inusual vibrato en mitad de la primera estrofa:

“But you know my body now and I know yours
We put so many things between these walls
And every gift you buy me, I know what’s inside
What do I do now? There’s nothing left to find”

En el otro extremo destacan cortes como “Pressure to Party” o “You Were Right”, donde Jacklin adopta la ironía del pop-punk como coraza contra los ataques de autocompasión y rabia: Started listening to your favourite band / The night I stopped listening to you / You were always trying to force my hand / But now I’m listening because I want to”).

En una línea instrumental similar está “Head Alone”, sobre la cuestión del consentimiento en el cuerpo a cuerpo entre hombres y mujeres. Aunque la melodía refrescante desentona a primeras con la seriedad del tema (lejos de la rabia y el desgarro del himno “Boys Will Be Boys”, de su compatriota y amiga Stella Donnelly), también redirige esta carga dramática hacia el puro placer de decidir cuándo y a quién decir “no” (I don’t want to be touched all the time / I raised my body up to be mine”). 

Un instinto compositivo en expansión

Probablemente, a Julia Jacklin no le interesara tanto ahondar en su historia como recorrerla desde fuera, como el paisaje desértico de una road movie, un escenario casi vacío desde el que explorar rutas alternativas hacia nuevas tradiciones del folk y el rock.

Justo en la intersección de ambos caminos está “Turn Me Down”, que arranca como una melodía pop algo ácida y acaba parándose durante unos segundos antes del puente, donde Jacklin repite hasta ocho veces la línea del título, arrastrando poco a poco sus vibratos hacia lo que parece más un aullido, una súplica ante la necesidad de cortar por lo sano. Esta canción es, además, una especie de micro-estructura que refleja la energía fluctuante del álbum y su descenso hacia la terrible aceptación de una pérdida.

Hablo en particular del último tema, “Comfort”. Con una línea instrumental tan depurada que a ratos parece casi cantado a capela, es un doloroso juego de intercambio de papeles, donde Jacklin se descubre lamentando una ruptura que ella misma provocó: 

“I can’t be the one to hold you when I was the one
Who left”

Estas dos últimas líneas expresan lo que más me gusta de este álbum, esa idea de que no hay realmente finales felices o tristes sino tal vez solamente finales abiertos. Hace tiempo leí que las pausas en mitad de algunas canciones, como la del penúltimo tema de este álbum, son un fenómeno raro que puede leerse como un instante donde caben todas las posibilidades narrativas que se te ocurran; puedes elegir entre volver atrás o seguir adelante, o simplemente buscar otro camino. Y quizá por eso Crushing no es un disco que nos llegue directo, ya que, probablemente, a Julia Jacklin no le interesara tanto ahondar en su historia como recorrerla desde fuera, como el paisaje desértico de una road movie, un escenario casi vacío desde el que explorar rutas alternativas hacia nuevas tradiciones del folk y el rock.

Al tiempo que, en sus letras, la australiana busca la forma de volver a la comodidad del hogar y del cuerpo, su instinto compositivo no hace más que expandirse.

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