Kevin Morby

Kevin Morby –
Oh My God

Es difícil saber hasta qué punto la carga espiritual de Oh My God, con todas sus imágenes y metáforas religiosas, expresa una verdadera búsqueda trascendental del sentido de la vida o no es más que un pretexto para plasmar una mirada retrospectiva al dolor y el caos del pasado reciente. Tampoco nos llega a quedar claro si Morby ha encontrado la luz que andaba buscando, pero sí ha sido capaz de materializar todas esas dudas y pensamientos en un disco elegante, maduro y cautivador.

Dice Nassim Taleb que el papel más importante de la religión no es tanto convencer al hombre de que Dios existe, como evitar que él mismo se crea Dios. Desconozco lo que opina Kevin Morby de esta idea, pero algo me dice que encaja más o menos bien con lo que quería expresar al componer las letras de este Oh My God, su flamante quinto álbum en solitario. Un disco que, por lo general, diría que ha sido bastante malinterpretado. Como si el hecho de tener tantas imágenes religiosas y metáforas espirituales saliendo de la pluma de quien no se adscribe a ningún credo sólo pudiera explicarse interpretándolo como un mero ejercicio de ironía irreverente o crítica ácida.

Sic transit gloria mundi

Oh My God nos ofrece a un Kevin Morby de lo más humano y vulnerable, haciéndose algunas preguntas cuya respuesta apenas puede intuirse. Se trata de un disco conceptual en el que las metáforas religiosas y la apelación a la transcendencia casi siempre sirven para plasmar sobre el papel una auto-desmitificación a la que las estrellas del rock no nos tienen acostumbrados.

Para entender Oh My God uno no puede dejar de prestar atención a cómo se encontraba Kevin Morby en 2016, el momento en que empezó a trabajar en este disco. Venimos de un año especialmente exitoso para el ex-integrante de The Babies, que con Singing Saw ha conseguido dar un verdadero golpe en la mesa ampliando su número de seguidores más que con ningún otro trabajo y apareciendo en lo alto de buena parte de las listas de lo mejor de aquel año (y en esto en EQB no fuimos una excepción). Un éxito (moderado, es cierto) algo mal gestionado que, acompañado de algunos desencuentros personales y catástrofes colectivas, desembocó en un alcoholismo que le hizo tocar fondo justo cuando, se supone, debería estar pasando por el momento más feliz de su vida.

Oh My God, producto de ese annus horribilis, nos ofrece a un Kevin Morby de lo más humano y vulnerable, haciéndose algunas preguntas cuya respuesta apenas puede intuirse. Se trata de un disco conceptual en el que las metáforas religiosas y la apelación a la transcendencia casi siempre sirven para plasmar sobre el papel una auto-desmitificación a la que las estrellas del rock no nos tienen acostumbrados: Las dudas, la desesperación, el desastre en que a veces podemos convertir nuestras vidas… Morby no cesa de dejar ejemplos de la falibilidad e imperfección del ser humano, del misterio del sufrimiento, o el absurdo de la existencia cuando has tocado techo y conquistado más objetivos vitales de los que te creías capaz y vivir se ha convertido en una tarea inane. “Oh My God”, repetido con una insistencia que puede llegar a resultar incómoda, es un suspiro que expresa esas inquietudes.

Fotografía: Barrett Emke

Militia est vita hominis super terram

Las dudas, la desesperación, el desastre en que a veces podemos convertir nuestras vidas… Morby no cesa de dejar ejemplos de la falibilidad e imperfección del ser humano, del misterio del sufrimiento, o el absurdo de la existencia cuando has tocado techo y conquistado más objetivos vitales de los que te creías capaz y vivir se ha convertido en una tarea inane.

En lo musical, el compositor estadounidense nos ofrece su álbum más reposado. Ese relajo, sin embargo, no convierte a Oh My God en un disco frío ni insulso. Casi todas sus canciones están instrumentadas de manera simple pero totalmente capaz de transmitir el calor de la esperanza en la que, en ocasiones y –juzguen ustedes mismos– quizá de manera teatral o irónica, trata de buscar un refugio.

En este sentido, todo está maravillosamente dispuesto para acompañar a los versos tanto temática como espiritualmente, sobre todo en aquellos compases en los que, partiendo de su conocida actualización de la canción americana, lanza ciertos guiños al góspel e incluso el soul. Él mismo ha reconocido en varias entrevistas que, en comparación con otros trabajos como su reciente City Music (2017), éste puede ser un disco algo monocromático, pero insiste en que se trata de una decisión totalmente deliberada:

En mi disco anterior la composición tenía muchos muchos colores. En este caso, queríamos que las canciones fuesen en blanco y negro para que hubiese un color que realmente destacase sobre los demás, así que la base de la canción es en blanco y negro –la batería, un órgano, etc.– y sobre ella hay una voz llena de color.

Fotografía: Barrett Emke

Respice post te! Hominem te esse memento!

El compositor estadounidense nos ofrece su álbum más reposado. Ese relajo, sin embargo, no convierte a Oh My God en un disco frío ni insulso. Casi todas sus canciones están instrumentadas de manera simple pero totalmente capaz de transmitir el calor de la esperanza en la que, en ocasiones y quizá de manera teatral o irónica, trata de buscar un refugio.

El making-peace-record de Morby (así se refirió al disco cuando le entrevistamos) arranca con la homónima y elegante “Oh My God”, que atesora el leitmotiv del disco: un pesaroso lamento, a modo de oración, que sale de la boca del norteamericano casi en forma de susurro:

“Oh my Lord, come carry me home
Oh my Lord, come carry me home
Oh my God, oh my Lord, oh my God
Gotten too weak for this heavy load”

No Halo” es una de las piezas más destacadas del conjunto. Entre palmas y coros femeninos, que pueden evocar la pasión de la música evangélica, Morby hace las veces de predicador con un discurso que le aleja de lo divino presentándole como un mortal más. Esa desantificación continúa en la muy elegante y coheniana “Nothing Sacred / All Things Wild”. Pero es otro Cohen (Sam, su productor, no Leonard) el responsable del sonido de esta pieza –la primera de todo el disco en grabarse– cuya ambientación góspel se contagió al resto de Oh My God. Este admitir que uno es un desastre (“Everything we do is a mess”) y la búsqueda de una redención volverán a aparecer en el tracklist en el forma de folk delicado de la mano de “I Want to Be Clean”:

“And I want to be clean
No, I don’t want to be mean
Or break anybody’s heart”

Credo quia absurdum

Todo está maravillosamente dispuesto para acompañar a los versos tanto temática como espiritualmente, sobre todo en aquellos compases en los que, partiendo de su conocida actualización de la canción americana, lanza ciertos guiños al góspel e incluso el soul.

Es cierto que un tono reposado e íntimo resulta perfecto para la reflexión y el análisis introspectivo de los propios límites de cada uno, pero al final la cabra siempre tira al monte y Morby no va a poder evitar repartir algún que otro caramelo: es el caso de la toma alternativa del tema que da nombre al álbum,“OMG Rock n Roll”, en clave velvetera. Otro ejemplo es la cómica “Congratulations”, que nos felicita con ironía por haber conseguido sobrevivir hasta el presente.

Pero abandonar los medios tiempos y las baladas no tiene por qué significar alejarse del trascendental concepto que empapa este trabajo. Morby lo demuestra en “Hail Mary”, sacándose de la chistera un rock de autor que revela personalidad propia y reverencia la añeja tradición de la canción popular norteamericana. Al final, si se entiende la metáfora deportiva (Morby lanzando el balón a la desesperada en un pase suicida, buscando alguna salida liberadora en medio del desastre de su vida), “Hail Mary” resulta bastante parecida a la oración católica de la que toma su nombre.

“So Hail Mary
Oh, go long
Cross my heart, hope I die
In your arms
May I never do you wrong”

Amor omnia vincit?

“Oh My God”, repetido con una insistencia que puede llegar a resultar incómoda, es un suspiro que expresa esas inquietudes.

Y, aunque a veces parece refugiarse en el nihilismo (“Seven Devils”), canciones como “Piss River” dejan claro hasta qué punto está Morby empeñado en encontrar la respuesta a sus preguntas y renunciar a cualquier huida hacia delante, o, al menos, a intentarlo:

“I saw you coming
So I got to running
But next time, I’ll stay put”

Sing a Glad Song”, muy fiel al Morby atemporal de sus inicios, parece sugerir que quizá la música pueda traernos esa luz que andamos buscando. Justo cuando toca cerrar el disco “O Behold” mira de reojo al amor, como señalando otra posible respuesta satisfactoria a todos los interrogantes que ha ido lanzando. Quién sabe…

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