Alex Lahey

Alex Lahey –
The Best of Luck Club

El segundo álbum de la australiana Alex Lahey supone un paso adelante en su carrera discográfica. Un trabajo donde el pop-punk adolescente de su primer material mantiene las formas, pero abarcando un conjunto más amplio de experiencias emocionales y sonoras. Guitarras melódicas en potencia y baladas de corazones rotos son el ingrediente principal de un disco más maduro que su antecesor, en el que la artista vuelca sus vivencias personales y demuestra el empoderamiento del indie-rock femenino actual.

Parece que Australia vive un idilio con la música de guitarras. En nuestras antípodas se lleva gestando un movimiento importante de artistas devotos de las seis cuerdas: Tame Impala, King Gizzard & The Lizard Wizard, Psychedelic Porn Crumpets o Courtney Barnett son prueba de ello. A esta lista de nombres podemos sumar el de la joven Alex Lahey, que con su segundo trabajo en la calle se ha ganado con creces el derecho a pertenecer al colectivo guitarrero. Si con su álbum debut I Love You Like a Brother daba muestras de su fascinación por las guitarras enérgicas y los estribillos pegadizos, este nuevo esfuerzo se mueve prácticamente en las mismas coordenadas, pero dejándonos píldoras inesperadas como asaltos de saxo furtivos o alguna que otra balada a piano.

Los detalles personales como hilo conductor

La cantante australiana desnuda mente y alma en un disco que recoge profundos detalles personales inspirados en sus vivencias en la escena de los bares de Nashville, ciudad donde compuso estas diez canciones sobre la inercia vital y los romances sin prejuicios de la veintena como hilo conductor.

En The Best of Luck Club se mantienen los contundentes sonidos pop-punk que enarbolaba en su anterior referencia, aunque en esta ocasión se aprecia una cierta madurez a nivel musical y lírico. La cantante australiana desnuda mente y alma en un disco que recoge profundos detalles personales inspirados en sus vivencias en la escena de los bares de Nashville, ciudad donde compuso estas diez canciones sobre la inercia vital y los romances sin prejuicios de la veintena como hilo conductor.

Los destellos de esta misma temática brillaban en su disco de presentación, pero Lahey va más allá en este LP introduciendo elementos sorpresivos y puliendo su sonido junto a la reputada productora Catherine Marks. A través de las canciones se manifiesta la afinada composición y la voluntad de Lahey por convertir sus cuestiones existenciales en melodías pop-punk y trazos de indie-rock de los noventa.

Siendo justos, podemos afirmar que la paridad ha llegado al sonido de guitarras y, en lo referente al rock, el género femenino ha demostrado posicionarse como un igual en calidad y cantidad a sus homólogos masculinos. Alex Lahey es un ejemplo más de este hecho irrefutable. Dicho esto, a continuación pasamos a desgranar este The Best of Luck Club que nos ocupa.

Fotografía: Callum Preston

Derribar los conflictos de la edad a golpe de eléctrica

A través de las canciones se manifiesta la afinada composición y la voluntad de Lahey por convertir sus cuestiones existenciales en melodías pop-punk y trazos de indie-rock de los noventa.

Se pone en marcha con “I Don’t Get Invited to Parties Anymore”, en la que entre potentes guitarras Lahey analiza los signos de la madurez, la transición propia del principio a la mitad de la veintena (con sus crisis de convertirse en una joven adulta) y la desidia que le producen las fiestas. 

La transparencia de pensamientos vuelve a estar presente en “Am I Doing It Right?”, uno de los mejores momentos del disco donde a base de guitarrazos enérgicos sobre un fondo de indie-rock melódico aborda las dudas que tiene como artista independiente que quiere demostrar su valía. 

Otras pistas, como “Interior Demeanour”, desprenden un aroma familiar a power-pop noventero, con ese estribillo a lo Weezer que critica la falta de tratamiento de los problemas de salud mentales.

La edad de oro de las rockeras

En The Best of Luck Club se mantienen los contundentes sonidos pop-punk que enarbolaba en su anterior referencia, aunque en esta ocasión se aprecia una cierta madurez a nivel musical y lírico. Lahey va más allá en este LP introduciendo elementos sorpresivos y puliendo su sonido junto a la reputada productora Catherine Marks.

A esta le sigue “Don’t Be so Hard on Yourself”, hit incuestionable del disco con ese estribillo magnético que Lahey corona hacia la mitad con un imprevisible solo de saxofón marca de la casa. Cerrando la intensa primera parte del álbum nos encontramos con los ecos pop baladescos de “Unspoken History”, que Lahey introduce muy acertadamente para amainar el huracán guitarrero. 

A continuación, “Misery Guts” se revela como uno de los momentos menos memorables de The Best of Luck Club, casi como un descarte cualquiera de Green Day: riffs de guitarra pegadizos y melódicos, y poco más. 

En su segunda mitad, el disco toma un rumbo más relajado y se adentra en el terreno más emocional y sentimental de la artista australiana con temas como “Isabella”, compuesta a piano en lo que insinúa ser una carta de amor irreverente a un vibrador, o “I Need to Move On”, un medio tiempo de arreglos ochenteros que no tiene mucho que ofrecer. 

The Best of Luck Club llega a su desenlace en modo reposo con dos seductoras piezas para corazones solitarios: “Black RMs” (prácticamente acústica con destellos eléctricos) y “I Want to Live With You” (una pieza de pop electrónico sobre amores al uso).

Reflejo de madurez

Lahey ha expandido su paleta sónica y ha afrontado los pormenores de la edad adulta aportando una visión más madura en sus letras y demostrando que es un valor emergente a tener en cuenta dentro del mercado discográfico.

El segundo tramo del LP resulta bastante disfrutable, pero es en la primera mitad donde encontramos sus puntos álgidos, con esas guitarras enérgicas como protagonistas absolutas y la australiana poniendo toda la carne en el asador. Ese potencial se diluye en una segunda parte carente del entusiasmo de la primera, que, aunque nos deja momentos reseñables, en suma resulta un tanto descafeinada. 

En cualquier caso, si analizamos este segundo larga duración en global, vemos que los progresos respecto a su primer material son evidentes aunque mantenga unos estándares similares. En el proceso, Lahey ha expandido su paleta sónica y ha afrontado los pormenores de la edad adulta aportando una visión más madura en sus letras y demostrando que es un valor emergente a tener en cuenta dentro del mercado discográfico.

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