Bruce Springsteen

Bruce Springsteen –
Born In the U.S.A.

Born in the U.S.A. es, a todas luces, uno de los mayores clásicos de Bruce Springsteen. Un disco que el tiempo ha dejado entre las reliquias de la era dorada del pop y una pieza de museo que todavía se estudia como fenómeno global. La antesala del superstardom para un músico que se hizo a su propia medida.

He visto el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen”. Esto dijo de él el crítico musical de la Rolling Stone y productor discográfico (MC5, Jackson Browne) Jon Laundau tras verlo en directo en 1974. No fue el único piropo que dedicó al vehemente músico de Nueva Jersey y seguramente, gracias a ello, acabó convertido en su mánager y valedor hasta 1992.

La carrera de Springsteen es el sueño americano llevado hasta sus últimas consecuencias: una infancia dura marcada por el catolicismo y las tensiones con su padre, las inseguridades de un pésimo estudiante que ansiaba alcanzar sus sueños más intestinos, el desasosiego de un alma torturada que aún sigue luchando contra sus propios demonios y laurel de un trabajador incansable que sabe bien cuál es el precio a pagar por representar el orgullo de una nación.

El músico que se hizo a medida

Darkness on the Edge of Town (1978) supuso el fin de su verborrea proletaria en torno a la clase obrera que lucha por llegar a fin de mes e inicio del cronista de grandes audiencias que hablaba sobre perdedores irredentos, animales dolidos que arrastran secretos inconfesables, de él mismo y de todos un poco.

Antes de abordar los años de vino y rosas es importante situar a Springsteen en un oscuro parking de Nueva Jersey en 1972, acompañado por dos productores neoyorquinos de escasa reputación como eran Mike Apple y Jim Cretecos, firmando sobre el capó de su coche el que sería su primer contrato discográfico, por diez álbumes, para la CBS.

Después de años y años tocando en tugurios a cambio de nada, parecía que su momento había llegado: una prueba para John Hammond, descubridor de leyendas como Billy Holiday, Aretha Franklin o Bob Dylan, quien (queda claro a día de hoy) no se equivocó en absoluto añadiendo el nombre de Springsteen a su ilustre listado de fenómenos musicales.

Nadie podría sospechar que, tras el fulminante éxito de Born to Run en 1975, Laudau y el propio Springsteen descubrirían que aquel contrato era, en realidad, una ratonera para apropiarse de toda su obra. Y es que, Bruce, tan salvaje sobre el escenario como inocente fuera de él, había sido incluido a la vez en otro catálogo, este mucho más lóbrego, que ha llevado a multitud de artistas a experimentar la cara más perversa de los sueños hechos realidad.

El trance se resolvió en 1978 con Darkness on the Edge of Town, disco que inauguraría a un nuevo Bruce Springsteen convertido ya en ‘El Jefe’, tanto de su obra como de su propio bagaje emocional. Fin de su verborrea proletaria en torno a la clase obrera que lucha por llegar a fin de mes e inicio del cronista de grandes audiencias que hablaba sobre perdedores irredentos, animales dolidos que arrastran secretos inconfesables, de él mismo y de todos un poco. Un músico preñado de tristeza y desesperación, que parecía querer seguir los pasos de Hank Williams, Woody Guthrie o Townes Van Zandt, y que llegó a Nebraska (1982) tan desnudo como digno; encuadrado dentro de la fotografía norteamericana del blanco y negro más prístino.

La antesala del superstardom llegaría en 1984 con el disco que hoy nos ocupa: Born in the U.S.A.

Fotografía: Ebet Roberts (Redferns)

Vietnam con sintetizadores

El valor y el poder de Bruce Springsteen no residen realmente en su música sino en su persona. Una figura totémica, un líder, que realmente siente lo que canta y que parece conocer el secreto mejor guardado de las almas viejas: el don del relato sincero.

Es verdad que uno escucha la discografía de Springsteen y siente la necesidad de salir a la calle con las manos embolsilladas, buscando abrigo aunque hagan cuarenta grados; sumido en un porte taciturno de mentón bajo y mirada aciaga. El paseo por la periferia, siempre en plano cenital, y con la alegría agriada por la terquedad del eterno retorno. Pero cuando pongo el disco y suena el resobado riff de “Born in the U.S.A.”, no puedo más que sentir la losa de una canción que lleva más de treinta años instalada en la inercia ramplona del mainstream más azucarado. Me pasa lo mismo con “Losing My Religion” de R.E.M. o “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin; las quito antes de que me cambien la percepción de aquellas primeras escuchas (sé que a ti te pasa lo mismo). No obstante, y por tratarse de una ocasión especial, esta vez he hecho una excepción, dejándola sonar entera a ver qué pasaba. Pues bien, y con sinceridad, creo que esta canción hay que dejarla descansar ya entre las reliquias de un museo de cera. La usó Ronald Reagan para ensalzar los valores norteamericanos en un ejercicio de hipocresía extremo que el ‘Boss’ trató de resolver tocando “No Surrender”, también de este disco, para promover la fallida campaña presidencial de John Kerry, Secretario de Estado con Barak Obama y miembro de la organización ‘Veteranos de Vietnam Contra la Guerra’, a quien, sin duda, le iba mucho más.

El asunto de Vietnam en Estados Unidos es una espina clavada hasta el tuétano. Infinitamente más pesado que nuestra Guerra Civil y un fantasma que se ha convertido en una enorme billetera andante en manos de centenares de directores de cine, músicos y documentalistas.

La letra de Springsteen, como es bien sabido, habla con sorna sobre el incidente bélico y aprovecha para tocarle la cara a la incorregible hipocresía norteamericana. No obstante, son 4:39 minutos de un riff, a caballo entre la jam session y la canción de descarte, convertidos en un vigoroso himno gracias a la extraordinaria campaña de promoción que se le hizo. Más de treinta millones de discos con un single definitorio, en mi opinión, tan melifluo como pomposo.

Los años dorados del mercachifle discográfico

No hay que olvidar que un disco rompedor debe seguir las líneas maestras del mercado y, Born in the U.S.A., le pese a quien le pese, no deja de ser un disco diseñado por y para la industria discográfica en los años dorados del pop. Unos tiempos mágicos donde el Thriller sonaba a todas horas, la MTV emitía a destajo y aún había que quemar un montón de pasta antes de que llegara 1990.

El disco continúa la acertada línea festiva a través de “Cover Me”, un tema bluesy que perfectamente podría haber cantado Joe Cocker en aquellos días. Una apropiada maniobra de Jon Landau que ya había intuido el reeditado interés norteamericano por el blues tejano sin excesivas complicaciones. Lo mismo sucede con “Darlington Country”, donde suena a los Rolling Stones del Undercover (realmente es el “Honky Tonk Women” en plan karaoke), con estribillo ‘lalaleable’ y la E Street Band salvando los muebles gracias a su potente fibra.

Working on the Highway” son los Dire Straits del “Walk Of Life” o el “Power Of Love” de Huey Lewis & The News (ambas de 1985). No hay que olvidar que un disco rompedor debe seguir las líneas maestras del mercado y, Born in the U.S.A., le pese a quien le pese, no deja de ser un disco diseñado por y para la industria discográfica en los años dorados del pop. Unos tiempos mágicos donde el Thriller sonaba a todas horas, la MTV emitía a destajo y aún había que quemar un montón de pasta antes de que llegara 1990.

Keith Richards parece colar el riff inicial de “Downbound Train” aunque, por suerte, Bruce reviste a la canción de un poso melancólico con esas letras sobre perdedores que acaban trágicamente sus días en un lavadero de coches. Escuchándola, me asombra que se tilde Born in the U.S.A. como ‘el disco que le devolvió la dignidad a Estados Unidos’, pues me parece tan dramático en intención como Nebraska pero embalado en los mismos ropajes suntuosos en los que se envolvían los sketches de Cristal Oscuro. Y no son pocas las voces que aseguran que la icónica portada del disco es realmente una instantánea del ‘Boss’ orinando sobre la omnímoda bandera estadounidense.

¿El disco que le devolvió la dignidad a Estados Unidos?

“I’m Goin’ Down”, “Glory Days” y “Dancing In the Dark”, tres de las mejores canciones del álbum, forman una suerte de suite de la América rural donde Bruce tenía, y sigue teniendo, su más fiel caladero de fanáticos. Una América cuyos corazones había ya retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre.

En “I’m on Fire” camufla una cancioncilla de rockabilly dentro una historia de tensión sexual y bajo un pequeño manto de sintetizadores. “No Surrender”, que iba a ser un descarte, se incluyó por insistencia del guitarrista y actor (Los Soprano) Steven Van Zandt, retomando los aires más reconocibles del Springsteen más primario: estribillos en ‘lalala’ y su personal surco melódico que todos sabemos reconocer, e imitar a partes iguales, sobre todo Meat Loaf, que construyó su carrera en torno a esta esencia springsteeniana sin cortarse ni un pelo.

Precisamente, a Steve Van Zandt, le dedica “Bobby Jean”, inspirado en la reciente decisión del músico de abandonar la E Street Band. En esta canción hay verdadero amor y respeto por un amigo y, seguramente por eso, sea una de las mejores piezas de este disco.

Es curioso que tres temazos como “I’m Goin’ Down”, “Glory Days” y “Dancing In the Dark” se colocaran al final del álbum. Tres de las canciones más representativas de este disco en la recta final, las tres compuestas con similar sencillez, bañadas en las dinámicas de los sintetizadores, y formando una suerte de suite de la América rural donde Bruce tenía, y sigue teniendo, su más fiel caladero de fanáticos. Una América cuyos corazones había ya retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre. Es por esto que cuando llega “My Hometown” no te extraña, en absoluto, que alcanzara el número seis en las listas de éxitos con una cancioncita inocente que parece la cabecera de un programa de pesca emitido de madrugada. El valor y el poder de Bruce Springsteen no residen realmente en su música sino en su persona. Una figura totémica, un líder, que realmente siente lo que canta y que parece conocer el secreto mejor guardado de las almas viejas: el don del relato sincero.

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