El Altar del Holocausto

El Altar del Holocausto –
-I T-

Cuando la iconografía católica, el post-rock y el doom se funden en un abrazo sale algo como lo que llevan haciendo ya unos años El Altar del Holocausto. Su tercer largo es sin duda la culminación de un camino largo y sinuoso como la senda del Señor, pero que, como tal, conlleva una recompensa celestial.


Como un terremoto del que al principio sólo se dan cuenta los que trabajan en lo alto de un rascacielos, y para cuando el resto se empieza a enterar, ya es demasiado tarde para buscar refugio. Así, sutil al principio pero avasalladora después, es tanto la carrera como la música que fabrican El Altar del Holocausto, nombre procedente de la Biblia, al igual que absolutamente todos los títulos de sus canciones y sus letras. La identidad de sus miembros es desconocida, se llaman ‘hermanos’ entre ellos, no hacen conciertos sino homilías y aparecen sobre el escenario vestidos de nazarenos. Tras dos EPs y dos fantásticos LPs, el primero dedicado a la figura de Jesucristo y el segundo a la de la Virgen María, el cuarteto salmantino se sirve del Espíritu Santo como leitmotiv para su tercer largo, llamado I T-. Si todo esto no ha llamado tu atención, espera a escucharlos.

El Altar mete el primer gol desde antes de empezar a sonar

Al contrario de lo que podría parecer, su música es fina y delicada como un trabajo de ebanistería. Esto no quiere decir que peque de blanda o fácil, ya que sencillamente encaja tan suave y progresivamente que te sumerge en sus olas sonoras sin que ni siquiera te des cuenta.

Porque, de hecho, más importante que todo el tema conceptual y católico que se traen entre manos El Altar (con mucho criterio, dicho sea de paso), es la música con la que nos convidan en su infinita piedad. Se podría definir como una mezcla santificada de post-rock agresivo y doom metal elegante, casi completamente instrumental.

Al contrario de lo que podría parecer por su nombre e imagen, su música es fina y delicada como un trabajo de ebanistería. Esto no quiere decir que peque de blanda o fácil, puesto que no lo hace. Sencillamente encaja tan suave y progresivamente que te sumerge en sus olas sonoras sin que ni siquiera te des cuenta.

Fotografía: Promo

Para cuando se ponen serios con los riffs, el partido ya está ganado

El Altar del Holocausto logran demostrar, con su mejor disco hasta la fecha, que el post-rock aún tiene vías para crecer y expandirse más allá de los estrechos márgenes del género.

Con el fin de evitar que esta reseña se alargue al doble de lo que debería, me disculparéis por acortar los nombres de las canciones. “I · Because Evident is God’s Wrath…” marca la pauta del sonido del álbum, con un enfoque más directo que anteriormente sin perder potencia melódica en el camino. Como prueba de que El Altar no es tan sólo el enésimo plagio de post-rock instrumental de Mogwai, “II · Love Your Enemies…” brilla en la cara bonita del doom, no demasiado lejos de unos Pallbearer mudos y con algo menos de grumosidad.

Tras ella viene el que probablemente sea el momento estelar del disco. La poderosa “III · Moses Stretched Out His Hand…” crece y crece en intensidad hasta que cerca de su final estalla al más puro estilo Toundra. Pero aguardan más sorpresas para los fieles que hayan aguantado hasta aquí, con “IV · I Have Seen His Ways…” rememorando los mejores momentos de otros legendarios del post-rock como Explosions in the Sky e incluyendo una sorprendente colaboración con el rapero Tote King en forma de sermón. Por su parte, “V · From the Heart of Jesus…” destaca como una de las mejores pistas del disco, especialmente tras ese crescendo y ruptura en el minuto 2:00. Puro erizador de pelos de la nuca. Para terminar, el tema más largo que han grabado nunca, “VI · They Took Off His Clothes…”, cierra el disco y a la vez pone punto final a la trilogía de esta peculiar Santísima Trinidad de la manera más épica posible, coro incluido.

En conclusión, El Altar del Holocausto destruyen de una sola tacada tres prejuicios del metal con su mejor disco hasta la fecha. El primero: que los disfraces y las máscaras pueden servir para mucho más que para camuflar la mediocridad musical. Segundo: que el post-rock aún tiene vías para crecer y expandirse más allá de los estrechos márgenes del género. Y tercero: que no sólo se puede hacer doom metal sin incluir referencias satánicas por obligación, sino que se puede incluso brillar con la luz del Señor.

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