Phoenix

Phoenix –
Wolfgang Amadeus Phoenix

Un álbum cuyo título suena a capricho iconoclasta, pero que resume bastante bien la esencia y el frescor que transmite el cuarteto con cada canción. Wolfgang Amadeus Phoenix es la liberación de un talento único para jugar y crear una energía veraniega eterna. Phoenix se mostraron insaciables y fueron capaces de sorprender creando un sonido propio y sofisticado, pero a su vez libre y desatado, consagrándose y demostrando su verdadero potencial.


Hay discos que emergen entre sus coetáneos y se plantan en nuestro imaginario de manera casi perpetua. Álbumes que traspasan su musicalidad y parecen querer asociarse a vivencias, recuerdos y momentos vitales como parte del tejido de esos sentimientos. Son discos que se hacen infinitos con el paso de los años y cuyo reencuentro resulta un grato viaje a esas vivencias. Por eso, no podíamos pasar por alto el aniversario de un disco que nos marcó a muchos; un álbum que para los más jóvenes supuso una de las primeras obsesiones del nuevo ‘indie-pop’ y, en cambio, para los más veteranos se consagró como un clásico instantáneo de la primera década del nuevo siglo. Hablamos, sin duda, de Wolfgang Amadeus Phoenix.

Pero, ¿por qué Wolfgang Amadeus Phoenix?

A pesar de ser su cuarto disco y de que en aquel momento Phoenix ya nos habían demostrado su capacidad para facturar temas tan representativos como “Long Distance Call” o “Everything is Everything”, no es hasta el aclamado Wolfgang Amadeus Phoenix cuando podemos considerar que los franceses firman un disco pinacular y se alzan con una riqueza pop envidiable para muchos. Es aquí donde consolidan unas ideas, un sonido y una dirección propia; donde la confluencia melódica, lírica y conceptual casan por completo para alimentar un disco redondo, definido y vivo.

Uno de los mejores discos de ‘indie-pop’ de la década

A pesar de ser su cuarto disco y de que en aquel momento Phoenix ya nos habían demostrado su capacidad para facturar temas tan representativos como “Long Distance Call” o “Everything is Everything”, no es hasta el aclamado Wolfgang Amadeus Phoenix cuando podemos considerar que los franceses firman un disco pinacular y se alzan con una riqueza pop envidiable para muchos.

Por si quedaban dudas tras sus anteriores trabajos, a partir de este momento es innegable que Phoenix se constituyen como una banda capaz de hablar directamente a una generación en un tiempo determinado. Escuchar Wolfgang Amadeus Phoenix tantos años después nos traslada inevitablemente a cómo sonaba el ‘indie’ en esa época, y es que estamos seguros de que este disco fue uno de los responsables de todo el pop alternativo que vino justo después, eclosionando en una época de guitarras, sintetizadores y ritmos upbeat que nos acompañaron durante unos cuantos años.  

Quizá pasó porque tenía que pasar. Es cierto que la fluidez de Wolfgang Amadeus Phoenix y su facilidad para vertebrar temas canónicos dejan entrever que los franceses no buscaban nada más que un disco con el que sacudir sus ideas a base de guitarras, sintetizadores y melodías accesibles, pero pasó. Echando la vista atrás, debemos recordar Wolfgang Amadeus Phoenix como uno de los discos pop más destacables de la década pasada, ya que revisitarlo, aparte de ser un intenso ejercicio de nostalgia, funciona para regenerar ese regusto veraniego y feliz que Phoenix evocan de manera eterna, siendo tan efectivo entonces como lo es ahora. Empezamos.

Fotografía: Press

Coronándose con su obra más representativa

Es aquí donde los franceses consolidan unas ideas, un sonido y una dirección propia; donde la confluencia melódica, lírica y conceptual casan por completo para alimentar un disco redondo, definido y vivo.

Basta con escuchar el inicio, esa inmortal “Lisztomania”. Un arranque en palabras mayores que demuestra la capitanía total del disco. Pocas pegas podemos poner a un tema que funciona tan bien en su totalidad; desde el inicio a base de guitarras y batería hasta los maravillosos puentes melódicos que nos deslizan hacia un estribillo que, desde entonces, quedó grabado en nuestra mente.

Algo que también pasa con “1901”, que avanza mucho más frenética pero mantiene una estructura similar a “Lisztomania” (punteo de guitarras para arrancar, gruesos sintetizadores que llevan el control y una lírica apta para ganarse a un estadio entero). “1901” se define como una canción vibrante, puro magnetismo pop que se acaba convirtiendo en un icono del género. Vemos más cambio en “Fences”, que si bien podría parecer un interludio entre “1901” y “Love Like a Sunset, Pt. I”, funciona gracias a las diferencias respecto a los anteriores cortes, sonando más acústica, clara y brillante.

Love Like a Sunset, Pt. I” es uno de esos momentos que oxigenan el disco, que permiten coger aire y admirar la calidez instrumental de unos Phoenix que van desgranando cada partícula sonora del disco en una maravillosa progresión que nos guía hacia el brillo y lo cinematográfico de “Love Like a Sunset, Pt. II”, que efectivamente culmina esa ‘crepuscularidad’ psicodélica y funciona como un hermoso cierre a base de sintetizadores y guitarras que se funden con la humilde aparición vocal de Thomas Mars indagando en diversas metáforas de inicios y finales de amor, acompasado por una épica instrumental ultrasugerente que da paso a otro gran tema de los franceses: “Lasso”.

Infinidad de himnos con personalidad propia

Echando la vista atrás, debemos recordar Wolfgang Amadeus Phoenix como uno de los discos pop más destacables de la década pasada, ya que revisitarlo, aparte de ser un intenso ejercicio de nostalgia, funciona para regenerar ese regusto veraniego y feliz que Phoenix evocan de manera eterna, siendo tan efectivo entonces como lo es ahora.

Percutiva a más no poder, “Lasso” funde guitarras y sintetizadores en idas y venidas que consagran una vibración y un pulso en uno de los pasajes más disfrutables del disco, proseguido de otra canción que se desenvuelve de maravilla en su totalidad: “Rome”.

Ambas son piezas que fluyen excelentemente en terrenos medios, demostrando lo confiados que están Phoenix de su sonido y cómo casi por azar consiguen encajar todas las piezas de Wolfgang Amadeus Phoenix sin que nada desentone. Una habilidad que les lleva a consagrarse y que aporta ese toque casi infantil al disco. Al igual que el juego de nombres en su título, todo parece un campo de arena para divertirse y desarrollar una especie de ensayo y error que siempre les funciona.

La épica despega en “Countdown”, que combina una vez más coloridos sintetizadores con percusión y distorsiones. La energía del tema casi sugiere que se trata de un estribillo eterno, pero Mars y los suyos demuestran de nuevo el dominio de latencias en sus constantes ‘catch and release’, que funcionan maravillosamente para rebajar pulsaciones pero a la vez aportar enorme sentimentalismo y alma.

Por su parte, “Girlfriend” se desenvuelve más divertida y hasta cierto punto naive, dialogando muy de cerca con los Strokes. De igual modo ocurre con la última pista, “Armistice”, cuya efectividad sigue sorprendiendo y funcionando: cada estrofa, puente y estribillo baila y sacude, jugando magistralmente con el mood del oyente. La canción se construye y eclosiona constantemente, tocando todos los colores en un espectro dominado por lo brillante dentro del pop más efectista.

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