Mac DeMarco

Mac DeMarco –
Here Comes the Cowboy

Mac DeMarco ha tardado dos años en completar un disco que podría haber hecho a partir de descartes de sus álbumes anteriores o en un par de tardes de arresto domiciliario. El canadiense se niega a madurar artísticamente, pudiendo haber titulado el álbum: si funciona, no lo toques, entregando un disco carente de esfuerzo, producto de algún bloqueo artístico, que nos obliga a recordar su discografía anterior en un acto de fe.


¡Vuelve Mac ‘Jizz Jazz’ DeMarco! Aquí está de nuevo el cowboy canadiense de aspecto granujiento y palidez celúrica, quintaesencia del lo-fi y la sofisticación campechana, con esta nueva entrega, Here Comes the Cowboy, que ha tardado dos años en completar sin demasiados esfuerzos.

Para empezar, os confieso que escuché el disco mientras llenaba de aburridos datos un Excel en el trabajo. Y tal vez sea esta la mejor forma de escuchar a DeMarco; no prestándole demasiada atención, dejando que suene mientras mantienes ocupado a tu neocortex, evitando así ser demasiado prejuicioso con las cosas que van sucediendo a tu alrededor.

Un picatoste sobre una sopa aguada

Es curioso dar con un músico que no desee ser ese jocoso puro tras una pantagruélica comilona, que ni siquiera se conforme con ser alguno de los dos platos del menú o, incluso, el postre. Mac DeMarco se conforma con ser un entremés. Algo que conmueve por su humildad pero que, de algún modo, también encierra una necia orientación conservadora.

La primera sensación que tuve fue la cantidad de músicos actuales que intentan imitarle. No hablo de grandes estrellas del panorama pop edulcorado, sino de compositores de rock convertidos en reposados intérpretes de música recreacional y vaporosa a los que poder escuchar mientras lías un cigarro o limpias con tu saliva una incómoda mancha en tu camiseta, porque esta es la imagen que DeMarco parece desear dejarle al mundo: un laid back de entre horas, el entrante para un primer plato que no acaba de llegar nunca o una toallita de indiferente olor cítrico que usar tras el marisco.

Vaya por delante que me parece un artista con una personalidad atractiva y un discurso ingenioso, pero es curioso dar con un músico que no desee ser ese jocoso puro tras una pantagruélica comilona, que ni siquiera se conforme con ser alguno de los dos platos del menú o, incluso, el postre. Él se conforma con ser un entremés. Algo que conmueve por su humildad pero que, de algún modo, también encierra una necia orientación conservadora. Después de todo, estos músicos ‘rompedores’ acaban siendo los más carcas de todos cuando se les agota la inspiración. Y si no que se lo pregunten a Mr. Robert ‘paso de la industria hasta que yo sea la propia industria’ Fripp (King Crimson).

Fotografía: Christine Lai

Cuando la música te exige un piloto automático

DeMarco parece dejar claro que los tiempos de Salad Days (2014) o Another One (2015), en los que sonaba pimpante e inspirado, se han ido difuminando lenta y decepcionantemente entre This Old Dog (2017) y este Here Comes the Cowboy (2019), sobre todo por su reticencia a introducir un solo elemento novedoso en su obra.

Here Comes the Cowboy comienza rozando el tedio: líneas rectas sin cambios, nada de estribillos; bocetos sin terminar que han acabado formando parte del disco y que, irremediablemente (recordad que hemos puesto el neocortex en piloto automático), traen a la mente aquella patraña que Paul McCartney coló como pieza oculta al final de Abbey Road de los Beatles: “Her Majesty”; el epíteto de todas las canciones de relleno (hasta en eso fueron buenos los cabrones). Pero este no es el caso de Mac DeMarco, que parece encantado con empezar su nuevo disco con dos potingues deslavazados como “Here Comes the Cowboy” y “Nobody”.

La sensación no mejora con la escucha de “Finally Alone”, donde sólo su falsete arroja algo de gracia a la percepción latente de que parece estar cansado o, lo que es peor, aburrido de todo.

Alguien dijo que si a los treinta años no habías compuesto tu ‘gran obra’ podías ir despidiéndote ya de ella y, definitivamente, este chico parece haber tirado la toalla cuando le ha parecido correcto incluir una canción como “Little Dogs March”, en la que suena probando acordes en su cuarto un domingo por la mañana antes de desayunar, en un álbum que debiera haberle consagrado. La desintencionada “Preoccupied” confirma las sospechas: “Abre tu mente llena de mierda, estás encerrado en tu corazón sin ni siquiera saberlo, esto debe ser una señal para estar preocupado”.

Y creo que, en efecto, es para estarlo, porque parece dejar claro que los tiempos de Salad Days (2014) o Another One (2015), en los que sonaba pimpante e inspirado, se han ido difuminando lenta y decepcionantemente entre This Old Dog (2017) y este Here Comes the Cowboy (2019), sobre todo por su reticencia a introducir un solo elemento novedoso en su obra.

El particular ‘Día de la Marmota’ de Mac DeMarco

La ausencia de dirección arroja buenas ideas al baúl de los rellenos con esta suerte de demos, que duran lo justo como para no decir nada, y que no pasan de ser una mácula fumeta con poca gracia en un tipo al que se supone en el cénit de su carrera.

El funk vacilón de “Choo Choo”, seguramente inducido por la escucha de algún disco de Sly and the Family Stone, arranca sugerente hasta que, a mitad de tema, queda claro que Mac no está interesado en terminar sus propias canciones. La ausencia de dirección arroja una buena idea al baúl de los rellenos con esta suerte de demos, que duran lo justo como para no decir nada, y que no pasan de ser una mácula fumeta con poca gracia en un tipo al que se supone en el cénit de su carrera.

Llegados a la mitad del disco me resulta imposible no abstraerme de una reflexión: ningún artista debería circunscribirse a reiterar sus experiencias en torno a un único estado de ánimo. ¡Es absurdo! Del mismo modo que no hay dos días iguales (excepto para Bill Murray), no parece muy creíble vivir permanentemente encerrado en la misma emoción disco tras disco. Puede que, después de todo, sí sea verdad eso de que Mac DeMarco no está muy bien de la cabeza. Tal vez necesite que, de una vez por todas, le pase algo que le saque del indolente ritmo de vida a 2/4, sin puntillos ni acentos, en el que se encuentra atrapado. No le deseo ningún mal, Dios no lo quiera, pero me parece que debería dejarse aconsejar y añadirle alguna muesca más a su fusil. Su música podría empastar muy bien con la bossa nova e, incluso, abrirla a colaboraciones puntuales podría ser un enorme acierto (me pregunto qué saldría de una sesión con Bebel Gilberto o Paulo Jobim). Mientras tanto, el disco sigue sonando tan plano como comenzó…

Asoma “K” en mis altavoces y se confirman algunas sospechas entorno a la curiosa figura de este músico. Al desnudo, y sin la gracia de los sintes, Mac DeMarco es un verdadero coñazo. Y parece que él mismo se da cuenta de ello en “Heart to Heart”, recuperando su mini arsenal de apoyo, sin salir del muzak de ascensor, pero con un poso dolido que, en cierto modo, atrapa. Ni que decir tiene que con algo de producción y arreglos hubiera hecho de esta canción un single decente a lo Nick Drake o Scott Walker, pero, una vez más, la cosa queda en un triste palillo con el que mondarse los dientes mientras la vida pasa sin más.

El abuso de las producciones huecas

Líneas rectas sin cambios, nada de estribillos; bocetos sin terminar que han acabado formando parte del disco y que, irremediablemente, traen a la mente aquella patraña que Paul McCartney coló como pieza oculta al final de Abbey Road de los Beatles: “Her Majesty”; el epíteto de todas las canciones de relleno (hasta en eso fueron buenos los cabrones).

Hey Cowgirl” es otro tema de transición que desemboca en la que, sin lugar a dudas, es la mejor canción de este álbum: “On the Square”. Una pieza de cadencia hipnótica, con cierto regusto a alma torturada, que ha sabido canalizar muy bien en el perverso videoclip que acompaña al single. Otra canción que, en mi opinión, quedará pronto en el olvido debido a esta moda de no complicarse la vida produciendo bajo mínimos. Una técnica interesante para algunas canciones que, usada como plantilla para toda una obra, arruina el potencial grandilocuente de piezas como esta que, por momentos, recuerda al Beck del Mutations (1998), pero en versión demo.

Con “All of Our Yesterdays” continúa el ritmo lánguido y, súbitamente, creo haberle pillado el truco a su forma de componer: primero piensa en el arreglo que usará como gancho y después arma el tema. Es también la primera canción en la que tiene a bien introducir un estribillo y no me entiendas mal, yo odio los estribillos. Los evito en mis canciones porque creo que las relegan a un discurso musical tan maniqueo que impide que tengan una vida propia más allá de los convencionalismos. No obstante, lo de este canadiense es abusar.

El miedo a madurar artísticamente lleva a la autocomplacencia

Puede parecer normal no exigirle nada a alguien que, a su vez, tampoco parece exigirse gran cosa a sí mismo, pero como en cualquier otra situación de la vida que requiera de un posicionamiento, dejándolo estar sólo contribuimos al abandono y la autocomplacencia.

Pese a todo, hay algo que me gusta en Mac DeMarco, y es que parece que se sienta delante del piano y graba lo primero que le viene a la cabeza. Ser obsesivo arreglando canciones o buscándoles un alma ha llevado a muchos compositores a la enfermedad, y no me imagino a DeMarco devanándose los sesos antes de ponerse a grabar “Skyless Moon”, donde repite cuatro acordes, durante cuatro minutos, con una austeridad tan herreriana que trae a la mente al Brian Wilson desequilibrado de mitad de los setenta, eso sí, sin la mitad de la trápala que envolvía al genio playero. Y así, empeñado en la composición ‘gonzo’ y la ausencia de producción, termina el disco con un revoltillo de incoherencias, salido, seguramente, de las sesiones en las que se le debió ir la mano con el verde, en “Bye Bye Bye”, mandando siete minutos después, y voluntariamente, este trabajo a la inopia de las cosas hechas demasiado rápido y con poco mimo.

No sé, puede que sea cosa mía, pero yo les pido mucho más a los artistas que aprecio y a los músicos en general, máxime si están en pleno proceso de consolidación. Puede parecer normal no exigirle nada a alguien que, a su vez, tampoco parece exigirse gran cosa a sí mismo, pero como en cualquier otra situación de la vida que requiera de un posicionamiento, dejándolo estar sólo contribuimos al abandono y la autocomplacencia. Algo que, a mi juicio, es completamente antinatural dadas las múltiples virtudes de este músico tarado que parece no tomarse nada en serio.

Al final, la escucha de este Here Comes the Cowboy ha resultado ser tan apasionante como aquel Excel que comencé a rellenar con aburridos datos al principio del artículo y, en mi opinión, alguien debiera ‘intervenir’ al bueno de DeMarco antes de que se haga daño.

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