Cage The Elephant

Cage The Elephant –
Social Cues

El excéntrico vocalista Matt Shultz atraviesa por un tortuoso divorcio y vierte su tragedia personal en el disco más íntimo en la carrera de la agrupación de Kentucky.


¡Oh, la terrible fascinación por cerrar ciclos! Justo cuando las aguas de la tempestad iniciada por The Strokes a principios de este siglo comenzaban a amainar, allá por 2008 aparece en escena una banda de Kentucky que decidió mudarse a Londres para alcanzar sus pretensiones de convertirse en ídolos del rock. Su nombre: Cage The Elephant. Y lo tenían todo: un guitarrista principal de evidente talento y carácter taciturno; un vocalista cuya singular excentricidad rayaba en lo esquizofrénico; y “Ain‘t No Rest for the Wicked”, un sencillo de una cadencia rocanrolera que los colocaría en el radar de las bandas que mantendrían la antorcha alternativa brillando durante la siguiente década.

Y no defraudaron. Su segunda producción, Thank You, Happy Birthday (2011), superó con creces su debut y en temas como “Aberdeen” y “Shake Me Down” condensarían lo mejor del sonido de bandas como Pixies y Nirvana, lo cual les brindaría esperanza a todos aquellos que pensaban que el rock de aquella época estaba en su declive. La consolidación como banda con un estilo propio llegaría de la mano de “Come A Little Closer”, canción desprendida del Melophobia (2013). La capacidad de Cage The Elephant para producir temas capaces de llenar estadios no estaba peleada con la desfachatez de entregarnos piezas de una autenticidad estridente como “Spiderhead” o “It‘s Just Forever” (junto a Alison Mosshart), que mantenían la frescura de sus inicios.

Dime con quién colaboras y te diré quién eres

Después de contar con Dan Auerbach para la producción de su anterior disco, esta vez Cage The Elephant se decanta por el hacedor de éxitos pop John Hill, teniendo como resultado un sonido más pulido hacia lo comercial, pero que en temas como “Ready to Let Go” mantienen la esencia de una banda capaz de encabezar los principales festivales de rock.

Con Tell Me I’m Pretty (2015), producido por Dan Auerbach, alcanzarían la masificación radial y un premio Grammy al Mejor Álbum de Rock. La comercialización de la banda vendría de la mano de temas realmente buenos: “Cold Cold Cold” y “Trouble” mostraban a unos Cage The Elephant más melódicos y bajo en revoluciones, lo que le daba al disco un aire de madurez (ni modo, a todos nos llega).

Ahora, la banda liderada por Matt Shultz presenta su quinta placa de estudio, Social Cues (2019) la cual cuenta con la producción de John Hill, responsable del sonido pop del Woodstock (2017) de Portugal. The Man y la explotación radiofónica de “Feel It Still”, por lo que el hecho de que este lanzamiento de los de Kentucky se distancie de sus primeros discos y esté mucho más emparentado con su predecesor no debería resultar una sorpresa para nadie.

Fotografía: Neil Krug

Ser el mejor en lo que haces o morir en el intento

Aun con la producción de Hill, Social Cues destaca por su escasez de temas que se queden en la memoria de quien lo escucha. A más de diez años desde su formación, Cage The Elephant se posicionan como una de las agrupaciones más relevantes de la escena rock en la actualidad, y con dignidad se mantienen en el camino a convertirse en la banda más importante de su generación. Simplemente, no están allí todavía.

Todo el álbum está cubierto por el velo del reciente divorcio de Matt Shultz, por lo que las letras ahondan en despedidas y constantes cuestionamientos de carácter ontológico. I was born on the wrong side of the train-tracks”, profiere Shultz en el tema que abre el disco, “Broken Boy”, para luego soltar unos versos que parecen sacados de un poema de Jim Morrison: I was burned by the cold kiss of a vampire / I was bit by the whisper of a soft liar”. La batería, el bajo y la guitarra cuajan perfectamente en la trepidante desesperación de Shultz de encontrarse encerrado en su propia piel.

¡Oh, Bowie, cuánto te extrañamos todos! El corte que da nombre al disco calza a mano y sin pudor los teclados de “Ashes to Ashes”, y en sus coros comienza a notarse la influencia pop de Hill, con Shultz cuestionando los estragos de llevar la vida que siempre persiguió. “Black Madonna” sorprende con una vibra psicodélica muy al estilo de The Growlers. “Night Running” cuenta con la colaboración de Beck, y uno puede observar fácilmente a los dos rockstars de cabellera rubia tomar los papeles de Jon Voight y Dustin Hoffman en Midnight Cowboy (1969) deambulando por las calles de una Nueva York iluminada por las luces león de mediados de los setentas, con una banda sonora dominada por el reggae/dub.

El siguiente par de temas presentan algunas de las melodías más seductoras del álbum. “Skin and Bones” es una oda a los corazones solitarios cansados de sus respectivas batallas personales; por su parte, “Ready to Let Go” es, sin lugar a dudas, el mejor tema del disco. Shultz habla aquí de votos rotos en tierras sagradas y acompaña al sencillo con un video dirigido por él mismo donde una pareja de amantes se devora entre sí y la sangre fluye por doquier, con una estética que remite a la más reciente versión de Suspiria (2018) dirigida por Luca Guadagnino. Dos canciones para mantenerse on repeat.

Ain’t no rest for the lovers

Matt Shultz canaliza todas las influencias que han dado forma a su banda y comienza un viaje de descenso en busca de expiación, con mucho eclecticismo musical de por medio y algunos de los versos más personales que jamás haya proferido.

El bajo de “House of Glass” retumba como un martilleo que te golpea las costillas, complementado por una guitarra con mucha influencia de Nick Valensi. Después de la tormenta, viene la calma de la mano de “Love‘s the Only Way”, con Shultz susurrándonos al oído One day you’ll find life’s not a game”, y uno no puede sino evocar con una sonrisa a todos aquellos que antaño pasaban horas y horas sentados frente al PlayStation jugando Borderlands (2009) y descubriendo en su soundtrack a una banda de veinteañeros que se presentaban como la nueva promesa del garage-rock.

Por su parte, “The War is Over” es una narración de crecimiento personal y una promesa que quisiera pasar por creíble acerca de que la guerra ha terminado pues el amor se encuentra en ambos lados del conflicto. En “Dance Dance” Shultz se mimetiza con su Mick Jagger interno en un track que bien podría haber sido compuesto por The Black Keys… el peso de Dan Auerbach aún latente. El ánimo decae en “What I’m Becoming”, con unos versos manoseados hasta decir ¡basta!:

“I’m so sorry, honey, for what I’m becoming
Everything you wanted seems so far from me
Never meant to hurt you, no, never meant to make you cry
I’m so sorry, honey, for what I’m becoming

Una agridulce evocación de lo que pudo haber sido y no fue

Construir arte a partir de tragedias individuales es tan viejo como el mundo mismo. Shultz no ha encontrado nada nuevo bajo la superficie, y tampoco ha compuesto el mejor álbum de su carrera.

Tokyo Smoke” resalta por la batería de Jared Champion y las guitarras espaciales de Brad Shultz y Nick Bockrath. La banda se despide con “Goodbye”, una dulce balada que nos presenta a Shultz en su momento más vulnerable, con una brutalidad honesta que lo lleva al borde de la desgarradura y cuya melancolía está a la par de joyas pasadas como “Flow”, “Hypocrite”, “Cigarette Daydreams” y, por supuesto, “Trouble”. My pretty bird, my favorite lullaby / How’d I become the thorn in your side / All your laughter turned into a cry / It’s all right, goodbye”, se sincera Shultz hacia el final de la canción, culminando con uno de los momentos álgidos del disco y completando perfectamente la catarsis.

Después del éxito de su anterior producción, esta era la oportunidad perfecta para que los de Kentucky se consolidaran como unos de los grandes. Construir arte a partir de tragedias individuales es tan viejo como el mundo mismo. Shultz no ha encontrado nada nuevo bajo la superficie, y tampoco ha compuesto el mejor álbum de su carrera. Pero en su desdicha personal ha cerrado con decencia una etapa en la carrera de Cage The Elephant, que de esta manera se mantiene como una de las bandas más respetadas de los últimos diez años, y que sin embargo se encuentra un escalón por debajo de actos como Arcade Fire o Arctic Monkeys. Al final, Social Cues es una agridulce evocación de lo que pudo haber sido y no fue. Como el amor, pues.

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