Vampire Weekend

Vampire Weekend –
Father of the Bride

Tras seis largos años, Vampire Weekend vuelven con energías renovadas en Father of the Bride, un disco donde el grupo se dedica a pasárselo bien y a contagiarnos su buen rollo a través de canciones pop tan sofisticadas como pegadizas y divertidas, consiguiendo que su aroma veraniego se apodere de todos nosotros.


Si me lo permitís, por una vez vamos a saltarnos las presentaciones y los formalismos. Todos sabemos de sobra a qué hemos venido aquí y de dónde hemos venido; cualquier fan conoce ya los antecedentes, ha sufrido la espera en su propia piel  y no necesita otro recordatorio cansino de la trayectoria de la banda de turno. Así que, ahorrémonos todos esos pasos y vayamos directamente a ver qué nos cuenta el padre de la novia. Por fin podemos hablar de Father of the Bride, el esperadísimo nuevo disco de Vampire Weekend.

Por qué Father of the Bride es un buen disco

En lugar de un álbum serio con el objetivo de pulir imperfecciones y superarse a sí mismos, Ezra y el resto se han dedicado a, sin ninguna preocupación, hacer lo que les apetecía en cada momento. Por eso, Father of the Bride es más bien un conjunto de canciones que una obra en sí misma.

Creo que es innegable que los seis años de espera no han sido en vano, que han merecido la pena y que Father of the Bride es, ante todo, un buen disco. Incluso diría que es un muy buen disco. Ezra Koenig tenía ante sí dos retos bastante duros a superar: hacer algo a la altura tras el sobresaliente Modern Vampires of the City (2013) y hacer un buen disco sin Rostam Batmanglij, quien, a pesar de haber colaborado en un par de temas (incluso habiendo abandonado el grupo), apenas ha participado en Father of the Bride.

Y Ezra ha resuelto ambos retos de la siguiente manera: por un lado, alejándose de la seriedad de Modern Vampires of the City al marcar un punto y aparte (al fin y al cabo aquel fue el cierre de una trilogía) que, si bien guarda muchas similitudes en lo musical (hablamos de Vampire Weekend), propone una temática casi contraria a la de su anterior álbum. Y, por otro, multiplicando la apuesta para suplir la ausencia de Rostam: Father of the Bride cuenta con una cantidad de colaboraciones inmensa, desde sampleos de Hans Zimmer al co-protagonismo de Danielle Haim en varias canciones y su aportación en los coros de muchas otras. Más que un disco de Vampire Weekend, Father of the Bride es toda una celebración; una ocasión que Ezra ha aprovechado para simplemente hacer música con un puñado de amigos y gente a la que admira.

¿El disco más ligero de Vampire Weekend desde su debut?

Mientras que el acercamiento más desinhibido y veraniego consigue aportar una cohesión sonora bastante lograda a pesar del elevado número de canciones y de la variedad de estilos que recoge, el carácter pop y la jovialidad que desprende Father of the Bride hacen de él un álbum muy fácil de escuchar.

A nivel general, la estructura y la manera de afrontar este trabajo funcionan: en lugar de un álbum serio con el objetivo de pulir imperfecciones y superarse a sí mismos, Ezra y el resto se han dedicado a, sin ninguna preocupación, hacer lo que les apetecía en cada momento. Por eso, Father of the Bride es más bien un conjunto de canciones que una obra en sí misma. Además, ha llegado un punto en que el grupo ya conoce de sobra sus puntos fuertes y tiene experiencia suficiente como para construir piezas a las que es difícil ponerles alguna pega.

La dinámica, los coros, la instrumentación, la producción (una vez más a manos de Ariel Rechtshaid), los arreglos… Todo suena excepcionalmente bien, en su sitio, y da la sensación de haber sido estudiado al milímetro. Mientras que el acercamiento más desinhibido y veraniego consigue aportar una cohesión sonora bastante lograda a pesar del elevado número de canciones y de la variedad de estilos que recoge, el carácter pop y la jovialidad que desprende Father of the Bride hacen de él un álbum muy fácil de escuchar pese a su larga duración, siendo, quizás y en ese sentido, su disco más ligero desde el debut.

Fotografía: Michael Schmelling

Un manual de cómo hacer canciones de pop

Lo que antes causaba frustración y duelo, ahora carece de importancia. Father of the Bride es un disco que continuamente está soltando lastre mediante juegos de palabras y fraseos que quitan hierro a la temática existencialista habitual de Vampire Weekend.

Hablando ya de las canciones, es fácil observar que aquí hay muchas y muy buenas. Hay momentos sencillamente de quitarse el sombrero, como los adelantos previos a la publicación del disco, entre los que destaco especialmente “Harmony Hall”, “Sunflower” y “This Life”, tres canciones que deberían ir directas a cualquier playlist con lo mejor de este año. La primera de ellas recoge la épica minimalista de su álbum anterior y la traslada a la primavera, con un desarrollo tan satisfactorio como adictivo. Y es que ese I don’t wanna live like this / But I don’t wanna die que recogen de “Finger Back” ahora parece más una celebración que un lamento.

Mientras que “Sunflower” se dedica a hacer un juego de escalas endiabladamente adictivo, “This Life” aplica ese mismo filtro primaveral a un pop con mucha influencia del country-blues de Kentucky. Son piezas así las que nos permiten ver la perspectiva general tan diferente de este álbum: lo que antes causaba frustración y duelo, ahora carece de importancia. Father of the Bride es un disco que continuamente está soltando lastre mediante juegos de palabras y fraseos que quitan hierro a la temática existencialista habitual de Vampire Weekend:

“Baby, I know pain is as natural as the rain
I just thought it didn’t rain in California
Baby, I know love isn’t what I thought it was

Los problemas personales y sociales, así como las cuestiones existenciales, no han desaparecido. De hecho, Ezra nos presenta el disco con “Hold You Now”, un tema en el que ya se habla de una relación destinada a terminar (temática recurrente en todo el álbum que, en esta ocasión, se acepta como una parte más de la vida). Resulta incluso chocante fijarse en la letra de canciones tan pegadizas como “Bambina” (“I’ll see you when the violence ends / For now, ciao ciao, Bambina”) o “How Long?”, donde tenemos primero una crítica a la violencia policial y después una continuación de esa relación nefasta (“How long ’til we sink to the bottom of the sea?”).

La brevedad de muchas de las pistas también consigue que el disco fluya con bastante naturalidad, colocando los duetos con Danielle Haim (la ya mencionada “Hold You Now”, “Married in a Gold Rush” y “We Belong Together”) como piezas centrales del álbum e intercalando las canciones más largas con las más breves. Ese añadido de voces ayuda a conseguir más variedad y dinámica, y ensancha las fronteras de un grupo que esta vez no ha querido encerrarse en sí mismo y ha incorporado todos los elementos que ha podido. Lo mismo ocurre en los dos temas con Steve Lacy de The Internet, “Sunflower” y “Flower Moon”, esta última más experimental, con un gran uso de vocoders y el spoken-word.

Aprender a vivir con las miserias de la vida

La brevedad de muchas de las pistas también consigue que el disco fluya con bastante naturalidad, colocando los duetos con Danielle Haim como piezas centrales del álbum e intercalando las canciones más largas con las más breves. Ese añadido de voces ayuda a conseguir más variedad y dinámica, y ensancha las fronteras de un grupo que esta vez no ha querido encerrarse en sí mismo y ha incorporado todos los elementos que ha podido.

Y la cosa no se queda ahí. La banda se permite momentos para la experimentación, como esa “Sympathy” en la que flamenco y electrónica se dan la mano, “My Mistake” (la única pieza mucho más melancólica y fatalista de Father of the Bride que pone el punto de mira en la crueldad de la sociedad), o una “2021” en la que, a través de un sampleo de “Talking” (pieza instrumental del músico japonés Haruomi Hosono), Ezra pone la vista en el futuro y se pregunta si su recuerdo sobrevivirá al paso del tiempo. “2021” y “Big Blue”, con ese doble sentido entre el océano y Dios (por supuesto, la religión vuelve a ser un tema recurrente), destacan por la sensibilidad y elegancia minimalista clásica del grupo.

Incluso al final hay grandes momentos, como esa “Stranger” en la que abrazan a los Beach Boys (muy presentes a lo largo de todo el álbum) sin ningún miramiento, o el cierre con “New York, Jerusalem, Berlin”, una vez más, intimista y reposado, como suele ser habitual en los finales de sus trabajos, escogiendo tres ciudades fundamentales en el judaísmo y que a la vez tienen una gran simbología: Nueva York es la ciudad del dinero, Jerusalén la de la religión y Berlín la de la cultura.

Por qué Father of the Bride no es una obra maestra

Puestos a buscar un concepto más sólido, habría sido más interesante incluso tener piezas únicamente con la voz de Danielle, lo cual nos habría permitido ver las dos perspectivas de esa relación que ocupa varias de las canciones y, del mismo modo, habría potenciado el carácter teatral de sus dos voces, así como la propia temática del álbum.

Si hay tantos elementos destacables y elecciones tan buenas, ¿qué es lo que falla? ¿Por qué con cada escucha el disco me deja una sensación agridulce? La verdad es que Father of the Bride está lejos de ser un álbum redondo. Sí, hay muchas cosas buenas, pero también hay unas cuantas malas, varias de ellas como consecuencia directa de las buenas y del propio enfoque del disco.

Lo más notorio y alarmante, casi inevitable tratándose de un álbum doble, es el exceso de temas y el desequilibrio entre estos. El disco comienza muy bien, pero se desinfla sobre la mitad, con un tramo que se atraganta con bastante facilidad, ya sea por canciones que no están a la altura (“Rich Man”, “Spring Snow”), por otras que sencillamente engordan pero no suman (“Unbearably White” funciona de manera independiente pero por algún motivo no encaja bien en el conjunto) o por un tramo final donde pasa algo parecido: no hay malas canciones, pero suenan a repetición innecesaria. Incluso buenas composiciones como “My Mistake” casi acaban restando al no encajar nada con la tónica general de Father of the Bride. El orden tampoco ayuda, ya que momentos destacables como “Big Blue” aparecen en un lugar que rompe el ritmo del disco.

El problema al manejar tantas canciones es que resulta muy complicado dar coherencia, unidad y sentido, y ante la posibilidad de simplemente no hacerlo, Ezra ha intentado conducir el disco con un motivo más o menos central y con los duetos junto a Danielle como eje. Así obtenemos un resultado que no termina de cuajar debido por un lado al exceso y a la disparidad de canciones, y, por otro, porque ni siquiera los duetos con Danielle son momentos álgidos del álbum (salvo “Hold You Now”, que es un comienzo brillante). Puestos a buscar un concepto más sólido, habría sido más interesante incluso tener piezas únicamente con la voz de Danielle, lo cual nos habría permitido ver las dos perspectivas de esa relación que ocupa varias de las canciones y, del mismo modo, habría potenciado el carácter teatral de sus dos voces, así como la propia temática del álbum.

Lo que podría haber sido y no es

La inclusión de tantos instrumentos y músicos ha obligado al grupo a darles más espacio, rompiendo un poco la dinámica entre sus miembros (algo ligado también al esqueleto pop de las canciones y a su construcción tan concienzuda). Esto ha provocado que echemos en falta la espontaneidad de sus primeros álbumes y esa conjunción de influencias tan aparantemente alocadas pero que tan divertidas nos parecían.

Hablando de las colaboraciones, si bien ayudan a engrandecer el sonido de Vampire Weekend, creo que también les quita algo de identidad a sus miembros. He echado un montón de menos a Chris Tomson y a Baio, especialmente los juegos de batería del primero. La inclusión de tantos instrumentos y músicos ha obligado al grupo a darles más espacio, rompiendo un poco la dinámica entre sus miembros (algo ligado también al esqueleto pop de las canciones y a su construcción tan concienzuda). Esto ha provocado que echemos en falta la espontaneidad de sus primeros álbumes y esa conjunción de influencias tan aparantemente alocadas pero que tan divertidas nos parecían. Creo que esto también viene dado por el paso del tiempo y la madurez del proyecto. Seis años es mucho tiempo y se nota. Los abanderados de la generación millennial empiezan a hacerse adultos. En este tiempo, Ezra se ha casado, ha tenido hijos y, con ello, se ha perdido parte de la rabia y la ambición propias de la juventud.

Es cierto que parte de estos problemas son comprensibles y perdonables. Sabemos que el reto era enorme y que el grupo tampoco ha pretendido en ningún momento superar lo que consiguieron con Modern Vampires of the City, pero uno no puede más que pensar en lo que podría haber sido este disco si tan sólo se hubieran reservado un puñado de temas para una posible edición de lujo. Aun así, tampoco tiene por qué ser todo una obra maestra y, como ya hemos dicho, este trabajo tiene momentos buenos de sobra. A pesar de todo, el aroma veraniego, la comunión con la naturaleza a través del folk y el buen rollo que tiene Father of the Bride se contagian tanto que, aunque no consiga ser el disco de nuestra vida, nada le va a impedir ser el disco del verano.

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