La gran cita del rock pesado estatal

Pleno de conciertos impecables en un Kristonfest 2019 para el recuerdo



En medio del que probablemente sea el mes con mayor actividad musical y densidad de conciertos (muchos de ellos gratuitos) en Madrid, destaca el evento por excelencia de todos los amantes de los sonidos más rockeros y pesados. El pasado fin de semana tuvo lugar una nueva edición del Kristonfest, trasladado a Madrid hace ya tres ediciones desde su anterior ubicación en Bilbao. Esta vez con nuevo cambio de formato, con ocho conciertos repartidos entre viernes y sábado, en lugar de la maratón de seis conciertos concentrados el sábado de los dos últimos años. El primero de los aciertos de un Kristonfest que de esta manera aumentaba su oferta a la vez que disminuía el destrozo físico derivado de presenciar seis conciertos completos seguidos en un mismo día.

Una de las poquísimas pegas que se le podrían poner a la organización en esta ocasión sería lo pronto que empezaron los conciertos el viernes en la sala Mon Live, en Moncloa. Y es que con un público madrileño acostumbrado a conciertos que en vísperas de laborables comienzan después de las 11 de la noche, resultó chocante meterse a plena luz del día en una sala. Probablemente fuera ésta la principal razón de que el primer concierto del festival estuviera a media entrada, más teniendo en cuenta que como bien decía su propio promotor: “El Kristonfest tiene un público que controla”.

Rituales sectarios de oscuridad, luz y psicodelia

En cualquier caso, es una lástima que algo menos de media sala presenciáramos el ritual que llevaron a cabo Årabrot en la Mon. Sobriedad por bandera, formación clásica de batería, bajo, guitarra y Mellotron (!) y un setlist más negro que la tinta de calamar para meter el miedo en el cuerpo al personal. Empieza a sonar “The Gospel” y uno se queda congelado en el sitio intentando entender qué tienen estos noruegos que hipnotiza, acojona y engancha todo a la vez. Algo de black metal y algo de soul, combinación que recuerda a Zeal and Ardor pero enturbiados, algo de americana (aunque sea el atuendo amish de su frontman, Kjemil Nernes) y algo de rock avant-garde. Un latido sexual primario en cada acorde, una voz de ultratumba, que impresiona aún más conociendo el reciente cáncer de garganta superado por Nernes, y una atmósfera digna del Roadburn, discordante con la hora y la temperatura del día. Para finalizar, tras una “The Dome” especialmente inspirada y una genial versión de “Sinnerman”, “Story of Lot” terminó de abrumar físicamente a todos los presentes. Un arranque de festival difícil de superar.

Misma hora de inicio, para que nadie se despistase el sábado, mejor entrada de inicio y un grupo apropiadísimo para dar comienzo a las hostilidades como Church of the Cosmic Skull. Sin duda, uno de los grupos más particulares que han pasado por cualquier Kristonfest: cinco hombres y dos mujeres (¿no eran cuatro y tres?) vestidos enteramente de blanco, violín incluido, tocando algo situado en la mediatriz del occult-rock de Coven y una versión zeppeliana de ABBA. Tan extraño como pueda parecer, pero bastante más disfrutable. Un público sorprendentemente volcado (para más de uno y una parecían ser el plato fuerte del día) les aupó a dar un show vistoso y aseado, con un setlist algo irregular. Hitazos incontestables (“Black Slug”, “Go by the River” atribuible a Neil Young si se hubiese metido a una secta, o “Evil in your Eye”) alternados con temas algo más de relleno, todos ellos propulsados por un teclista hiperactivo cuyo órgano eléctrico es el claro protagonista del sonido de esta Iglesia. En cualquier caso y como quedó demostrado en un final estelar con “Cold Sweat”, “Revolution Comes with an Act of Love” y una nueva canción algo más floja, Church of the Cosmic Skull son una sorpresa radiante y agradecida en el rock psicodélico actual, siempre más proclive a los mensajes satánicos que a la predicación del amor libre.

Otro de los platos fuertes del cartel era Earthless en su primera visita a Madrid, o lo que es lo mismo, una de las bandas más grandes en la creciente y en forma escena psicodélica californiana. Y qué decir de sus directos. Hora y media de tralla sin apenas descanso, repartida en media docena de canciones recortadas, modificadas y vueltas a coser entre sí, abarcando desde “Godspeed” y “Uluru Rock” hasta temas de su último trabajo, mucho más directo (“Gifted by the Wind”, “Electric Flame”, “Black Heaven”) y finalizando con una versión de “Cherry Red” de los Groundhogs. Como protagonistas, Mario Rubalcaba a.k.a. el batería más bestia que quien suscribe haya visto en directo jamás y un Isaiah Mitchell en un estado de trance guitarrístico del que solo salía para clavar las escasas voces con las que regaron el set. Una barbaridad de concierto tan grande como las sonrisas de oreja a oreja con las que salió el respetable.

Fotografía: Unai Endemaño

Doble dosis de stoner canónico y desértico

Un viejo conocido de la escena desert es Nick Oliveri y sus Mondo Generator. Siendo sinceros: el pasado más que turbio de Oliveri me impide disfrutar de su hard-rock entre stoner y acelerado como sus canciones merecen. Como un Lemmy Kilmister que le diese a los porros en vez de al speed, Oliveri logró la insólita gesta de que buena parte del ya más nutrido público hiciese air-bass. Algunas versiones de Queens of the Stone Age y Kyuss aliñaron un setlist correcto aunque algo monótono. O quizás fuera todo un conciertazo de desert rock y, simplemente, un servidor no estaba por la labor.

“La última vez que tocamos aquí, algunos de vosotros no habíais nacido”, soltó un Fredrik Nordin divertido en un momento de su concierto con Dozer al día siguiente. Y, si bien la afirmación fue algo exagerada partiendo de que la media de edad entre los asistentes era tirando a alta, es cierto que los segundos protagonistas de la velada llevaban mucho tiempo fuera del radar. Razón de más para que la expectación con su concierto estuviese por las nubes. Y aunque el ‘hype’ normalmente sólo sirva para jugar malas pasadas, en el caso de los suecos estamos hablando de una de las bandas puntales del rock stoner y desértico en Europa. Pero, ¿qué hicieron con ese hype Dozer?, os preguntaréis. Pues os lo diré: lo noquearon, lo tiraron al barro y le pasaron por encima con un tractor. Treinta y siete veces.

Vista la exhibición de Nordin, Tommi Holappa y compañía cualquiera diría que llevan sin sacar disco desde hace seis años. “Until Man Exists No More”, “Drawing Dead”, “Rising” y compañía dieron fe de una maquinaria perfectamente engrasada para bombardear riffs demoledores, una voz que siempre ha sido uno de los grandes atractivos de la banda y una contundencia seca de la que algunos acusan que carece Greenleaf, la banda paralela de Holappa. Un servidor era de la opinión contraria, de que Greenleaf tenía más jugo y psicodelia en su interior que Dozer. Al menos, hasta las 9 de la noche del sábado. Ese final con “Big Sky Theory” demostró que, a día de hoy y a falta del inminente retorno de Truckfighters, Dozer son la experiencia stoner más pura disponible ahí fuera.

Fotografía: Unai Endemaño

Fin de fiesta a base de pólvora rockera para todos los gustos

A continuación se esperaba que tocasen Kadavar, pero lo cierto es que tras diez minutos de espera, los que comparecieron en el escenario fueron otros. Concretamente tres demonios vestidos de negro y con las barbas más envidiables del planeta, con el único objetivo entre ceja y ceja de reducir La Riviera a escombros. Quizá en el pasado Kadavar fuese catalogado como un grupo de rock setentero, quizá en su vertiente más dura y zeppeliana. Lo cierto es que hace ya tiempo que, al menos en directo, los berlineses son una apisonadora doom metal en toda regla, que como mucho decora con un barniz especialmente retro su sonido. No había más que ver el setlist, centrado en su último y más pesado álbum, Rough Times (2017), para adivinar que el trío se ha decantado por la contundencia, alternando temas incontestables como “Doomsday Machine”, “Die Baby Die” o “The Old Man” con largas improvisaciones que se alejan de sus versiones de estudio.

Desde los rugidos sordos de ‘Dragon’ Bouteloup hasta la artillería pesada y elegantísima de ‘Tiger’ Bartelt en la batería (ventilador para darle vistosidad a la melena incluido), pasando por la fantástica voz de ‘Lupus’ Lindemann, lo de Kadavar fue simple y llanamente otro nivel. Y como además les gusta aún más España del mundo que a la media de sus compatriotas, dejaron caer que volverán a Madrid en noviembre. Sobra decir que allí nos tendrán.

Francamente y pese a mi juventud, yo pensaba que había ido a unos cuantos conciertos de rock en mi vida. En torno a trescientos, según mis estimaciones. Podéis imaginar mi sorpresa cuando fui consciente tras acabar el concierto de The Hellacopters de que acababa de presenciar Mi Primer Concierto De Rock. Para hacer justicia a lo que vi, debería de hecho de redactar el resto de la crónica sólo en mayúsculas. Y todo esto sin ser (al menos hasta ahora) un fan-fan de la banda, más por cuestión generacional que otra cosa.

Fotografía: Unai Endemaño

Desde el momento en el que empezaron a sonar los acordes de “Hopeless Case of a Kid in Denial” hasta que se apagó la ovación tras acabar “(Gotta Get Some Action) Now!”, La Riviera fue el patio de recreo de Nicke Andersson y compañía. Concretamente un patio de recreo con toboganes acuáticos, coches de choque y montañas rusas. Y es que en un mundo más justo o con más criterio musical los Hellacopters y la ola de rock escandinavo que lideraron habrían sido el relevo rockero natural del grunge para las masas. No es el caso, pero eso a ellos les da igual y sus seguidores así lo prefieren, de manera que dos décadas y pico después de su formación, los suecos vuelven a saturar amplificadores y a disparar contra todo lo que se mueve en ráfagas rápidas (sonaron hasta una veintena de canciones en hora y media justa). Un repertorio repartidísimo entre todos sus álbumes, un sonido decente, poquísimas pausas, Dregen como un Jack Sparrow atacado y Nick Royale excelso a las voces. Quitando una armónica que no se oía, si la nota de los conciertos se diese por cantidad de personas volando por encima de otras (para estrés de los seguratas), el de Hellacopters fue de Matrícula de Honor.

Como era previsible dada la hora que era ya, tras el solar que dejó a su paso el helicóptero buena parte del público se retiró prudencialmente. Los que no lo hicimos sin embargo tuvimos la suerte de presenciar un alineamiento astronómico extraño y mágico. Turbowolf saltaron al escenario conscientes de que al tocar en la prórroga no tenían nada que perder y sí bastante que ganar. Bajo esa premisa se juntaron un batería barbudo canónico, un guitarrista con pinta de modelo de Zara, una bajista embutida en un traje de noche y Frank Zappa en traje blanco y camisa con chorreras. Improbable combinación para un sonido más inclasificable aún, híbrido entre unos Royal Blood anfetamínicos y unos Queens of the Stone Age primitivos y punkarras, comandado siempre por un Chris Georgiadis cuya presencia escénica quedará grabada a fuego en la retina de todos los presentes.

En conclusión, un broche acelerado e idóneo para evitar que el cansancio tras siete horas de hard-rock hiciera mella, y que ponía punto final a la octava e inolvidable edición del Kristonfest. Tenemos un año por delante, aunque no estoy seguro de que a todos nos dé tiempo de recuperarnos de esto.

Fotografía: Unai Endemaño

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