The Cure

The Cure –
Disintegration

Décadas después de su publicación, Disintegration continúa siendo el disco más emocionante de The Cure. Un grupo que pertenece aún a ese catálogo exclusivo de bandas que han sabido transformar con destreza sus peores momentos personales en vivencias fabulosamente empáticas.


Estaba realmente preocupado por la idea de hacerme mayor”. De esta forma resumía Robert Smith uno de los discos más profundos, valientes y personales que The Cure harían en toda su carrera. Y que cualquier otra banda desearía, en esencia, haber igualado en intención.

Un álbum envuelto entre rumores de separación, presiones discográficas, adicciones, el incierto cambio de década que terminaría con el desenfado de los ochenta e introduciría la pesambre del grunge en los noventa, y todo ello unido al profundo desasosiego provocado por el final de la inocencia. Digamos que, Disintegration, podría haber sido la música que ambientara las largas noches en las que Jean Paul Sartre escribió La Náusea o Edgar Allan Poe El Cuervo.

Puro rock existencialista

Un álbum envuelto entre rumores de separación, presiones discográficas, adicciones, el incierto cambio de década que terminaría con el desenfado de los ochenta e introduciría la pesambre del grunge en los noventa, y todo ello unido al profundo desasosiego provocado por el final de la inocencia.

Siempre he pensado que existe una corriente de discos existencialistas. The Dark Side of The Moon (1973), por ejemplo, trataba el tema de la locura apelando a la cara oculta de la Luna como metáfora atemporal de la depravación humana. Un relato que concluye pesimista (“No existe una cara oculta en la Luna, de hecho, es toda oscura…”) y que agudizarían Joy División en Closer, herederos del Strange Days de los Doors, llevando hasta el paroxismo sus propios conceptos insensatos sobre el absurdo y el suicidio.

Del mismo modo, Robert Smith, compositor y letrista de The Cure, reflejó en este soberbio disco todas las frustraciones de una rutilante estrella del rock en decadencia. Amargado por lo que se esperaba de él, empapado en drogas y alcohol para inspirarse, alejado de sus compañeros de banda; harto de todo.

Cada pieza de esta obra arroja un retrato personal imperecedero que provoca una empatía inmediata para todo aquel que valore lo que de verdad importa en la música: la sinceridad.

Fotografía: Frans Schellekens (Redferns / Getty Images)

De vuelta a la melancolía

Robert Smith, compositor y letrista de The Cure, reflejó en este soberbio disco todas las frustraciones de una rutilante estrella del rock en decadencia. Amargado por lo que se esperaba de él, empapado en drogas y alcohol para inspirarse, alejado de sus compañeros de banda; harto de todo.

El viraje hacia el goticismo y la melancolía propios de sus primeros discos se tornó una urgencia; casi una necesidad. Atrás quedaron los aires festivos de The Head on the Door (1985) y Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me (1987); discos que les habían abierto las puertas de los EEUU y dado a probar la cereza yanqui, razón por la que Elektra Records pensó que Disintegration iba a ser un verdadero suicidio comercial. “Pensé que era mi obra maestra y ellos que no era más que una mierda”, confesó en su momento Robert Smith.

Puedo imaginarme a los directivos de Elektra tragando saliva al escuchar “Plainsong”, el primer corte de un álbum donde casi ninguna canción baja de los cinco minutos y tan denso como el prospecto de los ansiolíticos que debieron tomar al acabarlo. Por fortuna, el disco fue un éxito notable (2 discos de platino sólo en Estados Unidos).

Los magnates de la industria del disco debieron cerrar sus bocazas, no sin antes haberlas llenado del mejor champagne que se pudiera encontrar cerca de las oficinas de la disquera en 1989, máxime al comprobar la repercusión que años después tendrían temas como “Pictures of You” en bandas de gran popularidad como Placebo, Goldfrapp o Manic Street Preachers.

La banda aún fue capaz de adentrarse más en las ciénagas de la desesperación y el pesar en “Closedown” (casi se puede sentir la lluvia empañando los cristales de tu habitación). Música lisérgica, de ritmo percutivo y colchones de teclado, que avanzarían “Lovesong”. Escuché esta canción por primera vez en unos recreativos de Alcoy con doce años, mientras jugaba al Tetris, en el verano 1990. Todavía, aún hoy, recuerdo la sensación y, si cierro los ojos, casi puedo oler la colonia de mi primo situado aquel día justo a mi lado.

La leyenda cuenta que hubo un incendio durante la grabación del disco en el que se quemaron las letras de todas las canciones. Todas, menos “Lovesong”. Un regalo de bodas que Robert le hizo a su novia Mary Poole, porque, no nos engañemos, casarse con un músico tiene muchas desventajas, pero un detalle así las disculpa sobradamente.

En la misma línea de elegante sofisticación y envoltura estaba “Last Dance”, cuyas sugerentes texturas sonoras, propias de los míticos amplificadores Jazz Chorus de Roland, empujaron a muchos guitarristas a optar por ellos para identificar su sonido de una forma clara (me incluyo entre ellos). Y casi sin percibirse llegaría “Lullaby”. Su sutil entrada no se hace del todo patente hasta que los elegantes bajos de Simon Gallup irrumpen apenas veinte segundos después de empezar.

“Lullaby” fue un éxito terrible, y no sólo por la sugestiva combinación de pop orquestal envuelto en un manto de morboso rock gótico, sino por el hipnótico vídeo que Tim Pope dirigió para la promoción del disco en aquellos días. Un acierto sin precedentes en la era de la MTV que exhibía a una banda salida de una pesadilla de Tim Burton. Los siniestros representantes del imaginario de Edgar Allan Poe que, definitivamente, instalaron pequeños Robert Smiths dentro de los corazones de millones de adolescentes.

Calles fascinantes y aguas muy profundas

Cada pieza de esta obra arroja un retrato personal imperecedero que provoca una empatía inmediata para todo aquel que valore lo que de verdad importa en la música: la sinceridad. Pese al desmedido minutaje de los cortes, en ningún momento se empaña su escucha con sensaciones de hastío.

La segunda parte del disco abunda en su carga dramática con piezas desmesuradamente largas para una banda de pop comercial.

La inquietante intro de la opresiva “Fascination Street” se compuso desde la figuración. Robert se veía viviendo la noche de Nueva Orleans en la legendaria Bourbon Street. Yo, en cambio, siempre me sentí trasladado a otros lugares más privados cuando la escuchaba de chico.

El tono del disco se endurecería en “Prayers for Rain” y, salvando las distancias, su propósito puede recordar a lo que Depeche Mode trataron de conseguir un año después con Violator: rock crepuscular que escuchar en las noches de los días plañideros. Y pese al desmedido minutaje de los cortes, en ningún momento se empaña su escucha con sensaciones de hastío. “The Same Deep Water As You”, que entregaba más de nueve minutos de ceremonia fúnebre entre dos amantes separados abruptamente, es un claro ejemplo: “Es duro nadar en las mismas aguas profundas en las que estás tú. El ahogado perdió mucho menos que nosotros”. Imposible no sentirse atrapado y redirigido hacia la larga noche que anidaba entonces en la cabeza de Robert Smith.

Profundo, valiente y personal

El octavo álbum de The Cure fue el canto de cisne de una banda en una línea imposible de repetir y que les mantuvo vivos durante las siguientes décadas, repitiendo en las listas de éxitos alguna vez más (aún estaba por llegar “Friday I’m in Love” en 1992; canción que, desde entonces, ha sonado cada viernes en las radios de medio mundo).

La recta final del álbum se reservaría “Disintegration”, cuyo sentido no es otro que el inexorable e indolente paso del tiempo. La desintegración y el existencialismo. Dos de los temas más recurrentes en las letras de The Cure y que retomarían diez años después en Bloodflowers (2000), despidiendo el disco con “Homesick”, una preciosa balada de piano y arreglos de chelo unida a la coda final de “Untitled”, que cierra el álbum de forma tajante: “Luchando contra el diablo, sintiéndome fútil, viendo como el monstruo sube cada vez más y más dentro de mí”.

Será difícil que The Cure vuelvan hilar otra obra tan magistral como lo es Disintegration, cuyo concepto aún permanece inalterado varias décadas después de su publicación, formando parte de la banda sonora vital de muchas personas.

Fue el canto de cisne de una banda en una línea imposible de repetir y que les mantuvo vivos durante las siguientes décadas, repitiendo en las listas de éxitos alguna vez más (aún estaba por llegar “Friday I’m in Love” en 1992; canción que, desde entonces, ha sonado cada viernes en las radios de medio mundo). Sin embargo, nada de esto ha impedido que Robert Smith se fuera pareciendo cada día más al personaje que interpretó Sean Penn en This Must Be The Place de Paolo Sorrentino: un millonario aburrido y alejado de su ínclito pasado que necesitaba resolver algo en su cabeza antes de volver a ponerse detrás de un micrófono; aunque, quién sabe, puede que esta vez sí haya dado con una cura a sus demonios internos.

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