Andrew Bird

Andrew Bird –
My Finest Work Yet

“My Finest Work Yet” es un álbum que nos devuelve la tradición del mejor pop orfebre de otros tiempos. Un material exquisito que sorprende por la extraordinaria capacidad de Bird para componer discos con frescura después de más de treinta años de carrera.


A sus 45 años y tras 21 álbumes editados (6 de ellos en directo, 4 con banda y 11 en solitario), Andrew Bird tiene algo que muchos músicos anhelamos y tememos a partes iguales: creatividad. Su relación con Aglaya, diosa de esta facultad y de la alegría, parece sostenerse sobre algún tipo de contrato leonino. Y no me quiero poner pomposo, pero este tipo aúna cualidades que otros compositores sólo consiguen a través de arreglistas o avispados productores: es un violinista talentoso, un hacedor de melodías realmente capaz y un dotado constructor de canciones, por no hablar de su envidiable manejo del silbido.

La envidiable carrera de un talento infatigable

En pleno 2019, el primoroso compositor de Ilinois ha completado la que parece ser la colección de canciones más coherentes de su carrera. Él mismo se cuca el ojo frente al espejo titulando el disco como “My Finest Work Yet”. Y, ciertamente, no le falta razón.

Sus anteriores trabajos, “Echolocations: Canyon” (2015) o “Echolocations: River” (2017), fueron discos inspirados por contextos bucólicos: música incidental, locativa… inteligente. Desbarres herrerianos para violín que supo intercalar con destreza entre álbumes de corte pop con artistas invitados (algunos lujosos como Fiona Apple) que le han hecho parecer una suerte de eslabón perdido entre John Foxx y Rufus Wainwright (“Are You Serious”, 2016).

Ya en 2019, el primoroso compositor de Ilinois ha completado la que parece ser la colección de canciones más coherentes de su carrera. No es que lo diga yo. Él mismo se cuca el ojo frente al espejo titulando el disco como “My Finest Work Yet” (“Mi mejor trabajo hasta ahora”). Y, ciertamente, no le falta razón.

Fotografía: Amanda Demme

“Uno debe imaginar a Sísifo feliz” (Albert Camus)

A su habitual destreza para componer canciones de envoltura mágica, con una querencia folk que hubiera impresionado a Sandy Denny, se une la acertada producción de Paul Butler (líder la banda inglesa The Bees), con quien ha podido concentrar todas sus virtudes y hasta soltarse en las letras a través de reflexiones políticas con sesgo existencialista.

La primera de ellas, “Sisyphus”, tal vez sea la más elocuente de todas. Un tema que seguramente será recordado como uno de los mejores que haya escrito y que trae a la memoria a un Gilbert O’ Sullivan guasón de pies descalzos. Dice en su letra que “la historia olvida a los moderados” o que “prefiere fallar como un mortal que hacerlo como un dios”, como queriendo aportar algo a los cáusticos tiempos que corren, haciéndolo a través del mito griego del malogrado rey de Corinto. Un Sísifo feliz silbando colina arriba, como hubiera querido Albert Camus.

El disco continúa con una ambientación jazzy muy a lo John Howard en “Bloodless”. “Parece que estemos en 1936”, canta, y lo hace tan desde las tripas que es inevitable no sentir un pellizco en el tuétano, sobre todo cuando despide los seis minutos largos de la canción con un solo de violín tan evocador que puedes sentir cada uno de sus dedos presionar tu amígdala.

El pizzicato y las guitarras eléctricas se combinan con un glorioso estribillo en “Olympians”. Para mí el mejor corte del disco. Pop barroco pensado para poner los pies del revés a los asistentes de sus conciertos. Una intensidad que, en cierto modo, desciende en la espectral “Cracking Codes”, en la que se conforma con ser un baladista folk de piano y cuello vuelto, con vapores à la Rufus Wainwright (del que es coetáneo y al que, por otra parte, nada tiene que envidiar) que, sin embargo, podría haberse llevado más a su terreno.

Pop sinfónico y existencialista en tarros pequeños

Hasta cierto punto, “My Finest Work Yet”, parece un disco concebido dentro de los parámetros del single, propio de artistas ávidos por hacerse notar como estilistas que saben bien lo que hacen: pop suave y sugerente, aparentemente sencillo pero maravillosamente complejo, del que poder disfrutar sin necesidad de un manual que colocar sobre el reproductor.

Hasta aquí, “My Finest Work Yet”, parece un disco concebido dentro de los parámetros del single, propio de artistas ávidos por hacerse notar como estilistas que saben bien lo que hacen: pop suave y sugerente, aparentemente sencillo pero maravillosamente complejo, del que poder disfrutar sin necesidad de un manual que colocar sobre el reproductor. Todo esto queda muy claro en “Fallorun”, donde parece ponerse al día en relación a las tendencias del género más actuales. Algo que le acerque a un público menos febril. Una pieza que, sin llegar a ser de relleno (nada en la carrera de este músico lo es), sí transmite una sensación más ‘conservadora’.

Uno de los recursos musicales más enternecedores a los que recurren algunos músicos es el autoplagio. Crispian Mills (Kula Shaker, The Jeevas), además de apropiarse descaradamente de las canciones de otros músicos, también repetía incesantemente en sus discos algunos guiños a su propia discografía. El autoreferral no es en absoluto malo, y desde luego es mucho mejor que plagiar, puede ser el elemento neurótico que empuje a un artista, consciente o involuntariamente, a tratar de mejorar una idea con la que no termina de estar conforme; el Freddy Krueger musical con el que todos los compositores tenemos que convivir de algún modo.

Esto es algo que también parece haberle pasado con la hermosa melodía de “Archipelago”, pues es la misma que usara en “Down Under the Hyperion Bridge” compuesta para “Echolocations: The River” en 2017. No importa. De hecho, le engrandece. Es posible que necesitara exorcizar algunos fantasmas de aquellos días bajo el puente del río Hyperion, algo que, por otro lado, no impide ver una reminiscencia clara a “River Man” de Nick Drake, sin su pesar fúnebre, pero evidente en cualquier caso.

Exquisito artesano de orfebrería pop

“My Finest Work Yet” no pierde fuerza en ningún momento. Tal vez sea porque se grabó lo más orgánicamente posible, evitando la frialdad de las pistas separadas. Hay naturalidad en las diez canciones que lo componen y un aura de espontaneidad viva que deja que las cosas, simplemente, sucedan.

Llego a “Proxy War” y siento que la sutilidad orfebre del pop ha vuelto. Es reconfortante comprobar cómo el legado de discos como “Madman Across the Water” (1971) de Elton John o las primeras obras de Colin Blunstone planean sobre la esencia del disco y, en particular, sobre esta composición. Los años dorados del pop sinfónico embotellados en una producción soberbia que va a dibujar una sonrisa en todos aquellos que aman la grandilocuencia en envoltorios sencillos.

La misma sensación deja “Manifest”, con melodías rayanas en lo perfecto que tontean con la jovialidad de los silbidos de Bird; un tío que parece estar dirigiéndose a su casa, a última hora de la tarde, después de haber resuelto algo importante en su cabeza.

Es interesante señalar que el álbum no pierde fuerza en ningún momento. Tal vez sea porque se grabó lo más orgánicamente posible, evitando la frialdad de las pistas separadas. Hay naturalidad en las diez canciones que lo componen y un aura de espontaneidad viva que deja que las cosas, simplemente, sucedan.

Para la parte final, Bird demuestra su genio musical jugando con los compases en “Do The Struggle”, donde acomoda un puente en 7/8 con el que podrías marcarte un delirante zapateado irlandés dentro de una introspectiva balada bluesy que alucinaría a Mike Scott y sus Waterboys.

El último corte del disco, “Bellevue Bridge Club”, comienza del mismo modo: sosegado, tranquilo, hasta resolverse en una épica que cierra un disco, a mi juicio, redondo. La pista final de un disco que, para este momento, ha dejado tu cabeza despejada de los sinsabores del día, calmado tus tensiones esquizofrénicas y forzado inconscientemente a afinar la técnica de tu silbido (si sabes silbar).

Desde luego, un músico que cree haber entregado su mejor obra después de más de 23 años de carrera y un saco de discos de una calidad extraordinaria, merece, como poco, que te pares a escucharlo. Si, además, comulgas con algunas de las referencias que se han ido esbozando a lo largo de esta reseña, “My Finest Work Yet” tiene visos de ocupar un lugar destacado en tu discografía. A mí me ha parecido uno de esos discos que ayudan a invocar a la hadas de la creatividad, entre ellas, las que inspiran para hacer música.

error: ¡Contenido protegido!