Fat White Family

Fat White Family –
Serfs Up!

Los de Peckham dicen adiós a los excesos sonoros y vitales que les encumbraron y abrazan una producción exquisita, melodramática y plagada de hits con melodías antológicas y grandes recovecos estilísticos. Un compendio de canciones rico en detalles por el que destilan un montón de influencias, sobre todo del glam rock ochentero, el funk electrónico, el punk británico de The Fall y la energía irreverente que siempre les ha caracterizado.


Una noche, hace años, leí uno de esos versos que se te quedan clavados para siempre en la memoria por decir tantas cosas en tan pocas palabras, pero cuyo autor se te acaba olvidando. Seguramente aparecía en un libro de poesía simbolista francesa. No recuerdo exactamente cómo era de forma literal, pero más o menos decía así: “Sólo aquel que está siempre en mares turbulentos, ama y añora la tierra firme”. Y justo hoy me viene a la cabeza a la hora de hablar de la nueva referencia discográfica de los británicos Fat White Family, “Serfs Up!”, un agónico canto de esperanza en medio del caos que hoy impera en la sociedad británica y en toda Europa.

Cómo tomar el camino de la redención

“Serfs Up!” es un anhelo de tomarse las cosas más en serio, una salida de emergencia frente al destartalado futuro que les había sido asignado de no echar el freno y tomarse un tiempo para pensar.

Después de haberse hecho famosos por unos destartalados shows que rozaban lo escatológico (con desnudos, fluidos corporales y sí, muchas drogas de por medio), entablaron una relación tóxica con prensa, música y público que les situó en el ojo de la diana creepy que antaño ocuparon otros como The Libertines. El exceso les nutrió y les conformó. El sello Trashmouth Records (el nombre ya lo dice todo) les ofreció cobijo en medio de la tormenta. Así nació “Champagne Holocaust”, su primer álbum, una ebria y rotunda colección de diez canciones en las que repartían lecciones de historia a través de la no-ficción, atentados en Disneyland, sexo oral sin pasión y cantidades ingentes de heroína al más puro estilo The Velvet Underground (¿ese “Is It Raining in Your Mouth? es el “I’m Waiting for the Man” de nuestra generación?). Años después llegó Songs for Our Mothers” (2016), un disco mucho más decepcionante, de sonido un tanto plano pero con potentes hits, véase “Whitest Boy on the Beach” o “Tinfoil Deathstar”. 

Nunca está mal empezar de cero. Menos cuando sientes que el pasado se te echa encima. La banda liderada por Lias Kaci Saoudi se mudó de Londres a Sheffield para crear música a partir del soporífero retiro que ofrece una ciudad alejada de la capital y, sobre todo, para huir del devastador influjo de la heroína, tal y como lo reconocen en las múltiples entrevistas que han concedido a los medios. Y aquí está. “Serfs Up!” es un canto de redención, un anhelo de tomarse las cosas más en serio, una salida de emergencia frente al destartalado futuro que les había sido asignado de no echar el freno y tomarse un tiempo para pensar. Ahora ya no usan tanto la frivolidad ni la ironía, sino que pretenden ahondar en lo confesional, lo social, lo contemporáneo, en aras de situarse como una de las bandas más importantes de los últimos años dentro de su escena. 

Fotografía: Duncan Stafford

Sintetizadores que invitan al baile, saxos emergentes y mucha pasión desbocada

En “Tastes Good with the Money” reverberan los ecos de auténticos dioses de la música británica como David Bowie o Mark E. Smith y bien podría capturar la esencia del disco en su conjunto: introducción coral, guitarras glamizadas, arreglos orquestales épicos, cajas de ritmos que retrotraen a los ochenta, estribillos antológicos, ciertas dosis sugerentes de spoken word y un saxo que emerge para celebrar un final apoteósico.

Así lo demuestran canciones como Tastes Good with the Money (escogida como segundo single), en la cual reverberan los ecos de auténticos dioses de la música británica como David Bowie o Mark E. Smith y que bien podría capturar la esencia del disco en su conjunto: introducción coral, guitarras glamizadas, arreglos orquestales épicos, cajas de ritmos que retrotraen a los ochenta, estribillos antológicos, ciertas dosis sugerentes de spoken word y un saxo que emerge para celebrar un final apoteósico. Sin duda, este es el hit definitivo que estaban buscando, la canción de redención que tanto ansiaban escribir:

“One more faith bursting into flames
The air up there, now fresh and clean
People from nowhere, they poison everywhere
Sketching ruins in the dark”

Feet” es otro ejemplo del gran avance estilístico que han tomado los de Peckham. Aquí los sintetizadores construyen la base de una canción que tanto podría bailarse en una discoteca como en un festival lleno de barro. Las guitarras ceden el protagonismo a los teclados y los arreglos orquestales vuelven a situarse en el primer plano. La voz de Saoudi nunca ha sonado tan bien, permitiéndose unos devaneos finales orientales haciendo honor a sus orígenes argelinos.

Pero aún más redonda suena la que le sigue: “I Believe in Something Better posee una potente base dub que progresa hasta un estribillo espacial y cósmico, en el que se deja patente ese optimismo resignado frente a todo lo malo que le puede pasar a alguien en la vida. Los arreglos adquieren un cariz experimental a medida que la canción crece, con recursos de todo tipo. Y la melodía, como en los temas anteriormente mencionados, es de sobresaliente, conecta desde el principio y no te suelta hasta un final presidido por un potente feedback de guitarra fundido al sintetizador.

“La frontera es el hueso”

Ahora ya no usan tanto la frivolidad ni la ironía, sino que pretenden ahondar en lo confesional, lo social, lo contemporáneo, en aras de situarse como una de las bandas más importantes de los últimos años dentro de su escena.

El bajo asume el papel principal en temas comoFringe Runner”, muy cercana al estilo que han querido patentar en este nuevo álbum, en el que se ve una clara intención de llegar a un público mayor del que cosechaban hasta ahora. Los sintetizadores irresistibles de “Feet” regresan entrecortados por unos coros fantasmales que se fusionan con un ritmo construido a partir de palmas y cajas de ritmos. Otro tema que merece la pena escuchar a pleno volumen.

La sorpresa llega en la apertura de la segunda parte del álbum, “Oh Sebastian”, una balada perfecta de apenas dos minutos y medio al son de un violín que parece estar dedicada al mono de heroína:

“Yes, it’s going to take energy and it’s going to take time
But I got this feeling in my gut that you’ve barely arrived
Crawling across your ceiling
Helping myself to the best of your mind”

Otras no llegan a sumar tanto a la colección, como “When I Leave”, un medio tiempo que, a pesar de ser escogida como tercer single, no engancha tanto. Unos tintineos electrónicos junto a una base de guitarra perezosa edifican un lamento coral intenso y fúnebre bien ideado y ejecutado, pero abúlico y desprendido de la intensidad del conjunto.

Capaces de lo mejor y de lo peor (como cualquiera)

“Serfs Up!” ha servido para encumbrar a unos Fat White Family renovados y quizás por primera vez conscientes de lo que sienten, de lo que les hace rugir las tripas, de lo que les rodea.

Lo mismo sucede con “Vagina Dentata” que, aunque posee un título de lo más sugerente, puede llegar a desilusionar al fan más acérrimo de sus primeros álbumes. A pesar de todo, los arreglos y la producción siguen siendo exquisitos, más aún con el saxo que entra y sale a lo largo de toda la canción que le otorga un aire jazzy y pasional. “Kim’s Sunsets” prosigue en la línea de esta última recurriendo una vez más al bajo para encabezar el grueso de la canción. El wah-wah de la guitarra acompañado de la tenue y ligera voz de Saoudi suenan ideales en conjunto, pero alejan al oyente pudiéndole aburrir más de lo necesario. Por su parte, “Rock Fishes” es la pieza más psicodélica de la colección. Los sintetizadores y el aire funky marcan la distancia respecto a sus inicios en cuanto a producción, cuando primaba más la suciedad y el gamberrismo sonoro. Demasiado artificial para ser real.

Para terminar, “Bobby’s Boyfriend” nos da lo que pedimos a los nostálgicos del “Champagne Holocaust”, eso que precisamente resumen a la perfección con una sola frase antes de llegar al estribillo: “La frontera es el hueso”. Los arreglos de viento y guitarras tan Tom Waits despiden un álbum que ha servido para encumbrar a unos Fat White Family renovados y quizás por primera vez conscientes de lo que sienten, de lo que les hace rugir las tripas, de lo que les rodea.

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