King Gizzard & The Lizard Wizard

King Gizzard & The Lizard Wizard –
Fishing for Fishies

En un despiste de época, la RAE no ha admitido aún en su diccionario la palabra 'boogie', de forma que es imposible describir en castellano el decimocuarto disco de la banda más loca del planeta sin volvernos nosotros igual de majaras.


Es más divertido, y necesario, vender las bondades de una banda cuando ésta no es conocida y unánimemente aclamada tanto por crítica como por público. Supongo que de ahí surge la tentación, en la que algunos caen, de fingir ser los más vueltos de todo del lugar y darles la espalda una vez alcanzada la masa crítica de popularidad. Pese a que como críticos basamos nuestra escasa reputación en disfrutar de esa trampa para poner a caer de un burro un disco o una banda antes idolatrados a las primeras de cambio, nosotros no hemos sido capaces de hacerlo con King Gizzard & The Lizard Wizard. Al menos, todavía. Ojo, esto no se debe a una lealtad ciega, sorda y a prueba de bombas (cosa que por otro lado hace tiempo que se han ganado), sino simplemente a una cuestión de honestidad con uno mismo, con la banda y con los lectores.

2018 fue el primer año dentro de su trayectoria en el que no publicaron ningún álbum. A pesar de que es innegable que este barbecho era necesario tras ‘La Gran Hazaña’ del año anterior, no deja de resultar extraño pasar tanto tiempo sin escuchar algo nuevo del septeto. De ahí los suspiros de alivio de la cada vez más numerosa y particular masa de fans de la banda cuando, a principios de este año, anunciaron el sucesor de Gumboot Soup” (2017), titulado “Fishing for Fishies.

A este anuncio le siguieron una serie de adelantos que, para variar, sembraron el caos y la confusión por doquier. Caos y confusión que, por otro lado, son exactamente lo que todo el mundo espera de ellos. Estos adelantos, a lo que hay que añadir el misterioso y definitivamente thrash-metalero “Planet B”, dieron la sensación de que iba a ser un disco enajenado y variadísimo, en la línea de, curiosamente, su último trabajo. La realidad, a riesgo de autocometer spoiler, es bastante distinta.

Fotografía: Jamie Wdziekonski

Pescando pescaítos en el porche del rancho

King Gizzard & The Lizard Wizard han llegado a tal punto de abrumar al público sacando discos incesantemente que, si no siguieran reinventándose, se hundirían por su propio peso. Pero por otro no parece que esa presión sea el motor de su incesante búsqueda de nuevos sonidos.

Por un lado, uno piensa que King Gizzard & The Lizard Wizard han llegado a tal punto de abrumar al público sacando discos incesantemente que, si no siguieran reinventándose, se hundirían por su propio peso. Pero por otro no parece que esa presión sea el motor de su incesante búsqueda de nuevos sonidos. Al contrario, estos surgen de manera fluida y natural, como si llevasen toda la vida tocando jazz, o heavy metal, o lo que sea que tocan en esta fantasía de disco.

En los primeros tres cortes nos situamos en una escena campestre, con aires al “Paper Mâché Dream Balloon” (2015), aunque sin limitarse a instrumentos acústicos. Ya en la inicial Fishing for Fishies cocinan esta atmósfera, con unos ingredientes tan básicos como una melodía sencilla, un ritmo aún más simple y un tono country que se mantendrá en los dos siguientes temas de manera clara, y en casi todo el resto del álbum de manera más sutil. Boogieman Sam”, de hecho, parece una repetición en clave blues de su predecesora, con mayor protagonismo de la armónica de Ambrose. Según comentaba Stu MacKenzie en alguna entrevista, la idea original detrás de este álbum era la de hacer un disco íntegramente de blues. Obviamente y tratándose de semejantes colgados, el resultado final no es tan sencillo de describir, pero sí que se puede encontrar un cierto olor a guitarra vieja del Misisipi asomando por cada recodo de este disco. La armónica cede el protagonismo al teclado en la luminosa y algo jazzera The Bird Song, que termina con el tono pastoril y (suponemos que casualmente) Phish-y del comienzo del disco.

King Gizzard & The Tyrannosaurus Rex

Según comentaba Stu MacKenzie en alguna entrevista, la idea original detrás de este álbum era la de hacer un disco íntegramente de blues. Obviamente y tratándose de semejantes colgados, el resultado final no es tan sencillo de describir, pero sí que se puede encontrar un cierto olor a guitarra vieja del Misisipi asomando por cada recodo de este disco

Lo que sigue resulta ser uno de los cada vez más escasos charcos en los que King Gizzard aún no se habían metido hasta el fondo. Concretamente, una revisión en clave psicodélica y trastocada del glam-rock de T. Rex, con una serie de canciones deliciosamente rebosantes de boogie. Y para remarcarlo, por si hiciera falta, aparece Plastic Boogie como una bomba de funk que, para muchos, será lo mejor del LP.

En un universo paralelo, y mejor que éste, un hijo de Bolan y Muddy Waters habría compuesto The Cruel Millennial”, que sería el himno de guerra de una generación tan perdida como ignorada (aunque no lo crean, entre tanta esquizofrenia hay espacio para la reivindicación). El rock and roll fortachón y vintage de Real’s Not Real, tirando de armónica y piano de nuevo, es otro de los highlights del plástico, mientras que This Thing, más fresca que una lechuga, es la que más claramente destila ese poso blues de partida.

Como no podía ser de otra manera en el docureality que es la discografía de King Gizzard & The Lizard Wizard, aún nos espera un último giro de guión, inesperado y dramático como una bomba en una silla de ruedas o una sarta de puñaladas al personaje protagonista. Así, Acarine parece continuar sin incidencias con lo visto hasta el momento, aunque sobre la mitad, sin previo aviso, el sonido vira hacia una electrónica trance pura y dura. Una nueva jugada, típicamente gizzardiana, que nos deja con la duda, razonable partiendo de su locura, de si oiremos alguna vez unos King Gizzard volcados en el techno.

“Cyboogie” o por qué estamos todos locos

La mezcla de locura, genialidad y valentía a la hora de tomar riesgos y decisiones absurdas es ni más ni menos la que ha llevado al Rey Molleja y el Mago Lagarto a su actual statu quo de banda-de-la-que-todo-el-mundo-está-pendiente.

Quizá nada como conocer el nacimiento y evolución del último track del disco, Cyboogie”, para entender el proceso creativo de Stu MacKenzie y compañía. Cuentan que ésta empezó como una jam bluesera y llena de groove, a la que empezaron metiendo un vocoder básicamente por echarse unas risas. Por lo visto la broma caló y, cuando quisieron darse cuenta, habían sustituido todas las guitarras y teclados originales por sintetizadores. Esta mezcla de locura, genialidad y valentía a la hora de tomar riesgos y decisiones absurdas es ni más ni menos la que ha llevado al Rey Molleja y el Mago Lagarto a su actual statu quo de banda-de-la-que-todo-el-mundo-está-pendiente. La misma que hace que la primera vez que escuches “Cyboogie” enarques una ceja, y, una semana después y sin saber cómo, la has escuchado sesenta y siete veces. Exactamente lo mismo que ya te pasó con “Crumbling Castle”. Y con “Rattlesnake” antes de ella. Y con el “Nonagon Infinity” completo antes aún.

Mientras tanto, el disco ha dejado de girar y, en lo que me pongo a reflexionar para escribir esta reseña, un único pensamiento invade mi mente, ya totalmente derretida por los siete protagonistas de la versión australiana de Alguien voló sobre el nido del cuco. El pensamiento no parece proceder de ningún sitio concreto, ni siquiera tiene que ver con este disco:

THERE IS NO PLANET B!

Ya es tarde, estamos todos locos. Nos han contagiado. ¿CUÁNDO DICES QUE SALE EL SIGUIENTE?

error: ¡Contenido protegido!