HOMECOMING: El éxtasis creativo de Beyoncé

Un triunfo absoluto que sirve para poner en valor todo su catálogo reimaginado con una marching band y para reivindicar el poder de la mujer y de la comunidad afroamericana en el mundo. El summum de una artista dinamitando las fronteras del mainstream.



La historia a veces nos pasa por encima. Y a veces el atropello viene desde un ángulo en el que no habíamos reparado, nos sorprende y nos impacta. Es un poco lo que ha ocurrido durante los últimos años con Beyoncé. Su carrera ha sido tan enorme siempre, desde el principio, desde que llevara la voz cantante de las Destiny’s Child a finales del milenio pasado y hasta el presente continuo, que muchos la teníamos asumida, apartada, obviada como una superestrella inalcanzable diseñada para apaciguar los gustos musicales de las masas y sin posibilidades de aportar un discurso serio y comprometido en un mundo en el que las estrellas del pop empezaban a tener voz propia. Aparecen Grimes, Lorde, Sky Ferreira, Janelle Moné, St. Vincent… Miley Cyrus se despoja con violencia y sexualidad de su personaje Disneyficado de Hannah Montana; Frank Ocean inicia su carrera marcando un hito en lo que le sucederá al R&B durante los próximos años en todas sus sensibilidades: conceptual, instrumental, lírica, a nivel de emoción y sensibilidad.

No hay final sin un principio

Beyoncé entonces, en el ecuador del tiempo que llevamos de siglo XXI, se había decidido erigir en representante de las mujeres en el mundo y empezaba, con timidez, a darle forma a un discurso que iba dirigido al empoderamiento femenino. Y en 2012 llegó el primer volantazo. “4” iba liderado por “Run The World (Girls)” como sencillo, una llamada a la sororidad y al poder colectivo de las mujeres que, con todo, en ese momento aún resonaba algo paradójico, algo hipócrita, viendo la al parecer deteriorada relación de Yoncé con su marido, el rapero y empresario Jay-Z, que seguía teniendo peso en la carrera de su mujer pero que ya podía contar en su lista de invenciones popstar a otras divas contemporáneas como Rihanna, a quien presentó en sociedad de la mano de “Umbrella”. Pero lo que mostraba la cubierta de “Run The World” era la materia prima de todo “4”, un disco en el que Beyoncé empezaba a expandir sus límites instrumentales y a dejar ver una visión de su música más unitaria, más experimental, más conceptual. Ahí está el eclecticismo histérico de “Countdown”, y no extraña que la perfección melódica de “Love on Top” sirva para clausurar el bolo espectacular de Coachella.

Pero, seguramente, son tres momentos o circunstancias los que hacen que el discurso de Beyoncé entre definitivamente en una nueva etapa, a través de una completa y depurada resignificación de los conceptos en torno a los que había construido hasta entonces su carrera y que empieza, a modo transicional, en el homónimo “BEYONCÉ” (2013). A todas luces un nuevo comienzo para la de Houston, Texas.

La resignificación de Beyoncé: “BEYONCÉ”

Son los siguientes: En primer lugar, la reelección de Barack Obama como Presidente de los EEUU para un segundo mandato en el que el optimismo negro se sustituyó por una vertiente más derrotista, comprometida y luchadora, vista la opresión continuada y el fracaso de algunas de las políticas del que fuera primer líder negro de uno de los países tradicionalmente más racistas del mundo. En segundo, la publicación en 2012 de “Channel Orange” de Frank Ocean, el disco que cambió para siempre el R&B y que, sobre todo, lo hizo reincorporando todo el acervo histórico de cultura típicamente negra al género. Y por último la reconducción de su propia carrera que empezó a desarrollar Solange, la hermana de Beyoncé, acercándose a colaborar estrechamente con Devonté Hynes.

El influjo de Solange como poliedro artístico

Es, de hecho, fundamental este último punto. Solange empezó ya en 2013 a conceptualizar el que sería su golpe en la mesa particular, “A Seat at the Table”, y su visión de este proyecto como un todo en el que la parte conceptual se difuminaba en el apartado lírico y se apoyaba en un ambicioso aparataje audiovisual mientras se repasaba la propia experiencia de la joven Knowles como afroamericana creciendo en EEUU. La propia historia de Solange era, en el fondo, la historia de miles de jóvenes negras lidiando con los límites que una sociedad racista y machista interpone para su desarrollo, y por lo tanto también era en parte y en otras dimensiones la historia de Beyoncé. Y mientras su hermana expone y cuenta, ella siempre quiere dar un paso más hacia la acción, a tomar partido y ponerse el traje de soldado, aunque esto signifique a veces hacer guiños interesados y descontextualizados a Malcolm X o a los Panteras Negras.

Con la base artística de Solange, Yoncé publicó en 2016 el disco que cambió para siempre su carrera. Sincera, confesaba en “Lemonade” las infidelidades de su marido, le amenazaba y le sentenciaba, dejando siempre una puerta abierta para la reconciliación, mostrando a Beyoncé además como una virgen protectora, como un ser superior y de aura casi divina capaz de perdonar. Con su voz ponía voz a todas las mujeres del mundo, especialmente a las de la comunidad afroamericana, y musicalmente atravesaba uno de sus mejores momentos, habiendo también perfeccionado sus shows y su faceta de rapera, que le aporta un extra de energía muy difícil de ver en tal esplendor en la carrera de una popstar, una típica intérprete de vozarrón prodigioso y pirotecnia espectacular. Parte de una meditada estrategia de marketing, “Lemonade” iniciaba una trilogía que encontraba su segunda y tercera parte en el regreso discográfico de Jay-Z con “4:44” (2017) a modo de respuesta y arrepentimiento y el disco conjunto “EVERYTHING IS LOVE” bajo el nombre de THE CARTERS que significaba la reconciliación, respectivamente, y también conducía irremediablemente al que es el momento más sublime de la carrera de Yoncé.

Fotografía: Parkwood Entertainment

Homecoming: la vuelta a casa de Beyoncé

El que está representado en “HOMECOMING”, la nueva película-documental de Netflix que documenta la histórica actuación de Beyoncé en Coachella en 2018 y que viene acompañado de un disco de cuarenta canciones. Una vuelta a casa que es el resultado de todo este proceso inspirado por su hermana y por la toma de conciencia negra que Yoncé ha experimentado en estos últimos años, una forma de retrotracción a los orígenes que busca ofrecer una versión más personal de sí misma siempre puesta al servicio de los otros. Y que, de nuevo, tiene mucho que ver con la carrera de su hermana Solange, que este mismo año ha publicado su “homecoming” particular en esa fantasía de abstracción febril y cosmic jazz que es “When I Get Home”.

Por eso revisita la mayoría de sus hits desde un lado mucho más orgánico, acompañada de una marching band que evoca a las megabandas universitarias de EEUU y renunciando como nadie a trucos de ingeniería y pregrabados. Regresa a “Crazy In Love”, que abre el show, con la energía de los vientos por delante; a “Kitty Kat” en forma de rapeo a capela; a estandartes feministas como “Diva”, “Run The World (Girls)” y “Single Ladies (Put a Ring On It)” llevados al delirio por los gritos y pisadas de los ¿cuántos? ¿cien? músicos y bailarines sincronizadísimos que componen el grueso instrumental del concierto. Vuelve a casa y a sus deseos de infancia, a traer la cultura en la que creció a brillar con luz propia en el desierto californiano, a trascender las frivolidades de un show de pop y a sentar cátedra.

Y por eso los interludios (y el propio montaje e introducción del concierto, que recuerda a Frank Ocean y su canción “Pyramids” –“she is heading to the pyramid tonight” — y que también parece hacer referencia a las pirámides como un rotundamente bello producto de la esclavitud) se nutren de múltiples de sutiles referencias a la cultura negra y a su forma de vida en Houston, Louisiana y esa zona del sur central de EEUU. Quincy Jones o Kendrick Lamar desde la apertura del show; James Weldon Johnson en varios momentos, incluida la conmovedora versión de “Lift Every Voice and Sing” acompañada por los violines y la percusión orgánica de músicos y bailarines que colapsa en los efectazos de “Formation”; Nina Simone después de “Drunk In Love”, o el “Swag Surfing” de F.L.Y. que sirve para empalmarla con “Diva”; “Spottieottiedopaliscious” de Outkast en “Flawless”; “I’m Bout’ It, Bout It” de TRU; “Something Good” de UGK; “California Love” de 2Pac y Dr. Dre; Fela Kuti en la intro de “Deja Vù” (en la que sube a rapear Jay-Z); las Clark Sisters en “Get Me Bodied”, en la que aparece Solange para bailar con Yoncé a su manera, enérgica, física y perfectamente imperfecta, pero en general en todo el concierto; el “Bam-Bam” de Sister Nancy en “Hold Up”; Diana Wynter Gordon, Missy Elliot, The-Dream, Pharrel Williams… e incluso el espíritu más rockero de Sister Rosetta Tharpe o Etta James en esa espectacular “Don’t Hurt Yourself” que saca lo mejor de Jack White (hasta su distorsión vocal de riot retrofutirista) y lo pone a volar con los vientos repicando el riff de “Kashmir” de Led Zeppelin… las referencias y los guiños son infinitos.

La primera mujer negra en encabezar Coachella

Yoncé hizo de Coachella en sendos fines de semana su propia casa, su bastión con una actuación legendaria que, como ella misma recalca, se hace fuerte incidiendo en cada una de las pequeñas imperfecciones que lo componen, consiguiendo un mastodonte puramente orgánico, humano como la vida misma y metódicamente asimétrico. Cualquiera hubiera aprovechado la ocasión para brillar con un buen show, para repasar su último disco, para elevar alguna tímida reivindicación. Beyoncé siempre ve dos o tres pasos más allá y entendió su presentación en el festival de Indio (nos guste o no el evento musical más masivo y representativo del año, el más visto junto con el intermedio de la SuperBowl gracias a un streaming casi perfecto y el que mejor de los de su nivel toma el pulso al estado de las cosas, tanto en el alternativo como en el mainstream) como una ocasión única e histórica para poner en valor no solo la cultura negra en general sino las voces de todas las mujeres negras que lucharon antes con sus voces sin poder ser tan escuchadas como lo es la de la ‘Abeja Reina’, reconociéndose como la primera mujer negra en encabezar Coachella.

Y de hacerlo con un show, como decía, orgánico, que se espectaculariza por la interacción de cientos de cuerpos humanos en armonía imperfecta y no por fuegos de artificio. 8 meses de ensayos interminables (cuatro para los bailarines y otros cuatro para los músicos), una producción nunca antes vista en un festival, un concepto de “bring the culture” que ha calado tanto que, por ejemplo, podemos verlo repetido en el concierto de J Balvin de este año en el mismo Coachella (en su caso, la reivindicación iba dirigida al reggeatón y a su cultura)… Todo metódicamente diseñado para ser además rentable. De hecho seguramente la cantidad que desembolsara Golden Voice, empresa detrás de Coachella, por el bolo de Beyoncé no diera para cubrir los gastos de producción (los sueldos de todos los bailarines y músicos durante los meses de ensayo, toda la ingeniería de sonido, el montaje…), y ella misma se ha ocupado de dar testimonio de su propio cénit con un disco y este documental para Netflix que, dicen las malas lenguas (que se equivocan poco), es el principio de una relación comercial de tres productos audiovisuales por valor de más de 60 millones de dólares. Rentabilizándolo pero además abriéndose a sí misma nuevos horizontes.

Fotografía: Larry Busacca (Getty Images for Coachella)

El cénit creativo de Beyoncé

“HOMECOMING” es Beyoncé en su momento de sublimación artística, en éxtasis creativo. Dando su propio punto de vista sobre una actuación que no necesitaba esto para ser histórica pero que al quedar retratada para siempre de este modo difícilmente dejará de ser uno de los conciertos más recordados y comentados de toda la historia de la música, al nivel de James Brown en el Apollo, Fleetwood Mac en “The Dance”, Queen en Wembley o Bowie en el Hammersmith Odeon. Que demuestra no sólo su forma física espectacular tras un embarazo de gemelos que atravesó varias complicaciones y que le obligó a cancelar el pactado Coachella de 2017 y retrasar la actuación para 2018, sino su espectacular momento vocal, con un rango infinito que va desde el rapeo sucio de temas como “Top Off” o “7/11” hasta el lírico tras una “Don’t Hurt Yourself” en la que derrocha la energía de una fiera del rock. Que va desde las coordenadas bajas de “Formation” o “Hold Up” hasta las alturas de la emocionantísima “I Care” o las impresionantes “Countdown” y “Love on Top”.

Desde los efectos vocales infernales de “I Been On” a la ira de “Drunk In Love” o de “Freedom”, y desde momentos más sexuales y demandantes como “Partition” y “Yoncé” a reivindicaciones feministas a todo viento y coreografía, puro poder femenino, como las de “Sorry”, “Run The World” y “Single Ladies”. Desde poner el reggeatón global encima del tapete y de la mano de J Balvin (su participación, imaginamos que por temas de derechos o quién sabe qué, no aparece en la película pero sí en el disco) con “Mi Gente” a resucitar en gran forma a las Destiny’s Child con un medley que repasaba “Lose My Breath”, “Say My Name” y “Soldier”. Todo está muy cerca de la perfección en una actuación que no me canso de repetir es historia viva del pop, de nuestro tiempo y de la historia de la música en general.

Consigo darle sentido incluso a momentos más desconcertantes del show como el “Bug A Boo Roll Call”, que parece hacer referencia al concepto de los negros aceptados únicamente como forma de espectáculo, de entretenimiento en EEUU, y que este año se ha llevado un Óscar gracias a la interpretación que ha realizado Spike Lee con Green Book. Al final, cada una de las pequeñas rarezas que componen el show, desde los bailes y formas físicas de todos los participantes, hombres y mujeres (“so much damn differents swags”, dice Beyoncé, todos a un unísono espontáneo perfectamente diseñado), hasta cada una de las referencias, las canciones y sus arreglos en clave orgánica, música en estado puro difícil de ver hoy en día en cualquier concierto de cualquier tipo y género (pero aún más en el pop de masas), son fundamentales en sincronía para componer esto que es algo muy cercano al espectáculo musical definitivo, una masa compactada y fluida que renuncia a las canciones en sí mismas en favor de la unidad, de un relato holístico y profundo que bucea en toda la trayectoria de Beyoncé para extraer su viejo significado y resignificarlo en nombre de todas las mujeres negras que la precedieron. Si existe algún mínimo atisbo de frivolización de cualquiera de las ideas políticas a las que se acerca Beyoncé, heredadas de los Panteras Negras, Rosa Parks, Malcolm X, Nina Simone, Fela Kuti o Marthin Luther King, no olvidemos que todo lo que hace Beyoncé va sobre arte y espectáculo, no sobre política en estado puro, y que lo que le debemos juzgar es la visibilización, no el compromiso político que pueda tener o no. Su labor era darle espacio a las voces que han luchado alguna vez por la identidad negra y su liberación, poner luchas como esta o la feminista en los oídos y en los ojos atentos de todo el planeta. Misión cumplida.

“HOMECOMING” es el relato de cómo Beyoncé ha entrado en la historia.

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