Weyes Blood

Weyes Blood –
Titanic Rising

En su cuarto disco, el mejor y más ornamental de su carrera, Weyes Blood aprende a surcar las aguas del amor primero desde la superficie y después desde la inmersión profunda para emerger, a partir de una paradoja entre arreglos heredados de la canción sesentera y modernidad sintética, como una de las mejores adaptadoras del repertorio clásico, pero también como una de las voces clave de su generación.

Podemos encontrar dos lecturas para Titanic Rising: una tiene que ver, lógicamente, con el propio nombre del archiconocido transatlántico que sufrió un colosal naufragio al sur de Terranova cuando encalló en un iceberg durante su viaje inaugural, y encuentra su epicentro en “Movies”. El Titanic se hundió en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 y sus restos se han ido rescatando del mar desde 1985, se han hecho exposiciones con sus salones petrificados y putrefactos bajo la caricia de las algas, el liquen y el musgo y James Cameron se encargó de convertir el barco, el mayor del mundo en el momento de su construcción, en el más icónico de la historia, y es una bonita metáfora del trabajo que acomete Natalie Mering en el que es su cuarto disco de estudio: rescatar el pasado del fondo del mar, la herencia de la canción clásica de Joni Mitchell, los arreglos de The Carpenters y hasta de los Beatles o los Kinks (como en la majestuosa “Everyday”), y exponerlo todo en su propio museo sumergido, protegido por el agua, trasladarlo al presente y darle una pátina cósmica, de sueño de idealización. Hacer que emerja el Titanic, y que lo haga con todas sus fuerzas.

Si Weyes Blood ya se había instituido a sí misma como uno de los grandes estandartes de la adaptación del repertorio clásico, sus estructuras, sus arreglos, etc., a los tiempos modernos gracias a sus trabajos previos pero especialmente gracias al delicado (y aclamado) From Row Seat to Earth de 2016, es ahora cuando da un paso más adelante y pretende hacer significativo ese discurso en un lenguaje mucho más actual.

Sobreponerse a los cambios, aprender a amar el amor

Natalie Mering rescata el pasado del fondo del mar, la herencia de la canción clásica de Joni Mitchell, los arreglos de The Carpenters y hasta de los Beatles o los Kinks, y expone todo en su propio museo sumergido, protegido por el agua y trasladado al presente.

La otra lectura, quizá más subjetiva, pasa por entender ese Titanic Rising como un ‘esfuerzo titánico’, como el mismo que supone hacer avanzar el cuerpo sumergido bajo el agua, mientras aguanta uno la respiración. Como el mismo que supone dejarse llevar en el amor, tomar buenas decisiones, no arrepentirse, no tener miedo. Volver a creer. Volver a hacer que el amor emerja, y ligamos de paso con la primera lectura para concluir que el eje central del trabajo que supone el debut de Weyes Blood en Sub Pop es, en definitiva, el amor. True love is making a comeback / For only half of us, the rest just feel bad”, sentencia en “Everyday”.

Fotografía: Kathryn Vetter Miller

Una primera mitad en superficie…

Podríamos entender Titanic Rising como un ‘esfuerzo titánico’, como el mismo que supone dejarse llevar en el amor, tomar buenas decisiones, no arrepentirse, no tener miedo. Volver a creer. Volver a hacer que el amor emerja.

Y a lo mejor también en esa eterna paradoja entre el amor como una tortura infinita, fuente milenaria de inseguridades, males, penas y pesares, y el amor como fuerza que nos salvará a todos, bascula Titanic Rising. Mering avisa desde el principio, avisa de que el amor no es lo que parece pero también avisa de que su nuevo disco tampoco lo es: “A Lot’s Gonna Change”. Muchas cosas van a cambiar en tu vida, y vas a dejar de ver el amor como lo veías en las películas cuando eras niño (“Movies”), en un mundo protegido por sedas infantiles. Vas a sufrir y vas a gozar, y va a merecer o no la pena, pero al final las olas nos pillan a todos. En el océano que es la vida y en el que te invita a adentrarte Weyes Blood, las mareas las marcan los compases del corazón.

El agua, el amor, sólo es superficial en la primera mitad del largo. Los barcos yendo a ninguna parte de “Everyday” que representan la búsqueda constante de un amor verdadero (una canción en la que Natalie se pregunta finalmente Is this the end of all monogamy?”); las aguas y las lágrimas del baladón “Something to Believe”, más una súplica de pruebas de amor (Give me something I can see / Something bigger and louder than the voices in me”)… incluso la sutil referencia al mito griego de “Andromeda” (también es un personaje, por cierto, de la película Furia de Titanes): Casiopea hizo enfadar a Poseidón por presumir de ser más bella que las Nereidas, entre las que estaba su esposa Anfítrite, y el dios de los mares inundó la tierra y envió a un monstruo marino para devastarla. Según el oráculo, la única manera de calmar la ira del monstruo era ofrecerle en sacrificio a la hija de Casiopea, Andrómeda, y cuando ésta estaba encadenada ante el mar Perseo, que se había enamorado de ella, mató al monstruo para casarse con ella. Todo son sólo mecidas en las olas del amor, sin profundizar, y son además las canciones en las que con más fuerza impera la slide guitar, que danza también dibujando ondas sobre la superficie.

Un océano de amor verdadero

Es a partir de “Titanic Rising” cuando el disco se sumerge por completo. Cuando los arreglos se electrifican y se hunden en las cavernas submarinas y en su eco abisal.

Es a partir de “Titanic Rising” cuando el disco se sumerge por completo, como Weyes Blood en la espectacular portada, una instalación inundada diseñada especialmente para la ocasión por Brett Stanley (zero CGI). Cuando los arreglos se electrifican y se hunden en las cavernas submarinas y en su eco abisal. Los sintetizadores se ponen en primerísimo plano, la luz desaparece y se queda como una mancha diluida sobre el verde azulado que lo inunda todo.

Más hacia dentro se va “Movies”, la pieza central del disco (¿y una referencia a la fantasía fabulística de La Forma del Agua?), en brazos de ese arpegio submarino de sintetizador. Natalie clama con voz solemne This i show it feels to be loved / This is life from above” y de pronto está absolutamente sumergida, vencida ante el peso del agua, a la deriva ingrávida de las corrientes submarinas, hasta que la rescata un bombo marcial y los sintetizadores se convierten en un cuarteto de cuerdas que, frenético, replica los arpegios, insuflándoles vida en forma de adornos y florituras. Como la orquesta del Titanic, mientras se hunde, tocando con oficio hasta el fin del mundo al tiempo que el agua, el amor como idea idealizada y kamikaze, infesta con violencia los pasillos. Y mientras la propia canción cobra vida, como Tom Baxter en La Rosa Púrpura de El Cairo, Weyes Blood rompe la cuarta pared y a la vez emerge del mar, consigue dar una bocanada y empezar a controlar la inmersión.

I know the meaning
I know the story
I know the glory
I love movies

I wanna be in my own movie
I wanna be
I wanna be the star of mine”

Una más madura y consciente forma de amor

Muchas cosas van a cambiar en tu vida, y vas a dejar de ver el amor como lo veías en las películas cuando eras niño, en un mundo protegido por sedas infantiles. Vas a sufrir y vas a gozar, y va a merecer o no la pena, pero al final las olas nos pillan a todos.

Conozco el amor, parece sugerir. Por eso la segunda mitad del trabajo entra en una mejor, más madura y consciente forma de entenderlo, pese al profundo sufrimiento que se intuye en “Mirror Forever” y su recuerdo a una infidelidad. El agua se queda, esa profundidad, la sensación de estar sumergido, pero entrando ahora en una fase a todas luces más controlada. Muchas cosas iban a cambiar, y es en esta paradoja entre emergencia e inmersión romántica donde se encuentran todas las claves de Titanic Rising.

Wild Time” también lo refleja bien, como refleja a la perfección la tensión existente en el disco entre la canción clásica de los sesenta y los arreglos modernos (¿steam-punk sumergido? ¿Bioshock y, de nuevo, The Shape of Water? ¿Bob Sumner, que aparece en un póster de la habitación sumergida, encontrándose con Enya o Karen Carpenter sonando en el mismo universo que Aldous Harding, Julia Holter o Perfume Genius?), ya que es una canción post-ruptura en la que sin embargo queda brillando la esperanza de un mundo nuevo de posibilidades sanadoras:

Taking hold of our eyes
Beauty, a machine that’s broken
Running on a million people trying
Don’t cry, it’s a wild time to be alive”

Ha sido un placer

Natalie Mering está preparada para volver a hundirse en las aguas del amor después de haber pasado la tormenta. Preparada para siempre. Habiendo aprendido a navegar en él, nada será lo mismo desde ahora para Weyes Blood.

No hay espacio para más, pues la sirena llega a la playa reposada en “Picture Me Better”, una rendición acústica y preciosista que baja las revoluciones del disco al momento más lírico y que pone a Mering escribiendo una hipotética carta a algún amor realmente significativo de su vida con el que parece estar, por fin y después de una dura y cambiante travesía por el mar (ya sabemos lo inesperado y traicionero de su naturaleza), en paz.

Estoica y resiliente, como los violinistas del Titanic a los que se guiña directamente en “Nearer to Thee”, una referencia al himno cristiano “Nearer, My God, to Thee” que se supone fue la última composición que interpretaron. Preparada para volver a hundirse en las aguas del amor después de haber pasado la tormenta. Preparada para siempre. Habiendo aprendido a navegar en él, nada será lo mismo desde ahora para Weyes Blood. Y en su nuevo disco escuchamos su titánico despertar.

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