Mejores Discos Heavy Metal 2018

Obras que merecen una oportunidad más allá de lo exigente del estilo, porque brillan con luz propia, pese a su oscuridad intrínseca, y porque merecen ser rescatados del olvido en el que podrían caer.

No hay duda, el invierno es la estación más metalera que existe, porque los heavies somos unos intensos, en el fondo y en la superficie, y nada nos gusta más que quedarnos cerca de la calefacción mirando por la ventana mientras suena un buen disco pesado como el plomo. Sin embargo, es cierto que el frío tiene la desventaja de que no deja ver tu nueva camiseta de Brujeria o Slayer, además del inconveniente fisiológico que supone hacer headbanging con anorak.

Por eso (y tambien porque somos un poco procrastinadores), no se nos ocurre mejor momento del año que éste, recién llegada la primavera, para recopilar quince grandes discos del género que pueden haber pasado desapercibidos para el gran o pequeño público no pendiente de él. Discos de todo subgénero y condición que ejemplifican a la perfección el floreciente estado de la escena, pese a que muchos sigan queriendo darla por muerta y enterrada. Discos que merecen una oportunidad más allá de lo exigente del estilo, porque brillan con luz propia, pese a su oscuridad intrínseca, y porque merecen ser rescatados del olvido en el que podrían caer. Estos son, para nosotros, los mejores quince trabajos de heavy metal lanzados en 2018.

Panopticon – The Scars of Man in the Once Nameless Wilderness (Parts 1 & 2)

Voy a empezar con una confesión: el (doble) disco de Panopticon merecía una reseña propia y extensa. O dos. O tres. O un reportaje especial. La falta de tiempo le obliga sin embargo a encabezar esta lista. Habitual en las listas de los mejores álbumes del año cada vez que publica algo, Panopticon realiza esta vez un ejercicio bipolar. Por un lado, un disco de black metal auténtico y ceñido a los cánones clásicos del subgénero, especialmente en su concepción americana. Por otro, una segunda parte de folk acústico de una factura tan fina que hace fácil imaginar al bueno de Austin Lunn forjando sus canciones en los bosques más recónditos de Minesota.

Porque quizá lo más alucinante de Panopticon es que se trata del proyecto de un solo hombre. Un genio forestal del que se sabe poco, más allá de lo que él quiere que se sepa. Esto es, una defensa a ultranza de los parajes naturales del norte de los Estados Unidos, siempre en peligro frente a la destrucción humana, y una lucha continua por los derechos de la clase obrera y concretamente minera en su Kentucky natal. En resumen, temáticas alejadas de lo tópico en el heavy metal que revalorizan aún más lo que de por sí es una propuesta musical simple y llanamente devastadora. Sin duda, el disco de metal del año.

Sumac – Love in Shadow

El disco más extremo y por tanto menos vendible de cuantos aquí enumeramos es, curiosamente, el que habla más abiertamente del amor. No el amor a la guerra, ni a la naturaleza, ni a la muerte, sino amor entre seres humanos. Pero tampoco el amor romantizado, perdido o sexualizado que inunda la música popular, sino el amor “en su sentido más espiritual y vulnerable”, según Aaron Turner, cantante y guitarrista de Sumac.

Como su propia portada, este “Love in Shadow” es un cuadro expresionista, abstracto, en el que, como dicen desde su propio sello, Thrill Jockey Records (que no da puntada sin hilo), la belleza no está tanto en el contenido como en la forma. Y la forma es la de un post-metal áspero como una lija, que se aleja del sludge de los anteriores álbumes de la banda en busca de una mayor libertad y espontaneidad. Ello se debe a la influencia de la música vanguardista de Keiji Haino, con la que grabaron otro disco a principios de año. La experiencia les ha dado una confianza en su capacidad de improvisar y dejarse llevar que, sumado a la minimalista producción de Kurt Ballou (Converge, Torche, High on Fire), ha dado lugar a este álbum, que es como una pelea de bar. Feo, desagradable, pero imposible de retirar la mirada. A la espera de la reunión de la mítica banda original de Turner, ISIS (bajo el nuevo nombre de Celestial por razones obvias), nos basta y nos sobra con el arte resonante y metálico de Sumac.

The Ocean – Phanerozoic I: Palaeozoic

Segundo disco en esta lista del dudoso subgénero que es el post-metal. Como un eslabón perdido entre la brutalidad majestuosa de Gojira, el sludge sesudo de ISIS y el groove progresivo de los antiguos Mastodon existe una banda berlinesa no demasiado conocida pero muy valorada entre los connaisseurs del género. The Ocean (o The Ocean Collective, según la fuente) se dedican a sacar discos sobre edades geológicas tan bonitos como extraños, con continuos cambios de tempo y una complejidad sonora que puede apabullar al no iniciado.

Para más inri, los alemanes son tan simpáticos que han sacado “Phanerozoic I” (la segunda parte se espera para el 2020) en dos versiones, una de ellas enteramente instrumental para que la gente delicada de oído y que sólo quiere ver lo bonito de la vida pueda disfrutar el disco sin sus brutales voces. Más allá de la broma, lo cierto es que escucharlo así demuestra que The Ocean mejoran a casi cualquier banda de post-rock actual. Si a eso se le añade el punto de agresividad extra que le otorgan las voces, nos encontramos ante un álbum tan enorme como las catástrofes naturales sobre las que cantan.

Sleep – The Sciences

Es difícil sonar más puramente heavy metal que Matt Pike, Al Cisneros y Jason Roeder, esto es, Sleep. Resumidamente: Sleep es, para los profanos al género, la banda definitiva y reverenciada hasta la saciedad por cualquier amante de los sonidos más lentos y pesados del género. Popes absolutos del stoner y el doom metal, el trío decidió sacar por sorpresa (nada menos que el día de la marihuana y vía Third Man Records, el sello de Jack White) su cuarto trabajo, el primero después de quince años (la hierba es lo que tiene). En cuanto al disco, poco que añadir que no sea perceptible por cualquier persona sin problemas de audición. Riffs gordos como oleoductos, una base rítmica aplastante cual ariete medieval y por encima de ella Cisneros narrando leyendas de ciencia-ficción sobre sus adorados Black Sabbath y su más adorado aún cannabis. ¿Podría pintar mejor un disco tan solo leyendo esa última frase? Obviamente, no.

Mournful Congregation – The Incubus of Karma

Los australianos Mournful Congregation son una de las bandas más asentadas y veteranas en el nicho del funeral doom. Sub-subgénero éste específico donde los haya y caracterizado por ralentizar los tempos, ya de por si pausados, del doom metal, hasta convertirlos en la perfecta banda sonora de –¡sorpresa!– una marcha fúnebre. En el caso de los de Adelaida, su sonido destaca además por agregar un componente casi progresivo, con obvio protagonismo de las guitarras durante la mayor parte del tiempo, quizá deuda de su pasado como banda estrictamente de estudio.

Las cosas como son: una una longitud que supera la hora y veinte minutos en tan sólo seis canciones, sumada a la voz cavernosa y recién asomada del Averno de Damon Good, no son unas credenciales muy atractivas para el gran público, ni siquiera para el heavy promedio. Sin embargo, si uno le da una oportunidad a “The Incubus of Karma” descubre en su interior una belleza sobrecogedora que lo mismo parece provenir del interior de un agujero negro que de una catedral en ruinas, de manera similar a como lo hicieran el año pasado, de manera más extrema y oscura aun, Bell Witch. Un aura cósmica y fantasmal que también tiene momentos de luz (esa breve joya que da nombre al disco, o la épica de “The Rubaiyat”) y en general ejerce un poder extrañamente calmante en aquellos valientes que se atrevan con él.

Windhand – Eternal Return

Opinión impopular: las etiquetas son útiles. Por ejemplo, me sirven para decir que Windhand son una banda de doom metal puro y duro, y todos nos entendemos a la perfección en una sola frase. Pero son eso: etiquetas, y no sirven para describir con completitud. Por eso de Windhand habría que decir también que en su sonido meten mucha, mucha más carga psicodélica que la mayoría de sus compañeros de género, que la voz de Dorthia Cottrell le pega un repaso a la de casi todos los cantantes de doom, sobre todo en cuanto a crear atmósferas opresivas y aterradoras, y que la influencia del grunge en cuanto a lo grueso, expansivo y repetitivo de su sonido es innegable.

De hecho, a Windhand, como a todos los grupos de este planeta, les gustan más bien poco las etiquetas, y por eso la palabra doom no aparece ni una sola vez en la descripción de la nota de prensa de su nuevo disco, este “Eternal Return” que tenemos entre manos. El ahora cuarteto (tras la marcha de su guitarrista Asechia Bogdan) puede negarlo, pero lo cierto es que por sus venas corre la esencia de Electric Wizard. Dicho esto, sí que es cierto que esta vez los de Richmond, Virginia, han querido explorar más allá de sus propios márgenes, ahondando a ratos en el sonido de Seattle (“Diablerie”), estirándose y perdiendo saturación (“Feather”) o poniéndose preciosistas (en la maravilla que es “Grey Garden”), sin olvidarse de incluir temas puramente Windhand (la inicial “Halcyon” o “First to Die”). El resultado de esta evolución, pequeña pero evidente, es una rotunda victoria.

Uncle Acid and the Deadbeats – Wasteland

Uncle Acid and the Deadbeats han conseguido ya el que debería ser el objetivo real de toda banda que se precie. Que no es ganar premios, ni vender X discos, ni conseguir encabezar festivales. Es sencillamente desarrollar una personalidad sonora tan única que con escuchar diez segundos de cualquier tema suyo, uno sepa que se trata de ellos. Kevin A. Starrs, o el alma máter de Uncle Acid, logró esto desde el minuto dos, con aquel difícil-de-creer-que-sea-tan-bueno “Blood Lust”. El minuto uno lo arregló el año pasado, al revisitar y mejorar su debut “Vol. 1”.

El caso es que los lanzamientos posteriores, aunque consolidando el magnífico sonido retro/ocultista de la banda, habían perdido algo del fuelle inicial. Por suerte, aquí llega el quinto trabajo, “Wasteland”, para recuperar el brío perdido y volver a sonar «a lo que los Beatles sonarían si se hubiesen dejado el pelo largo y hubiesen seguido la senda de ‘Helter Skelter’”. O a Iron Maiden reproducidos a la mitad de velocidad. En este disco encontrarás protometal con aroma lo-fi y sangre de doom, y lo que es más importante: una sarta de temazos de rock capaces de revivir a un muerto.

Zeal & Ardor – Stranger Fruit

Hay muchos discos de black metal en esta lista, pero si hay una cosa clara es que ninguno como el de Zeal & Ardor. El proyecto musical del suizo Manuel Gagneux parte de un universo paralelo en el que los esclavos negros americanos hubieran girado la cara a un Dios que no se portó demasiado bien con ellos y se hubieran acercado al satanismo como hicieron ciertos jóvenes de la aburrida Noruega en los años noventa.

De este improbable encuentro entre black metal y góspel sale, contra todo pronóstico racional, un discazo que ya reseñamos, y la enésima prueba de que este es uno de los subgéneros más maleables y flexibles del metal. A esta fórmula se le añaden elementos de electrónica (en ocasiones, eso sí, fuera de contexto) y unas letras absolutamente antisistema y anticristianas, aunque espirituales en un modo retorcido, para consolidar en este segundo disco lo que parece el nacimiento de un nuevo género musical, tan híbrido como bastardo, pero interesantísimo en cualquier caso.

Deafheaven – Ordinary Corrupt Human Love

Tras consagrarse internacionalmente con “New Bermuda” (2015) y poner definitivamente en circulación el blackgaze entre unos cuantos neófitos y melómanos, Deafheaven han decidido ponerse más progresivos y melódicos en “Ordinary Corrupt Human Love”. No es exactamente una ruptura, pero sí revela una faceta muy diferente de la banda en el sentido de que los pasajes estridentes que tanto nos conquistaron en el pasado se ven limitados a los sencillos “Honeycomb” y “Canary Yellow”.

Fuera de eso, vemos a una agrupación más preocupada por hacer que todo suene prolijo, más cercano si se quiere al post-rock y al progresivo propio de grupos como Porcupine Tree, tal vez con el fin de probar que pueden trascender el blackgaze que contribuyeron a popularizar. Ahí tenemos ejemplos como “You Without End” o “Glint”.Afortunadamente, George Clarke sigue mostrando que su garganta alimentada por fuego negro sigue igual de afilada y eso puede aportar tanto tranquilidad a los fans como ese elemento que le permite a “Ordinary Corrupt Human Love” establecer una mínima continuidad con relación a sus predecesores.

YOB – Our Raw Heart

Nuestro crudo corazón es lo que calienta el bueno de Mike Scheidt cada vez que reactiva su proyecto principal, la banda YOB. Antes de Pallbearer, Elder y grupos de su cuerda los de Oregón ya habían unido la pesadez intrínseca al doom metal con los desarrollos complejos del rock progresivo para dar lugar a algo nuevo. Nuevo y extraño, pues la música alienígena producto de este improbable matrimonio carece de la agresividad que se podría esperar de ella, pareciéndose más a un abrazo cálido de un ser gigantesco que al atropello de un tráiler.

Sin estar ni siquiera entre los tres mejores álbumes de la banda (debido a su larga duración, entre otras cosas), “Our Raw Heart” es, sin embargo, quizá más meritorio y lleno de esperanza que cualquiera de ellos. Una enfermedad que hizo peligrar la vida de Scheidt tiene la culpa. Afortunadamente y habiendo sido ya superada, este disco retiene y le debe un poso bipolar de dolor (“The Screen”) y belleza (“Beauty in Falling Leaves”) a partes iguales. Y es que ya se sabe que YOB es amor, en este caso, a la vida.

The Wizards – Rise of the Serpent

Cuando algunos pronosticaron el año pasado que “Full Moon in Scorpio” era la obra cumbre de The Wizards, no pareció ser una afirmación descabellada. Sin embargo, un año después los vascos vuelven con “Rise of the Serpent”, y dicha idea queda automáticamente descartada. Y es que el redondo que han sacado en 2018 (vía el sello alemán High Roller Records) compendia todo lo bueno que conocíamos de The Wizards y lo comprime en ocho canciones y cincuenta minutos de puro y maravilloso heavy metal. Sin aditivos, etiquetas adicionales o adjetivos extra.

Y es que la única banda nacional de esta lista no está en ella por cubrir cupo (fuera se quedan los grandes trabajos de Grajo, Le Temps du Loup o Vidres a la Sang), sino por méritos propios. Méritos entre los que se encuentran sacar a estas alturas un disco de heavy metal tradicional capaz de generar un consenso tan positivo entre metaleros de todos los pelajes. O que tras siete trallazos como siete soles, “V.O.I.D.” concluya este “Rise of the Serpent” con un buen gusto insultante, demostrando que no sólo se mueven bien entre metralla, sino también en tempos más próximos al occult rock. Larga vida a los magos de Bilbao.

Judas Priest – Firepower

Empieza a sonar “Firepower” y uno se ve obligado a comprobar dos veces la fecha de publicación. 2018. Que no 1990. 2018. O sea, casi treinta años después. No obstante, ya es casi unánimemente considerado el mejor disco de Judas Priest en todo ese tiempo. Una especie de hermano moderno y tardío de “Painkiller”, como esas familias en las que los padres se despistan y tienen un nuevo hijo un par de décadas después que el resto.

Con un Rob Halford en plena forma pese a acercarse ya a la setentena y un Scott Travis especialmente fino en la batería, “Firepower” es ante todo un brillante álbum de heavy metal clásico (al fin y al cabo, es imposible ser más clásico en el heavy metal que aquel que le dio forma). La producción a cargo de Andy Sneap y Tom Allom, productor de la banda en los ochenta, es otro de los rasgos a destacar en un disco que roza el sobresaliente. Con temas como la homónima, “Never the Heroes” o “Children of the Sun”, Judas Priest ponen un último clavo, quizá el último, a la placa dorada que tienen reservada en la historia del género.

Visigoth – Conqueror’s Oath

Llámalo power metal, llámalo heavy metal tradicional, llámalo lo que les dio a los jeviatas por tocar en los ochenta, llámalo lo que escuchan los aficionados a Warhammer, llámalo aquel subgénero estéticamente hortera que empezó y casi que terminó con Dio. Llámalo como quieras, pero lo cierto es que lo que hacen Visigoth es enormemente meritorio: un grupo en 2018 sonando descaradamente a Manowar o Saxon, sin aburrir y sin tirar por el trilladísimo camino del viking metal.

Por el contrario, hay que quitarse la careta snob con estos tipos de Salt Lake City: lo que hacen es tremendamente divertido. Aunque esté más visto que el tebeo y más desfasado que cardarse la cabellera. De hecho, no son los únicos (aunque sí de los mejores) en lo suyo, y junto con grupos contemporáneos como Khemmis (con un toque doom) o Sumerlands, encabezan una nueva hornada de heavy metal norteamericano de inspiración clásica que vale más de lo que aparenta. Y mucha culpa la tiene Jake Rogers, su frontman y cantante. Mira ese nombre. Mira esas melenas. Por Dios, mira esa portada. Y ahora ponte “Hammerforged” o “Traitor’s Gate”. ¿Acaso no te dan ganas de agarrar un arma de filo y lanzarte a la calle a hincársela a, no sé, el primer votante de VOX que veas? Pues de eso es de todo lo que se trata.

Spectral Wound – Infernal Decadence

El disco de Spectral Wound no tiene mucha miga, más allá de que quizá sea el mejor disco de black metal de 2018. Caos, insalubridad y gritos inundan este disco cuyo título, “Decadencia Infernal”, se lleva el premio al cliché metalero más destacado del año. Aunque en su página de Bandcamp Spectral Wound dicen tocar power pop, con lo cual quizá todo ello sea una vacilada monumental parodiando las tradiciones del género.

En cualquier caso, los canadienses no se dejan ni un solo mandamiento del black metal sin reivindicar. Desde los guturales hasta la pátina sucia de su producción, pasando por la portada o la opresión atmosférica a la que someten desde los primeros compases de “Woods from which the Spiris Once so Loudly Howled”. Todo en este disco es negro y amargo como un café solo, y con el mismo efecto espabilante. Una dosis de cafeína para elefantes repartida en seis temas y media hora larga, automáticamente elevable a los altares por cualquier blacker que se precie.

Somali Yacht Club – The Sea

La banda ucraniana de heavy-psych se propone en su segundo disco transportarnos a un viaje marítimo en soledad, un mar a veces agitado por las fuertes tormentas del fuzz de sus guitarras y otras meciéndonos suavemente a través de unas melodías cristalinas que coquetean con el post-rock, haciendo de este un viaje complicado pero gratificante. “The Sea” se siente como una continuación directa de “The Sun”, conservando los truquitos y virtudes de su álbum debut y refinándolos para entregar un disco en el que el equilibrio entre momentos pesados y calmados dota al álbum de un mayor dinamismo, con temas como “Hydrophobia” o “Vero”, que se desarrollan lentamente hasta ahogarnos en su océano de riffs.

Somali Yacht Club nos presentan el mar como un ente esquivo, agudo y traicionero, en contraposición a ese sol abrasador de su primer álbum, consiguiendo una vez más que nos sintamos insignificantes ante dos elementos de la naturaleza representados como una divinidad omnipotente, pero haciéndonos desear emprender el viaje sin importar sus peligros.

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