Nivhek

Nivhek –
After its own death / Walking in a spiral towards the house

Nadie en la actualidad compone música tan personal y arriesgada como Liz Harris. Un hechizo mental que sólo un genio podría atisbar. En una época plagada de vanguardias en la que los estilos se retuercen, la artista estadounidense vuelve a dejarnos helados con cincuenta minutos de música estelar, mística, filosófica. La espiral que dibuja es sólo el llanto acompasado de un mundo en ruinas que se desvanece en el aire como una nota de Mellotron.


Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”. El famoso aforismo de Heráclito proclama a voz en grito una verdad de carácter universal: aunque sólo sea en una fracción de segundo, la química que nos compone y la física que nos sujeta al suelo consiguen que no estemos nunca ni en el mismo sitio ni en el mismo punto cardinal del universo. Y que de ninguna forma seamos los mismos. Una curiosa sensación de movimiento y cambio invade al leer la frase del filósofo entre líneas; al fin y al cabo, tan sólo somos seres que viajan a través de un espacio tridimensional desconocido e ignoto, energía viva de ese polvo astral primigenio del que salimos y al que algún día regresaremos sin explicación.

Una sensación similar emerge tras adentrarse en el nuevo trabajo de Liz Harris, más conocida como Grouper, quien regresa este año después de «Grid of Points” (2018) bajo el alias de Nivhek. Resulta difícil explicar este cambio de nombre, cuando el estilo parece ser fiel al espíritu de Grouper; es más, conecta muy de lleno en cuanto a forma y contenido con sus primeros álbumes. Harris es una persona a la que le gustan las sorpresas. Todo apuntaba a que este proyecto se distanciaría de sus trabajos más recientes y, quién sabe, formara un grupo con guitarras, bajo y batería, como ya hizo en Helen (con gran fortuna, por cierto). Al fin y al cabo, es dueña de una sensibilidad única a la hora de tejer atmósferas musicales: una garantía de éxito en todos y cada uno de sus proyectos futuros. Haga lo que haga, tenemos la certeza de que vamos a caer en un abismo musical sin fondo en el que todo es posible.

Una inmersión en un río en el que ya no somos los mismos

Introspectivo, reflexivo, íntimo y oscuro como la noche. Una invitación expresa a la contemplación y a la autorreflexión. A mirarse desde el interior y el exterior para percibir detalles de nosotros mismos y del entorno a los que nunca prestamos atención. De ahí también la tremenda carga filosófica que desprende.

«After its own death / Walking in spiral towards the house”, o lo que bien podría traducirse como «Después de su propia muerte / Caminar en espiral hacia la casa”, parece ser una afirmación de las teorías de Heráclito. No sólo por esa tensión argumental entre cambio y estatismo que se repite a lo largo de los casi cincuenta minutos que dura la grabación, en los cuales las partes van alternándose y repitiéndose, produciendo diferentes sensaciones en el oyente, sino por el tono sacro y sobrenatural que posee la colección, la cual, como los textos de la antigua Grecia, invita a todo incauto a adentrarse en las más profundas aguas de la humanidad. En este sentido, podemos decir que nos encontramos ante una obra musical que exige un ambiente y una predisposición determinada para afrontar su escucha. De lo contrario, mejor no entrar.

Lo primero que percibimos, antes siquiera de dar al play, es una estructura atípica para un disco. Se trata de un disco doble que parece surgir de la unión de dos EPs independientes. Sin embargo, a posteriori nos damos cuenta de que no, ya que las dos partes repiten estructuras y frases musicales, como si Harris tratara de contarnos una historia sin principio ni final. Luego, está la portada: ese perro en medio de un terreno anegado por la lluvia que porta una mirada indescifrable debido a la sobrecarga de tonos grises. Tras de él, lo que parece un vecindario post-industrial y que bien podría ser un campo de refugiados climáticos. Esta enigmática portada responde perfectamente a la esencia del álbum: introspectivo, reflexivo, íntimo y oscuro como la noche. Una invitación expresa a la contemplación y a la autorreflexión. A mirarse desde el interior y el exterior para percibir detalles de nosotros mismos y del entorno a los que nunca prestamos atención. De ahí también la tremenda carga filosófica que desprende.

Fotografía: JJ Harris

Instrumentación mínima, capas electrónicas y ecos iridiscentes

«After its own death / Walking in spiral towards the house” parece ser una afirmación de las teorías de Heráclito. No sólo por esa tensión argumental entre cambio y estatismo que se repite a lo largo de los casi cincuenta minutos que dura la grabación, en los cuales las partes van alternándose y repitiéndose, produciendo diferentes sensaciones en el oyente, sino por el tono sacro y sobrenatural que posee la colección.

De nuevo, Harris vuelve a proponernos un viaje íntimo a lo más profundo de nuestra memoria. «Grid of Points”, su último trabajo que publicó bajo el nombre de Grouper, fue escrito bajo la idea conceptual de interpretar la misma canción proyectada desde los diferentes ángulos de una habitación, un sentimiento o un paisaje. En ese momento se decantó por el piano como instrumento principal, como en «Ruins”. Antes de estos dos discos, la artista del estado de Oregon ya había experimentado con guitarra y sintetizador. Pero lo que encontramos en Nivhek es totalmente diferente. Se trata de una música completamente ambiental en la que se usa el mínimo de instrumentación. De ahí que en los foros especializados lo clasifiquen dentro del género ambient drone.

Otra de las características peculiares de este álbum es, de nuevo, la presentación. Un trabajo que se divide en dos partes que a su vez se dividen en otras dos partes y que vuelven a dividirse en miniactos o microcanciones que, a medida que se despliegan, ofrecen la sensación de estar perdido en medio de un laberinto de sonidos, recursos sonoros y melodías fúnebres. Así, en la primera parte encontramos nueve piezas distintas: los coros sacros de “Cloudmouth”, que poco a poco se fusionan con los bajos estentóreos y cavernosos de un sintetizador, mientras ecos y reverberaciones cuelgan del vacío en Blue Room”, para llegar a una ensenada de descanso espiritual de Mellotron y campanas en Night-Walking”. Un descanso que retorna a la iridiscencia en Funeral Song, donde los timbres se hacen más graves y ganan en contundencia.

Los espacios invisibles del inconsciente: el desierto de Varèse

Está claro que la obra de Harris sobrepasa lo conceptual y se adentra en lo filosófico, en la pura extrañeza de sentarse frente al mundo. Como en una película de cine antiguo, su escucha exige calma y monotonía, meditación y contemplación. A riesgo de quedarnos inmersos en un sueño eterno que avanza en espiral, la artista estadounidense nos propone un nuevo sumergir en este mismo río. A decir verdad, toda la segunda parte es una revisión idéntica o radicalmente distinta de la primera.

Llegamos a la cara B de la primera parte, donde nos sorprende una hermosa guitarra que recuerda a Syd Barrett en “Thirteen”. Una pieza larga en la que Harris interviene con ecos y voces lejanas, como si una conversación fuera el ruido de fondo a medida que se van fusionando los instrumentos. Diez minutos después, emerge música concreta: portazos, risas, golpes y silbidos se funden con un ensayo vocal milenario, en “Crying Jar”, tal y como le hubiera gustado al músico germano Karlheinz Stockhausen. Así, regresa de improviso la oscuridad y la crueldad sonora como nunca antes en toda la grabación. Un feedback abrumador y poderoso nos recibe en “Entry”. Pero tan sólo por un minuto, ya que enseguida llega “Walking in a spiral towards the house”, en la que el sonido de una conversación en una estancia vacía es la protagonista. La artista retorna al Mellotron en una nueva dosis de música ambiental que hace viajar a la mente por mundos imposibles. La primera parte termina con “Weightless”, un cierre diminuto con unas palabras en coro susurradas al oído.

Como Heráclito, Harris vuelve a sumergirse en un río idéntico pero que ya no es el mismo. Nada más comenzar la segunda parte, suena de nuevo «Night-Walking”. Es tarea del oyente dudar de si es una versión del mismo tema homónimo de la primera parte o, en realidad, es una secuencia repetida. Lo que está claro es que la supuesta casa a la que pretende llegar, y por la que no puede dejar de caminar en espiral, cada vez está más lejos. Como un sueño que no recordamos al despertar, Nivhek pretende deslizarse por la masa espesa del inconsciente, que rodea un espacio invisible una y otra vez de forma errática. Al igual sucede con la pieza que le sigue, «Funeral Song”, en la cual el ritmo se hace más lento y profundo. Desasistido, solitario y nervioso retumba en el vacío, en el más puro desierto interior de lo humano, como pensaría otra de sus influencias, el compositor francés Edgar Varèse y su obra, “Deserts”.

Un hechizo mental que sólo un genio podía atisbar

 ¿Ha cambiado algo o somos nosotros quienes ya no somos los mismos? Está claro que la obra de Harris sobrepasa lo conceptual y se adentra en lo filosófico, en la pura extrañeza de sentarse frente al mundo.

La melodía ensimismada prosigue en la cara B de la segunda parte. ¿Ha cambiado algo o somos nosotros quienes ya no somos los mismos? Está claro que la obra de Harris sobrepasa lo conceptual y se adentra en lo filosófico, en la pura extrañeza de sentarse frente al mundo. Como en una película de cine antiguo, su escucha exige calma y monotonía, meditación y contemplación. A riesgo de quedarnos inmersos en un sueño eterno que avanza en espiral, la artista estadounidense nos propone un nuevo sumergir en este mismo río. A decir verdad, toda la segunda parte es una revisión idéntica o radicalmente distinta de la primera.

Es la misma pregunta de antes desde otro ángulo: ¿Somos nosotros los que hemos cambiado o son los pequeños detalles de este espacio físico que nos reúne? Sin embargo, una vez llegados al portal de la casa, una reunión se ha dado lugar sin consultárnoslo. Todas las notas suenan en sincronía, como en una cascada. Nos hemos desplazado en el tiempo y en el espacio, y ahora el lugar que ocupamos es diferente. Un hechizo mental que sólo un genio podía atisbar. No hay nadie que componga música como Liz Harris. En una época plagada de vanguardias en la que los estilos se fusionan y retuercen, la artista estadounidense vuelve a dejarnos helados con cincuenta minutos de música estelar, mística, filosófica. La espiral que dibuja es sólo el llanto acompasado de un mundo en ruinas que se desvanece en el aire como una nota de Mellotron.

error: ¡Contenido protegido!