Canciones de nuestra vida (XXXVII): Vertical y transversal

¿Cómo podemos sentir nostalgia de algo que no hemos vivido? ¿Cómo, si no es porque ese dolor y esa melancolía resuenan con nuestro propio pasado hasta que ya no podemos distinguir un hecho del otro, podríamos sentir que las historias de “1999” son tan de Love of Lesbian como nuestras?

Siempre acabamos encontrando un disco, una canción, un verso que, de un modo inexplicable, nos conoce y nos refleja mejor que todo aquello que hayamos soñado jamás plasmar en un papel o cantar guitarra en mano. Siempre llega en el momento idóneo, vibrando en la misma frecuencia que nuestro corazón, inquieto y en busca de respuestas, y nos hace pensar, irremediablemente: “Han escrito esto para mí”. Y, joder, como para no pensarlo.

Pero, a pesar de todo, no es nuestra vida la que está documentada en esas letras, y yo me pregunto si no serán esas historias las que terminan por cambiar la nuestra propia, y por eso echamos de menos algo que no comprendemos del todo cuando volvemos a escucharlas.

Muchas de estas historias ni siquiera esperamos vivirlas, incluso las evitamos y rechazamos tanto como podemos, hasta que deja de tener sentido resistirse a lo inevitable. Muchos John Boys han pasado por mi vida, pero los primeros de todos en seducirme con su verso letal fueron Love of Lesbian. Los odiaba por sistema en mi total desconocimiento de una escena indie que pronto exploraría pero que, por el momento, tomaba por deshonesta; algunos de aquellos prejuicios se confirmarían, pero con esta banda no pude sino apartar mi soberbia y rendirme, enamorado, sobrecogido e incomprensiblemente identificado, ante su épica. Sólo podía ser ese disco.

1999 (o cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna)” es una tragedia a caballo entre dos décadas, un disco que se recuerda a sí mismo con nostalgia y difumina las fronteras e tu propio tiempo cuando lo escuchas. Nada de lo que pasó en 1999 habría ocurrido de verdad si en 2009 un tal Santi Balmes no hubiera decidido echarle valor y regresar donde todo comenzó. Ahora, años después de ese momento, somos nosotras y nosotros, oyentes y conocedores de segunda mano de esa gesta emocional, quienes volvemos “Allí donde solíamos gritar” para rememorar una historia que se repite, confiando, tal vez, en entender al fin la nuestra.

Ya dije en otra ocasión que 1999 fue un año de finales, y todo el mundo tiene los suyos propios: hemos sido grito y cristal, incapaces de comprender del todo por qué estaba ocurriendo aquello; hemos dejado atrás vestigios de vidas breves que parecían infinitas y estallaron de modo espectacular; hemos temido que llegara una despedida. Y al final, después del drama, con o sin catarsis, más o menos enteros, han pasado los años y hemos regresado, marcados por esa experiencia y, con algo de suerte, después de haber madurado, a revivir esas historias porque así nos lo dice la canción.

¿Y por qué acaba nuestra historia, o empieza, vista desde el aniversario del recuerdo, en ese mismo lugar? ¿En qué momento esta canción dibujó en sentido opuesto el camino que trazamos a ciegas por primera vez? Tal vez haya llenado esos vacíos que dejó en nuestra memoria la inexperiencia, o el estar demasiado ocupados y ocupadas disfrutando y maravillándonos para captarlo todo (porque amar también va de eso), y esa emotividad, esa nostalgia épica que nos hace vibrar, ese grito que siempre vuelve y pugna por salir de nuestra boca sea ya tan nuestro como de la voz que mezcló todos estos sentimientos y los cantó por primera vez.

Tenemos nuestros John Boys particulares, hemos ignorado a las malas lenguas y a los ectoplastas que se resistían a esfumarse; perdimos el segundo asalto, nos subimos a algún taxi con alguien más y nos bajamos solos, hemos herido y nos han hecho daño; y al final, después de quince anuncios y un drama vimos que en el pop sí había poesía, y cuando llegó la hora de cerrar el ciclo y rompimos las ventanas creímos por fin entenderlo todo. Y ya está, ya hay paz.

¿Cómo podemos sentir nostalgia de algo que no hemos vivido? ¿Cómo, si no es porque ese dolor y esa melancolía resuenan con nuestro propio pasado hasta que ya no podemos distinguir un hecho del otro, podríamos sentir que las historias de “1999” son tan de Love of Lesbian como nuestras? Tenemos nuestros John Boys particulares, hemos ignorado a las malas lenguas y a los ectoplastas que se resistían a esfumarse; perdimos el segundo asalto, nos subimos a algún taxi con alguien más y nos bajamos solos, hemos herido y nos han hecho daño; y al final, después de quince anuncios y un drama vimos que en el pop sí había poesía, y cuando llegó la hora de cerrar el ciclo y rompimos las ventanas creímos por fin entenderlo todo. Y ya está, ya hay paz.

Estoy mezclándolo todo en mi cabeza. Mis historias, las tuyas y la primera de todas. Hemos vuelto a enlazar la llama tantas veces para volver a sentir todo esto, a sentirnos parecidos a esas canciones antes o después de conocerlas, que ni siquiera los sueños que nos diferencian permiten distinguir unas vidas de otras. Esa es la magia que “1999” sigue creando diez años después de recordar los diez primeros, y son tantas las vivencias entreveradas que sólo pueden entenderse bajo las cifras de ese extraño año, que nunca volverá, pero que no dejará de hacernos creer que sí.

Amar también va de seguir hacia delante.

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