Sigrid

Sigrid –
Sucker Punch

La aspirante noruega a estrella del pop internacional Sigrid, con tan sólo 23 años, debuta en largo con un crisol de colores lo suficientemente brillantes como para ofrecer algo disfrutable y un sonido con personalidad suficiente para invitar a un futuro prometedor, pero finalmente no destaca en un panorama cada vez más diferenciado.


Hablar de anti-popstar a día de hoy tiene bien poco sentido. Ya sacó Rihanna un disco precisamente con ese título, “ANTI”, anunciando lo que estaba por venir, y ya hemos visto a Miley Cyrus lamer una maza y a Beyoncé reventar lunas con un bate. Pero, sobre todo, tiene poco sentido hablar de anti-popstar en un mundo en el que ya reclaman sus respectivos tronos artistas como Janelle Monáe, Rosalía, Kali Uchis, Robyn, Ariana Grande, HAIM, Charli XCX, Solange, Florence Welch, Dua Lipa, St. Vincent, Carly Rae Jepsen, Billie Eilish, Lykke Li o Lorde. Entre todas ellas y cada una a su particular modo están definiendo (ya han definido, más bien) la naturaleza de la nueva pop star, de la estrella para los tiempos que corren, y aunque en esa carrera, al uso, se haya situado a la cabeza Dua Lipa y al final la carrera en sí pierda sentido por manejar un crisol de géneros tan diferentes, lo cierto es que todas tienen algo en común: se desmarcan. ¿Moraleja? El principal requisito actual para ser una estrella del pop es no parecerlo.

¿Una nueva diva del pop?

A día de hoy, Sigrid no puede destacar por ser diferente. Es diferente a su modo, como todas las demás, lo que ya debería estar definitivamente normalizado, pero no es diferente ni mucho menos de lo que se puede esperar de una aspirante a olimpos de esta categoría. Ella ha hecho bandera de su candidez, de una actitud más teenager y más coqueta alejada de frivolidades.

Ya sea por abrazar la producción del pop urbano como ha hecho Dua Lipa, por ese híbrido de flamenco y R&B electrónico que ha parido Rosalía, por redefinir el pop clubber (Robyn) o el pop electrónico en clave de PC Music (Charli XCX), por una actitud tan desenfadadamente kisch como la de Carly o tan arty como la de Lorde o St. Vincent, por acercarse siempre a la tradición rockera como lo hacen Florence + The Machine o HAIM, por politizar su mensaje al estilo de Janelle Monáe o Solange, por romper fronteras como Kali Uchis, por descubrir su lado salvaje como ha hecho Ariana Grande o como parece rugir Billie Eilish, todas se distancian a su modo de los viejos clichés y componen esa idea de estrella diferente que parecen reclamar los tiempos modernos. Lejos quedan, por suerte, aquellos otros en los que Kate Bush o Björk aparecían como rara avis en un panorama mucho más estandarizado.

En este mundo, Sigrid no puede destacar por ser diferente. Es diferente a su modo, como todas las demás, lo que ya debería estar definitivamente normalizado, pero no es diferente ni mucho menos de lo que se puede esperar de una aspirante a olimpos de esta categoría. Ella ha hecho bandera de su candidez, de una actitud más teenager y más coqueta alejada de las frivolidades de, por ejemplo, Taylor Swift y de una imagen colorida, cuqui, poco provocativa y muy naive que la pone más en común con proyectos femeninos de indie-pop. Como si la chica mona, aplicada y rarita de clase, la Ellen Page de Juno, pudiera convertirse de pronto en la reina del baile, triunfar en el recreo como estrella del pop internacional.

Querer ser diferente no siempre significa serlo

No hay en “Sucker Punch” grandes pruebas de que Sigrid sea un kamikaze contra la industria. Ni mucho menos. Pasa por el aro de todo lo que se supone que debe ser un disco de pop en 2019, está editada por Island Records/Universal Music y lo que parecía verdaderamente intencionado al final queda diluido en eclecticismo y pataleta.

Un poco al margen de reglas, debutó a principios de 2017 con un single, “Don’t Kill My Vibe”, en el que confesaba haber escapado del excesivo control de su trabajo en el estudio que un grupo de lumbreras le imponía, y se confesaba creativamente independiente, autora, y supervisora de todo su trabajo. Este rifirrafe con la industria se plasma también en otra canción de su debut, “Business Dinners”, una canción instrumentalmente inspirada en las bandas sonoras de las películas del estudio japonés Ghibli (responable de, entre otras, El Viaje de Chihiro) y que versa sobre las presiones que ejerce la industria para crear productos, imágenes, etc. Pero no queda del todo claro si es sólo una presunción, pues por mucho que lo diga o que lo cante, no hay en “Sucker Punch” grandes pruebas de que Sigrid sea un kamikaze contra la industria. Ni mucho menos. Pasa por el aro de todo lo que se supone que debe ser un disco de pop en 2019, está editada por Island Records/Universal Music y lo que parecía verdaderamente intencionado al final queda diluido en eclecticismo y pataleta.

Fotografía: Francesca Allen

Sin reglas propias, las reglas las ponen otros

El disco tiene a veces una aproximación al panorama sonoro del mainstream pop algo atrapalotodo. Pero detrás de toda esta pléyade de referencias está un disco bastante cohesionado, con un sonido ciertamente personal y plagado de melodías infalibles y de estribillos como puñetazos.

Y así, a priori sin reglas, Sigrid acaba firmando un debut que satisface a la industria por contener un pop ligeramente personal que no se descuelga de los consumos de masas y que paradójicamente está recorrido de principio a fin por la influencia de las ‘new rules’ de Dua Lipa. En el trayecto, mientras, se dan cita moderada el procesamiento vocal robótico o las bases electro à la Röyksopp, una steel guitar sintetizada (“Sucker Punch”) y golpes de cuerdas muy de los Coldplay de Markus Dravs (“Don’t Feel Like Crying”, “Sight of You”), el lirismo celestial de Florence & The Machine (“Don’t Kill My Vibe”), alguna melodía que recuerda terriblemente a HAIM (“Mine Right Now”, “Basic”), guiños a la nueva ola de pop electrónico que en Inglaterra han auspiciado desde el lado más comercial The 1975 (“Don’t Kill My Vibe”), latiguillos de disco (“Sight of You”) y hasta de EDM (el arreglo final de “In Vain”), baladas Adele-oriented (“Dynamite”), sintes ampulosos y explosiones de pop bombástico muy propias del pop escandinavo y esa pátina de pop star rebelde que le pertenece a Lorde por derecho y demostración fehaciente y que también impregna instrumentalmente todo el trabajo (pero especialmente temas como “Basic” y su “na-na-na, na-na-na-na, na-na-na, na-na-na-na, na-na”).

La propia Sigrid ha confesado que “Sucker Punch”, de hecho, es algo así como el testimonio musical de los últimos dos, tres años de su vida, lo que le da sentido a esta forma de aproximación a veces algo atrapalotodo al panorama sonoro del mainstream pop. Ojo, detrás de toda esta pléyade de referencias está un disco bastante cohesionado, con un sonido ciertamente personal y plagado de melodías infalibles y de estribillos como puñetazos, como el que lo abre y le da nombre, “Sucker Punch”, o ese final de “Don’t Kill My Vibe”, una oda al sonido Charli XCX. O “Basic”, una de las canciones que más destacan además en el apartado lírico, y esa sobria “Never Mine” que se levanta sobre una base de synth-wave muy Kavinsky.

El testimonio de los últimos años de experiencias de su autora

“Sucker Punch” es una colección de buenas canciones sin pretensiones que, aunque no inventa nada ni revoluciona ningún estado, si demuestra una identidad y unas intenciones totalmente propias. No está nada mal para empezar.

Por encima de todos emerge “Strangers”, el tema con el que se coló en el Top 10 de Reino Unido. Empapado del estilo rompepistas expansivo de Calvin Harris, post-EDM y enérgico a la vez que melódico, define muy bien el estilo matemático y épico de producción tan nórdico de la joven noruega y sus colaboradores principales, Martin Sjølie y Odd Martin Skålnes, con los que ha producido prácticamente todo su debut. Pero, en un nuevo reflejo del viaje temporal de Sigrid por estos últimos años que condensa “Sucker Punch”, también encontramos algunos resultados de las sesiones con Askjell Solstrand, más enfocados al piano o a sonidos más acústicos, como la canción de amor (a los viejos amigos y al público) “Sight of You”, el hit de sus directos “In Vain” (realizado en clave intimista, abrazado por esas guitarras tan The xx y por un ejercicio vocal más rasgado, con mucho de Lorde y de Cindy Lauper) o la balada tan Adele “Dynamite” que sirve para cerrarlo. “Don’t Feel Like Crying”, por su parte, con su verso susurradito (¿hola Dua Lipa?) incluido, es fruto de unas sesiones con Oscar Holter, miembro de la banda Necro Facility, y la excepción que confirma la regla que supone “Business Dinners” se la debemos a Patrik Berger (frecuente colaborador de Charlie XCX) y Martin Stilling.

Al final, “Sucker Punch” no es el puñetazo en la mesa que todos esperábamos de la promesa noruega, pero sí es un crisol con colores lo suficientemente brillantes como para ofrecer algo disfrutable y un sonido con personalidad suficiente para invitar a un futuro prometedor. Una colección de buenas canciones sin pretensiones que, aunque no inventa nada ni revoluciona ningún estado, si demuestra una identidad y unas intenciones totalmente propias. No está nada mal para empezar.

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