Weezer

Weezer –
Weezer (Black Album)

Weezer ya no nos sorprenden con un nuevo ejercicio de mediocridad. Este "Weezer (Black Album)" no es más que un intento de acercarse a un fandom ajeno a su estilo y para ello coquetean con cualquier estilo que está actualmente de moda sin pensar en las consecuencias. Ligerito y olvidable.


¿Quién iba a decir que en 2019 podríamos escuchar dos nuevos trabajos de uno de los grupos más influyentes de los noventa? Tal vez con esta pregunta se nos haría la boca agua si viviéramos en una realidad alternativa donde los californianos Weezer hubieran seguido una senda consecuente tras los aclamados “Weezer (Blue Album)” (1994) y “Pinkerton” (1996), algo que desgraciadamente y como todos sabemos nunca sucedió. Después de haber lanzado en enero un cuestionable pero inofensivo álbum de versiones, Rivers Cuomo y compañía ponen toda la carne en el asador con este decimotercer trabajo de estudio. El álbum negro. Otro lapsus –esta vez premeditado y más negro todavía– que sumar a su inconsistente carrera.

Deleznablemente afable

Pese a las expectativas de poder estar ante una obra más oscura y madura, Weezer tratan de tocar como pueden el mayor número posible de reductos de la música mainstream actual: electro-pop, trap, hip-hop, R&B, pachangueo…

Bien sabemos que no estamos descubriendo América a estas alturas y que lo que pudo ser al principio una decepción se ha ido convirtiendo con el paso de los años en indiferencia, lo cual resulta incluso más feo. Después de aquellos momentos de lucidez con “Everything Will Be Alright in the End” (2014) y “Weezer (White Album)” (2016), en los que nos ofrecieron un gran retorno a la contundencia guitarrera, nos presentaron el descafeinado y desdibujado “Pacific Daydream” (2017) con el que intuimos que no había vuelta atrás.

Si en el anterior ya observamos un cambio de dirección, aquí Rivers Cuomo remata la faena con un desmedido afán de intentar colarse en las listas de éxitos más comerciales. Este “Weezer (Black Album)” no es ni más ni menos que un fangoso alejamiento de su lado más guitarrero y ruidoso. Para ello, Cuomo (junto a otros compositores y varios productores) se ha encargado de dar la vuelta a todo lo que nos gustaba de la banda para fabricar un producto desenfadado y mediocre que no acaba de molestar porque, tristemente, ya estamos más que acostumbrados.

Fotografía: Shawn Murphy

Tedioso conforme avanza a pesar de canciones ligeras y simples

Rivers Cuomo se ha encargado de dar la vuelta a todo lo que nos gustaba de la banda para fabricar un producto desenfadado y mediocre que no acaba de molestar porque, tristemente, ya estamos más que acostumbrados.

Del bochornoso coqueto con el R&B en el puente de “Piece of Cake” a la fórmula One Direction que exuda el single principal “Zombie Bastards”, Weezer tratan de tocar como pueden el mayor número posible de reductos de la música mainstream actual: electro-pop, trap, pachangueo… Todo de una manera tan desmedidamente fanfarrona que roza los límites de la vergüenza ajena.

Las expectativas de poder estar ante una obra más oscura y madura, según sus propias palabras, complican un poco la experiencia inicial, aunque muchos ya íbamos preparados gracias a aquella primera muestra que nos dieron con “Can’t Knock The Hustle” y ese estribillo tontorrón en español. Un tema facilón y fiestero que representa perfectamente la atmósfera del disco en general y que nos recuerda a otra de sus peores canciones… Sí, esa que hicieron con Lil Wayne.

A pesar de la obvia y profunda crisis que están atravesando los californianos, hemos de valorar positivamente la producción (a cargo de, en su mayor parte, Dave Sitek de TV on the Radio). Muy limpia, con muchas capas y con unas directrices muy claras pese al horterismo generalizado de las composiciones. “Weezer (Black Album)” suena compacto e intenta calar a la primera. Con decisión respecto a los objetivos marcados. El ejemplo perfecto es la pieza que cierra el disco, “California Snow”, un medio tiempo épico que, con una base de bajo electrónico, se recrea en su grandilocuencia. Conformada a partir de una suma de elementos totalmente anecdóticos, es un intento de himno pomposo que bien podrían haber firmado los nuevos Fall Out Boy, Panic! At The Disco o los Blink-182 de “California”.

Estribillos fáciles y estructuras pop manidas con poco que decir

Dado que el frontman de la banda ya ha explicado que el retorno a las guitarras será inminente, nos parece interesante reflexionar acerca de las expectativas que está creando una vez más, las cuales poco se asemejan a la actitud y poca seriedad de Weezer musicalmente hablando durante estos últimos años.

Y con ese cambio de miras y la búsqueda de un nicho asentado en horizontes lejanos, Weezer, esos músicos que tanto han marcado nuestras vidas, se desvanecen sin control en una espiral de tira y afloja con la industria y sus fans. Al final debemos confesar que hay alguna que otra buena melodía por ahí, como el arranque más dream-pop de “I’m Just Being Honest” o la reconfortante “High As a Kite” que, sin ser maravillosa, destaca sobre el resto. E incluso podemos decir que el álbum globalmente no es tan tan malo, pero sí muy mediocre si lo comparamos con sus mejores referencias. Una verdadera pena porque habían sido capaces de volver a resurgir de sus propias cenizas.

Dado que el frontman de la banda ya ha explicado que el retorno a las guitarras será inminente, nos parece interesante reflexionar acerca de las expectativas que está creando una vez más, las cuales poco se asemejan a la actitud y poca seriedad de Weezer musicalmente hablando durante estos últimos años. Sin querer ser catastrofistas, el asunto huele bastante a chamusquina. Parece mejor opción hacernos a un lado por si el golpe es, otra vez, demoledor.

error: ¡Contenido protegido!