Blur

Blur –
13

A pesar de haber caído injustamente en el olvido, "13" es uno de los discos más importantes en la trayectoria de Blur. Nacido de una difícil etapa personal de Damon Albarn y la banda, experimenta oponiendo la electrónica ambiental con el lo-fi más agresivo en las trece canciones más honestas del grupo hasta la fecha. Puede hacerse inaccesible y fragmentario, pero algunas de las mayores proezas musicales de Blur se encuentran aquí, y es un hito incontestable de su sorprendente evolución. Un clásico que merece la pena rescatar.

Fue un final espectacularmente triste”.

Sin contexto, estas cinco palabras que Damon Albarn usó para describir su ruptura con Justine Frischmann, vocalista de Elastica con quien compartió ocho años de su vida, podrían hablar de muchas cosas. Tal vez el antiguo rey del Britpop, ahora sin reina ni trono, se lamentaba así de ver cómo de su imperio ya sólo quedaban cenizas; puede que estuviera previendo cómo iban a terminar las disputas con su propia banda, de la que ya no tenía el mando y en la que parecía haber más conflicto que complicidad.

1999 fue un año de finales, en muchos aspectos. Las cosas, sin embargo, ya habían empezado a cambiar años antes de llegar a este comienzo del colapso, y tampoco puede decirse que fuese para mal. Blur habían ardido envueltos en sus propias llamas de pop costumbrista y su llama se consumió mucho antes de que la luz de unos Oasis que lanzaron el disco adecuado en el momento perfecto los eclipsasen en su propio terreno. Pero los londinenses fueron capaces de renacer de esas ascuas como un fénix enfadado y resacoso, y emprendieron un vuelo hacia nuevas tierras.

La mirada underground

La existencia de “13” parece casi un milagro. El ambiente en general en el estudio era hostil y el proceso de grabación resultó triste y doloroso para sus miembros. La complicadísima y tensa situación en el estudio se tradujo en un estilo de composición extraño, a veces inconsistente, pero alejado de todo lo que habían hecho anteriormente y dotado de una magia muy particular que solo brilló en este difícil momento de la historia de Blur.

“Blur” fue el resultado de ese brusco viraje desde el Britpop hacia el rock alternativo lo-fi de bandas como Pavement que Graham Coxon abanderó entre sus compañeros de banda durante mucho tiempo. Pese a las reticencias iniciales de Albarn, el guitarrista terminó por convencerlo de que ese era el camino a seguir; quería que Blur hiciesen música que volviese a asustar a la gente”. Albarn, consciente de cómo se había resentido en los últimos años la imagen pública de Blur, a quienes ya todos consideraban como una ‘banda pop poco auténtica de clase media’ frente a los ‘héroes de la clase obrera’ que veían en los Gallagher y compañía, reconoció la necesidad de darle un giro a su sonido. Puedo sentarme al piano y escribir brillantes canciones de pop contemplativo todo el día, pero hay que seguir adelante”, llegaría a declarar al respecto.

En esa deriva sonora hacia los EEUU, cargada de resentimiento hacia la patria, cambió enormemente la dinámica del grupo, y Albarn relajó el estricto control que mantenía sobre el sonido de la banda. Particularmente sobre un Coxon que ganó protagonismo con su energía agresiva y sobre sus propias letras, que dejaban de escudarse en personajes y para hacerse más introspectivas y complejas. La forma de grabar también fue menos propia de un laboratorio”, como definió Coxon sus sesiones anteriores, y decidieron que fabricar singles ya no iba a ser su preocupación principal. Lo que se predecía como un ‘suicidio comercial’ en la crítica especializada resultó ser un éxito de ventas desde que “Beetlebum” debutase como número uno en las listas británicas y que, además, abrió a la banda las puertas del mercado estadounidense.

Este fue el comienzo de un cambio crucial en la carrera del cuarteto, uno que parecía aliviar las tensiones y críticas entre diversos miembros de la banda y que por fin los había vuelto a armonizar; pero ese arreglo era precario, y era imposible que se sostuviera a largo plazo por muchas razones. Pasaría tiempo hasta que llegase la ruptura, sí, pero ese fue sólo el detonante que hizo que el resto de piezas comenzasen a caer y desmoronarse, no después, sino durante el siguiente paso de esa evolución brillante y autodestructiva. Visto en perspectiva, la existencia de “13” parece casi un milagro.

Fotografía: Archivo

Trece crónicas de una muerte anunciada

Algunas de las mayores joyas de la trayectoria de Blur se encuentran en “13” y resultan imprescindibles para entender la evolución de su sonido. La electrónica analógica con la que Albarn ya había empezado a trastear en el elepé anterior ganó protagonismo y densidad en las largas jams, pasando de ser un mero arreglo a un elemento crucial en la melodía. Las guitarras de Coxon, por su parte, se hicieron aún más agresivas, a veces incluso ajenas.

Una de las pocas maniobras unánimes de la banda a la hora de grabar este elepé fue la difícil decisión de cambiar de productor. Stephen Street llevaba acompañándolos desde su debut en 1991, pero vio más que comprensible que la banda decidiese por fin optar por otra perspectiva ahora que estaban empezando a experimentar más con su sonido. En busca de un productor que “no los conociera” como Street, los cuatro miembros de la banda escogieron al músico y productor de música electrónica William Orbit (Madonna) para su nuevo elepé. En las condiciones en las que Blur se encontraba en esos momentos, Orbit ejerció “como un psiquiatra” para la banda, en palabras de Albarn.

No obstante, ni siquiera la conciliadora presencia del productor bastó para aplacar una tensión entre los miembros que, en realidad, existía mucho tiempo antes de meterse en el estudio; “13” sólo fue el disco en que se hicieron más patentes. En gran medida, era por motivos musicales, tal como Orbit describía:

Había una batalla entre la dirección experimental de Damon y la otra, más punk, de Graham, y Graham prevaleció. Si ya había una tensión creciente en los LPs anteriores, aquí alcanzó un punto crítico.

Pero los conflictos no quedaban en meras discrepancias compositivas; al fin y al cabo, eso ya había ocurrido en “Blur”, y había terminado por resolverse de un cierto modo, aunque aquí quedaron excluidas las ideas de algunos miembros, como las canciones que Alex James no se atrevía a mostrar a sus compañeros. El ambiente en general en el estudio era hostil y el proceso de grabación resultó triste y doloroso para sus miembros. La gente no aparecía en los ensayos, o aparecía borracha, comportándose de modo abusivo”, recordaría Dave Rowntree unos años más tarde. Coxon llegaría a asegurar que su comportamiento durante las sesiones sirvió para crear un ruido genial [en las canciones] pero probablemente era una mierda tenerme cerca”.

La complicadísima y tensa situación en el estudio se tradujo en un estilo de composición extraño, a veces inconsistente, pero alejado de todo lo que habían hecho anteriormente y dotado de una magia muy particular que solo brilló en este difícil momento de la historia de Blur. El resultado fue un elepé de más de una hora, dividido en trece canciones (lo que da el nombre al álbum, además de ser el estudio de la banda) largas y complejas, muchas de las cuales contenían breves pistas ocultas al final, esquirlas desprendidas de los choques de dinámicas entre Albarn y Coxon, de cuyo fuego cruzado nació un sonido desconocido hasta la fecha en el grupo. Algunas de las mayores joyas de la trayectoria de Blur se encuentran en “13” y resultan imprescindibles para entender la evolución de su sonido.

La electrónica analógica con la que Albarn ya había empezado a trastear en el elepé anterior ganó protagonismo y densidad en las largas jams, pasando de ser un mero arreglo a un elemento crucial en la melodía. Las guitarras de Coxon, por su parte, se hicieron aún más agresivas, a veces incluso ajenas, aunque en los momentos más dulces y reposados, a menudo herederos de un Britpop que ya quedaba muy lejos, era capaz de relajar la tensión y crear líneas más suaves. En esos momentos, la banda volvía a la armonía más que nunca en todo el proceso, porque las letras de “13” se encuentran entre las más personales de la carrera de Damon Albarn. Precisamente al borde del desastre, los chicos de Blur, por enfadados que estuvieran entre ellos, no podían dejar de empatizar con el dolor de un amigo.

Fotografía: Archivo

La banda que intentó mantenerse en pie

Las letras de “13” se encuentran entre las más personales de la carrera de Damon Albarn. Precisamente al borde del desastre, los chicos de Blur, por enfadados que estuvieran entre ellos, no podían dejar de empatizar con el dolor de un amigo.

“13” nació de la ruptura entre Albarn y Frischmann o, al menos, este suceso sirvió como catalizador del concepto que ata todos los temas fundamentales del álbum: el amor, el dolor y la superación del mismo. La forma de enfocarlo no siempre es la misma, ni los ojos miran desde el mismo momento del tiempo. En más de una ocasión, las drogas componen el cristal borroso a través del cual Albarn observa su propia vida y la relación que acaba de dejar atrás; él siempre ha reconocido que, durante la época en la que consumió heroína, ésta le resultó muy creativa, y algunos cortes de este disco en particular lo reflejan. Frischmann también estaba ahí, compartiendo esos viajes a los que Albarn se hizo adicto y que, tal vez, abandonó lentamente junto a su amor por ella.

Pero no todo fueron malos momentos, y por ese mismo motivo existe “Tender”: para recordar todo lo bueno que Albarn vivió junto a su pareja. Clásico entre los clásicos de la banda desde su publicación, es destacable por el uso que hace de los coros góspel (de los que Albarn ya no sería capaz de separarse jamás) que acompañan a una banda unida alrededor de una melodía simple, dulce y tan honesta como ese Love’s the greatest thing / that we have” que entona Albarn. La contribución más memorable de Coxon al corte, por tontorrona que parezca, es una frase ya mítica entre el público, un Oh my baby, oh my baby, oh why, oh my” que ha hecho cantar a sus fans incluso durante su ausencia. Y si aún hace falta algún otro dato que derrita el corazón a quien escuche esta canción, ahí va: Justine Frischmann se echó a llorar la primera vez que escuchó esta canción. Es una de las piezas cruciales del disco, y sólo acabamos de empezar.

Su propia existencia parece casi un milagro

“13” nació de la ruptura entre Albarn y Frischmann o, al menos, este suceso sirvió como catalizador del concepto que ata todos los temas fundamentales del álbum: el amor, el dolor y la superación del mismo. La forma de enfocarlo no siempre es la misma, ni los ojos miran desde el mismo momento del tiempo. En más de una ocasión, las drogas componen el cristal borroso a través del cual Albarn observa su propia vida y la relación que acaba de dejar atrás.

Estos casi ocho minutos de canción que ni de lejos se hacen largos nos relajan, tal vez demasiado, antes de que “Bugman” entre con toda su distorsión, su mala leche y sus na na na” pegadizos pero algo inquietantes considerando que esta canción habla del camello de Albarn. Coxon despliega toda su energía punk en este tema y dirige a toda la banda por ese camino, que desemboca en un outro breve y onírico sin que apenas nos demos cuenta de ello.

Cuesta mucho hablar de este álbum solo en un sentido estricto, y canciones como la que viene a continuación son parte del motivo. Es uno de los puntos álgidos del disco y de la propia historia de Blur, la canción que los consagró como un grupo de culto en EEUU, y que hizo a mucha gente enamorarse de ellos definitivamente. Ese fue mi caso. “Coffee and TV” es una de las canciones más puras de “13”, casi evocadora de lo que Blur alguna vez fue, pero irremediablemente ligada al momento en que nació. Primer single escrito y cantado por Graham Coxon (Albarn ocupa aquí un papel secundario, limitándose a la guitarra rítmica y los coros) que habla sobre la dificultad de mostrarse al mundo y ser rechazado o incomprendido. En busca de una vida más tranquila, lejos de los sinsentidos y viejas adicciones, Coxon se retrae y sincera en esta extraña balada, rota tan sólo por un brutal y disonante solo en el que ni siquiera se molestó en mirar a la guitarra mientras aporreaba pedales.

Puede hacerse un poco difícil pasar de esta accesible y entrañable maravilla a “Swamp Song”, otro corte de guitarras aporreadas, más relajadas que en “Bugman”, pero que regresa a la temática de las experiencias con la heroína durante sus viajes en África de un modo aún más explícito. Los coros enajenados y versos casi (o literalmente) gritados sobre el recuerdo de lo que la droga le proporcionaba confieren al tema una sensación incómoda y agobiante. Y hemos empezado a caer en los abismos del pasado hasta “1992”, que rescata una demo olvidada de ese mismo año envuelta ahora en una dolorosa oscuridad. Con frases breves y en apenas tres estrofas, Albarn describe toda la evolución de su relación con Frischmann, y el resto de la canción divaga en forma de notas sostenidas y retroalimentadas hasta el extremo sobre una progresión de acordes inalterable.

La fase experimental

Podría parecer que, después de todas las adversidades, Blur volvían a ser un grupo unido, pero nada más lejos de la realidad. Disfrutaban tocando “13” en directo, demostraron que aquel extravagante sonido, a veces inaccesible, era sólido y estaba bien engrasado. Pero todo aquello empezó a pasarles factura, y ni siquiera el descanso de dos años que se dieron después de la gira fue suficiente.

Repetitiva, machacona y alterada de un modo absurdo suena “B.L.U.R.E.M.I.”, una canción con estructura punk que parodia el ciclo interminable de imitación entre los grupos de pop al que antes pertenecían ellos mismos. Tras dos breves y frenéticos minutos, la canción se desvanece en un apacible outro de teclado que fractura por completo la dinámica anterior y nos anticipa otra de las mejores canciones de este elepé. “Battle” es la primera demostración real de hasta qué límites había cambiado Blur su forma de componer y grabar. Sus teclados oníricos y etéreos, su línea de bajo amorfa y densa, una sección rítmica marcadísima y unas líneas de Coxon que empiezan tenues pero que pronto introducen una potencia más emocional que nunca, que por momentos ni siquiera suenan a guitarra, conforman uno de los temas más crípticos y determinantes de la carrera de la banda. La batalla que Albarn libra durante esos largos siete minutos es consigo mismo, con el desamparo, y la libra solo, sin que apenas podamos entender por qué. Nos domina la fascinación en esta extraña oscuridad.

Después de otro breve interludio sin nombre, la música vuelve a ser más de este mundo. “Mellow Song”, un tema simple y mucho más accesible que el anterior, consta de una mitad vocal y críptica que se apoya en una guitarra arpegiada sencilla y una segunda parte de pura jam de shoegaze distorsionado y juegos con melódica. Algo más extraña es “Trailerpark”, una especie de “Essex Dogs” abreviada y más estructurada, de letras repetitivas en las que se repiten los dos motivos elementales del álbum: la ruptura y las drogas, relacionadas en la elocuente línea I lost my girl to the Rolling Stones”. De nuevo, la guitarra de Coxon dirige el tono con técnicas agresivas y progresiones de acordes disonantes, muy lejos de las más sutiles y extrañas herramientas de las que se sirve en la maravillosa canción que se avecina, puerta de la tríada final de genialidades de “13”.

Caramel”, un tema que Blur jamás tocó en directo hasta 2012, no necesita ser un single para haber ganado un status de culto entre los fans, y lo ostenta por razones de peso. Comienza con varias capas de loops de guitarra de Coxon superpuestas al órgano de Albarn, quien empieza a alcanzar sus fases terminales de superación del duelo. I’ve got to get over / I’ve got to get better”, se dice, sabiendo que necesita encontrar un modo de crear sin volver a necesitar la droga (la palabra caramel hace referencia al color de la heroína calentada), pero mejorar es muy difícil en este momento tan bajo. Pronto empieza a repetir como una letanía de gritos casi incomprensibles, mientras la banda alrededor no deja de crear una atmósfera que crece hasta acercarse a la luz de la respuesta, por un instante… pero todo termina por caer, lenta pero irremediablemente. «Low, low, low, low”.

Cómo Damon Albarn volvió a hacerse humano

Será inconsistente, caótico, agresivo hacia los propios oyentes, pero este disco está hecho con el corazón y las entrañas de quienes necesitaban cambiar y mejorar y no lo ocultaban. ¿Era el mejor disco de Blur hasta la fecha? Es difícil calificarlo con criterios normales, porque “13” es un disco que duele.

Dos breves fragmentos de canción, tan chirriantes que resulta irónico, cierran esta obra maestra antes de adentrarnos en el último gran temazo (por frívolo que suene decirlo en este contexto) antes de llegar al final. “Trimm Trabb” tiene un ritmo casi tribal, sugerente, a pesar de lo hermético de sus letras, y a mitad de canción se transforma, sin siquiera cambiar su letra, de una apacible pieza de guitarra acústica en un trallazo cargado de rabia y distorsión, agobiante y oscuro, pero extrañamente sugerente. Puro grunge con un punto experimental. La clase de canción con la que descargas toda la adrenalina cuando no puedes más, hasta que te agotas y, como siempre ocurre después, llegan las lágrimas.

Si hay una canción absolutamente descorazonadora en “13”, esa es “No Distance Left to Run”. Coxon, James y Rowntree, que no sabían los difíciles momentos que estaba pasando la relación de Albarn y Frischmann, comprendieron todo al escuchar la letra de esta canción por primera vez. De repente, como diría Coxon muchos años más tarde, Damon no era un maníaco ambicioso y despiadado […]. Era de carne y hueso, y estaba sufriendo”, un hombre roto que, a pesar de todo, había terminado por aceptar la catástrofe. Si Justine Frischmann lloró con la pieza que abría este elepé, toda la banda lo hizo al tocar este doloroso y brillante broche final. Toda la línea de guitarra de Coxon se encuentra entre los momentos más brillantes de cuantos ha tenido en la banda, y sumada a la sinceridad de esta letra («I hope you’re with someone who makes you / Feel safe in your sleeping tonight / I won’t kill myself, trying to stay in your life / I got no distance left to run”) es suficiente para hacer derrumbarse a cualquiera. Yo mismo lo estoy haciendo según escribo estas palabras. Pero no puedo evitar que me dé la risa cuando “Optigan 1”, epílogo de este extraño y turbulento disco, trae consigo ese sonido de órgano retro, casi de cine de ciencia-ficción de serie B, y pienso que lo mejor venía bien no tomárselo con tanta seriedad, al final.

Desmoronarse

“13” es el álbum de las canciones que se entonaban al borde del precipicio, del dolor y de la pérdida que había venido y que estaba por llegar. Es una de las obras más importantes de Blur, que cayó en el olvido de un modo inexplicable aunque sus grandes temas fuesen reconocidos. Es el momento de echarle valor e intentar entender por qué.

Podría parecer que, después de todas las adversidades, Blur volvían a ser un grupo unido, pero nada más lejos de la realidad. Disfrutaban tocando “13” en directo, demostraron que aquel extravagante sonido, a veces inaccesible, era sólido y estaba bien engrasado. Pero todo aquello empezó a pasarles factura, y ni siquiera el descanso de dos años que se dieron después de la gira fue suficiente. A la larga, muchos años después de “Think Tank”, el único álbum que grabaron en ausencia casi absoluta de Graham Coxon, Blur volverían a los escenarios y al estudio, más maduros y unidos que nunca. Esa, no obstante, es una historia que tardaría casi diez años en comenzar. Ahora era la era de “13”, de las canciones que se entonaban al borde del precipicio, del dolor y de la pérdida que había venido y que estaba por llegar. Y será inconsistente, caótico, agresivo hacia los propios oyentes, pero este puto disco está hecho con el corazón y las entrañas de quienes necesitaban cambiar y mejorar y no lo ocultaban. ¿Era el mejor disco de Blur hasta la fecha? Es difícil calificarlo con criterios normales, porque “13” es un disco que duele. Pero sí es una de las obras más importantes de Blur, que cayó en el olvido de un modo inexplicable aunque sus grandes temas fuesen reconocidos. Es el momento de echarle valor e intentar entender por qué.

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