Foals

Foals – 
Everything Not Saved Will Be Lost — Part 1

La problemática existencial de la generación Y llevaba tiempo necesitando un altavoz de este tipo. Reconociendo errores que sonrojan, como la inacción contemplativa o el exceso de indulgencia, pero sobre todo señalando sin miedo a los responsables de una brecha que muchas veces no reparamos en que existe. La sociedad mundial no solo está cimentada sobre desigualdades de género, raciales o de clase, también generacionales. Equilibrando energía funk-rock y pasajes ambientales, y a la espera de la segunda entrega, Foals busca desperezar con este trabajo a unos jóvenes que no acaban de creerse su derecho a reclamar un espacio en el mundo que se les niega.

Siempre me ha parecido un arte saber gestionar con acierto la difícil conciliación entre el lanzamiento de un nuevo álbum y las piezas del puzzle que se muestran antes. Atendiendo a los antecedentes uno puede hacer cábalas y estimaciones de por dónde va a ir la cosa, pero la gestión de la campaña previa es la que en gran medida condiciona la primera impresión, que no tiene por qué ser definitiva, aunque sí significativa. Foals tenían ante sí un reto bastante serio por delante al ponerse al volante del que para ellos es el mejor trabajo de su carrera. Así lo anunciaron a la vez que indicaban que la obra estaría dividida en dos discos, el que hoy nos atañe y otro que podremos escuchar pasado el verano.

La efectividad de acompañar semejante declaración de intenciones con una muestra potente y flagrante que apoye la causa es innegable, pero conviene guardarse lo mejor para el momento decisivo, que no es otro que cuando por fin toca dejar que el oyente se funda con el resultado final. Ese parece ser el plan de Yannis y los suyos que, tal y como afirman en esta entrevista, han buscado que este «Everything Not Saved Will Be Lost — Part 1” funcione como cliffhanger de la segunda parte, colocándose a sí mismos al borde del precipicio. Ese interés suscitado por el suspense encontrará regocijo con lo que advierten será “una bomba” complementaria del primero y que aglutinará la mayoría de temas pesados, mucho más representativos de su energía en directo.

Una primera parte más centrada en los ritmos y las texturas

Yannis Philippakis y los suyos afirman que han buscado que este «Everything Not Saved Will Be Lost — Part 1” funcione como cliffhanger de la segunda parte, colocándose a sí mismos al borde del precipicio. Ese interés suscitado por el suspense encontrará regocijo con lo que advierten será “una bomba” complementaria del primero y que aglutinará la mayoría de temas pesados, mucho más representativos de su energía en directo.

La primera parte de “Everything Not Saved Will Be Lost” cuenta con el hándicap de ser, presumiblemente, la mitad más relajada. Este factor provoca que, a la espera de su hibridación, la sensación tras una primera escucha completa es que faltan las piezas que, efectivamente, llegarán en otoño. Con “What Went Down” (2015), el grupo rompió el equilibrio que solía mantener entre la energía de cariz rock-funk y temas ambient con atmósfera lunar, apostando sin duda por su característica fuerza a base de riffs ágiles y sintetizadores contundentes. Este disco recupera esa equidad en el sonido, poniendo el foco en los ritmos y las texturas, y conformando un grupo eclético de canciones con pinceladas electrónicas. Además, esta vez han decidido prescindir de productor, encargándose ellos mismos de la tarea y eliminando así toda opinión ajena al núcleo del grupo, que no parece resentido por la reciente marcha del bajista Walter Gervers.

Fotografía: Alex Knowles

Perfecta combinación entre pragmatismo sonoro y reflexión insondable

La primera parte de “Everything Not Saved Will Be Lost” cuenta con el hándicap de ser, presumiblemente, la mitad más relajada. Este factor provoca que, a la espera de su hibridación, la sensación tras una primera escucha completa es que faltan las piezas que, efectivamente, llegarán en otoño.

Moonlight” se encarga de introducirnos en el túnel. Como si atravesáramos un agujero de gusano hacia otro universo, la progresiva envoltura sonora mediante capas de sintetizador crea la sensación de avanzar por un espacio ingrávido. La paz del arropo dura apenas dos minutos, lo que tarda la apertura en dejar paso a “Exits”. El tema cumplió con la tarea de ser el primer adelanto del disco y, aunque se echó de menos más creatividad formal (clave en canciones como “Mountains At My Gates”, “Two Steps, Twice” o “After Glow”), su contundencia sirvió para convencer tras tres años de espera y sirve como sacudida inicial tras la introducción. El objetivo de la letra es conseguir representar un mundo subterráneo donde la humanidad vive como una colonia de hormigas, protegiéndose de las amenazas del exterior. Pese a tratarse de una crítica directa a problemas contemporáneos como el cambio climático o unas élites mundiales que tratan de negarlo y nos manejan en beneficio de sus intereses, la visión que se pretende dar es lúdica, más cerca de una aventura onírica que de una tesitura sombría.

La batería y el riff que abren “White Onions” nos llevan de vuelta al pasado, recuperando a los Foals de “Antidotes” (2008). Tremendamente directa, la canción es una representación de alguien que tiene la sensación de estar atrapado. La jaula no es tangible, sino psicológica y emocional, como si el protagonista se encontrase en un laberinto donde es imposible encontrar la salida. Una de las favoritas del propio Yannis, ya que su concepción es simple como el funcionamiento e idiosincrasia de un martillo: mango – cabeza – golpe. Tiene todas las papeletas para convertirse en uno de los mejores momentos de sus directos.

La primera sorpresa llega con “In Degrees”. Sin dejar de sonar a Foals, llama la atención el acompañamiento electrónico. La banda se ha caracterizado por ser una notable factoría de temas bailables, pero siempre apoyándose para ello en el funk de guitarras, por lo que esta salida de lo orgánico resulta bastante innovadora. Una vez superada la fase de aceptación, si es que la hubo, la canción funciona, especialmente por el experimento conceptual que han llevado a cabo. Escuchando desapasionadamente se puede situar en una pista de baile, pero la voz nos habla de un tema completamente opuesto: la falta de comunicación humana. La idea es la introducción de un Caballo de Troya tanto en el propio disco como en el epicentro de la fiesta, donde mucha gente baila pero casi nadie se muestra realmente como es, perfectamente dibujada con la metáfora de las paredes de cristal.

El grito que una generación aún no se atreve a dar

Esta vez Foals han decidido prescindir de productor, encargándose ellos mismos de la tarea y eliminando así toda opinión ajena al núcleo del grupo, que no parece resentido por la reciente marcha del bajista Walter Gervers.

Syrups” narra el particular viacrucis familiar de Yannis a golpe de bajo y guitarra, logrando un ritmo muy marcado que logra recrear la sensación de avanzar a pasos lentos y pesados hacia el momento de resurrección. El deseo de escapar del yugo paterno, muchas veces mal disfrazado de protección y comodidad, es un tema muy recurrente y sufrido en la juventud, y el líder del grupo lo combatió huyendo a Londres, donde se encontró solo en una ciudad que había perdido su esencia. Las librerías, tiendas de música y demás establecimientos tradicionales estaban siendo sustituidos por inteligencias artificiales carentes de alma. El sentimiento que transmite es el de que los buenos tiempos han quedado atrás y jamás se volverá a la grandeza del pasado.

On the Luna” es puro Foals, ese ritmo inconfundible de “Total Live Forever”, “My Number” o “Black Gold” que portan como bandera y receta de los directos que les han aportado reconocimiento mundial. El mensaje es claro y con el blanco fijado y citado directamente en la canción: Donald Trump, pero también el resto de agitadores políticos que se están erigiendo en estos tiempos a lo largo y ancho del globo, como los instigadores del Brexit en su propio país. La crítica no termina ahí, sino que se extiende al resto de nosotros, desligándonos del papel de víctimas y haciéndonos reflexionar. No sólo estamos horrorizados por lo que está sucediendo, sino también cautivados, y desde nuestra inacción nos hemos convertido también en cómplices.

En su constante búsqueda de la emoción, “Café D’Athens” recurre a la siempre efectiva fórmula Radiohead del falsete que se expande en ecos mientras fluye por ese groove creado a base de sintetizador y apuntalado por golpes de graves. La situación es propicia para transportarnos a paisajes amplios y tomar perspectiva sobre lo que la vida ofrece, que no es más que una inmensidad de tiempo que nosotros decidimos aprovechar o malgastar. “Surf, Pt. 1” es un sedal que realiza una función de conexión con la segunda parte que llegará en octubre. Además de ligar las dos mitades, cumple también un papel dentro de la estructura del propio disco en un ejercicio de alquimia que deja entrever su complejidad con el paso de las canciones. Y es que el tema que se viene necesitaba una introducción propia, una especie de abismo que la separase del resto y nos hiciese dejar la mente en blanco.

Vuelta al equilibrio entre energía y contemplación

Con “What Went Down” (2015), el grupo rompió el equilibrio que solía mantener entre la energía de cariz rock-funk y temas ambient con atmósfera lunar, apostando sin duda por su característica fuerza a base de riffs ágiles y sintetizadores contundentes. Este disco recupera esa equidad en el sonido, poniendo el foco en los ritmos y las texturas, y conformando un grupo eclético de canciones con pinceladas electrónicas.

Sunday” es la piedra angular del disco y una de las cimas de la carrera de estos muchachos. Estratégicamente colocada al final, aglutina toda la problemática precedente, que se puede sintetizar en un desasosiego generacional provocado por ese futuro que nos vendieron pero que ni ha llegado ni se le espera. Por supuesto, en este punto sólo queda buscar explicaciones y culpables. El eje, una vez más, son nuestros padres; una generación que nos lo prometió todo pero que no actuó y nos ha legado un mundo donde gente que no sabe ni abrir un Word gana 3000€ al mes y millones de jóvenes sobrecualificados tienen que partirse el lomo para mendigar puestos irrisoriamente remunerados, mientras ven como los años pasan y el camino recorrido empieza a ser mayor que el que aún queda por delante. Esa terrible certeza, junto con la desolación de ver como se nos niega una y otra vez la posibilidad de agarrar derechos elementales, se plasma de forma espectacular en la canción, donde Yannis grita por todos nosotros. Musicalmente la pieza se divide en dos partes, una primera donde se expone la idea y el hastío que provoca, y un estallido final que insta a despertar de la indulgencia que hemos tenido hacia los que nos han hecho sentir culpables de sus errores (que por cierto, ellos no están sufriendo) y continuar con orgullo, liberados de una carga que nos impedía pensar con claridad y actuar.

En el epílogo han colocado “I’m Done With the World (& It’s Done With Me)”, una delicada pieza sobre un episodio reciente en la vida de Yannis que le puso en contacto con el mundo y le refrescó el recuerdo que tenía de la ternura que puede albergar. Durante unos días cuidó de un zorro que apareció muy enfermo en su jardín y que desapareció en cuanto pudo volver a moverse. El vínculo que estableció con el animal sirvió de inspiración para componer la canción, y a él le dedica este cierre como representante de una naturaleza que no juzga, sólo sufre y sostiene la pesada carga que somos la humanidad y la ridícula espiral que daño que libera en su continuo esfuerzo por autodestruirse.

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