Solange

Solange –
When I Get Home

Tras redescubrirse y orientar su carrera hacia un ejercicio de multidisciplinaridad en el arte, Solange mira a su infancia en Houston para crear un complejo y difícilmente accesible universo de reflexión en el que el oyente es inducido a tratar sus propias preguntas y respuestas a través de un trance psicodélico de jazz espacial, soul de bajas revoluciones y minimalismo electrónico que la vuelve a situar en la vanguardia de la producción global.


En 2016 Solange dio un golpe sobre la mesa de la industria discográfica. Y lo hizo a su manera, sedosa e hiperestésica, casi de sensibilidad efímera, sin hacer grandes aspavientos y separándose de un plumazo de la alargada sombra de su hermana Beyoncé con un disco en el que, más que dar un golpe como tal, se sentaba a la mesa a charlar sobre sí misma, su infancia, su condición como mujer negra en EEUU, su visión de la música y del arte. “A Seat at the Table” tenía que funcionar como un statement más que como un disco en sí mismo (entendido como una colección de canciones o como un concepto cerrado, sea alegórico, metafórico o crudísimamente palpable), y así lo hacía trascendiendo la propia materia y el sentido o corporalidad de su arte. Lo importante de aquel trabajo no era la música, ni las letras, ni el concepto. Ni siquiera la unidad de todos ellos o su interrelación en el universo ‘álbum’ para crear un producto nuevo. Es el discurso que se lee entre líneas, cómo se relaciona con la propia vida de Solange y sus experiencias, con sus presentaciones en directo… cómo encuentra formas nuevas de comunicación a través de perfomances, instalaciones, lugares satélite donde dar rienda suelta a las posibilidades de sus mensajes, siempre concisos, brevísimos, incluso crípticos.

“A Seat at the Table” era la puerta al Universo de su autora y por lo tanto sólo revelaba parte de su discurso, mientras sin embargo dejaba en él tatuada la impronta de cada esfera artística que podía rodearlo. Si hubiera querido, también habría podido rodar incluso una road movie, porque mientras lo conceptualizaba emprendió un viaje de descubrimiento artístico y personal que también adquiere en él su dimensión simbólica. Y es que si algo tiene Solange es que ahora mismo es una de las artistas que mejor capacidad tiene para decir más con menos.

Go deeper, go blacker

“When I Get Home” sitúa a Solange retrotrayéndose a su infancia en su Houston natal y fijándose en recrear desde su perspectiva artística los géneros que definieron su crecimiento: el chopped and screwed, el cosmic jazz, el soul, el R&B. Y es en ese oscurecimiento de la propuesta en el que se encuentran todas sus claves, para bien o para mal.

No hay nada diferente a priori en lo que a conceptualización se refiere en “When I Get Home”. Solange es más que su música, y así lo refleja por ejemplo en el interludio “Can I Hold the Mic”:

I can’t be a singular expression of myself, there’s too many parts, too many spaces, too many manifestations, too many lines, too many curves, too many troubles, too many journeys, too many mountains, too many rivers, so many…”

Quizá hay incluso una aún mayor profundización, al situar a Solange retrotrayéndose a su infancia en su Houston natal y fijándose en recrear desde su perspectiva artística los géneros que definieron su crecimiento: el chopped and screwed, el cosmic jazz, el soul, el R&B. Y es en ese oscurecimiento de la propuesta en el que se encuentran todas sus claves, para bien o para mal. Empezando por la portada, que sigue la línea de retrato a la verdad desnuda de “A Seat at the Table”, pero mostrando conscientemente más oscuro el color de la piel de Solange, una mirada más frágil que contrarresta con el pelo, suelto a lo amazona, y ese pequeño fragmento de máscara para los ojos que dan una imagen más combativa. “Go deeper, go blacker”, parece susurrar “When I Get Home”.

Fotografía: Max Hirschberger

La visión del R&B más personal de su tiempo

El nuevo trabajo de Solange puede enfangarse demasiado en sus propias honduras, pasarse de experimental, de relajado, de offtempo, de repetitivo, de monótono, de aburrido, de complejo, de disperso, de obtuso, de inaccesible… Pero igualmente puede tornar eso que pueden ser defectos en magníficas virtudes y emerger como un disco nuclear, monolítico, completamente cerrado, unitario y tremendamente cohesionado dentro de su inapreciable variedad y eclecticismo, modal y tonal.

Así, el nuevo trabajo de Solange puede enfangarse demasiado en sus propias honduras, pasarse de experimental, de relajado, de offtempo, de repetitivo, de monótono, de aburrido, de complejo, de disperso, de obtuso, de inaccesible… Pero igualmente puede tornar eso que pueden ser defectos en magníficas virtudes y emerger como un disco nuclear, monolítico, completamente cerrado, unitario y tremendamente cohesionado dentro de su inapreciable variedad y eclecticismo, modal y tonal. Y, sobre todo, producido con un pie muy por delante de los tiempos que corren, demostrando que, desde que Solange ha encontrado su posición en el nuevo R&B o en el neo-soul (o como queramos llamarlo), no existe una artista con una visión tan sensacionalmente personal y con un discurso en el que sea capaz de plasmar semejante complejidad con tan poco, defendiéndose siempre desde un elegante minimalismo, casi hierático.

De hecho, podemos comparar “When I Get Home” con el rap más abstracto del último disco de Earl Sweatshirt, que produce aquí la outro de la repetitiva “Dreams”; con el “Negro Swan” de Blood Orange, que también aparece en la producción del mismo tema para reforzar esa bruma psicodélica y reposadísima, casi opiácea, que lo envuelve desde el principio; o con el último trabajo de Janelle Monáe, un “Dirty Computer” con el que quizá comparte la focalización en una mujer negra empoderada y con éxito en EEUU y la intención afrofuturista, además del ánimo de algunos temas como “Almeda”, algo así como la piedra central. Pero todos están trascendidos y llevados al territorio inexpugnable de Solange. Donde Devonté Hynes, por ejemplo, se abría al góspel y al bedroom-pop en un disco arriesgado en el que regresaba a los lugares más reconocibles de su infancia y los trasladaba atemporalmente a los vapores neoyorquinos en brazos del jazz, Solange se adentra más aún en las profundidades de su persona e intensifica la opacidad de su neblina en torno a líneas de bajo que dibujan bucles infinitos, baterías y máquinas de ritmo artificializadas y absolutamente neutralizadas, visionarias programaciones electrónicas, cambios modales y de tempo e infinidad de pequeñísimos detalles que terminan conformando una galaxia. Donde Monáe podía ofrecer estribillos o canciones puramente pop, Solange perpetra loops melódicos infinitos y fracciona sus canciones en favor de un discurso unitario que no puede entenderse de forma aislada y que está pensado para empastar como una máquina perfecta.

La inducción de una ensoñación febril por hipnosis

Podemos comparar “When I Get Home” con el rap más abstracto del último disco de Earl Sweatshirt, con el “Negro Swan” de Blood Orange o con el último trabajo de Janelle Monáe, un “Dirty Computer” con el que quizá comparte la focalización en una mujer negra empoderada y con éxito en EEUU y la intención afrofuturista. Pero todos están trascendidos y llevados al territorio inexpugnable de Solange.

Desde el principio todas estas ideas aparecen reiterándose hasta tornarse manifiesto. Desde el augurio “Things I Imagined” hasta “Can I Hold the Mic”, lo que induce Solange es una fiebre espaciotemporal por hipnosis para sumirte por completo en la imaginación de su infancia, pasando por el cosmic jazz de la primera o la contemplación flamígera de “Down With the Clique” (una de las canciones más opresivamente jazz del trabajo, rematada por los beats con forma de tiro al aire), lograda gracias a la participación de Tyler, the Creator a los teclados y a la producción. Su papel, de hecho, es fundamental en todo “When I Get Home”, uniéndose al núcleo duro de productores que acompañan a Solange no sólo en su carrera musical sino en todas las demás (John Key y John Carroll Kirby) y al joven y prometedor colectivo multidisciplinar neoyorquino Standing In The Corner.

Un Metro Boomin en estado de gracia entra en “Stay Flo” para marcar una pequeña arista en la linealidad general del trayecto, dejando un ejemplo perfecto de ese estilo suyo que es upbeat y engorilado por dentro pero cannábico, lento, ampuloso y hondísimo por fuera, y todos esos bajos que sustentan el disco junto a sintetizadores dreamy van encontrando sucesión natural según avanzan las canciones y los interludios.

Earl Sweatshirt podría ser Tyler, the Creator en el outro de “Dreams”, una canción en la que Blood Orange aporta la guitarra reverberada que ha servido para signar su último trabajo, y “Nothing Without Intention”, a su modo, sirve para marcar el momento chopped and screwed del disco y para introducir la canción que más inspirada está, al menos en construcción, en aquel estilo revolucionario del rap de Houston en los noventa que le debemos a DJ Screw y que consistía fundamentalmente en ralentizar los temas hasta los 60/70 bpm. Featurings del mítico The Dream y del rapero de Atlanta Playboi Carti mediante y con la producción aquí visionaria de Pharrell Williams al mando, Solange proclama en “Almeda” una oda a la grandeza negra (Black faith still can’t be washed away / Not even in that Florida Water”) mientras lo hace a su propia casa.

Bajando la tensión (y las revoluciones) a la mínima expresión

Si el chopped and screwed se relacionó en su momento con la propia naturaleza de los habitantes de Houston, relajada y perezosa, como nosotros podemos relacionar ese ánimo con el dream-pop y la psicodelia del sur, por ejemplo, es fácil entender el por qué de la pesadez de “When I Get Home”, de su reiteración cansina, de su sensación de límite entre los últimos estertores del mareo y la pérdida completa de consciencia.

Si el chopped and screwed se relacionó en su momento con la propia naturaleza de los habitantes de Houston, relajada y perezosa, como nosotros podemos relacionar ese ánimo con el dream-pop y la psicodelia del sur, por ejemplo, es fácil entender el por qué de la pesadez de “When I Get Home”, de su reiteración cansina, de su sensación de límite entre los últimos estertores del mareo y la pérdida completa de consciencia. Es la forma que tiene de Solange de rendir homenaje a sus antepasados, a sus familiares, a las calles que la vieron crecer, a los ritmos que la enseñaron a bailar o a concebir la música, a las experiencias que marcaron su discurso.

En “Time (is)” el tempo vuelve a retorcerse, desde una sección con prácticamente solo la voz de Solange sobre un piano y un patrón de sinte à la James Blake hasta la sección más contundentemente electrónica en la que entra Sampha, pasando por los coros fantasmagóricos de Tyler, the Creator y Noah Lennox a.k.a. Panda Bear, otro de los inusuales colaboradores que desfilan por “When I Get Home”.

Y “My Skin Is My Logo” sigue para reconducir su monotonía, a dúo esta vez con Gucci Mane. La outro no puede ser más reveladora, de nuevo con la colaboración de Tyler, The Creator:

Comin’ down, comin’ down, got to lay it down”

Un corazón de jazz cósmico entre bajos profundos, ritmos hip-hop y latigazos electrónicos

“When I Get Home” está producido con un pie muy por delante de los tiempos que corren, demostrando que, desde que Solange ha encontrado su posición en el nuevo R&B o en el neo-soul (o como queramos llamarlo), no existe una artista con una visión tan sensacionalmente personal y con un discurso en el que sea capaz de plasmar semejante complejidad con tan poco, defendiéndose siempre desde un elegante minimalismo, casi hierático.

El acercamiento a un tono más enfocado al jazz experimental empieza a verse en “We Deal With The Freak’n”, un interludio en el que Solange reflexiona sobre la sexualidad femenina no como una “manifestación física del sexo” sino como una “materialización corpórea y andante de la conciencia divina”, y “Jerrod” recoge el tono más Blood Orange (no olvidemos que la jazzy “Minneta Creek” de su último “Negro Swan” estaba pensada en principio para Solange) para lo que podríamos considerar la canción de amor más al uso de todo el trabajo.

Rápidamente irrumpe un teclado profundo, heredero de nuevo del estilo de Blake, para sentar las bases de “Binz”, uno de los grandes temas de “When I Get Home” con la mano inconfundible de Panda Bear a la producción para esa fiesta entre el jazz, el hip-hop, la psicodelia y una abstracción dancehall que recuerda a J Dilla y que tiene tanto de M.I.A. como de Kali Uchis.

Panda Bear se queda para aportar sutilísimas vocales adicionales en “Beltway”, una contemplativa y misteriosa exhalación romántica de arpegios de sintes cósmicos que imagina el recorrido por la autopista de circunvalación 8 de Houston, y “Exit Scott” simboliza la salida del mismo nombre que hay que tomar para llegar a la casa de Solange, al sur de Houston. Producida junto a Steve Lacy de The Internet y concebida como un landscape electrónico sobre el que flota una estrofa de góspel puro, colapsa por todo lo alto en la mejor canción del disco, la vanguardista “Sound of Rain”. Construida por un Pharrell Williams inspiradísimo (arranca con su característica “cuenta hasta 4”, de hecho), bascula sobre el espectro de un beat en delay sobre el que se retuercen infinidad de líneas de efectos, teclados y bajos, melodías ascendentes y descendentes y sonidos robóticos hasta que Pharrell aporta a su manera el chopped and screwed y se baja por un cambio modal a piano a los territorios más oscuros y maledicentes de ese outro más hip-hopero que puede ser el mejor momento de “When I Get Home” y su final natural, el momento en el que Solange, tras el viaje propuesto por Houston, la autopista y la salida hacia South McGregor (el mismo lugar del que parte el disco tras la primera inmersión en estado de sueño y de hipnosis), llega definitivamente a casa.

Llegando a casa, un espejo en el que mirarse en la identidad de cada uno

Solange se revela como testigo, asumiendo que el universo que ha construido para el espectador es para la propia reflexión, no un reflejo de las inquietudes personales de su autora. Un trance inducido por una sesión de hipnosis para que cada uno se haga sus propias preguntas y trate de lograr sus propias respuestas.

Una vez allí, Solange proclama su verdadera intención en el disco:

You can work through me
You can say what you need in my mind
I’ll be your vessel
I’ll do it every time”

Es en “I’m A Witness” donde Solange se revela como testigo, asumiendo que el universo que ha construido para el espectador es para la propia reflexión, no un reflejo de las inquietudes personales de su autora, suponiendo así una especie de disco espejo que pretende hacer pasar las experiencias ajenas como propias. Un trance inducido por una sesión de hipnosis para que cada uno se haga sus propias preguntas y trate de lograr sus propias respuestas.

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