La hipnosis brutal de Bast y Conan

Las dos bandas doom de Liverpool arrasan a su paso por Madrid

Una bola de demolición, un tractor cuesta abajo sin frenos, un crucero acorazado, una lluvia de plomo… Más allá de metáforas bélicas o mecánicas, muy gráficas pero ya algo trilladas, la gran baza del doom metal, y de Conan como uno de sus actuales hijos predilectos, es su hipnotismo crudo y violento.  De eso dimos buena cuenta el pasado viernes en Madrid en el marco de su gira europea, con tres fechas en nuestro país firmadas por Noise on Tour y Resurrection Routes. De hecho, es la quinta vez que los británicos pisan España en dos años (en el propio Resu, con Downfall of Gaia, con Monolord y en el pasado Kristonfest) y, pese a la posible saturación que esto podría causarle al público, lograron una buena entrada en la Gruta 77.

Mención de honor a la sala de Carabanchel, por cierto, por su buen sonido y sus bajos precios que ayudaron a sobrellevar la aridez de las bandas del día a base de cerveza. Por poner una (pequeña) pega: la falta de visibilidad desde varias zonas de la sala. En cualquier caso, muy buen escenario para la desolación que estaba a punto de acontecer en su interior.

Fotografía: Jordi Montejo Madrid

Lo que muchos esperábamos y se cumplió fue la exhibición de músculo y efectividad, sobria pero apabullante en fuerza, del a priori plato fuerte de la noche: Conan. Lo que casi nadie, salvo los más enterados del lugar, había imaginado es que unos semi-novatos dieran una lección de metal tan abrumadora y portentosa como la que Bast impartieron para arrancar la velada. Producidos y grabados por Chris Fielding, bajista de Conan, en su estudio Skyhammer, les devolvieron el favor a sus padrinos dejando el listón en el cielo de Madrid.

Su sonido se podría definir como el de un doom flexible y extraño, a veces ennegrecido hasta la médula y otras reptante y cercano al funeral, manteniendo siempre un pulso más rápido y nervioso. Progresiones y canciones largas como las rastas de su batería, salpicadas de voces de ultratumba que narran historias de ciencia-ficción. Ecos a Pallbearer y, sin embargo, una personalidad propia e indefinible, más lo-fi y orgánica, menos obsesionada con las guitarras. Eso es Bast, y aun así el resultado final en este caso resulta ser mucho más que el conjunto de sus partes, especialmente en vivo, donde la contundencia y la técnica del grupo quedó más que probada. En resumen, recomendaría a todo promotor y fan de estos sonidos que se mantuviese pendiente de los movimientos de Bast, porque desde luego el material lo tienen.

Doom cavernícola de batalla. Sin ademanes ni necesidad alguna de parafernalia, Conan arrojaron a nuestras cabezas un concierto seco, duro y casi perfecto, en el que a la fuerza te veías sumergido en sus infinitas espirales sonoras.

Con teloneros así, ¿quién quiere enemigos?”, se podrían haber preguntado –y con razón– Jon Davis y compañía. Pero si lo hicieron, debieron responderse al momento: “Conan el Bárbaro, evidentemente”. Así que para allá que fueron a empuñar sus instrumentos y ponerse a repartir candela, que es la principal razón por la que los feligreses allí presentes habíamos acudido. “Prosper on the Path”, “Eye to Eye to Eye”, el hitazo pop “Volt Thrower”, la apoteósica “Satsumo”… El desfile de himnos post-apocalípticos que llenó cada rincón de la Gruta fue tan monolítico como demencial, sin apenas descanso ni intervenciones extra, más allá del agradecimiento de rigor. Si Arnold (o Jason Momoa) no necesitaba ni una cosa ni la otra, no van a ser menos sus herederos en el heavy metal.

Doom cavernícola de batalla. Pocas veces en la Historia se ha definido mejor el sonido de un grupo con una etiqueta, además, de su propia invención. Pero más allá de lo descarnado y agresivo de su sonido, lo cierto es que Conan destacan por su pura profesionalidad encima del escenario. Sin ademanes ni necesidad alguna de parafernalia, más allá de la capucha de Fielding, arrojaron a nuestras cabezas un concierto seco, duro y casi perfecto, en el que a la fuerza te veías sumergido en sus infinitas espirales sonoras. El doom atruena, evidentemente, pero no gana fieles por eso, sino por su hipnosis repetitiva, que te lleva a dejarte las cervicales sacudiendo la cabeza marcialmente. Y de esto, al igual que el personaje de Robert E. Howard, los liverpulianos son los reyes.

Fotografía: Jordi Montejo Madrid
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