Kanye West

Kanye West –
The College Dropout

Un disco sobre no aceptar lo establecido que defiende un camino vital alejado de la escuela como encarnación del sistema, que define la dirección del pop-rap en los años siguientes y que asienta la gran invención de West, el sampleado de clásicos del soul acelerados, mientras construye una lírica que se aleja del gangsta rap y que conecta la espiritualidad con la modernidad en brazos del góspel.

El rap tiene dos rasgos fundamentales que explican de alguna manera el desarrollo progresivo que ha experimentado hacia la hegemonía de la música popular frente a otros géneros y estilos. Dos características (más allá del beef) que han sido comunes y constantes durante todos los años de evolución del hip-hop, trascendiendo peculiaridades asociadas a cada etapa: la bidireccional relación con las innovaciones tecnológicas, aplicadas a cada ámbito de la industria musical e integradas siempre en su progreso, y la ambición superacionista, la constante búsqueda de lo nuevo, de lo fresco, de nuevas escuelas que certifiquen con nuevos sonidos la gloria de las viejas. Mientras otros géneros miraban con recelo nuevos artilugios, máquinas y sobre todo formas de hacer, de grabar, de producir, de vender, de distribuir y en definitiva de entender la música, el hip-hop se adelantaba a los tiempos e iba construyendo su propio Olimpo en el bicéfalo universo del pop y del rock, imponiéndose primero como la gran alternativa y después como el evidente dominador.

Kanye West: brillando al margen del sistema

La carrera de Kanye West ha sido una constante demostración de ese espíritu aventurado del rap y de su propia ansia por experimentar y trascender barreras, acometiendo en cada trabajo, etapa más bien, una reinvención no sólo personal sino sistémica y panorámica, asemejándose de alguna manera su legado al de David Bowie.

Uno de esos momentos de vanguardia, de adelantamiento más importantes del milenio que nos toca, es la aparición de un rapero de Chicago llamado Kanye West. Y su carrera, después, ha sido una constante demostración de ese espíritu aventurado del rap y de su propia ansia por experimentar y trascender barreras, acometiendo en cada trabajo, etapa más bien, una reinvención no sólo personal sino sistémica y panorámica, asemejándose de alguna manera su legado al de David Bowie.

Quizá Kanye, como Bowie con el punk, no lo hubiera conseguido sin pertenecer a la naturaleza de un género con ese espíritu tan libre, tan ávido de nuevas respuestas, pero tampoco sin su ego inconmensurable, sin sus ansias de superación, sin su voluntad constante para cambiar las cosas, los estados e incluso las opiniones de las personas y de sus fans, generando ante todo controversia. Los que ahora le han abandonado siguiendo sus declaraciones pro-Trump y sus imbecilidades probablemente han olvidado la etapa del Duque Blanco, en la que David Bowie se había adentrado en las profundidades de cultos satánicos, egiptología y mística oscurantista mientas se alimentaba a base de leche, pimientos rojos y cocaína y parecía invocar la estética nazi… Antes habían venido cosas como “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” (1972), pero después de aquello quedaba por venir la Trilogía de Berlín, y con Kanye me atrevo a decir que pasa algo parecido. Antes fue “My Beatiful Dark Twisted Fantasy” (2010), pero nunca se sabe qué es lo que está por llegar. Siempre a la vanguardia, ye la representa desde el inicio mismo de su carrera. Y es allí donde os invito a viajar hoy, a aquel momento de 2004 en que lanzó su disco de debut, su primer statement vital y musical, pero también a algunos años antes fundamentales para entender cómo lo hizo.

Fotografía: Archivo

Regreso a 2001: Tabula Rasa

El universo que se encuentra Kanye cuando comienza a producir canciones en su habitación en la adolescencia es bien distinto al que podemos presuponer ahora, edad de oro del dormitorio y la producción casera.

Porque el universo que se encuentra Kanye West cuando comienza a producir canciones en su habitación en la adolescencia es bien distinto al que podemos presuponer ahora, edad de oro del dormitorio y la producción casera. Desde Chicago, una ciudad en la que los negros más han sufrido la segregación por parte de los americanos blancos y que se reveló acogiendo en sus entrañas la fundación de la Motown y del house pero que, sin embargo, no había conseguido generar una escena fuerte de hip-hop, West comenzó a cimentar su estilo evidentemente ligado a lo que tenía más cerca: el soul y la apertura (podemos decir) ‘inocente’ a la hora de toquetear máquinas y artefactos que pudo heredar perfectamente de los DJs. Primero configurado más estrictamente como productor tras haber pasado por algunos grupos y trabajado con varios raperos de Chicago, finalmente consiguió un contrato en Roc-A-Fella, la discográfica de Jay-Z, y se mudó a Nueva York para producir trabajos de la casa, pero especialmente uno que partía con la premisa de reverdecer la carrera de Hova y que terminaría definiendo la gran mayoría de las tendencias de los años sucesivos: “The Blueprint”.

Algo así como una tabula rasa para el hip-hop, que dejaba definitivamente de ser algo underground para iniciar su seguro ascenso al dominio mundial, el disco fue probablemente el primero en definir el nuevo sonido del rap neoyorquino, más abierto, ampuloso y definido por la producción soul y los pulsos profundos, que también consolidaban en manos de un productor como Timbaland el avance de una nueva época de oro para el R&B, y además fue lanzado por fatal casualidad en el mismo día histórico de 2001 en que dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center, redefiniendo las reglas de la geopolítica mundial.

Fotografía: Archivo

El salto

Kanye logró reconocimiento y admiración mundial inmediata tras su trabajo en cuatro temas de “The Blueprint”, además de producciones para Janet Jackson, Talib Kwely o Alicia Keys, entre otros. Pero su siguiente ambición, la que se ocultaba detrás de todo (y para la que estaba reservando los mejores beats), era la de ser rapero. La de trascender la figura del productor e invadir las dos facetas, permitiéndose a sí mismo librepensar musicalmente y perpetrar todas sus transgresiones.

Kanye logró reconocimiento y admiración mundial inmediata tras su trabajo en cuatro temas de “The Blueprint” (ahora, casi 20 años después, le reclama más créditos a su ‘hermano’ Jay-Z), además de producciones para Janet Jackson, Talib Kwely o Alicia Keys, entre otros. Pero su siguiente ambición, la que se ocultaba detrás de todo (y para la que estaba reservando los mejores beats), era la de ser rapero. La de trascender la figura del productor e invadir las dos facetas, permitiéndose a sí mismo librepensar musicalmente y perpetrar todas sus transgresiones. Dre fue el primero en demostrar que era posible con “The Chronic”, y luego estarían ahí para corroborarlo quien además sería el primer gran entrepreneur del rap, Puff Daddy, y quien quizá primero fue una estrella del pop, Pharrell Williams, con The Neptunes, así que por qué no Kanye. Pero no fue tan fácil.

A punto de firmar un contrato de artista con Capitol, se supone que alguien de la discográfica convenció al presidente de declinarlo, y finalmente Damon Dash aceptó firmar a Kanye para Roc-A-Fella pese a que mucha gente dentro del sello, incluido el propio Jay-Z, le veía más relegado a la faceta de productor.

History in the makin’

Sampleando a un coro de góspel, Kanye consigue integrar una vieja espiritualidad en los tiempos actuales y avanza una nueva forma de entender la música y hasta la sociedad, pero también se sitúa en el centro de EEUU, en el lugar que ejerce de tensión entre las dos costas, para salir en defensa y representación de los racialmente oprimidos, recuperando temas como la esclavitud y la violencia policial que quizá se habían dejado de lado con el colapso del gangsta rap y volviendo a apostar por una conciencia social y sobre todo una conciencia comunitaria.

Poco después, a finales de 2002, Kanye se quedó dormido al volante y tuvo un accidente que casi le mata y que le rompió la mandíbula, la inspiración definitiva para componer su primer larga duración y especialmente el que fue su primer sencillo, una “Through The Wire” confesional que recuerda en el fraseo a Snoop Dog, que está inteligentemente construida sobre un sample del “Through The Fire” de Chaka Khan y que ya presenta el pitcheado casi hasta la ardillita que tan característico será del estilo de West en adelante.

Hay una frase (entre todas las que hay) en la canción que podría funcionar a la perfección como elogium o titulus crucis de toda su carrera: history in the makin’”. Quizá sabiéndolo solo él, Kanye redefinió el rap y la industria con “The College Dropout”, siendo además de los primeros en bandear la crisis de la piratería, que ya arreciaba en un sector cultural que fue el primero en sufrirla y seguramente el que mejor ha sabido adaptarse a ella con el paso del tiempo. Varios temas del largo aparecieron en los años previos en compilaciones de Internet, generando un hype del que el de Chicago supo aprovecharse ofreciendo nuevas versiones de los temas y remodelando beats completos, generando sorpresa y una especie de culto purista pensado para los coleccionistas y los aficionados más obsesivos del rap.

Fotografía: Archivo

2004: certificando una forma diferente de hacer las cosas (y triunfando con ella)

El género, en el momento en que “The College Dropout” vio la luz, apestaba a estancamiento en la escena, tanto en Nueva York como en California. Biggie había abierto camino para la masificación a principios de los noventa, sí, pero ya habían pasado más de diez años y el concepto necesitaba, si no desaparecer, sí reinventarse. El debut de Kanye sirvió como elemento cohesionador del proceso.

Sin grandes estrategias promocionales, sin desembolso destacable en videoclips y simplemente amparándose en la genialidad de Kanye al dominar todos los territorios de su trabajo, “The College Dropout” superó cualquier expectativa colocando cuatro sencillos en el top 20, debutando como número 2 de ventas, consiguiendo la certificación triple platino (más de tres millones de copias vendidas) y finalmente logrando el Grammy a Mejor Álbum de Rap y a Mejor Canción de Rap por “Jesus Walks”, una barrabasada que linka la juventud de Kanye en Chicago con una sincera pero acongojante exaltación religiosa que paradójicamente primero fue rechazada desde todos los ámbitos de la industria por su temática sensible.

Sampleando a un coro de góspel, Kanye consigue integrar una vieja espiritualidad en los tiempos actuales y avanza una nueva forma de entender la música y hasta la sociedad, pero también se sitúa en el centro de EEUU, en el lugar que ejerce de tensión entre las dos costas, para salir en defensa y representación de los racialmente oprimidos, recuperando temas como la esclavitud y la violencia policial que quizá se habían dejado de lado con el colapso del gangsta rap y volviendo a apostar por una conciencia social y sobre todo una conciencia comunitaria. Que no olvidemos quién era por entonces la voz del hip-hop del interior (y hasta de América entera si me apuras): un chaval blanco de Detroit apadrinado por Dr. Dre y conocido como Eminem.

Salido del gangsta rap, Eminem supo bajarse del barco y convertirse en un sonido propio a tiempo, pero el género, en el momento en que “The College Dropout” vio la luz, apestaba a estancamiento en la escena, tanto en Nueva York como en California. Biggie había abierto camino para la masificación a principios de los noventa, sí, pero ya habían pasado más de diez años y el concepto necesitaba, si no desaparecer, sí reinventarse. No era todavía el momento, sino más bien parte de una transición que arrancó en “The Blueprint” y finalizó en “American Gangster”, trayendo el concepto a la jet set, al lujo y ese frenético pero relajado estilo de vida de las superestrellas. Sin embargo, el debut de Kanye sirvió como elemento cohesionador del proceso, como demuestran “Breath In, Breath Out” (con Ludacris y con samples de “Precious, Precious” de Jackie Moore y de “High Power Rap” de Crashcrew) y “Get Em High”, que no por casualidad samplea a The Notorius B.I.G..

 

Una nueva luz en el ocaso del gangsta rap: el soul

Una de las claves de la nueva dirección de Kanye fue el buceo en discos de soul para extraer infinidad de samples que tratar, especialmente acelerándolos y subiéndoles la frecuencia para agudizarlos.

Como decía antes, una de las claves de la nueva dirección de Kanye fue el buceo en discos de soul para extraer infinidad de samples que tratar, especialmente acelerándolos y subiéndoles la frecuencia para agudizarlos. Para muestra, por ejemplo, la que fue su primer número uno en Billboard: “Slow Jamz”. Puro smooth melódico sobre un sample de Luther Vandross que se convirtió en sencillo gracias a la insistencia de Jay-Z, un gran amante de ese sonido soleado y baladístico (tampoco olvidemos quién es su mujer, la diosa del R&B Beyoncé, que debutaba en solitario el año anterior avanzando una nueva era del género y el año pasado firmaba junto a él un disco con temas como “Summer Love”).

Pero también el estribillo de “All Falls Down”, una interpolación del “Mystery of Iniquity” de Lauryn Hill en voz de Syleena Johnson, o el de “Never Let Me Down”, el hit con Jay-Z (y J. Ivy), sorprendentemente sacado de la estrofa de “Maybe Is The Power of Love” de Blackjack, la banda de AOR de Michael Bolton… O todo el final del disco realmente, un transepto mucho más introspectivo y confesional.

Quizá más icónico incluso fue el sample de Aretha Franklin en plan ‘chipmunk’ para “School Spirit”, un tema más tirado al dancehall pop y en el que West vuelve a demostrar su apertura estilística, reflejada en el trasfondo de todo “The College Dropout”.

“The College Dropout”: mirándose en el reflejo de los Kanyes futuros

Sin reglas y superando el rechazo de una industria que en primera instancia trató de cerrarle las puertas de ser rapero, “The College Dropout” es West tomando el control y proponiendo un modo ‘Silicon Valley’ de hacer las cosas: de estudiantes geniales de clase media que abandonan los estudios para embarcarse en aventuras empresariales propias, adelantándose a las necesidades de su tiempo.

Tan revolucionario fue su sonido en el momento que le salieron hordas de imitadores, y el propio Kanye decidió tomar una dirección totalmente diferente (o diferentemente enfocada, más bien) para su segundo trabajo, un “Late Registration” en el que se desnudaba en brazos de una orquesta de cuerdas.

Pero las cuerdas ya estaban en “The College Dropout”, igual que casi todas las manías e invenciones en las que West insistiría en los años venideros, incluidos ciertos fraseos (We scream: “rocks, blow, weed, park”, see, now we smart / We ain’t retards, the way teachers thought”).

Por eso quizá es tan importante, desde luego mucho más que ‘redondo’. Por esas cuerdas de la primera parte de la irónica “The New Workout Plan”, por cómo se transforma el tema en una marcial progresión de palmas y bajos funk (drop that Michael Jackson’s shit”, arranca) que incorpora el uso del vocoder a la manera de Daft Punk, adelantando también lo que Kanye extendería en su tercer trabajo, “Graduation”, y que en el fondo marca otra de sus grandes características: el gusto por el synth-pop y sus estructuras, producción y melodías, dándole una vuelta a lo que en ese momento se entendería por pop-rap.

Por transgredir la forma de producir de la época con canciones como “Two Words”, un típico ejercicio de fraseo a dos palabras que parte de un arreglo de cuerdas de Miri Ben-Ari (arreglista de prácticamente todo el largo) en torno al que crece un sample del tema de 1970 “Peace and Love” de la banda multicultural Mandrill. Sobre él, dominan precisos un beat percutivo extraído del “The Rainmaker” de The 5th Dimension y una línea de piano procesada que se convierte en lo que parece una guitarra ácida y que nos hace pensar inmediatamente en una banda de la que es marca de sonido y que por aquel entonces solo había publicado “Seventeen Years”, su primer sencillo (y la única prueba de lo que eran y serían): Ratatat, en un nuevo movimiento adelantado de Kanye. El complejísimo resultado se funde con las voces de The Boys Choir of Harlem, y en los pocos espacios que van quedando entre este tótum de pistas arquitectónicamente diseñado se encabalgan los fraseos de ye, de Mos Def (puro fuego) o de Freeway según el turno.

Una lección de vida a través de otra lección, en este caso musical

A lo largo de sus tres primeros discos y embutido en el traje del osito Dropout Bear, Kanye escenifica a través de una fábula educacional su salida del sistema primero (“The College Dropout”), su toma de alternativa después (“Late Registration”) y por último su ‘graduación’ en su propia manera de hacer las cosas para despertar a una versión más experimental de sí mismo en “808s & Heartbreak”.

Respecto al concepto detrás del álbum, resulta evidenciado desde la portada y el título y marcará el inicio de una etapa que se alargará durante tres discos.

A lo largo de ellos y embutido en el traje del osito Dropout Bear, Kanye escenifica a través de una fábula educacional su salida del sistema primero (“The College Dropout”), su toma de alternativa después (“Late Registration”) y por último su ‘graduación’ en su propia manera de hacer las cosas para despertar a una versión más experimental de sí mismo en “808s & Heartbreak”. Sin reglas y superando el rechazo de una industria que en primera instancia trató de cerrarle las puertas de ser rapero, “The College Dropout” es West tomando el control y proponiendo un modo ‘Silicon Valley’ de hacer las cosas: de estudiantes geniales de clase media que abandonan los estudios para embarcarse en aventuras empresariales propias, adelantándose a las necesidades de su tiempo.

De alguna forma está referido este proceso para abrir el álbum, con DeRay Davis (una especie de superintendente Bernie Mac) pidiéndole a Kanye some shit for the kids” y West respondiendo con “We Don’t Care”, un tema desacomplejado y de tono alegre que planta a un coro infantil a cantar drug dealing just to get by / stack your money ‘til it get sky high”. Indignado, su interlocutor responde expulsándole del colegio en “Graduation Day” y Kanye, durante un pequeño interludio soul a través de la voz de John Legend (a la larga el gran descubrimiento de West en sus primeros años de carrera), confiesa de verdad las intenciones que esconde: I’m no longer confuse, but don’t tell anybody / I’m about to break the rules, but don’t tell anybody”.

¡Abajo los deberes!

Quizá se entierre en declaraciones sin sentido y en atrocidades, pero quizá también salga indemne de todo gracias a un legado acorazado que ha roto todas las barreras con las que se ha topado en el camino.

La reinterpretación del góspel clásico de 1929 “I’ll Fly Away” de Albert E. Brumley anticipa “Spaceship”, un tema inspirado en experiencias afrofuturistas à la Sun Ra o George Clinton que expone los deseos de Kanye durante sus años como productor, sus ganas de triunfar con una voz propia, y después todo el trabajo repasa varias temáticas que se alejan del gangsterismo que copaba los discos de la época hasta retomar de nuevo el tema estudiantil en torno a “School Spirit”. La prologa DeRay con un sermón irónico sobre lo que le puede ocurrir a cualquiera que busque lo que se supone es la excelencia para el sistema educativo normal norteamericano (conseguir un trabajo con preparación de 25.000 dólares al año para seguir jugando a ser jefe y a la vez secretaria, algo que suena bastante a la España universitaria con suerte de la actualidad), y la epiloga después ironizando a lo bestia sobre la inutilidad de todos esos títulos y, en definitiva, de toda esa sabiduría que nunca encuentra una acanaladura práctica:

All these guys out here making money all these ways
And I’m spending mine to be smart!
You know why?
Cause when I die, buddy
You know what’s gonna keep me warm?
That’s right, those degrees”

Esas falsas esperanzas se vierten en nuestros hijos generando la endurabilidad del sistema, y así está reflejado en la intervención de “Lil’ Jimmy” (con voz de The World Famous Tony Williams, primo de West y colaborador suyo desde entonces): I’m going to get super smart, so I, too, can die without money / But I’ll be the smartest dead guy!”.

Medrando fuera del sistema, pensando fuera de la caja

Una historia de éxito y de superación, pero también de toma de control de las propias decisiones, de lecciones aprendidas y de lecciones dadas. Vitales y musicales. Y el principio de una historia mucho más grande, la de un artista estelar y rupturista, vanguardista como la naturaleza en sí del arte. Definitivo, definitorio y avanzado al universo que habita.

Le da tiempo a Kanye, de hecho, a introducir también en su carrera el tema de la familia, una constante, a través de un sample que cruza el “Ambitionz Az a Ridah” de 2Pac y la balada de Ghostface Killah “All That I Got Is You” y que da forma al soul a piano “Family Business”. Y para terminar, sobre un sample también marca de la casa del “Mr. Rockefeller” de Bette Midler, se desquita en un spoken word relajado y lleno de soul y narra toda la historia que va desde que empezara a producir beats en Chicago, introdujera su nueva y acelerada forma de samplear clásicos del soul, firmara con Roc-A-Fella, produjera a Jay-Z y a Talib Kweli, se decidiera a convertirse en el rapero tras sus propias producciones, le rechazaran “Jesus Walks” (hay que estar loco) y en varias discográficas, incluida Capitol cuando todo estaba a punto, y le terminara ofreciendo un contrato de artista la familia de Jay-Z, los mismos que le dieron la oportunidad fuera de Chicago. Una historia de éxito y de superación, pero también de toma de control de las propias decisiones, de lecciones aprendidas y de lecciones dadas. Vitales y musicales. Y el principio de una historia mucho más grande, la de un artista estelar y rupturista, vanguardista como la naturaleza en sí del arte. Definitivo, definitorio y avanzado al universo que habita.

Tantos años después, Kanye West sigue rompiendo las normas, y su última frontera pasa por enfocarse mucho más en el góspel de nuevo para “YANDHI”, la supuesta segunda parte de “Yeezus” (2013) que lleva postergando desde septiembre del año pasado. Quizá cierre un ciclo en el que también han girado algunas de sus grandes composiciones (“Celebration”, “Dark Fantasy”, “Blood on The Leaves”, “Ultralight Beam” o “Ghost Town”), quizá vuelva a superarse o quizá entendamos que será difícil superar de modo alguno la obra maestra ulterior que es “The Life of Pablo” (2016), pese a que siga siendo capaz de genialidades junto a Kid Cudi o junto a Pusha T, algunos de los protegidos más brillantes de una corte que al principio vio relativos fracasos como el de GLC o el de Consequence pero que al final ha diseñado un grupo potente en torno a G.O.O.D. Music.

Quizá se entierre en declaraciones sin sentido y en atrocidades como aquello de que “la esclavitud es una elección” (frases todas a matizar), pero quizá también salga indemne de todo gracias a un legado acorazado que ha roto todas las barreras con las que se ha topado en el camino. Yo tengo claro que no sabemos dónde estará la siguiente.

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