Que un grupo como Mumford & Sons dilate un parón artístico durante casi cuatro años supone la certidumbre de que las cifras de presión para ellos por un lado, y expectativas de todos nosotros por otro, revienten todos los medidores. Más aun teniendo en cuenta la acogida que tuvo “Wilder Mind” (2015), un tercer álbum que vistió las armonías vocales del grupo con otro tipo de ropa, buscando unas pretensiones que no necesitaban y que, aunque se puede decir que salvaron los muebles, dejó la sensación de ser una paletada. Se podría comparar la evolución del grupo con los acomplejados, aquellos que mantienen una confusa relación con su dinero y su imagen pública y lo solucionan mediante una vacua ostentación.

Que esta opinión no lleve a engaño, Marcus Mumford y sus hermanos de acordes son unos músicos superlativos, con una capacidad técnica y creativa al alcance de muy pocos. Como prueba fehaciente de esta afirmación están esas dos maravillas que son “Sigh No More” (2010) y “Babel” (2012), este último, por cierto, Grammy al Mejor Álbum de su año. Dos discos iniciáticos que llevaron a la banda por una ruta de ascenso espectacular, despuntando en una de las escenas folk más altamente prolíficas del mundo como es la británica.

Dicho esto, lo normal es que en 2015 la gente se cuestionara la razón de abandonar las mandolinas por el rock de estadio (más bien plano) cuando nadie se había quejado. Como era de esperar, los resultados no fueron todo lo satisfactorios que cabría esperar para alguien acostumbrado a ser de los primeros de la clase, y tras el periodo de valoraciones y exposición en directo tocaba digerir el resultado obtenido y reflexionar de cara al futuro.

Al menos eso es lo que se puede tratar de extraer como conclusión desde la perspectiva del que ve pasar un año tras otro a la espera de nuevas noticias con los dientes largos. Encerrarse a hacer balance, sopesar la evolución, limar asperezas. Suponiendo que se ha realizado dicho trabajo con el mínimo de minuciosidad que cabe esperar de quien alarga tanto la publicación de su próximo álbum.

Uno de los regresos más esperados de los últimos años

Más de una hora de escucha nos confirma, en líneas generales, lo que la mayoría se temía: no va a haber retorno. La deriva parece definitiva, y los Mumford se presentan de nuevo dispuestos a envolvernos con un sonido que escuchamos allá donde pongamos la oreja, pareciendo ignorar que poseían un tesoro mucho más cotizado.

Y así es como recibimos “Delta”, con esa mezcla de incertidumbre y emoción suscitada con las primeras noticias del regreso del cuarteto, y dos singles que, si bien no arrancan unas ganas locas de aplaudir sí que dejan un atisbo de esperanza por encontrar algo interesante. Llega el disco, nos metemos en harina y descubrimos lo que han barruntado estos chicos los últimos cuatro años.

Catorce canciones componen lo que debería de ser la luz que aparece para indicar el camino entre la oscuridad; más de una hora de escucha que nos confirma, en líneas generales, lo que la mayoría se temía: no va a haber retorno. La deriva parece definitiva, y los Mumford se presentan de nuevo dispuestos a envolvernos con un sonido que escuchamos allá donde pongamos la oreja, pareciendo ignorar que poseían un tesoro mucho más cotizado. Dicho esto, hay matices.

Fotografía: Alistair Taylor-Young

La constatación de un cambio de rumbo definitivo

Al igual que de “Wilder Mind” (2015), se pueden extraer algunas buenas canciones de este cuarto álbum de Mumford & Sons, pero como conjunto conforma un producto fácilmente olvidable.

42” nos introduce en Delta mediante un tenue órgano celestial y lanzando preguntas sin respuesta que llevan a encomendarse a esa luz que antes comentaba para saber por dónde tirar. Tras el crescendo habitual, esperado y edulcorado en exceso, aparece, de repente, esa anhelada guía. “Guiding Light” solventa el problema de orientación en esta epopeya existencial que pivota en torno a –sorpresa– la figura, retórica o no, del amor perdido pero latente. El tema es también la primera canción que escuchamos de Mumford & Sons en mucho tiempo, un single pegadizo que llega a hacernos creer en la resurrección del folk original del grupo durante algunos instantes, pero que termina disolviéndose entre confeti.

Woman” es una balada con un ritmo muy marcado, haciendo fácil la inmersión en su flujo. De construcción sencilla, partiendo de un arpegio de acústica apuntalado con chasquidos y aderezado con sintetizadores y coros bien utilizados, el resultado suena elegante, aunque quizá llega demasiado pronto. Como rápida contrapartida nos encontramos con “Beloved”, que nos vuelve a transportar años atrás en sus primeros compases pero que acaba perdiendo fuelle a medida que aumenta en intensidad. Sin seguir un hilo conductor, aparentemente, llega “The Wild”, canción evocadora y de contenido abstracto donde la épica comienza a levantar ampollas.

Detalles entre una bruma de monotonía

El álbum suena bien, pero juega en su contra el convencionalismo, la excesiva duración, los contenidos homogéneos y pequeños detalles que, sumados a un pasado folk que han de casar en directo con estos nuevos temas, hace que el escepticismo aflore por doquier.

October Skies” logra mostrar cierta belleza melancólica, con una duración que evita el tedio, algo difícil dentro de un disco bastante homogéneo tanto a nivel musical como discursivo. Mediante la solemnidad de un piano bien acompañado, “Slip Away” supone la primera autorreflexión del sujeto de esta historia, con un broche final donde la única sorpresa viene en forma de subida de tono vocal. Para cuando llegamos a “Rose of Sharon” nos damos cuenta de que apenas hemos pasado de la mitad del disco y sólo tenemos la sensación de estar escuchando la misma canción una y otra vez. “Picture You” sigue sin aportar nada, salvo que se revela al seguir escuchando como un reverso luminoso de “Darkness Visible”. Ésta última parte del díptico sí que merece ser destacada como una iniciativa arriesgada y que funciona en su concepción. La atmósfera creada contribuye a potenciar el desasosiego del pasaje que se recita de fondo, extraído de “El paraíso perdido” de John Milton, y la culminación en forma de catarsis distorsionada nos salva, por fin, de la apatía.

If I Say” y “Wild Heart” resultan totalmente prescindibles, ambas con una duración de más de cuatro minutos y con melodías y letras que escuecen bastante a estas alturas de la película. Cierran el disco “Forever” y la canción que da nombre a este retorno más bien agrio de los londinenses. En el caso de “Forever”, la musicalidad del fraseo funciona tanto en las estrofas como en el estribillo, y donde la sutilidad de los arreglos de cuerda por fin surte efecto, resultando una balada de gran calidad.

Sensación de decepción tras tanto tiempo de espera

La conclusión final cuando uno acaba de escuchar “Delta” es que lo abandona con un buen sabor de boca, aunque este último golpe de viento no sirva para avivar las llamas de una hoguera que se apagó hace rato.

Por último, “Delta” nos confirma que el nombre hace referencia a la desembocadura de un río, metáfora al servicio de una interesante reflexión final sobre el amor. Como el caudal que se expande al llegar al mar, los sentimientos terminan por perderse en la inmensidad al recorrer su camino que, como todo en la vida, es finito a la par que intenso. No se puede saber cuándo, en una relación amorosa, los sentimientos juegan en favor de uno mismo, de la otra parte, o cuando sirven para cohesionar necesidades en un ente con sentido. ¿Amamos a la otra persona realmente, o no es más que un acto egoísta de purificación? ¿Hasta dónde llega el amor? ¿Qué pasa si una parte abandona a la otra? ¿Seguirá la luz encendida en medio de la oscuridad, o dejaremos de seguirla si decide guiar a otra persona?

Las eternas e interminables preguntas en torno al sentido del amor sacuden nuestra conciencia en una acertada maniobra de reiteración. El mensaje cala gracias a una canción larga (la que más del álbum) pero que crece adecuadamente, llevándonos con ella y dejándonos al término largo rato con nuestros pensamientos. La conclusión final cuando uno acaba de escuchar “Delta” es que lo abandona con un buen sabor de boca, aunque este último golpe de viento no sirva para avivar las llamas de una hoguera que se apagó hace rato.

Mumford & Sons – Delta

5.2

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Uno de los discos más esperados del año era evidente que contaba con un hándicap de presión importante. Si encima te llamas Mumford & Sons, la mesa está servida. El álbum suena bien, pero juega en su contra el convencionalismo, la excesiva duración, los contenidos homogéneos y pequeños detalles que, sumados a un pasado folk que han de casar en directo con estos nuevos temas, hace que el escepticismo aflore. Al igual que de “Wilder Mind”, se pueden extraer algunas buenas canciones, pero como conjunto conforma un producto olvidable.

Up

  • Pocas armonías vocales hay en el panorama musical como las de Mumford y sus vástagos.
  • Si se le da más de una oportunidad, hay varias melodías agradables que se adhieren fácilmente al recuerdo.
  • “Forever”, “Delta” y el binomio “Picture You” y “Darkness Visible”.

Down

  • La sensación de decepción tras tanto tiempo de espera.
  • Es un disco larguísimo, con varias canciones repetitivas y planas.
  • Esta deriva hacia un sonido mucho más convencional puede contribuir a empobrecer el cancionero anterior de cara a los directos.