Mitski

Mitski –
Be the Cowboy

Mitski firma su mejor y también más accesible álbum de estudio hasta la fecha con “Be the Cowboy”. Rock alternativo, dream-pop y electrónica se dan de la mano en catorce temas a lo largo de los cuales Mitski se desnuda líricamente para mostrarnos su propia dualidad entre una mujer poderosa, empoderada, y otra más sumisa y manipulable.


Mitski ya consiguió lo más difícil dos años atrás con la publicación de “Puberty 2”: el reconocimiento de la crítica. Los medios especializados nos rendimos ante su propuesta, capaz de aglutinar elementos de la electrónica experimental con guiños a Xiu Xiu, el rock ruidoso en la línea de Kim Gordon y la música de baja fidelidad cargada de saturación con efluvios de las grabaciones más deliciosas provenientes de Bandcamp. Lo que sobre el papel sería puro caos e incoherencia aquí aparecía hilvanado a través de una característica lírica emocional, encargada de aportar un sentido global tomando como eje vertebrador la segunda pubertad de Mitski; un periodo vital de rebeldía, confusión y aparente madurez que no terminaba de llegar.

El salto de público definitivo

Mitski parece constituirse en este su quinto álbum de estudio como la fusión perfecta entre Julee Cruise y St. Vincent, combinando sintetizadores oníricos con algún que otro guitarrazo para despeinarnos. Todo con un resultado final que no deja a nadie indiferente.

En cuanto a la música, “Puberty 2” fue la evolución natural y una suerte de conclusión para la historia que había empezado en “Bury Me at Makeout Creek” (2014). Sin embargo, también quedaron ciertos caminos por explorar que, por suerte, tienen la oportunidad de brillar en “Be the Cowboy”. Hablo en concreto de melodías más accesibles con el sintetizador como protagonista, un aspecto tanteado por Mitski sin mayor trascendencia en cortes como “I Bet on Losing Dogs” o “Jobless Monday” pero que se convierte en el leitmotiv de “Be the Cowboy”. La artista estadounidense de ascendencia japonesa ya había jugado con los límites del noise guitarrero y con la melancolía a piano, así que ahora tocaba ceder el papel principal a elementos mucho más pop y sintéticos. Así, Mitski parece constituirse en este su quinto álbum de estudio como la fusión perfecta entre Julee Cruise y St. Vincent, combinando sintetizadores oníricos con algún que otro guitarrazo para despeinarnos. Todo con un resultado final que no deja a nadie indiferente.

Fotografía: Bao Ngo

Un álbum para conquistarlos a todos

Mitski ya había jugado con los límites del noise guitarrero y con la melancolía a piano, así que ahora tocaba ceder el papel principal a elementos mucho más pop y sintéticos. Si bien es cierto que “Be the Cowboy” es, en definitiva, el álbum más pop y accesible de Mitski, no por ello se diluye la esencia de la artista con el único fin de simplificar la propuesta. Ni mucho menos.

Si bien es cierto que “Be the Cowboy” es, en definitiva, el álbum más pop y accesible de Mitski, no por ello se diluye la esencia de la artista con el único fin de simplificar la propuesta. Ni mucho menos. Lejos de traicionarse a sí misma, Mitski perfecciona su fórmula para alcanzar nuevas cotas de brillantez en este elepé. Abandona cualquier resquicio puramente noise en aras de producciones más cuidadas, pero sin caer en lo encorsetado de, por ejemplo, St. Vincent. Se pueden establecer ciertos lazos entre la Annie Clark de 2015 y la Mitski de 2018 en cortes como «Remember My Name” o “A Pearl”, pero lo que funcionaba de manera robótica y sin alma con St. Vincent, en “Be the Cowboy” fluye con naturalidad. Uno de los factores que favorece este carácter es la supresión con gran acierto de estructuras clásicas estrofa-estribillo-estrofa, abrazando desarrollos melódicos que dejan por el camino pegadizos sintetizadores. A veces serán azucarados, como en la épica “Why Didn’t You Stop Me?” (con leve recuerdo a los Kero Kero Bonito de “Time ’n’ Place”), y en otras ocasiones algo más reminiscentes a The Doors (“Me and My Husband”) o reposados y oníricos (“Blue Light”).

Haber apostado por algo más accesible no merma en absoluto su capacidad creativa. De hecho, Mitski encuentra facilidades con este nuevo estilo para dar rienda suelta una vez más a sus letras, y así crear un viaje de altibajos a lo largo de “Be the Cowboy”, cuyo título representa a la artista tomando las riendas de su vida amorosa y de su carrera musical: las épicas “Geyser” y “Me and My Husband” muestran la capacidad de Mitski para sobreponerse a ciertas relaciones fallidas, mientras que en “Remember My Name” habla sobre su ambición por ser recordada para siempre y en “Lonesome Love” deja bien claro su trasfondo gracias a sentencias tan rotundas como “Nobody fucks me like me”.

Lo que los sintetizadores esconden: Mitski está jodida

“Be the Cowboy” no busca ser un simple muestrario de la fuerza vital de Mitski, sino romper ese espejo que nos está enseñando un falso reflejo de la artista. Mitski no es esa mujer empoderada capaz de ignorar cualquier adversidad que la atenaza, sino todo lo contrario. Mitski está jodida y en la segunda mitad iniciamos un viaje introspectivo a partir del cual conocemos la cara oculta de la artista.

Pero “Be the Cowboy” no busca ser un simple muestrario de la fuerza vital de Mitski, sino romper ese espejo que nos está enseñando un falso reflejo de la artista. Mitski no es esa mujer empoderada capaz de ignorar cualquier adversidad que la atenaza, sino todo lo contrario. Mitski está jodida y en la segunda mitad del disco iniciamos un viaje introspectivo a partir del cual conocemos la cara oculta de la artista. Tal vez el discurso arranque demasiado suave con esa “Come into the Water” reminiscente de la chanson française de Françoise Hardy (o sin necesidad de irnos tan lejos podemos pensar en unos Cigarettes After Sex algo más dinámicos), donde Mitski muestra cuánto necesita la aprobación de otros. Tal vez todo le parezca un mal menor y por ello la encontramos burlándose de la soledad que la oprime en “Nobody” (una de las mejores canciones y juegos pop de todo el año). Sin embargo, lo que aparece a continuación es una bajada de revoluciones que Mitski aprovecha para retozarse en su desgracia sin ninguna careta con la que cubrirse. Aun existiendo a nivel melódico cierta energía gracias a “Pink in the Night” o “Washing Machine Heart”, toda la luminosidad que sentimos en primera instancia se desvanece con ambientes melancólicos y versos sobre el autoengaño, los amores infructuosos o la necesidad de afecto (“Blue Light”) hasta culminar en las dos piezas más dolorosas y lentas del disco: “A Horse Named Cold Air” y su cara esperanzadora “Two Slow Dancers”.

Porque, al final, ella no es esa mujer poderosa que aparece en la carátula ni la cowboy cuya figura reivindica, sino un corcel a merced de todo aquel que la monta. Eso sí, cuando se da cuenta de su naturaleza frágil e inestable todo parece llenarse de cierta luz, de un extraño nuevo orden. Mitski alza la vista, comprueba que hay gente como ella cometiendo sus mismos errores y eso la reconforta. Este apoyo entre almas solitarias y rotas es el nuevo motor de Mitski, la forma de encontrar suficiente luz como para seguir adelante y demostrarse a sí misma que también puede ser la dueña de su destino. Es suficiente escuchar “Be the Cowboy” para observar cómo consigue sobreponerse a las adversidades con gran acierto. Vaya que sí.

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