The Good, The Bad & The Queen

The Good, The Bad & The Queen –
Merrie Land

"Merrie Land" es el regreso triunfal de The Good, The Bad & The Queen once años después de su genial debut. Sus elaboradas y fascinantes letras, críticas con la decisión del Brexit y el nacionalismo ultraconservador del Reino Unido, conforman una atmósfera lúgubre e inquietante, en la que el sonido de la banda se mezcla con elementos de folclore anglosajón. A pesar de ciertos fallos en la producción, es un trabajo contundente y crucial para la carrera del londinense y para la actualidad política de su país. Más que recomendado.


En 2016, los ciudadanos y ciudadanas del Reino Unido votaron en referéndum sobre la permanencia de su país en la Unión Europea. Las motivaciones para el Brexit no tenían tanto que ver con la soberanía ni la economía como con el miedo cerval a la inmigración que partidos como el nacionalista y xenófobo UKIP inculcaron no sólo en el Gobierno de los conservadores sino en una parte importante de la población. Una escalada de hostilidades racistas y xenófobas sucedió a la victoria del voto pro-Brexit, sumada a la inmediata demanda de un segundo referéndum. Puede que, tras tantas otras decepciones pasadas, no esperasen que la democracia fuese a cumplir su palabra tan rápidamente. Pero, con arrepentimiento o sin él, ya estaba hecho. “Brexit means Brexit”, declararía tajantemente Theresa May una semana más tarde.

A día de hoy, dos años después de aquella votación, las negociaciones continúan, y aunque el discurso separatista parece haberse dado por sentado las discrepancias y oposiciones no han hecho más que aumentar, tanto entre la ciudadanía como entre la propia clase política. El clima de incertidumbre y tensión no ha desaparecido del todo, sino que se ha disipado entre la bruma, tenue pero constante. Entre ella se mueven todavía los habitantes del Reino Unido, y quien más, quien menos, todos se preguntan qué pasará a continuación.

“Mira lo que hemos hecho”

Una de las voces que más activa y prolongadamente se han escuchado para criticar el Brexit ha sido, cómo no, la de Damon Albarn. Ha arremetido contra un mandato dirigido por la población más envejecida, nacionalista y conservadora, que ha apartado a la población más joven de una decisión tan crucial y que va a dejar a un país pequeño aislado en un sentido no necesariamente económico, sino cultural.

Ni el arte ni los artistas deberían estar jamás separados de la política. La cultura está intrínsecamente ligada a la política y la ideología de una sociedad, de un Estado, de una nación o de un pueblo, y tratar de señalarlas como elementos diferenciados no sólo es un acto de ingenuidad sino de demagogia. El referéndum provocó que grandes personalidades británicas del mundo del cine, la música y el arte plástico se pronunciaran a favor o en contra del Brexit, y una de las voces que más activa y prolongadamente se han escuchado para criticar la salida del Reino Unido ha sido, cómo no, la de Damon Albarn.

En entrevistas, en los discursos de los Brit Awards 2018 y, por supuesto, a través de su música, Albarn ha arremetido contra un mandato dirigido por la población más envejecida, nacionalista y conservadora, que ha apartado a la población más joven de una decisión tan crucial y que va a dejar a un país pequeño aislado en un sentido no necesariamente económico, sino cultural. Estas fueron sus palabras en una entrevista con la NME el mes pasado:

Un mandato tendría que ser, no sé, un 75-25, algo mucho más claro, y [el resultado real] no se acerca en absoluto a eso. Como mínimo, debería haber supuesto el principio de una conversación, no su final.

Esta preocupación y denuncia recurrentes ya permearon a los temas de “The Now Now”, el exitoso y reciente sexto álbum de estudio de la banda virtual Gorillaz, pero Albarn no era capaz de quedarse ahí, en un par de menciones vagas. Para hablar de lo que es ser inglés, de lo que ama y detesta de su país, necesitaba volver a juntar a la otra banda. La que hacía más de once años que no reaparecía en escena. La que, hasta ahora, no tenía nombre.

Fotografía: Pennie Smith

“Soy tu hijo y heredero”

Esta preocupación y denuncia recurrentes ya permearon a los temas de “The Now Now”, el exitoso y reciente sexto álbum de estudio de la banda virtual Gorillaz, pero Albarn no era capaz de quedarse ahí, en un par de menciones vagas. Para hablar de lo que es ser inglés, de lo que ama y detesta de su país, necesitaba a The Good, The Bad & The Queen.

Cuando preguntaron a Damon Albarn y Paul Simonon por qué habían resucitado The Good, The Bad & The Queen precisamente ahora, el ex de The Clash respondió que, durante una conversación con Albarn, habían llegado a una sencilla conclusión: si no encontraban un productor pronto, pasarían otros diez años y se encontrarían con otros cuarenta temas entre manos. La banda sin nombre (que finalmente, y por facilitarle las cosas a todo el mundo y a sí mismos, acabaron por apropiarse del nombre que ellos le dieron al álbum y por el cual se habían hecho conocidos) se había disgregado apenas un año después de lanzar al mercado “The Good, The Bad & The Queen”. La sombría aventura que fue aquel song-cycle londinense pasó a engrosar la lista de proyectos paralelos de Damon Albarn, quien seguiría colaborando con sus compañeros de banda por separado en trabajos venideros (“Plastic Beach”, “Dr Dee”, “Rocket Juice & The Moon”…), pero sin juntarse más que para alguna actuación ocasional.

No obstante, el proyecto y el proceso creativo no fueron abandonados en ningún momento por Albarn, Tony Allen, Simonon y Simon Tong, pero su trabajo no se habría visto concretado de no haber sido por la elección del legendario productor Tony Visconti, reconocido especialmente por su trabajo con David Bowie. Fue él quien, según Simonon (lo eligió para suceder a Danger Mouse), los ayudó a sentarse a hablar, seleccionar los temas adecuados de entre los muchos que la banda ya tenía escritos y, tras tanto tiempo, salir del estudio con un gran trabajo entre manos. El esperadísimo resultado (once años nos ha tenido en vilo) es uno verdaderamente sólido, familiar comparado con la inevitable referencia del debut pero con un tono y unos temas bien diferentes. Emprendamos, pues, por fin, el viaje a “Merrie Land”.

“Todos perdidos en un cuadro de un óleo coloreado de cielo”

Este nuevo elepé amplía las miras para contemplar el Reino Unido, esa “pequeña isla malhumorada” que vive unos tiempos convulsos e inciertos. Desde el propio título, este trabajo juega con una doble mirada: una nostalgia edulcorada y la amenaza de un presente desconcertante. Lejos de la melancolía y la imaginería de mystery play del debut, en la portada y los videoclips de “Merrie Land” hay un nuevo símbolo dominante: el muñeco de ventrílocuo que maneja a su vez otras marionetas (posible metáfora de la corrupción política).

Si “The Good, The Bad & The Queen” ponía la vista en una Londres apocalíptica, filtrada por una mirada de poética dieciochesca y pintada con la variada paleta de referencias sonoras de la que una banda como esta dispone, este nuevo elepé amplía las miras para contemplar el Reino Unido, esa “pequeña isla malhumorada” que vive unos tiempos convulsos e inciertos. Desde el propio título, este trabajo juega con una doble mirada: una nostalgia edulcorada y la amenaza de un presente desconcertante. Lejos de la melancolía y la imaginería de mystery play del debut, en la portada y los videoclips de “Merrie Land” hay un nuevo símbolo dominante: el muñeco de ventrílocuo que maneja a su vez otras marionetas, que duplica su propia voz y gestos a través de éstas generando aún más capas de engaño.

A través de esta imagen, posible metáfora de la corrupción política, The Good, The Bad & The Queen articula su nuevo discurso, más brumoso e inquietante por momentos que en su trabajo anterior, para criticar, de nuevo, las contradicciones políticas de su país y reivindicar una visión diferente del Reino Unido. Una no radicada en un nacionalismo blanco y ultraconservador, sino que bebe de la multiculturalidad de los territorios que la componen y las gentes que lo pueblan, hayan nacido o no entre sus fronteras. La perspectiva de la banda hacia su tierra es, esta vez, menos urbana y más folclórica, valores apuntalados por sus diversas referencias sonoras (en este disco se dan cita el dub, el reggae y el art-rock, pero también un folk muy particular y algunas sombras de vodevil) y por una compenetración fruto de una palpable experiencia.

Fotografía: Pennie Smith

Un Reino Unido diferente es posible

En “Merrie Land”, la banda emplea un nuevo discurso, más brumoso e inquietante que en su trabajo anterior, para criticar, de nuevo, las contradicciones políticas de su país y reivindicar una visión diferente del Reino Unido. Una no radicada en un nacionalismo blanco y ultraconservador, sino que bebe de la multiculturalidad de los territorios que la componen y las gentes que lo pueblan, hayan nacido o no entre sus fronteras.

Tras una breve introducción, en la que una voz antigua y engolada narra un fragmento de los Cuentos de Canterbury, “Merrie Land” empieza a hacer sonar su órgano para sumergirnos en una atmósfera familiar y reconocible pero innegablemente más lóbrega. Albarn casi se despide ya de una “tierra feliz”, idealizada sólo en el nombre, a la que ya da por perdida; arropado por la estabilidad de la banda y una sección de cuerdas delicada, canta líneas densas y agolpadas de un modo irrefrenable, como si fuera incapaz de detenerse para respirar, sobre el amor a su tierra y el odio profundo a sus contradicciones y a quienes ilegítimamente detentan el poder (They’re graceless, and you shouldn’t be with them  / Because they’re all disconnected and raised up in mansions”). Más burlesca se muestra “Gun to the Head”, gracias a su ritmo casi saltarín y sus estribillos ligeramente tabernarios, sin perder de vista el punto inquietante al que el título alude: probablemente el cantante esté siendo amenazado en este momento y lo veamos forzando la sonrisa cuando pregona diversas medidas represivas. La producción demuestra aquí su habilidad para insertar arreglos de cuerda frotada y unas flautas dulces muy reconocibles entre los lances del piano de Albarn y el resto de elementos de la banda, que siempre encuentran un momento idóneo para destacar sin hacer alarde.

De vuelta al tono oscuro y ligeramente nostálgico, “Ninteen Seventeen” recupera las imágenes bélicas en una perorata casi imparable y aparentemente caótica de Albarn que se adecúa perfectamente al ritmo acelerado de Allen y Simonon. Menos protagonismo tienen aquí guitarra y piano, pues estos ceden el peso a los arreglos in crescendo de la sección de cuerda en la coda. En una línea similar, “The Great Fire” parece beber de “The Now Now” a la hora de crear ambientes nocturnos e imágenes surrealistas y caóticas, con los teclados dominando la melodía y la magistral batería de Tony Allen añadiéndole la furia y el impacto necesarios a cada golpe de voz de Albarn.

Un trabajo, original, valioso para su época y con las ideas muy claras

Además del hecho de que el orden de canciones podría ser mejorable, en más de una ocasión los arreglos ahogan al resto de la instrumentación de la banda, asumiendo una responsabilidad melódica que no les corresponde. Hay demasiada limpieza, demasiada elaboración y poco peso de la banda, aunque la complejidad de ciertos temas serían puro caos de no ser por la labor organizadora de Tony Visconti.

Llegamos así a la primera gran balada de “Merrie Land”, la espectacularmente bella “Lady Boston”. Grabada en el Castillo Penrhyn, una mansión del siglo XIV remodelada en el siglo XIX con dinero proveniente de la trata de esclavos, recibe su nombre de uno de los muchos retratos que adornaban sus muros y que llamó poderosamente la atención de Albarn en su primera visita. La pieza posee un tono luminoso y limpio, facilitado por una producción que elimina gran cantidad de arreglos para purificar la mezcla y dotarla de una leve tristeza. Un piano tenue guía el tono apoyándose en el bajo y la percusión, mientras que la guitarra de Tong ocupa un perfil bajo. La letra, ambigua y nobiliaria, fluye sin dificultad hacia un estribillo simple pero memorable (Where does she go now? / And where does it seem to be free?”), pero es sin duda el coro masculino Côr y Penrhyn Bethesda, con su canto profundo y envolvente, quien termina por ganarse el protagonismo en esta canción. Sus últimas líneas en galés, que podrían traducirse por Estoy en tu espalda, lo siento por ti”, son la perla que adorna la gran joya que es esta canción, que ya se ha convertido en una de las más memorables de la banda.

Cambiando de tercio de un modo tal vez demasiado radical está “Drifters & Trawlers”, un tema mucho más simple y directo, en el que la guitarra de Tong recupera peso y donde el toque folclórico lo aporta esta vez una flauta irlandesa. Salvando este par de elementos y tal vez por su brevedad, no tiene un carácter demasiado memorable comparado con lo que está por venir. “The Truce of Twilight” recupera un tono de ska clásico con su ritmo extrañamente bailable y sugerente. Simonon saca a relucir su línea de bajo más seductora y acompaña la letra densa y alucinada de Albarn con una estructura de pregunta-respuesta en los estribillos particularmente potente. Muchas de las antiguas y oscuras referencias culturales anglosajonas que utiliza llegan a niveles de complejidad propios del “Tranquility Base Hotel & Casino” de los Arctic Monkeys, pintando un cuadro caótico del post-Brexit que, tras un interludio en el que un saxofón se cuela casual y elegantemente, queda resumido claramente en las respuestas de Simonon en el último outro: Look what we have done / Look what we’ve become”.

Un final con la sensación de que aún quedaba mucho por decir

¿Estamos ante el mejor disco de Damon Albarn? Es una duda más que razonable: las letras de este trabajo se encuentran entre las mejores que Albarn haya escrito jamás, la instrumentación de la banda y los arreglos crean texturas nuevas y sorprendentes, y su plomiza atmósfera, decadente y resignada, aderezada con subversivos detalles inquietantes pero sugerentes, es inconfundible.

Abriendo la tríada final, la sencilla y sincera “Ribbons” se presenta preñada de símbolos del folclore de todas las naciones del Reino Unido, a cuyas banderas hace referencia en cada estrofa. Cantando con dolor, Albarn se encarna en todos esos elementos de una “vieja Inglaterra” idealizada y edulcorada que pronto desaparecerá, guardando luto como su “hijo y heredero”, por medio de figuras tan bellas como hirientes (I am the arrow stinging in your side / I will never let you go”). De nuevo aparece esa contradicción entre el amor a la tierra, el dolor por la ruptura y la rabia por haber llegado a este punto. Súbitamente, todo el ambiente se ensombrece, sin ser capaz de decidirse por ser una banda sonora de película de terror de serie B o convertirse en música circense: “The Last Man to Leave” es la última verborrea de Albarn, la más rabiosa y alienada, y son dos minutos ininterrumpidos en los que hace tal cantidad de referencias que resulta imposible catalogarlas todas. Es un tema extrañísimo, tambaleante como un borracho que mezcla las palabras aunque en su cabeza todo tenga sentido… pero eso no es malo en absoluto. Confuso, sí, desde luego, pero complejo y elaborado, como todo aquello que parece caótico en este álbum. La amarga despedida llega en la forma de “The Poison Tree”, una postrera balada de piano y órganos que Albarn dedica a su hogar, amante que espera encontrar en la próxima vida y a quien, irónicamente, desea una feliz llegada a la “tierra prometida”. Es el final y, como casi todos ellos, sabe a poco y deja la sensación de que aún había mucho más que decir.

A pesar de que The Good, The Bad & The Queen es el proyecto más anticomercial de Damon Albarn, “Merrie Land” fue acogido casi desde el primer momento con reacciones positivas de la crítica y con enorme entusiasmo por el público, que se ha empezado a plantear en reiteradas ocasiones si nos encontramos ante el mejor álbum del londinense. Y es una duda más que razonable: las letras de este trabajo se encuentran entre las mejores que Albarn haya escrito jamás, la instrumentación de la banda y los arreglos crean texturas nuevas y sorprendentes, y su plomiza atmósfera, decadente y resignada, aderezada con subversivos detalles inquietantes pero sugerentes, es inconfundible. Pasar de hacer un trabajo de pop electrónico revientaestadios como “The Now Now” con Gorillaz a esto en menos de seis meses es sencillamente un prodigio. Pero, entonces, ¿dónde estaría el problema?

Cuesta decir esto hablando de una institución como Tony Visconti, pero algo falla con la producción. Además del hecho de que el orden de canciones podría ser mejorable (y que dos temazos como “The Imperial” y “St. George and the Blackbird” han quedado relegados a la edición especial), en más de una ocasión los arreglos ahogan al resto de la instrumentación, asumiendo una responsabilidad melódica que no les corresponde. Esto es algo que se comprueba cuando la banda toca en directo, lo que deja respirar mucho más a Tong y Simonon. Hay demasiada limpieza, demasiada elaboración y poco peso de la banda, y temas como “Nineteen Seventeen” o “The Poison Tree” pierden entidad por ello. No obstante, la complejidad de “The Truce of Twilight” o “The Last Man to Leave” serían puro caos de no ser por la labor organizadora de Visconti.

Tal vez preguntarse si este es el mejor álbum de Albarn sea baladí; incluso preguntarse si es el mejor trabajo de The Good, The Bad & The Queen parece innecesario. “Merrie Land” es un gran trabajo, original, valioso para su época y con las ideas muy claras. Imperfecto, sí, lastrado quizás por una producción que debería haberse replanteado el tracklist, pero que no impide que podamos disfrutar de sus triunfos, que son grandes. El regreso de Albarn, Allen, Simonon y Tong es una grandísima noticia y el álbum que nos han regalado demuestra no sólo que siguen en forma, compenetrados y evolucionando, sino que su compromiso social y político no se ha desvanecido. Sin duda, han demostrado que se merecen el nombre que ahora no les queda más remedio que llevar.

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