El silencio y la reflexión son aspectos fundamentales en nuestras vidas, más aún viviendo en la era de la sobreestimulación. Nos permiten un pequeño momento de tranquilidad para que estructuremos la marabunta de ideas que tenemos en nuestras cabezas y analicemos aquello que tenemos alrededor, lo cual nos afecta directa o indirectamente. Cuando no somos capaces de parar y levantar el freno de mano, entramos en un bucle donde nos vemos incapaces de llevar las riendas de nuestra existencia. Para evitar eso, lo mejor es reducir la velocidad y parar en una cuneta para permanecer contigo mismo, sin ningun estímulo que te lleve a otro lugar. La espera con el nuevo álbum de Daughters ha sido larga, pero ha merecido la pena, ya que ellos han sabido detenerse para primero pensar y después actuar.

Daughters publicaron su tercer larga duración, homónimo, en junio de 2010, con unas críticas muy notables que alabaron el camino del grupo desde su primera presentación al público en 2003 con “Canada Songs”. Por eso, apenas dos meses después de la salida al mercado de ese nuevo disco, las noticias de que la banda se disolvía cogieron por sorpresa a todos sus seguidores, quienes auguraban para Daughters un futuro lleno de éxitos y grandes publicaciones. Al parecer, Alexis Marshall y Nicholas Sadler, vocalista y guitarrista de la banda respectivamente, fueron protagonistas de una discusión que acabó llevando a Marshall a abandonar su puesto. Las tensiones aumentaron aún más cuando Marshall pidió al resto de miembros de la banda que se fueran con él, hundiendo en lo más profundo del océano cualquier posibilidad de que la ruptura se solventara.

No obstante y evidentemente, la historia no se queda ahí. Tras un cinematográfico reencuentro entre Sadler y Marshall en 2013, decidieron arreglar sus problemas y planearon una reunión de Daughters, por lo que se pusieron en contacto con sus antiguos compañeros (el bajista Sam Walker y el batería Jon Syverson). A pesar de que Marshall y Sadler habían pensado componer algunas canciones antes de lanzarse a la carretera, esta idea se vio truncada debido al hecho de que Marshall se mostró incapaz de escribir, en gran parte porque estaba en medio de una gira con su otra agrupación de por entonces (Fucking Invincible), así que decidieron reunirse directamente para dar conciertos y cuando se encontrasen a gusto juntos, comenzar las tareas de creación. Desde entonces hasta hoy han pasado cinco años. Y esos cinco años parecen haber sido suficiente para que el cuarteto nos traiga, aunque ya firmaron tres buenas referencias en la primera década del siglo XXI, el que es su mejor disco y uno de los mejores en lo que llevamos de 2018: “You Won’t Get What You Want”.

Jamás podrás tener aquello que más ansías

“You Won’t Get What You Want” es un álbum denso que a duras penas nos deja respirar, pues está impregnado de un olor a acero que se puede atisbar simplemente con observar su magistral portada. Nos introducimos así en un mundo que pretende y consigue ser un reflejo del nuestro, donde el sufrimiento es tan grande que impide cualquier tipo de felicidad.

“You Won’t Get What You Want” es un álbum denso que a duras penas nos deja respirar, pues está impregnado de un olor a acero que se puede atisbar simplemente con observar su magistral portada. La riqueza en detalles es absoluta y no vamos a necesitar nada más a lo largo de la escucha que fuerza y valor, ya que nos vamos a introducir en un mundo que pretende y consigue ser un reflejo del nuestro, donde el sufrimiento es tan grande que impide cualquier tipo de felicidad. La manera en la que Daughters han conseguido dotar a este álbum de tales sensaciones es, en gran parte, mediante el ruido, elemento que se convierte en un instrumento más al servicio del arte en “You Won’t Get What You Want”. Pese a que con esta premisa podrían haber llegado a lugares comunes y vacíos en los que el ruido no fuese más que eso, ruido, Daughters han sabido domar sus instrumentos de tal forma que la cantidad de consonancias y disonancias que estos profieran estén bien calculadas y colocadas en su justa medida, consiguiendo que el sonido no sea un simple alboroto sin sentido.

Fotografía: Press

Daughters nos fuerzan a mirarnos en un espejo incapaz de reflejar nada

Pese a que Daughters podrían haber llegado a lugares comunes y vacíos en los que el ruido no fuese más que eso, ruido, han sabido domar sus instrumentos para conseguir que el sonido no sea un simple alboroto sin sentido.

City Song” abre el álbum de una manera extraña pero perfecta en este caso. De no ser porque sabemos qué esperar, podríamos pensar que nuestros altavoces se han estropeado debido a esa primera nota continua y distorsionada al máximo que dura casi un minuto y medio, acompañada simplemente por un bombo constante –que quiere simular los latidos de nuestro corazón– y ciertos golpes de caja que parecen aleatorios. Tras ese minuto y medio, Alexis Marshall recita unos terroríficos versos sobre una ciudad que funciona como un espejo vacío, donde, por mucho que te mires, no ves reflejo por ningún lado. A medida que la canción avanza Marshall parece caer cada vez más en la locura y podemos imaginar sus espasmos mientras escuchamos unos gemidos vocales que a veces se acompasan perfectamente al ritmo de la canción.

Tras un pequeño descanso al final, cuando Marshall se queda solo recitando, somos golpeados por el inicio de “Long Road, No Turns”, que parece retomar la base musical anterior dado que el ruido no cesa y la percusión es constante, sin darnos ni un momento de respiro. Jon Syverson, batería del grupo, dijo sobre esta canción que producía en él una sensación de mareo tanto al escucharla como al tocarla. El título, por tanto, resulta perfecto para resumir su idea: la carretera es larga y no hay forma de encontrar un giro hacia ningún lado. En este tema atendemos a los gritos de desesperación de Sísifo encarnado en el mismo Marshall, pues, según él, “everybody climbs up high then falls real far”.

Tienes miedo de caer, pero tus impulsos te obligan a mirar hacia abajo

Los de Rhode Island nos miran a los ojos para hablarnos sobre el dolor que causa vivir una vida que ya no puedes aguantar y acerca de la esperanza por encontrar algo que aún pueda salvarte, aunque te arriesgues a que nada de eso sea así y al final estés condenado a aguantar o morir.

El agobio comienza a ser para nosotros una especie de vicio y, a pesar del ligero vahído, somos incapaces de dejar de escuchar lo que nos quieren decir. Las sensaciones que hemos vivido en los primeros minutos serán recurrentes a lo largo del disco, pero hasta la última “Guest House” seguiremos descubriendo nuevos elementos, impidiendo así que ni un solo pasaje resulte mínimamente monótono. El trabajo con los instrumentos para crear el ruido del que hablábamos antes es hermoso, pues la presencia de éstos está siempre supeditada a las texturas. En “Satan in the Wait”, por ejemplo, las guitarras de fondo parecen actuar como sirenas, creando un ambiente único del cual nos sacan los estribillos, caracterizados precisamente porque las guitarras ahí pasan de ser una excusa atmosférica a liderar una melodía increíblemente sosegada, teniendo en cuenta el contexto en el que nos encontramos. De esta misma manera, en “Less Sex”, un excéntrico blues rodeado de un halo de erotismo oscuro, las guitarras mantienen la calma con un pequeño riff pentatónico, pero entre estrofa y estrofa se convierten en pura violencia, creando un jaleo que escenifica la posesión que sufre el personaje del que habla la letra.

En ese sentido, las letras del álbum están trabajadas a la perfección, y se caracterizan por estar llenas de simbolismo y metáforas atroces y terroríficas. Si bien no está clara una intención conceptual, puede deducirse que los textos hablan de un personaje recurrente, quizás el Paul de “Ocean Song”, un hombre que se ve a sí mismo –y todo lo de su alrededor– vacío (“City Song”) y a quien la ansiedad corroe lentamente, pero que a su vez sabe que todo lo que le atormenta y mata poco a poco puede acabarse si encuentra un refugio, tema que trata la última canción, “Guest House”. Pero al contrario de lo que él piensa, al final, ese refugio está cerrado y no hay manera de entrar. Paul se queda solo y a la intemperie en un oscuro paisaje vacío. Los de Rhode Island nos miran a los ojos para hablarnos sobre el dolor que causa vivir una vida que ya no puedes aguantar y acerca de la esperanza por encontrar algo que aún pueda salvarte, aunque te arriesgues a que nada de eso sea así y al final estés condenado a aguantar o morir.

Una de las grandes referencias en el sonido industrial de la última década

El viaje emocional es increíble, algo que Daughters consiguen al haber facturado un elepé muy coherente, cohesionado y con un tracklist excelentemente seleccionado. Por otro lado y respecto a las influencias que nutren este “You Won’t Get What You Want”, es fácil atisbar que están presentes y podríamos encontrar parecidos con Nine Inch Nails, Swans o incluso Sonic Youth, pero siempre conservando un estilo muy propio y muy cercano a nuestro tiempo. Un trabajo magnífico.

La evolución que han sufrido Daughters a lo largo de su carrera es una clara línea en ascensión. Cada trabajo que han firmado es mejor al anterior, pues en ellos es visible una mayor madurez tanto lírica como musicalmente hablando. En este álbum podemos ver poco de aquel primer “Canada Songs”, y quizás solamente “The Flammable Man” y “The Lord’s Song”, las dos canciones más breves, conservan esa rapidez efectiva de sus primeras creaciones. En “You Won’t Get What You Want” Daughters han cambiado; este es un registro de composiciones extensas e intensas (de las diez piezas seis superan los cuatro minutos y medio y dos de ellas sobrepasan los siete minutos), las cuales se pueden visitar una y otra vez para encontrar más y más matices.

Tras el magnífico final del disco nos quedamos con una extraña sensación de confusión dado que el viaje emocional es increíble, algo que Daughters consiguen al haber facturado un LP muy coherente, cohesionado y con un tracklist excelentemente seleccionado. Por otro lado y respecto a las influencias que nutren este “You Won’t Get What You Want”, es fácil atisbar que están presentes y podríamos encontrar parecidos con Nine Inch Nails, Swans o incluso Sonic Youth, pero siempre conservando un estilo muy propio y muy cercano a nuestro tiempo. Los integrantes de Daughters, tras una dolorosa ruptura, han sabido reponerse para dar a luz uno de los mejores trabajos que nos hemos encontrado en este 2018 y probablemente una de las grandes referencias en el sonido industrial de la última década. “You Won’t Get What You Want” es como estar en lo alto de un precipicio: tienes miedo de caer, pero tus impulsos te obligan a mirar hacia abajo.

Daughters – You Won’t Get What You Want

9.3

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Daughters, un grupo hasta la fecha algo desconocido fuera de su círculo habitual, ponen sobre la mesa un trabajo cocinado a fuego lento que cumple con todas las expectativas que cualquiera de sus fans pudiera tener. La excepcional gama de atmósferas a la que nos enfrentamos y las duras temáticas que aborda probablemente hagan mella en nuestro espíritu, para bien o para mal, pero siempre es de agradecer que podamos ver que los sentimientos que tenemos en nuestra más absoluta soledad no son sólo nuestros.

Up

  • Cuarenta y nueve minutos de viaje emocional.
  • El estilo sonoro del álbum es extraordinariamente interesante y, aunque podrían lanzarse precedentes cercanos a la mesa, éste consigue mayor coherencia y puede ser una piedra fundamental para concebir una nueva forma de cómo utilizar los instrumentos en la música popular.
  • Las letras de Marshall son capaces de crear imágenes grotescas y muy reales en nuestras mentes.
  • Siempre ha de valorarse la madurez que presentan los artistas con nuevos trabajos, y en este caso es inmejorable.

Down

  • No es un disco para todo el mundo. La dureza que le caracteriza requiere cierto bagaje con los sonidos industriales.