Aparentemente, soy un ‘millennial tardío’. Eso me dijeron algunas personas algo ebrias al salir de un festival a altas horas de la madrugada cuando tuvieron noción de mi edad. Un comentario así en esas circunstancias debería haberme resultado del todo inocuo, pero la verdad es que caló en mi interior. Anduve reflexionando sobre el concepto y, si bien es cierto que durante unas semanas estuve algo molesto por tal calificativo, finalmente acabé adoptándolo como propio y se ha convertido en mi nuevo objeto de identidad. Me siento orgulloso de pertenecer a esa generación que habla de su soledad en las redes sociales y prefiere compartir sus miserias. Se siente cierto placer al encontrar personas como nosotros, cuyas vidas no se corresponden a las idílicas vendidas por los grandes artistas de pop. De hecho, amedrenta que te hablen de una vida maravillosa e inalcanzable, pero, ¿qué nos queda? ¿Privarnos de toda música que evoque felicidad? ¿Estamos destinados a un futuro protagonizado únicamente por el rock emo de bajona procedente del midwest? Por suerte, hay quien consigue sacar luz de la tristeza. Porque tal vez no somos capaces de abandonar el estado en el que nos encontramos, pero Robyn ya demostró hace ocho años con “Dancing On My Own” y su base de electropop contundente que uno se puede regocijar con su propia tristeza. Consiguió un himno melancólico de comunión con el cual bailar histéricos dentro de un huracán incontrolable de sentimientos que, ahora, casi una década más tarde, encuentra sucesor en una versión mejorada bautizada como “Honey”.

Adalid del pop para bailar de bajona

“Honey” no es sólo un reencuentro con Robyn, sino que continúa la historia manifiesta en “Body Talk”: la fiesta ha terminado y ella aparece, tacones en mano, con la máscara de pestañas corrida por las lágrimas.

Robyn tenía por delante una gesta complicada: superar (o igualar al menos) todo lo que hizo en “Body Talk”, el punto álgido de su carrera en cuanto a musicalidad y concepto de obra. A lo largo de tres EPs recopilados más tarde en este álbum, Robyn daba buena muestra de un electropop y synth-pop exquisitos donde se cogían elementos de la cultura club mezclados con algo de agresividad techno y trazas urbanas para crear un collage maravilloso, pegadizo y fresco. Robyn se alzaba por encima de todo como una fembot cantando sobre empoderamiento femenino, sexo, desfase y una temática que ha trascendido sobre el resto: el amor no correspondido y sentirse solo en una sala llena de gente bailando la misma canción.

Pasaron los años y el “Dancing On My Own” de esta artista sueca, alejada de la nueva hornada de cantantes pop (Rihanna, Katy Perry, Kesha…), se fue erigiendo con fuerza como un himno para esta generación aséptica de jóvenes reacios a mostrar sus sentimientos pero cuyas corazas comenzaban a resquebrajarse gracias a la figura de Robyn, ese robot que vino a ayudarnos. Sin embargo, tras traer paz, Robyn se esfumó. Quedamos expectantes a nuevas enseñanzas provenientes de una pronta continuación de aquel “Body Talk”, pero se volcó en un EP colaborativo con Röyksopp y en un homenaje a los noventa con La Bagatelle Magique. La figura de Robyn como solista se difuminaba y los miedos volvían a tomar fuerza. ¿Volvería la cantante algún día?

Fotografía: Heji Shin

“Honey”: vivir el momento reivindicando la cultura club

A diferencia de “Body Talk”, grandilocuente y directo a la yugular, “Honey” es más reservado. Aquí Robyn se vale de producciones tranquilas cuyo carácter más orgánico te conquista con sutileza y elegancia mientras que sus estructuras hipnóticas son capaces de transportarte a aquellos lugares por los que se dejó caer la sueca, dibujando a la perfección los escenarios de este relato.

“Honey” no es sólo un reencuentro con Robyn, sino que continúa la historia manifiesta en “Body Talk”: la fiesta ha terminado y ella aparece, tacones en mano, con la máscara de pestañas corrida por las lágrimas. Llega un nuevo día y con los primeros rayos de sol hace balance de la noche anterior, en una narración llena de felicidad y arrepentimiento a partes iguales. Para ello, Robyn se vale de producciones tranquilas cuyo carácter más orgánico te conquista con sutileza y elegancia mientras que sus estructuras hipnóticas son capaces de transportarte a aquellos lugares por los que se dejó caer la sueca, dibujando a la perfección los escenarios de este relato.

A diferencia de “Body Talk”, grandilocuente y directo a la yugular, “Honey” es más reservado. Sin embargo y a pesar de ser más austero en cuanto a sonido, deja por el camino grandes sencillos como Missing Uy la homónima Honey, pruebas de cómo se complementan Joseph Mount (Metronomy) y Klas Åhlund en producción para dejar patente la filosofía de Robyn al enfrentarse a este disco:

Creo que la música de baile requiere ser escuchada de una manera totalmente distinta. No estás esperando el estribillo: te tiene que gustar lo que estás escuchando en el instante. Es una cuestión de dejarse llevar por el ritmo.

El álbum que Robyn y todos nosotros necesitábamos

Los últimos años en la vida de Robyn han venido marcados por una falta de estabilidad debido a rupturas sentimentales y la muerte de su compañero Christian Falk. “Honey” es el disco que necesitaba Robyn para evadirse de todo y para ello busca amparo en los clubs y los movimientos gráciles de una coreografía inventada al ritmo de un DJ aleatorio en una noche cualquiera.

Exceptuando los sencillos anteriores y “Ever Again”, más rotunda gracias a la percusión analógica, la ruptura de sintetizadores y el mantra final encargado de resumir todas las experiencias del álbum (“Never gonna be brokenhearted, ever again”), “Honey” está mayormente protagonizado por medios tiempos donde fluye la imaginación y se nos lleva suavemente hacia el interior de clubs, tal y como hacía el “Debut” de Björk. Robyn hace memoria a lo largo de estos nueve temas y nos hace partícipes de momentos en los que la nostalgia se apoderó de ella hasta convertirse en una persona totalmente rota por estar demasiado entregada a su relación (“Baby Forgive Me”), logrando que el oyente empatice con ella y sienta el mismo dolor. Por suerte, en esta noche encontramos luz al final del túnel de la mano de una Robyn que deja atrás lo robótico para reivindicar su carácter humano y sensible en una de las mejores canciones de todo el álbum (“Human Being”). Tras este manifiesto, se muestra poderosa (“Send to Robin Immediately”) y capaz de abrazar el éxtasis en la brillante “Because It’s In The Music”, con unas líneas de sintetizador que adquieren un toque más chill house en las ibicencas “Between the Lines” y “Beach2k20”, encargadas de conducirnos con delicadeza al cierre del trabajo.

Los últimos años en la vida de Robyn han venido marcados por una falta de estabilidad debido a rupturas sentimentales y la muerte de su compañero Christian Falk. “Honey” es el disco que necesitaba Robyn para evadirse de todo y para ello busca amparo en los clubs y los movimientos gráciles de una coreografía inventada al ritmo de un DJ aleatorio en una noche cualquiera. Robyn busca fundirse con los ritmos que firma en cada una de las canciones y, si bien es cierto que no todo es brillante (como la línea vocal secundaria con un tono distinto en “Baby Forgive Me” o lo ligeramente insustancial de “Beach2k20”), es fácil afirmar que Robyn ha logrado con “Honey” el álbum que necesitábamos todos los miembros de esta generación que encontramos en ella la mejor representación posible de todos nuestros sentimientos.

Robyn – Honey

7.6

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“Honey” es el álbum que Robyn y sus fans necesitaban. En él la artista sigue explorando el concepto ‘música para llorar en discotecas’, pero esta vez con cierto punto esperanzador motivado por la maduración de la sueca a lo largo de estos últimos años.

Up

  • Que Robyn haya vuelto en tan buena forma ocho años después de una obra tan magnífica como “Body Talk”.
  • “Missing U” y “Honey”, dos de los mejores temas del año.
  • La transición de “Baby Forgive Me” a “Send to Robin Immediately”.
  • El apoteósico cierre con “Ever Again”.

Down

  • La línea vocal secundaria de “Baby Forgive Me”.
  • Uno pierde ligeramente la atención al escuchar el combo “Between the Lines” y “Beach2k20”, más arraigado en una música house suave que no termina de trascender.