Hay ocasiones en las que, cuando todo parece inventado, se hace necesario tomar lo más básico y primitivo que puede ofrecer un determinado movimiento musical y aplicarlo hasta lograr que el ‘poder de canción’ compense la ausencia de aventura o riesgo. Dentro del rock ha pasado eso en innumerables ocasiones, y de algún modo el indie-rock (que tuvo su pico entre 2002 y 2006) fue un ejemplo al juntar las enseñanzas del punk, el post-punk, el college rock y el britpop en una fórmula que se sentía refrescante, repleta de voltaje y que a menudo dejaba joyas memorables.

Como toda tendencia, se esfumó luego de un tiempo entre el agotamiento de las ideas y el ascenso de actos como Arcade Fire, Bon Iver, Beirut o Father John Misty, que apuestan por un estilo no necesariamente acústico, pero si más orgánico y elaborado. Ya no era igual de atractivo desatar adrenalina entre las audiencias de los festivales del verano europeo, lo que obligó a muchos grupos punteros como Franz Ferdinand, Arctic Monkeys, Bloc Party y varios más a reformular sus estrategias, pero especialmente los obligó a crecer. Para bien o para mal tuvieron que caer en la cuenta de que ya no tienen veinte años.

La aparición de Wolf Alice, Vant y The Big Moon puso en común una forma menos, por así decirlo, británica de encarar el rock con relación a lo que se venía haciendo hasta los años 2000. De algún modo es como si ese continuo The Beatles-Sex Pistols-The Smiths-Oasis-Arctic Monkeys se hubiese trastocado o dejado en suspenso. En un mundo que ha cambiado lo suficiente como para que el concepto de ‘rock nacional’ haya perdido mucho de su valor previo, estas nuevas bandas eligieron una mirada más universal y de algún modo unificadora de los logros que obtuvo el rock como género en el pasado.

En Brighton, durante 2014, cuatro chicos surgieron de la nada con ideas similares y de forma algo meteórica se fueron ganando el apoyo de la siempre volátil prensa británica gracias a un estilo que, como los grupos ya mencionados, unificó esos logros generales del rock y los puso al servicio de una sensibilidad repleta de miedos, temores, dudas y hasta rencores. Cuatro años después y tras un par de EPs, llega su debut homónimo. ¿Resultó tan impactante como los trabajos de las bandas mencionadas?

Black Honey: encontrando su santo grial particular

Centrarse en crear las mejores canciones posibles al no tener al alcance de la mano esa posibilidad de innovar o reformular el rock desde los cimientos es el por qué de su existencia. Hacerlo mejor que el promedio es lo que ha permitido que destaquen.

Ese lustro entre su formación y su debut en largo ha sido mediado por dos EPs y una serie de sencillos donde una idea primaria ha ido evolucionando hasta dejarles trabajar con un rango de posibilidades considerable. Primero llegó el EP “Black Honey” en 2014, donde curiosamente se podía escuchar una banda más centrada en mezclar ideas del britpop con una producción dream pop. Era como escuchar Elastica con la sutileza de unos Mazzy Star. “Sleep Forever” y “Teenager” destacaron sobre el resto en ese sentido gracias a la voz de Izzy B. Phillips, que tiene tanto de apasionada como de melancólica. La guitarra de Chris Ostler aporta los trazos de melodía necesarios para sostener las composiciones con elegancia y firmeza, mientras que la base rítmica a cargo de Tommy Taylor en el bajo y Tom Dewhurst en la batería destaca aun en medio de su sencillez, logrando que a menudo el repertorio tenga un acabado ligeramente blues. En las otras dos canciones, “The Taste” y “Bloodlust”, se puede percibir algo de lo mencionado.

Comenzaron a darse las presentaciones y poco a poco fueron conquistando a las personas correctas. La experiencia en vivo y una comprensión impecable de sus capacidades derivó en su segundo EP, “Headspin” (2016), donde encontraron lo que realmente buscaban: un equilibrio entre la catarsis del indie-rock del nuevo milenio y la encontrada sensibilidad más frecuente en los actos del pop barroco. Habiendo probado y afilado sus capacidades en vivo, sus composiciones mejoraron y pasaron a un nuevo nivel colando auténticos bombazos como “All My Pride”, que en apariencia no tienen mucho de diferente a unos Paramore, pero con algunos detalles en la letra (“And I’ll pretend that we’re in true romance again / Whilst you’re at Potsdamer Platz with another girl in your hand”) y unas guitarras en deuda con The Futureheads o Kaiser Chiefs salen bien librados de comparaciones. En el otro extremo, “Headspin” no se aleja mucho de la fórmula de Lana Del Rey pero una vez más son los detalles de Ostler en la guitarra los que logran darle un tono diferente. Diría que hasta más clásico, en línea con los Beatles de “Abbey Road” o con Fleetwood Mac.

Estamos entonces ante un grupo al que no le interesa reinventar la rueda. Si todo ya está inventado, ¿qué podría justificar la creciente fijación de la prensa y parte del público en este cuarteto?

Parece obvio, pero no lo es. Centrarse en crear las mejores canciones posibles al no tener al alcance de la mano esa posibilidad de innovar o reformular el rock desde los cimientos es el por qué de su existencia. Hacerlo mejor que el promedio es lo que ha permitido que destaquen.

Fotografía: Lauren Maccabee

A puro poder de canción

La referencia más evidente para comparar el sonido logrado por Black Honey bien puede ser Dum Dum Girls, que pasaron de una inspiración en el garaje y el surf rock a piezas de mayor complejidad y madurez, inspiradas en el sonido de Phil Spector pero también aportando con claridad momentos pop y new wave a un estilo repleto de energía. Que logren trascender el momento en que surgieron o, por el contrario, no pasen de ser un producto de su época, dependerá sólo de ellos.

Desde el principio con “I Only Hurt the Ones I Love” notamos que los comentarios fuera del círculo de Black Honey no afectan en su proceder. Los tintes western que ya se podían escuchar en algunas partes del EP “Headspin” ahora logran conjurar una pieza donde Izzy se apodera del rol de femme fatale solitaria capaz de congelar a sus víctimas o liquidarlas con su voz, mientras la guitarra de Ostler impone su ley sin atenuantes. En “Midnight” encontramos un momento más fashion, orientado a una idea pop-rock clara y hasta predecible, pero que no desentona realmente. De hecho, muestra la versatilidad de Izzy para interpretar material que se salga de los parámetros acostumbrados por Black Honey desde sus inicios.

En ese orden de ideas, “What Happened to You?” califica para ser un punto intermedio entre lo rudo y lo glamuroso de las dos pistas anteriores. Se percibe la contundencia, pero también la ostentación. Un arreglo con más ecos en la batería de Dewhurst resulta fundamental para que produzca esa sensación de una estampida rompiendo todo en una fiesta de etiqueta. Acentuando el lado pop-rock del asunto, “Bad Friends” no se aleja mucho de esa idea en términos de producción.

Bajando el volumen emergen las joyas

Buenas canciones, versatilidad, una vocalista notable y tener claro lo que pueden o no pueden hacer. Sólo eso han necesitado Black Honey para escalar a un punto respetable en términos de popularidad. Y todo eso han podido plasmar en un álbum debut que amplifica tanto lo mostrado en sus primeros EPs que, al menos en apariencia, no deja mucho pendiente para hacer. Ahora mismo les quedan dos caminos: repetirse o pasar a un capitulo completamente nuevo.

Es llamativo que para tratarse de una banda que ha desarrollado más afinidad por los números con el volumen bien alto, sea en los momentos suaves donde el talento del cuarteto florece como nunca. El mejor ejemplo es, sin duda, “Blue Romance”, prácticamente un vals donde la voz casi mineral de Izzy conduce la pista por donde quiere hasta convertirla en algo donde la mística y el atractivo de masas están presentes por igual. La referencia más evidente para comparar el sonido logrado por Black Honey bien puede ser Dum Dum Girls, que pasaron de una inspiración en el garaje y el surf rock a piezas de mayor complejidad y madurez, inspiradas en el sonido de Phil Spector pero también aportando con claridad momentos pop y new wave a un estilo repleto de energía.

Sin subir demasiado las revoluciones, “Crowded City” retoma algo de la idea western del principio y sin necesidad de muchos adornos instrumentales engancha prácticamente sin objeción. En “Hello Today” y “Baby” encontramos algo más luminoso, optimista y todavía derrochando solidez en las guitarras (incluso cuando la segunda es primordialmente acústica), dejando claro que emocionalmente no se sienten condicionados para hacer música. Se les da igual de bien reír que llorar, y eso suele ser una enorme ventaja.

Un abanico emocional y sonoro considerable sin ser un LP innovador

Hay mucho de The Cranberries en esta banda. Una vocalista que destaca por sí misma sin importar el formato que elijan, un guitarrista con la astucia suficiente para imponer su sello en cada canción, una base rítmica notable sin ser nada del otro mundo, optimismo y pesimismo siempre presentes… Está claro que algo interesante se está cocinando alrededor de Black Honey.

Con “Into the Nightmare” tenemos una curiosa incursión en el terror, ahora cruzando las guitarras a lo Pulp Fiction que predominan en el repertorio de Black Honey con una dinámica propia de las películas de James Bond por parte de Izzy. El resultado no es tan redondo como cabría, pero se aprecia el esfuerzo. Nuevamente sus armonías vocales se hacen predominantes en “Dig”, con inspiración parcialmente country y resultados muy positivos.

Volvemos al tono western con “Just Calling”, ahora con una base sintética al fondo que suma notablemente a la hora de enganchar. Gracias a la última pista, “Wasting Time”, tenemos un último momento para contemplar la capacidad de Black Honey para armar ambientes potentes sin contar realmente con mucho más que los instrumentos tradicionales del rock, así como una última prueba de que Izzy B. Phillips puede ser un personaje a tener en cuenta a partir de ahora.

Veo mucho de The Cranberries en esta banda. Una vocalista que destaca por sí misma sin importar el formato que elijan, un guitarrista con la astucia suficiente para imponer su sello en cada canción, una base rítmica notable sin ser nada del otro mundo, optimismo y pesimismo siempre presentes… Está claro que algo interesante se está cocinando alrededor de Black Honey. Que logren trascender el momento en que surgieron o, por el contrario, no pasen de ser un producto de su época, dependerá sólo de ellos.

Black Honey – Black Honey

7.3

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Buenas canciones, versatilidad, una vocalista notable y tener claro lo que pueden o no pueden hacer. Todo eso han podido plasmar Black Honey en un debut que amplifica tanto lo mostrado en sus primeros EPs que, al menos en apariencia, no deja mucho pendiente para hacer. Ahora mismo les quedan dos caminos: repetirse o pasar a un capitulo completamente nuevo, pero siempre que mantengan esas claves no deberían tener mayor problema en continuar con su carrera y en seguir fascinando audiencias.

Up

  • Han pulido su sonido lo necesario para interpretar distinto material cada vez, y lo suficiente para no perder sus señas de identidad. El resultado es un álbum que aborda un abanico emocional y sonoro considerable sin ser, de hecho, un LP innovador.
  • “Blue Romance” puede hacer que muchas de las otras canciones parezcan vulgares.

Down

  • A priori no dejan mucho pendiente por hacer en un eventual segundo disco. Dejan la vara muy alta para efectos del ‘factor sorpresa’.
  • En términos de continuidad, no es el álbum más fluido.