Levántate, monta a caballo, da un paseo, explora, vuelve a tu hogar y duerme. A menudo en el viaje encontrarás algo que te hará sentir nostálgico, algo que traerá recuerdos del pasado y no importa cuán loco sea el viaje, siempre regresamos a donde estábamos o a donde pertenecemos y nos sentimos en paz”. Eso decía Go Kurosawa, vocalista y batería, sobre “Dripping Sun”, uno de los temas de este cuarto disco (“Masana Temples”) de Kikagaku Moyo.

No suele ocurrir que los músicos definan con tanta precisión el sentimiento que evocan sus canciones. Si no se pasan de frenada y pretenden que su música haga sentir a uno poco menos que un orgasmo, suelen caer en topicazos y lugares comunes para describir su propio sonido. Si embargo, en este caso Kurosawa da en la diana: escuchar a Kikagaku Moyo (en general) y este disco (en particular) se parece bastante a una excursión, a caballo o andando, por un paisaje a la vez familiar y exótico, inofensivo pero intrigante.

Patrones geométricos fluctuantes

Escuchar a Kikagaku Moyo (en general) y este disco (en particular) se parece bastante a una excursión, a caballo o andando, por un paisaje a la vez familiar y exótico, inofensivo pero intrigante.

A nivel puramente sonoro, ésta es una de las reseñas más complicadas de cuantas he hecho. Y no porque la música de los japoneses lo sea, puesto que al contrario, es sencilla. Sencilla, que no simple. Patrones geométricos (eso significa de hecho Kikagaku Moyo) que dibujan un fractal sonoro de voces disonantes, sonidos lejanos y ecos psicodélicos. Normalmente con esta banda tiene poco sentido hablar de canciones, puesto que también en eso están por encima de lo que nos ha acostumbrado la occidentalización de la música moderna. En su caso los discos fluyen como riachuelos continuos, en los que hay temas identificables pero en general la corriente los arrastra y entremezcla, focalizando la importancia en el todo más que en cada una de sus partes.

Fotografía: Jamie Wdziekonski

Voces disonantes, sonidos lejanos y ecos psicodélicos

Normalmente con esta banda tiene poco sentido hablar de canciones, puesto que también en eso están por encima de lo que nos ha acostumbrado la occidentalización de la música moderna. En su caso los discos fluyen como riachuelos continuos, en los que hay temas identificables pero en general la corriente los arrastra y entremezcla, focalizando la importancia en el todo más que en cada una de sus partes.

Sin embargo, en esta ocasión los japoneses se han vuelto algo más concretos y, de hecho, se puede hablar de una clara diferencia de nivel entre ciertos temas. Así, por ejemplo y tras la intro de sitar de Entrance”, “Dripping Sun es un arranque espectacular. Un crescendo casi imperceptible que termina estallando al galope antes de apagarse rápido y suave como una vela.

Mientras tanto, Nazo Nazosuena a jazz de ascensor, y por desgracia desconecta el trance al que nos habían sometido antes. Un tema de relleno que diluye la concentración de ácido del disco. Por suerte, hay que insistir en que hasta ahora no se había visto tanta independencia entre canciones de un mismo disco de Kikagaku Moyo. Por eso en Fluffy Kosmischasoma la vena motorik que ha sido santo y seña de Kikagaku Moyo desde sus (no tan lejanos) inicios, pero que en este disco queda oculta tras una neblina más etérea y ligera que de costumbre. Sí que habría que destacar que, junto a la reposada Majuposey la sobresaliente Nana, conforma un triángulo que se vuelve intercambiable y con fronteras difuminadas, como tan a menudo pasa en su música.

Explorando el jardín trasero

“Masana Temples” es un álbum algo más flojo en guitarras que el resto de discografía de los nipones. No es que no estén presentes, pero sí quedan algo camufladas y ralentizadas, evitando que se desboquen como antes hacían.

En este punto me gustaría parar un momento para hacer una súplica: si tienen la oportunidad, vayan a verlos en directo. No me gusta hacer hincapié en este aspecto al hablar de una banda o un disco, puesto que se sale del propósito de la crítica, pero lo de los japoneses es lo mejor que un servidor ha visto encima de un escenario. Sus conciertos son el resultado de juntar sus temas e hilvanarlos a lo largo de lo que parece una jam interminable, pero perfectamente calculada. Un trance tan real como la arena y tan narcótico (que no aburrido) como la mejor sesión de hipnosis. Una fusión perfecta de lo acerado de Motorpsycho con la demencia de Goat, mucho más contundente en directo de lo que cualquiera se podría llegar a imaginar.

Pasado ya el ecuador del disco, Orange Peelvuelve a pecar del mismo defecto que “Nazo Nazo”, y es una vuelta de tuerca de más en su atmósfera somnolienta. ¿En qué momento hemos pasado de trotar a caballo por lo desconocido a observar una cesta de gatetes al lado de una estufa? Amodorrada también, pero sublime en su brevedad, es Amayadori. Una pena que no dure algo más, y la enésima prueba de que, mejor o peor, cada una de las canciones del disco cuenta con una personalidad muy marcada.

Con Kikagaku Moyo el viaje siempre sorprende, y nunca concluye

En “Masana Temples” falta un poco de esa locura y ese ímpetu samurái que a menudo ha servido para añadir el adjetivo ‘pesado’ al rock psicodélico de la banda (véase “Zo No Senaka”). Una etiqueta que desde luego en este disco han querido pulverizar.

Suficientes razones para afirmar que “Masana Temples” es un álbum algo más flojo en guitarras que el resto de discografía de los nipones. No es que no estén presentes, evidentemente, pero sí quedan algo camufladas y ralentizadas, evitando que se desboquen como antes hacían. Al menos, en su mayor parte. Ahí está, sin embargo, Gatherings. Y es que éste quizá sea el mejor tema de su carrera, demostrando de una vez por todas que en “Masana Temples” falta un poco de esa locura y ese ímpetu samurái que a menudo ha servido para añadir el adjetivo ‘pesado’ al rock psicodélico de la banda (véase “Zo No Senaka”). Etiqueta que desde luego en este disco han querido pulverizar, y no hay más que ver el cierre con la acústica Blanket Song, balada mecedora para acabar arropados entre las capas cálidas de su sonido.

Comentaba Fer en la reseña de otro de los grandes discos lisérgicos de este año, el segundo largo de Melody’s Echo Chamber, que el sentimiento de viaje típico de la música psicodélica estaba ya un poco visto con el revival vivido esta última década (gracias, Tame Impala). Por suerte, con Kikagaku Moyo el viaje siempre sorprende, y nunca concluye. Aunque esta vez lo hayamos hecho con las zapatillas de andar por casa, siempre hay que estar preparado para cuando los japoneses llaman a tu puerta.

Kikagaku Moyo – Masana Temples

7.4

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Kikagaku Moyo son una de las bandas que mejor han asimilado y reinterpretado la música psicodélica en esta década. En su cuarto disco en otros tantos años se vuelven a la vez menos sesudos y arrolladores, supliendo su característico torbellino sonoro por una maravillosa colección de canciones.

Up

  • Temazos como “Dripping Sun”, “Nana” o, sobre todo, “Gatherings”.
  • Al ser el disco más blando de su carrera, es de prever que nuevo público se acerque con curiosidad a su música.
  • Sin ser King Gizzard, siguen manteniendo un muy digno ritmo de publicaciones.

Down

  • La accesibilidad a menudo viene ligada con lo convencional y, efectivamente, falta una punta de locura y de crudeza.
  • También se echa en falta algo de su potencia sonora y cíclica.