Con toda probabilidad, “Demon Days” (2005) fue el proyecto más grande en el que Damon Albarn se había visto involucrado en toda su trayectoria musical hasta entonces, tal vez más que en los grandes años de Blur. Aclamado unánimemente por la crítica dado su contenido lírico y su oscuro eclecticismo musical, el segundo álbum de Gorillaz terminó de lanzar al estrellato a la banda animada, y llevó a Albarn, Hewlett y compañía en una espectacular pero costosa gira internacional que terminó en 2006. Para cualquier otro grupo o artista, después de este despliegue de medios y esfuerzos se esperaría un periodo de descanso, un año sabático o algo parecido. Pero estamos hablando de Damon Albarn, y si algo hemos aprendido de él es que parece completamente incapaz de darse a sí mismo un respiro creativo. Y cuando su mente decide funcionar, suele ofrecernos material interesante.

Durante un tiempo, la prensa especializada especuló con la posibilidad de que Damon Albarn estuviese preparando un disco en solitario producido por Danger Mouse, pero a finales de julio de 2006 (esto es, apenas un par de meses después de terminar la gira con Gorillaz) comunicaron que el de Colchester había vuelto a hacerle la cobra a la idea de sacar un álbum con su nombre. En vez de eso, anunció que había formado una banda; una sin nombre, para ser exactos. Y así, en octubre de ese mismo año, tras algunos conciertos de calentamiento sin mucho revuelo, una banda con Albarn a la cabeza dio un concierto en el festival de la BBC Electric Proms bajo un extraño nombre: The Good, The Bad & The Queen.

Una banda sin nombre…

The Good, The Bad & The Queen, que en sentido estricto es una banda sin nombre, era una unión poco convencional, llevada a cabo con mucha más calma y lejos de cualquier presión comercial o intención de perdurar. Sin duda alguna, después de sus aventuras con Gorillaz Albarn necesitaba un proyecto más reposado en el que desarrollar algunas ideas más personales en compañía de viejos conocidos.

Aunque, si tenemos que hacer honor a la verdad, como ya se ha dicho, esta banda no tiene nombre en sentido oficial. El súper grupo formado por Simon Tong (ex de The Verve y conocido colaborador de Blur y Gorillaz), Paul Simonon (antiguo bajista de The Clash), Tony Allen (batería afrobeat de Fela Kuti y Africa ’70) y el propio Albarn dejó bien claro en su momento que la suya era una agrupación sin nombre. Respecto a este tema, Simonon llegaría a aseverar lo siguiente en una entrevista: No vamos a hacer otro disco, y ni siquiera hemos nombrado debidamente la banda, porque un nombre es para un matrimonio”.

A estas alturas sabemos que lo primero no es verdad, pero estas declaraciones recalcan la idea de que esta era una unión poco convencional, casi se diría que poco seria o, al menos, llevada a cabo con mucha más calma y lejos de cualquier presión comercial o intención de perdurar. Sin duda alguna, después de sus aventuras con Gorillaz Albarn necesitaba un proyecto más reposado en el que desarrollar algunas ideas más personales en compañía de viejos conocidos; algo parecido podría decirse de Simonon, quien llevaba casi dieciocho años sin tocar en un grupo y pronto se vio atraído por las ideas del vocalista.

… con orígenes interesantes

Paul Simonon fue el empujón definitivo para la banda, que empezó a ensayar y componer con energías renovadas. Los lazos con el viejo material se rompieron, y ese espíritu y temas muy ingleses se hicieron predominantes a través de las letras en las que el propio Simonon colaboró con Albarn, fascinados ambos con el misterio y el misticismo que envuelven la cultura y contradictoria historia de su tierra.

La historia de este proyecto, no obstante, se remonta antes incluso de la grabación de “Demon Days”. Albarn y Allen comenzaron a colaborar de forma esporádica en los primeros 2000, mostrándose mutuo reconocimiento y aprecio, y fue en esa misma época cuando Blur sacaron “Think Tank”, durante cuyas sesiones y gira Simon Tong tuvo que cubrir la ausencia de Graham Coxon. Tong se unió de forma natural a Albarn y Allen tras acabar con Blur y, tras algunas jornadas de grabación y ensayo, el trío se reunió con el productor Danger Mouse (con quien Albarn ya preparaba el segundo elepé de Gorillaz) en Nigeria, país natal de Allen, para grabar algunas demos antes de volver a Inglaterra. Por desgracia, todo este trabajo, además de no ser del agrado de Albarn, habría de quedar pospuesto hasta que terminase de grabar “Demon Days”, y quizás no habría encontrado nunca un enfoque adecuado de no ser por Danger Mouse, quien apreció en estas grabaciones algunos elementos inesperados. Elementos, irónicamente, muy ingleses.

Faltaba tan solo una pieza para que todo empezase a encajar: el bajo. Damon Albarn no necesitó pensarlo mucho para que le viniera a la cabeza el nombre de Paul Simonon, quien tras un café y un par de escuchas a las demos accedió a colaborar en aquel proyecto. La adición del bajista fue el empujón definitivo para la banda, que empezó a ensayar y componer con energías renovadas. Los lazos con el viejo material se rompieron, y ese espíritu y temas muy ingleses se hicieron predominantes a través de las letras en las que el propio Simonon colaboró con Albarn, fascinados ambos con el misterio y el misticismo que envuelven la cultura y contradictoria historia de su tierra. Tras muchos años de interrupciones, la banda por fin había terminado de grabar y pudieron comenzar a ensayar sobre el material definitivo. Así, en enero de 2007, la banda sin nombre publicó “The Good, The Bad & The Queen”, un trabajo que no sólo llegaría a contar con la suficiente entidad como para nombrar al grupo por metonimia, sino que se encuentra entre los mejores trabajos que Damon Albarn haya firmado jamás.

Fotografía: Press

Caos y guerra

La colisión de los mundos personales y musicales de estos artistas se traduce en un song cycle ambientado en un Londres apocalíptico, inundado por el Támesis y sumido en el fragor de una guerra que quiere ignorar. Sobre todo el álbum planea un tono lúgubre y ominoso, como si la ciudad cediese al caos y la gente decidiera sumergirse en el alcohol para olvidar que todo eso está ocurriendo.

Lejos del exceso, de la fanfarria, de todo lo que pudiera ser considerado ‘espectacular’ en términos de la música comercial y de todo atractivo pop es donde se ubica “The Good, The Bad & The Queen”. Los propios músicos sabían que este no era un trabajo comercial, y efectivamente la prensa no se hizo mucho eco del álbum (algo que no impidió que vendiera más de 100.000 copias en cuestión de días) y, como bien dijo Simonon, su intención era “hacer música que llegase a la gente sin tomar la ruta más obvia”. No obstante, el atractivo del disco, manifiesto en lo místico, decadente y melancólico, es innegable.

La colisión de los mundos personales y musicales de estos artistas se traduce en un song cycle ambientado en un Londres apocalíptico, inundado por el Támesis y sumido en el fragor de una guerra que quiere ignorar. “History Song” necesita apenas un fraseo de guitarra repetido en bucle y la voz distante de Albarn para capturarnos en su atmósfera lóbrega, pero son el bajo de Simonon, la percusión tenue pero persistente y los ocasionales organillos los que determinan el tono. Todo en esta canción es bucle y repetición, como la de una Historia condenada a repetirse. No obstante, la pesadez desaparece y entre las nubes de tormenta empieza a lucir el sol. “80s Life” es luminosa, nostálgica y esperanzadora, y mira al pasado con ojos soñadores movida por el piano sincopado de Albarn y la guitarra clara de Tong mientras habla de aligerar una mente sobrecargada, quizás, por el temor constante hacia el futuro, y la guerra y el sinsentido. Mucho más cuerpo en todos los aspectos tiene “Northern Whale”, en la que, bajo los mismos cielos encapotados y luminosos, Albarn canta al amor y a la muerte de una ballena que quedó varada en el Támesis en 2006. Todos los sonidos encajan a la perfección: los saltos y graznidos del sintetizador, el piano brillante en paralelo a una guitarra dulce y discreta, la percusión siempre en su sitio y el bajo caminando con seguridad. Ni siquiera en estos momentos la letra se olvida del llanto de la tierra, y es de esperar sabiendo lo que está por venir.

Kingdom of Doom” es el retrato definitivo de una Londres devastada vista a través de los textos de William Blake. Sólo la imaginería (los cuervos, la luna, el palacio, la inundación…) ya remite a una antigüedad oscura y mística de la Pérfida Albión a la que Albarn volvería en 2012 con “Dr. Dee: An English Opera”, pero eso será en otra ocasión, pues ahora es el caos y la guerra. Sobre toda la canción planea un tono lúgubre y ominoso, como si Londres cediese al caos y la gente se sumergiera en el alcohol para olvidar que todo eso está ocurriendo. Es una pieza breve pero tremendamente potente, igual que lo es “Herculean”, primer single de esta extraña obra de misterio. Dotada de un ritmo incansable (este es uno de los temas cruciales para entender la labor estelar de Tony Allen), todo en esta canción va creando una sensación de ascensión y esperanza que no parece terminar, gracias a la adición de los coros y la sección de cuerdas. La guitarra parece estar a punto de estallar en las secciones instrumentales, mientras esta vez el piano y el bajo dejan respirar a sus notas.

Inglaterra y otras maniobras anticomerciales

Lejos del exceso, de la fanfarria, de todo lo que pudiera ser considerado ‘espectacular’ en términos de la música comercial y de todo atractivo pop es donde se ubica “The Good, The Bad & The Queen”. No obstante, el atractivo del disco, manifiesto en lo místico, decadente y melancólico, es innegable.

Cabe decir que, tras este espectacular inicio, el álbum se adentra ahora en un valle durante algunas canciones. No pierden calidad y dejan entrever otra clase de recursos musicales, pero carecen de la contundencia de estos primeros cortes. “Behind the Sun” crea una atmósfera más nocturna y casi inquietante en las estrofas, donde Albarn se limita a cantar y deja espacio a la cuerda frotada, mientras que en el estribillo estos arreglos optan por el stacato y todo se vuelve un tanto más luminoso y melancólico al recordar el pasado. Un aire más misterioso trae consigo “The Bunting Song” con los arpegios de teclado y guitarra, donde el bajo de Simonon destaca por sus dejes reggae (más adelante será más evidente) y la percusión pasa a un segundo plano. La ambigüedad de la letra contribuye a crear esa atmósfera tenebrosa aunque extrañamente emocional, pero es en la disonante coda donde recae todo ese peso.

La adición de “Nature Springs”, más cálida y suave en su primera mitad, devuelve al álbum a una línea más agradable, aunque la letra no pierde el toque apocalíptico en ningún momento (Where the hearts burn at night and the guns unload / Oceanographers are charting the rise of the seas”). Todo el apartado rítmico evoca ritmos de estilo reggae, y la sección instrumental que aparece inesperadamente al final rompe con todo lo anterior y cede a los polirritmos de Allen y a los disonantes punteos de Tong para terminar de darle un toque intrigante con los silbidos y el chirrido de los violines. “A Soldier’s Tale”, breve y tal vez no tan memorable, dulcifica aún más el tono con recursos similares a los del inicio del corte anterior: arpegios de guitarra, bajo resonante y agradables arreglos de cuerda frotada. Aunque la letra intente hacer hincapié en ese aire de canto a la naturaleza, no tiene demasiado que ofrecer.

Una pequeña isla malhumorada

“The Good, The Bad & The Queen” es un trabajo ciertamente temperamental y, aunque accesible, no siempre disfrutable de un modo convencional, pero que está dotado de una belleza y una visión sencillamente únicas. Albarn se encontró con las personas más adecuadas para dar forma a ideas brillantes sin la necesidad ni la presión de ser un frontman, y el estilo que aquí trabajó con Allen, Simonon y Tong le abriría las puertas a infinidad de sonidos en el futuro.

Nada tiene que ver la energética y acelerada “Three Changes”, posiblemente el tema donde más se luce Tony Allen y más se dejan ver esas raíces de dub, reggae y afrobeat que todo el álbum tiene en una medida u otra. Los sintetizadores de tiovivo y el memorable riff de Tong dan un tono muy juguetón y característico a una canción marcada, como su nombre indica, por sus bruscos cambios de registro. Casi parece una jam session en la que Albarn canta con aire distendido sobre un pueblo inglés volcado en la prensa, su sordidez y su violencia, al tiempo que se refiere con ácido afecto a su tierra como “una pequeña isla malhumorada de gente mezclada”.

Acercándonos ya al final del disco nos encontramos con la canción más antigua del tracklist: “Green Fields” es un tema escrito por Albarn, como dice al inicio, “hace muchos años, tarde por la noche en algún lugar de Goldhawk Road” tras salir una noche con el bajista de Blur Alex James y la cantante Marianne Faithfull. Albarn mira hacia el pasado sin idealizarlo, tratando de comprender cuánto ha cambiado todo desde un ‘entonces’ poco concreto (“Before the war and the tidal wave / Engulfed us all, it’s true / How the world has changed”). Esta preciosa y honesta nostalgia de coros y guitarras acústicas parece ser el espejo en el que cantautores como Pete Doherty en su “Grace/Wastelands” se mirarían para hacer música algunos años después. Si bien este disco cuenta con muchas piezas parecidas, ninguna se acerca a la sencillez y la belleza de esta canción crucial. Y, por fin, como clímax a esta extraña experiencia, con todos ustedes, “The Good, The Bad & The Queen”. Encaramado a su piano, Albarn anuncia que la guerra ha acabado, el sol ha salido y la fiesta ha vuelto, sólo para dejar vía libre a una última jam acelerada en la que la guitarra de Tong parece un rugir de trompetas, Allen vuelve a desmelenarse y Simonon se pasea por ahí con su elegancia y porte habituales.

Una revisión positiva

El carácter de sus temas, ambientación e imaginería, su originalidad dentro de una carrera ya de por sí sorprendente como es la de Albarn y el valor del hecho de que una ex-estrella del Britpop firmase un álbum antibelicista con un súper grupo que se privó de nombre deberían bastar para rescatar “The Good, The Bad & The Queen”.

Con este desenfreno termina la banda sin nombre su “The Good, The Bad & The Queen”, un trabajo ciertamente temperamental y, aunque accesible, no siempre disfrutable de un modo convencional, pero que está dotado de una belleza y una visión sencillamente únicas. Albarn se encontró con las personas más adecuadas para dar forma a ideas brillantes sin la necesidad ni la presión de ser un frontman, y el estilo que aquí trabajó con Allen, Simonon y Tong le abriría las puertas a infinidad de sonidos en el futuro. En los años siguientes, tanto de vuelta con Blur como en su álbum en solitario, le sería imposible desprenderse de un piano que ha sido siempre su medio natural, y la mezcolanza de sonidos e influencias que subyacen en estos doce cortes sin lugar a dudas definió el rumbo que tomaría durante la grabación de “Plastic Beach” (2010).

Por más que este trabajo haya quedado ciertamente infravalorado, tanto en la trayectoria de Albarn como en la música británica de los pasados diez años, no se puede negar la calidad de este trabajo que, ahora que la banda ha vuelto a reunirse, sin duda volverá a estar en los oídos de la crítica, y que merece una revisión más que positiva. El carácter de sus temas, ambientación e imaginería, su originalidad dentro de una carrera ya de por sí sorprendente como es la de Damon Albarn y el valor del hecho de que una ex-estrella del Britpop firmase un álbum antibelicista con un súper grupo que no sólo se negaba a llamarse como tal sino que se privó de nombre por completo deberían bastar para hacer de “The Good, The Bad & The Queen” uno de los álbumes más interesantes y valiosos de los últimos tiempos. Y, ante la duda, mejor prestar oído.

The Good, The Bad & The Queen – The Good, The Bad & The Queen

8.7

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“The Good, The Bad & The Queen” es más que un experimento interesante. La conjunción de ideas y esfuerzos de Albarn, Allen, Tong y Simonon dio lugar a uno de los trabajos más interesantes y sorprendentes de toda la carrera del frontman de Blur y Gorillaz. Su atmósfera sórdida, melancólica, luminosa y potente impregna cada segundo de un álbum conceptual genialmente producido, con un claro mensaje antibelicista y completamente ajeno a cualquier maniobra comercial.

Up

  • Sus integrantes: el personal que se reunió para este trabajo es de otra liga, y el hecho de que, tras tantas interrupciones y dudas, lograsen conectar entre sí para sacar este trabajo adelante es algo que no deja de sorprender.
  • Pese a la disparidad de influencias y registros, todo el álbum tiene un sonido reconocible, definido y muy distintivo. Parte del mérito lo tiene la genial producción de Danger Mouse.
  • Su carácter de disco conceptual, los temas antibelicistas y su atmósfera misteriosa y profundamente inglesa le otorgan una sensibilidad muy particular y difícil de hallar en otros álbumes de este calibre.
  • El conjunto de las cinco primeras canciones es simplemente perfecto, pero “Northern Whale”, “Kingdom of Doom”, “Herculean”, “Three Changes” y “Green Fields” destacan con gran fuerza, cada una en su línea, entre todo el elepé.

Down

  • El disco forma un valle a partir de las cinco primeras canciones, que no pierde calidad pero sí contundencia en comparación con lo anterior.
  • “A Soldier’s Tale” es, tristemente, la canción menos interesante del álbum.
  • Pese a la calidad de la producción, en muchas canciones cuesta apreciar la excelente labor de Tony Allen.