Fotografía: Luis Córdova

Personalmente creo que lo mejor de la música en directo, más allá de guardar el recuerdo para el futuro, presumir de haber ido a tal cita histórica o de la trascendencia que pueda tener para la vida de uno, es su impacto instantáneo y efímero. Ya sé que no es una reflexión demasiado profunda, pero a veces da la impresión de que acumulamos fechas, conciertos y festivales como si buscásemos desbloquear algún logro vital secreto, o como si cobrásemos por ello. Y por el camino se nos olvida que cuando pagamos por un concierto estamos pagando por un rato de disfrute puro y sin adulterar; una hora, dos o las que sean, de placer sonoro y visceral.  Con esto no quiero decir que, siguiendo ese razonamiento, uno vaya a un concierto a echar el rato porque al fin y al cabo dentro de un año, con suerte, recordará tan sólo un par de momentos, riffs o fotogramas del mismo. Al contrario. Por su propia naturaleza temporal y breve, un concierto debe ser lo más sorprendente, explosivo e intenso del mundo. Ateniéndonos a esos parámetros, recién acuñados y probablemente carentes de sentido para mucha gente, Elder dieron el otro día en Madrid uno de los conciertos de la vida.

Cobra fueron los encargados de telonear a los de Massachusetts durante la parte española de la gira europea que está tocando ya a su fin. Los bilbaínos confían en su rock aguerrido y directo al mentón sin complicarse demasiado la existencia. Y visto lo visto, la fórmula (al menos en directo) les funciona estupendamente. Con el vocalista Haritz Lete dejándose la piel y la garganta en calentar al creciente público durante todo el concierto y una sección rítmica poderosísima, Cobra cumplieron con creces en su papel de teloneros. Y agradecidos, por cierto, tanto al público como a la promotora y a Elder, por prestarles el backline. Su sonido podría describirse como el de unos Fu Manchu acelerados, en esa onda que llevan últimamente bandas de la Costa Oeste americana como The Shrine o R.I.P. y que mezcla influencias claras del thrash y el punk con el stoner rock más primitivo. El final, con “General Lee” y “Life’s Too Short to Drive Slowly”, fue sobresaliente.

Fotografía: Luis Córdova

La única pega de la actuación previa de Cobra fue que no sirvió para calibrar el sonido de la sala de cara al público. El rock desangelado y de carretera de los vascos no lo notó, pero según empezaron a sonar los acordes de “Dead Roots Stirring” quedó patente que la sala Nazca no estaba lo suficientemente bien equipada como para no limitar en cierta manera el despliegue sonoro que Elder requieren. No fue algo exagerado, y mejoró pronto al subirle la voz y la guitarra a Nick, pero sí que dejó a todos los presentes la sensación de que en otro escenario el concierto hubiera sido mejor, si cabe.

Así, fueron sonando ese tema abismal que es “Compendium”, de Lore” (2015), la demostración de la fiereza al bajo de Jack Donovan en “Staving Off Truth” o la monumental y épica “Sanctuary” que abre su último disco. Momento que Nick DiSalvo aprovechó para lucir ese vozarrón infinitamente versátil que posee. La habilidad guitarrística no la dejó de mostrar en ningún instante. De hecho, más allá de las canciones (y qué canciones), la máquina sónica que son Elder funciona como un tiro debida a la clarísima distribución del trabajo que tienen. Mientras Matt Couto aporrea la batería de forma constante, hasta el punto de que uno siente incredulidad por las agujetas en los brazos de ese hombre, y el último Elder, Mike Risberg, aporta la base guitarrera que ha terminado de mejorar la fórmula de trío de la banda, Donovan se erige en el protagonista inesperado de la noche. En el centro del escenario y especialmente iluminado, el menudo bajista es el encargado de dirigir el caudal melódico de la banda, que aunque a veces parece reptar y perderse sin rumbo fijo en una espiral psicodélica, siempre acaba por encontrarse y volver a golpear, más fuerte y más contundente. A su izquierda, DiSalvo es el mediapunta creativo, el artista del riff responsable de adornar tanto la mezcla que uno se olvida de que está en un concierto de metal y no viendo a la Sinfónica de Viena.

“III” y “Thousand Hands” cerraron el concierto probando lo infalible de semejante formación. Aunque sólo había pasado media docena de canciones y una hora larga de concierto, no pudo haber nadie en el público que se sintiese defraudado. Y menos al ver a los de Boston ignorando las prisas de la sala por cerrar (abría como discoteca al poco de acabar el concierto, sigh) y deleitándonos con un bis en forma de jam de cuarto de hora de “The Falling Veil”. Habiendo visto ya a Elder en el difícilmente mejorable contexto del SonicBlast de Moledo, no creí posible disfrutar de una actuación más impecable aún, y reconozco mi error. Allí, DiSalvo se preguntaba: “¿qué es el rock psicodélico?”. Ya te lo digo yo, Nick: el rock psicodélico sois vosotros.

Fotografía: Luis Córdova