Dicen los compañeros de El País que lo de Kurt Vile no es sino una sucesión de ‘bostezos desaforados’ provocados por un cantautor raro y lacónico de espíritu autocontemplativo. Un servidor, fiel seguidor de Vile desde sus inicios, no podría estar más en sintonía con la utilización de tales calificativos. Ya en anteriores críticas de sus trabajos, como en la del sobresaliente “Wakin on a Pretty Daze” (2013), hemos destacado la embriagadora languidez de su pachorra psicodélica como una de las características más irresistibles de su sonido.

Continuismo y experimentación autorreferencial

La revolución interna de Vile ha sido silenciosa y coherente, se ha fraguado con el tiempo, transformando su sonido de la misma manera que funcionan muchas de sus canciones: al ralentí. Él mismo asegura que cada uno de sus discos es una extensión natural del anterior.

Puedo conceder que quizá los discos del de Pensilvania no son para todos los públicos, pero eso no convierte a nuestro protagonista de hoy en un artista inaccesible, ni mucho menos. Precisamente uno de los principales reproches que podrían hacérsele a Kurt es el de no haber inventado nada ni haber revolucionado demasiado su sonido. No obstante, sólo un necio diría que Kurt Vile ha estado toda su carrera discográfica publicando el mismo disco una y otra vez. La revolución interna de Vile ha sido silenciosa y coherente, se ha fraguado con el tiempo, transformando su sonido de la misma manera que funcionan muchas de sus canciones: al ralentí. Él mismo asegura que cada uno de sus discos es una extensión natural del anterior, algo que, a priori, podría parecer difícil de sostener si uno se acerca al ecléctico y ensoñador “Bottle It In” (2018) justo después de sumergirse en un elepé tan centrado y directo como su antecesor “b’lieve i’m goin down…” (2015).

Que su duración –casi una hora y veinte minutos– y los arreglos ambientales no os engañen: “Bottle It In” no es el disco rompedor de Vile que algunos quieren vendernos. Pero, llegados a este punto de su discografía, creo que sólo podemos celebrar el continuismo y la experimentación autorreferencial de Kurt Vile. El norteamericano ha situado perfectamente todas las esquinas de su cuadro compositivo presentándose como un Neil Young moderno que mezcla perfectamente el country áspero y el folk ligero con las guitarras trenzadas del dream pop, la seducción psicodélica y la heterodoxia desgarbada del indie rock más primigenio. En su último disco recorre de manera desordenada cada uno de los rincones de su sonido compilando en un álbum doble casi todas sus virtudes y demostrando que eso de abandonar la zona de confort está muy sobrevalorado, sobre todo si con ello renunciamos a lo a gusto que podemos estar entre los compases del norteamericano.

Fotografía: Jo McCaughey

Kurt Vile, agitado, no mezclado

El norteamericano ha situado perfectamente todas las esquinas de su cuadro compositivo presentándose como un Neil Young moderno que mezcla perfectamente el country áspero y el folk ligero con las guitarras trenzadas del dream pop, la seducción psicodélica y la heterodoxia desgarbada del indie rock más primigenio. En este su nuevo disco Kurt recorre de manera desordenada cada uno de los rincones de su sonido compilando en un álbum doble casi todas sus virtudes.

Loading Zones” abre el disco por todo lo alto, reafirmando esa tradición suya de entregarnos un temazo a las primeras de cambio. Una canción que es todo un híbrido entre la reverencia a lo popular y añejo y la corriente neo-psicodélica con la que lleva tonteando desde hace una década. La concreción del single encuentra su contrapunto perfecto en la relajada y onírica “Hysteria”, donde vuelve a acentuar la indolencia de su fraseo. Esta versión folkie evocativa será desarrollada, seguramente de manera menos brillante, en “Mutinies” (con Kim Gordon a la guitarra) o la minimalista “Cold Was the Windy, con un punto extra de melancolía pop, en la versionada “Rollin with the Flow”.

Yeah Bones”, con aires dreamy, demuestra que también es capaz de recrear pasajes ensoñadores valiéndose de un ritmo acelerado. No obstante, la mayoría de las veces optará por estirar lentamente el chicle todo lo posible consiguiendo resultados sorprendentes. Es el caso de “Bassackwards”, que entra directamente en lo mejor de la discografía de Vile como representante más encantador de la sublimación de su relajo psicodélico. La mezcla de folk, ambientación dream y psicodelia no volverá a cuajar con tanta brillantez en la homónima y sugerente “Bottle It In” ni, por supuesto, en una “Skinny Mini” que suena parecido a como lo haría la más aburrida canción de The War on Drugs.

Uno de los mejores autores de nuestra época

Kurt Vile vuelve a demostrarnos con este “Bottle It In” que aún es capaz de hacer canciones como churros, partiendo de diferentes estados de ánimo, e impregnando en cada una de ellas un personalidad inapelable.

Antes de eso el estadounidense habrá despejado buena parte de la niebla con que termina el primer plato con algunas piezas que, si bien no están exentas de detalles en la producción, no esconden tanto su melodía. “One Trick Ponies” es, junto a la primera canción de “Bottle It In”, la mejor en este apartado: un rock sureño que avanza sin forzar el motor, propulsado por coros femeninos, vientos y un riff que seguramente ya hemos oído antes. “Check Baby” recrudece la apuesta con ocho minutos de un rock de cuerdas más espesas y marcada percusión. No obstante, los grumos setenteros irán disolviéndose progresivamente, fundiéndose entre un mar de sintetizadores que colocan al tema en un equilibrado punto medio respecto a todo lo que Kurt Vile ofrece en este disco. Algo parecido sucede en “Come Again”, que arranca con banjo y avanza de manera deliciosa hacia texturas propias de su ex-compañero Adam Granduciel.

Creo que todos sabíamos que 2018 no iba a ser el año en que Kurt Vile conquistase el mundo; además, tampoco es que el de Pensilvania sea muy propenso a hacer ruido. El  compositor, plenamente asentado en una madurez que le ha llegado tiempo antes de cumplir los cuarenta, siempre ha mostrado su gusto por hacerlo todo a su manera, trabajando a su ritmo en las cosas que le gustan en el estudio y la intimidad del hogar familiar. Mucho me temo que si su música no te ha convencido hasta ahora, ya nunca más lo hará. Pese a ello, esto no quiere decir que hayamos llegado a un punto de no retorno, Vile acaba de demostrarnos que aún es capaz de hacer canciones como churros, partiendo de diferentes estados de ánimo, e impregnando en cada una de ellas un personalidad inapelable. Por tanto, disfrutemos y celebrémoslo mientras podamos como a uno de los mejores autores de nuestra época.

Kurt Vile – Bottle It In

7.3

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Diez años después de su debut en solitario puede afirmarse la transformación de Kurt Vile en un ‘constant hitmaker’. En su séptimo disco de estudio el cantautor raro de Filadelfia ofrece sobradas y diferentes razones para seguir embriagándonos con su música.

Up

  • Tras un disco algo más crudo, vuelve a enfatizar el aspecto más onírico y psicodélico de sus canciones obteniendo, casi siempre, un gran resultado.
  • Ha desarrollado su capacidad de estirar las canciones, aunque a veces éstas se dirijan a ninguna parte.
  • Tus guitarras, cómo suenan tus guitarras…

Down

  • La supresión de un par de temas harían del paseo por las diferentes caras de Kurt Vile algo más dinámico.