Será la música, será la voz, será el concepto. Será su presencia arrolladora o su embriagador magnetismo, será el lugar y el momento adecuado o una férrea disciplina profesional, será la suerte que llega, la que se persigue, será el debate sociocultural, el apropiacionismo, el empoderamiento femenino, su candor o la enésima expresión del sistema haciendo de las suyas y recordándonos en la intimidad que las clases siguen luchando aunque hayan cambiado los escenarios y los campos de batalla… Serán todas estas cosas o ninguna las que han hecho que, de pronto, todos estemos casi inconscientemente rendidos al hechizo de Rosalía Vila.

La historia no es nueva. Quizá sólo es una magnificación de lo que ocurrió con “Los Ángeles”. El disco-tesis de la jovencísima estudiante de flamenco, editado junto a Raül Fernández ‘Refree’ en 2017, le ganó las alabanzas de una prensa especializada absolutamente rendida y el favor de toda una masa que espera siempre algo ‘diferente’ para empeñar todas sus joyas y seguirlo enfervorecida, pero también le abrió las puertas de la polémica, algo que, al menos en el plano nacional, ha sido fundamental para mantener su nombre bien iluminado durante todo este año y medio. Y es que el lugar en el que decidió situarse la cantante barcelonesa desde el principio de su trayectoria, estudiado hasta el mínimo detalle, puede estar tan en el foco que esté a la vista de todos (sin importar qué) y a la vez tan alto que nadie pueda tocarlo.

Un fenómeno global

No hay tanta distancia entre “Los Ángeles” y “El Mal Querer”, un disco de flamenco que emplea el lenguaje de otros estilos también cercanos a Rosalía para amplificar su voz y darle una enjundia mucho más real, mucho más personal.

La isla de Rosalía llegó por su etiqueta de flamenco a aguas internacionales, donde oídos menos exigentes con el género y menos formados en él lo recibieron con absoluta pasión, y allí dejó una semilla también fundamental para entender luego el fenómeno “Malamente”. Ha sido su reverberación global, de primeras y sin condiciones, lo que más nos ha sorprendido. ¿Quién necesita aprobación si ya se ha pasado en dos días, como quien dice, todo el juego de la industria? Mientras tanto, en España resonaba por otra cosa: apropiarse de la cultura flamenca, a la que Rosalía no pertenece, para triunfar, negándole el triunfo a otras u otros de su especie que pudieran merecerlo más… visibilizar la violencia como un mal endémico de las clases pobres, de los barrios bajos. El debate estaba abierto, sí, pero en paralelo no dejaba de correr desbocado el río de Rosalía. Sónar, portada en Pitchfork, “Brillo”, cinco nominaciones a los Grammy Latinos, sold out en el Village Underground de Londres, petarlo en Los Ángeles teloneando a Juanes, el favor de Los 40 (y por ende de la radio comercial), premios a sus vídeos, actuación en el mítico late night de Jools Holland, MTV EMA… Todos rendidos y, los que no, empeñados en debatir por qué el mundo no debería rendirse tan fácilmente.

Una prueba podría ser la paleta tan ecléctica de artistas que también escuchan sus fans en Spotify: Niño de Elche, Camarón de la Isla, Enrique Morente, María Arnal i Marcel Bagés, Silvia Pérez Cruz, Juanito Makandé, Bad Gyal, Zahara, Los Delinquentes, Estrella Morente, Nathy Peluso, Gata Cattana, El Kanka, Amaia Romero, Juancho Marqués, Dellafuente, Agorazein, Ana Guerra, C. Tangana y DePedro. Una familia que se mueve entre ‘lo que más se pega’ de la escena urbana nacional, flamenco de rigor para todos los públicos, Operación Triunfo y la típica y tópica pachanga nacional, pero que también se codea en la industria con artistas de la talla de Dua Lipa, Pharrell Williams, J Balvin o Arca, con quienes ya ha colaborado, o Charlie XCX, Troye Sivan, James Blake o Lana del Rey (entre muchísimos otros), que ya le han profesado respetos y admiración.

La Ilíada de Rosalía

Rosalía puede ser, con peligro, la prueba de que el sistema asimila la disidencia y nos la devuelve minimizada para disiparla en la normalidad, pero también el caballo de Troya que pedíamos como agua de noviembre.

Ya sea cosa de Sony o de un inexplicable síndrome de Stendhal colectivo, el mundo adora a Rosalía y la prensa está enamorada de ella. No pasa desapercibido, por ejemplo, el reciente cinco estrellas que le ha cascado The Guardian a El Mal Querer”, ni el star-treatment que le ha profesado Sony. La multi no ha escaseado en gastos de producción para el directo, ambicioso, con coristas, palmas, visuales, múltiples efectos (lanzados por Pablo Díaz-Reixa a.k.a. El Guincho, su compañero más fiel en esta nueva aventura y responsable junto a ella de la producción del disco) y un cuerpo de baile liderado por Charm La’Donna, coreógrafa de, entre otros, Kendrick Lamar; como tampoco lo ha hecho con la promoción de un disco que a primera vista no la necesitaba (¿quién no iba a hablar de “Malamente”?) y que seguramente haya sido imprescindible para el golpe sobre el tablero internacional. Hay que estar muy seguro de tener una bomba para desembolsar lo que quiera que cueste que te hagan dos vídeos los chicos de CANADA, uno Henry Scholfield (habitual de Dua Lipa) y soltar el anuncio del disco en exclusiva mundial a través de una de las pantallas presidenciales de Time Square, en Nueva York.

El envido de Sony con Rosalía lo es a toda la industria de lo que entendemos por latino. A “Despacito”, a Balvin, al reggaetón, a Morat y a todos esos que comparten cartel con ella en unos Grammy o en unos premios de Los 40 Principales. A tus padres, que te dicen que qué cosas más raras escuchas. A los dinosaurios que se enciscan en que el mundo no está preparado para entender lo diferente. Rosalía puede ser, con peligro, la prueba de que el sistema asimila la disidencia y nos la devuelve minimizada para disiparla en la normalidad, pero también el caballo de Troya que pedíamos como agua de noviembre.

Mira Rosalía”, le digo a mis amigos cuando trato de explicar que si Spiritualized, Björk, Arcade Fire o Bon Iver recibieran los oídos abiertos de la gente terminarían siendo súper estrellas. Mira Rosalía, plantándole en la cara a las listas de éxitos latinos las palmas staccatas de “Malamente”, el espacio letal de “De Aquí No Sales”, el minimalismo de “Maldición” o el vanguardismo R&B de “Bagdag”. Mírala, demostrando que se puede ser estrella brillando diferente.

“El Mal Querer”: una historia de amor tóxico en once actos

En sus entrañas, “El Mal Querer” esconde una reinvención visceral de su género, conectando lo viejo con lo nuevo y nutriendo las rosas de la experimentación electrónica, del avant pop y del nuevo R&B. Una revolución..

Pero vayamos a la música. Asumidos los dos primeros adelantos, “Malamente” y “Pienso En Tu Mirá”, como dos balas de plata que elevaban la expectación del disco a las mismas alturas en las que se aparece pletórica la imagen virginal de Rosalía en la portada de “El Mal Querer”, y al descubierto el concepto que iba a rodearlo (una historia de amor tóxico “con sus aristas” en once capítulos) es imposible no sorprenderse al descubrir que Rosalía tenía razón y no la habíamos hecho demasiado caso: no hay tanta distancia finalmente entre “Los Ángeles” y “El Mal Querer”, un disco de flamenco que emplea el lenguaje de otros estilos también cercanos a Rosalía para amplificar su voz y darle una enjundia mucho más real, mucho más personal. Con “El Mal Querer” y de la mano de El Guincho, de Ferrán Echegaray, de su hermana Pili, de Filip Custic o de C. Tangana (coautor de ocho de los once cortes), entre otros, Rosalía encuentra su eco, lo convierte en el estandarte de un producto original y único llamado a romper todo tipo de barreras y además lo hace respetando la coherencia de un concepto cerrado en torno al que crecen, robustas y de deslumbrante carmesí, las rosas del flamenco, la experimentación, el avant pop y el R&B. Morente, Camarón, Björk, Kate Bush, Beyoncé, Arca. Rosalía.

Esa historia corre por los subtítulos de las canciones, resulta ciertamente atemporal y está inspirada según la artista catalana en una novela anónima del siglo XIII, Flamenca, y según nosotros también en el Lemonadede Beyoncé… Es el relato de un empoderamiento femenino a través de la experiencia de una relación tóxica.

Fotografía: Promo

El relato de un empoderamiento femenino

“Malamente” ya hace presagiar el final y que simboliza precisamente eso: cómo la mujer, antes de entrar directamente a protagonizar la historia, es capaz de salirse de su propia conciencia para predecir el final, conectando con una suerte de sabiduría espiritual que además está representada en toda la compleja iconografía del disco, diseñada por Filip Custic de acuerdo a ideas aportadas por la hermana de Rosalía e inspirada por las cartas del Tarot.

La de Rosalía arranca con el ‘Augurio’ de “Malamente”, una canción que ya hace presagiar el final y que simboliza precisamente eso: cómo la mujer, antes de entrar directamente a protagonizar la historia, es capaz de salirse de su propia conciencia para predecir el final, conectando con una suerte de sabiduría espiritual que además está representada en toda la compleja iconografía del disco, diseñada por Filip Custic de acuerdo a ideas aportadas por la hermana de Rosalía, responsable de su imagen, e inspirada por las cartas del Tarot, en esa misma línea de brujería gitana que parece desprender todo “El Mal Querer”.

El capítulo II de la historia (“Que No Salga La Luna”) ya nos sumerge en una narrativa mucho más ficcional, abrazándose a unas alegrías por fandango con efectos de cuchillo lorquiano que celebran con el corte más clásico (si clásico es una palabra aplicable al diccionario Rosalía), una ‘Boda’ desde el punto de vista del hombre, interrumpida por la voz de Rosalía admirando unos diamantes desde una especie de ventana temporal que da idea dentro del discurso del disco de una cierta circularidad.

Pienso En Tu Mirá” sigue en los ojos de él y se retuerce de celos entre voces de ultratumba y beats de palmas robotizados para firmar el capítulo III, ese en que las cosas empiezan a torcerse. Menos mal que Rosalía no la rebajó, como reconoce que es posible que hiciera ahora, porque como está resuelta puede terminar siendo la mejor canción de “El Mal Querer”, el verdadero diamante brillando en todo su esplendor.

Con “El Mal Querer” Rosalía encuentra su eco, lo convierte en el estandarte de un producto original y único llamado a romper todo tipo de barreras y además lo hace respetando la coherencia de un concepto cerrado en torno al que crecen, robustas y de deslumbrante carmesí, las rosas del flamenco, la experimentación, el avant pop y el R&B. Morente, Camarón, Björk, Kate Bush, Beyoncé, Arca. Rosalía.

La angustia que se puede deducir de “Pienso En Tu Mirá” termina por masticarse en el capítulo IV, la ‘Disputa’. Una “De Aquí No Sales” en la que la voz de Rosalía invade el silencio del espacio para poner en su boca las amenazas de él, su rabia enfurecida representada por los rugidos de moto, los frenazos que dejan huella en el asfalto… La violencia culmina en un orgasmo de palmas agresivas que mezclan el footwork con Lola Flores y en el que ya empieza a intuirse la influencia colosal de Björk, con quien trabajó El Guincho para arrancar “Biophilia”.

Es imposible, de hecho, no imaginarse la voz cristalina y gélida de la islandesa rompiendo la tensión amarga del cuarteto de cuerda en el principio del capítulo V, el ‘Lamento’ que es Reniego, hasta que es la rotunda candidez infantil de Rosalía la que se quiebra en un quejío. Por primera vez en el discurso de “El Mal Querer” la voz femenina entra para luchar contra la masculina, que acapara el primer tercio del trabajo. Se enfrenta a las cuerdas, que reaccionan a sus modulaciones, se esconden o se escarpan… se rebela y asume el poder, en una nueva muestra de sabiduría que conecta conceptualmente con “Malamente” y, como luego entenderemos hacen todas las canciones, con el final cíclico del disco.

El florecimiento de la mujer

La historia que corre por los subtítulos de las canciones resulta ciertamente atemporal y está inspirada según la artista catalana en una novela anónima del siglo XIII, “Flamenca”, y según nosotros también en el “Lemonade” de Beyoncé… Es el relato de un empoderamiento femenino a través de la experiencia de una relación tóxica.

En el capítulo VI, que no por casualidad viene con el subtítulo de ‘Clausura’, el personaje femenino pone fin al dominio de la voz del hombre, acepta la situación e inicia un proceso de cambio, de florecimiento. Rosalía le cede la palabra a la actriz Rosy de Palma, del universo Almodóvar, en cuya nueva película aparece la cantante, y se limita a dejar un repetitivo “duele” como único acompañamiento junto a una guitarra doliente.

Y el disco adquiere otro tono, otro más y en apenas veinte minutos, con “Bagdad”, el espectacular capítulo VII, el que representa la ‘Liturgia’. Uno críptico que sitúa la acción de nuevo en una actualidad más urbana, conectando con esa Rosalía que abría una ventana cuántica en el capítulo II, al colocarse “(a) la salía del Bagdad” y parafraseando el “Cry Me A River” de Justin Timberlake, llevándose el género, R&B, en los brazos de Arca de los 2000 a la vanguardia futurista…

Y se va a quemar si sigue ahí
Las llamas van al cielo a morir
Ya no hay nadie más por ahí
No hay nadie más
Sentaíta dando palmas”

Vale la pena detenerse en cómo está diseñada la referencia, poniéndole letra a la melodía del sinte, y luego toda la canción. Narrada desde un nuevo punto de vista, una tercera persona omnisciente que de nuevo conecta con la sabiduría final, es imposible que no te rompa el corazón cómo entra la oscuridad y los coros de lamento con los ojos de los que “pasaban, la miraban, la miraban sin ver ná”, cómo se construye el coro esperanzador del “junta las palmas y las separa” homenajeando a Kate Bush o la sutil progresión de bombo del final. Dura como la vida misma, la canción parece balancearse en la ambigüedad entre la alegría de la concepción y el dolor causado por el padre, maltratador y carcelero, y simboliza el embarazo; o entre el regocijo de un amor nuevo y la culpa por haber confirmado los celos del hombre y además haberlo rubricado con un fruto de la infidelidad, un sentimiento que también puede estar simbolizado por el Bagdad, mítico club de alterne de Barcelona.

Después encaja a la perfección el último single, Di Mi Nombre”, un capítulo VIII que quizá funcionaba peor de manera aislada. Hecho según Rosalía en base a melodías de tangos de La Repompa de Málaga y también con mucho sabor a la Lole más moruna, este ‘Éxtasis’ retoma el punto de vista femenino y podría significar la verdadera canción de amor del disco, una reflexión íntima con referencias sexuales sobre la posesión y lo difícil que es entenderla de forma sana en cualquier relación, cómo el amor a veces nos ata irracionalmente a algo que no nos conviene y cómo da gusto otras ceder a esa atadura si hay verdadera confianza. La fantasía del amor, con vídeo inspirado en “La Maja Vestida” de Goya, en el Éxtasis de Santa Teresa o en Beyoncé, y en la que podríamos intuir (sin tenerlo demasiado claro, habrá que preguntárselo a ella) que el descubrimiento de un amor verdadero es una de las claves para la toma de conciencia.

Una nueva vida es posible, igual que un nuevo sonido

“Malamente” y “Pienso En Tu Mirá” son dos caballos de Troya a la industria musical, rendida a lo que ahora resulta ser un disco de flamenco fusión experimental que bebe más de James Blake, Björk, Kate Bush o Arca y que está llamado a reinventar no sólo un género, también su concepción. Lo de Rosalía en “El Mal Querer” puede ser una de las actualizaciones más viscerales del lenguaje que se recuerdan en la historia musical de nuestro país y del flamenco.

El capítulo IX retoma el crudo minimalismo que marca “El Mal Querer” para narrar, a capela y sólo abrigada por sus propios coros ligeramente deformados en crepitares eclesiales de luz, el momento del alumbramiento, el momento en que la mujer se convierte en equilibrio entre dos vidas, entre dos mundos, en forma de Nanay a la manera de “Los Ángeles”, la que es al final la marca más Rosalía de todas, la glosa inteligente, una de las cosas más flamencas que hay, eso que ha heredado como nadie de maestros como Camarón de la Isla y Enrique Morente, esa fusión salvaje de palos, géneros, estilos, lenguajes. Los primeros versos de esta ‘Concepción’ provienen de la canción tradicional de cuna “A La Puerta Del Cielo”, y los últimos pertenecen a la nana “Duérmete Chico Lindo” de Encarnación Marín ‘La Sagallo’.

Un oscuro pianillo que parece inspirado en el primer disco de James Blake y un apenas imperceptible sample de “Answers Me” de Arthur Russell introducen el capítulo X, la Maldiciónque simboliza la toma de conciencia, la ‘Cordura’ de la mujer que toma el valor de huir de su relación tóxica. “M’an dicho que no hay salía / por esta calle que voy / M’an dicho que no hay salía / Yo la tengo que encontrar / aunque me cueste la vida / o aunque tenga que matar”. La luz entra, como la cordura, en un estribillo que reinterpreta un canto por malagueñas del cantaor de principios del siglo XX Antonio de Mairena:

Yo quisiera de momento
estar loco y no sentir
porque el sentir causa penas
tantas que no tienen fin
y el loco vive sin ellas”

 

¡Ay, el querer!
Que en un momento quisiera
estar loca y no querer
porque el querer causa pena
pena que no tiene fin
y el loco vive sin ella”

Las voces colisionan en una de las canciones más experimentales de este mal querer tan breve y tan intenso (tan solo media hora), y encuentran su lugar entre los chasquidos de dedos que a modo de castañuelas insistentes tintinean para configurar el único universo rítmico. Un corte fugaz que parece samplear alguna escena de acción de un anime o los esfuerzos de Link blandiendo la espalda en el “Zelda” introduce el último tramo, una especie de harakiri emocional en el que Rosalía asesina simbólicamente su amor emponzoñado para poder despertar, cuerda o loca, a su versión empoderada.

Una mujer nueva, plena, autosuficiente y liberada

Si hay que poner una pega, peguilla, es que al disco le falta brujería, maldad, rabia y oscuridad. Que el conjuro no da todo el miedo que podría dar, que la congoja no termina de cuajar. El resto, impecable, transgresor, vibrante, revolucionario. Nadie sabe muy bien cómo ni por qué. Lo que sí sé es que Rosalía es la estrella que todos estábamos esperado.

Esa que está presente en todo el trabajo y que se presenta como una venus capaz de tocar y mirar directamente a la luz de la sabiduría en el último capítulo, el XI, el que representa el ‘Poder’. Y al que todos desembocan, pues es la Rosalía de A Ningún Hombre la que viene a dar la mano, vestida de guerrera, a la Rosalía de la ‘Boda’ para conformar el homenaje a “Las Dos Fridas” de Frida Kahlo, la que le entrega la llave de su libertad y la que le susurra al oído que es sólo cuestión de tiempo tomar conciencia de sí misma, empoderarse y levantarse como una mujer nueva, plena, autosuficiente y liberada.

A ningún hombre consiento que dicte mi sentencia… Sólo dios puede juzgarme, sólo a él debo obediencia”, clama en otro a capela desgarrador en el que el espíritu de Arca alimenta la deformación vocal, hacia lo gravísimo y hacia lo histriónicamente agudo, conjurando una especie de maldición: “Voy a tatuarme en la piel tu inicial porque es la mía pa’ acordarme para siempre de lo que me hiciste un día”. “Yo era tuya, compañero, hasta que fuiste carcelero”. Los dos mundos entre los que bascula irreverente el amor, el engaño de una necesidad o la plenitud del alma y el espíritu. El ying, el yang enfrentados en una tensión entrópica que es en definitiva el motor de las vísceras del mundo.

Si hay que poner una pega, peguilla, es que al disco le falta brujería, maldad, rabia y oscuridad. Que el conjuro no da todo el miedo que podría dar, que la congoja no termina de cuajar. El resto, impecable, transgresor, vibrante, revolucionario.

Nadie sabe muy bien cómo ni por qué. Lo que sí sé es que Rosalía es la estrella que todos estábamos esperado.

Rosalía – El Mal Querer

9.0

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Rosalía no se mueve del flamenco en “El Mal Querer”, un caballo de Troya que se ha colado (gracias a la inversión millonaria de Sony y al impacto internacional de dos sencillos redondos como “Malamente” y “Pienso En Tú Mirá”) en los oídos atentos de prácticamente todo el planeta y que en sus entrañas esconde una reinvención visceral de su género, conectando lo viejo con lo nuevo y nutriendo las rosas de la experimentación electrónica, del avant pop y del nuevo R&B. Una revolución.

Up

  • Rosalía no es la primera en hacer flamenco con autotune (ahí está, por ejemplo, Dellafuente), pero sí es la primera en hacer lo que Frank Ocean y dotarle de un valor completamente emocional, desdoblando su voz para escupir maldiciones, llorar lamentos, celebrar alegrías y encapsular la violencia.
  • El tratamiento del espacio y de las voces, cómo está conseguida la sensación de amplitud y cómo contrasta con la intimidad de estas, como los mínimos elementos van encontrando su lugar.
  • Un concepto narrativo cerrado que ha hecho que canciones como “Haute Couture” no tengan cabida (Sony ya ha confirmado que Rosalía tiene ya un nuevo disco entre manos) y que viene apoyado por una cuidada iconografía visual a cargo de Filip Custic (en su Instagram tienes varias explicaciones sobre los múltiples símbolos, y en la página web de Rosalía todas las cartas de su baraja de Tarot) y un relato audiovisual cargado de referencias que encuentran la conexión entre viejos y nuevos mitos en un discurso radicalmente intemporal.
  • “Malamente” y “Pienso En Tu Mirá” son dos caballos de Troya a la industria musical, rendida a lo que ahora resulta ser un disco de flamenco fusión experimental que bebe más de James Blake, Björk, Kate Bush o Arca y que está llamado a reinventar no sólo un género, también su concepción. Lo de Rosalía en “El Mal Querer” puede ser una de las actualizaciones más viscerales del lenguaje que se recuerdan en la historia musical de nuestro país y del flamenco.
  • “Pienso En Tu Mirá” y el acierto en llevarse al pop urbano una bulería por soleá; cómo “Bagdad” trasciende el R&B de los 2000 y se lleva una melodía de Justin Timberlake a la vanguardia del nuevo R&B desde los cánones del flamenco; el minimalismo maximalista de las palmas electrónicas de “Malamente”; las palmas electrónicas; los beats a base de rugidos de motos, frenazos, ambulancias y accidentes para representar la violencia de “De Aquí No Sales”; el espacio siempre bien entendido, desde el lamento de “Reniego” al eco doliente de “Maldición”; la experimentación vocal, que alcanza su máximo esplendor en “A Ningún Hombre”.

Down

  • Que, después de tanta expectación, el disco se queda algo corto, apenas treinta minutos de duración.
  • Falta algo de brujería, de maldad, de oscuridad y maldición en un disco que es violento por naturaleza, rupturista y desgarrador.