Un corte dance que suena como si estuviera grabado en 2018” sólo es una de las infinitas genialidades que pueblan “Pyramids”. Ahora que estamos en 2018 ya no suena como si estuviera grabado ayer mismo, pero porque se ha rendido ante una maldición egipcia, condenado a sonar para toda la eternidad como si se hubiera grabado cuatro o cinco años por delante. Intemporal o atemporal, como quieras llamarlo, “Pyramids” cruza con inteligencia supina tantas cosas buenas que sigue haciendo daño a la piel cada vez que suena, cada vez que despliega el río de la vida de sus casi diez minutos de inconmensurable duración. Obra maestra es poco.

Era 2011 y Frank Ocean había dejado ya apartado Odd Future, sacado “Nostalgia, Ultra” y sentado todos los cánones de su estilo, R&B de vanguardia capaz de fundir géneros en aleaciones preciosas y espoleado por una lírica imaginativa, vibrante, aguda, precisa y eficaz, gracias a “Thinkin Bout You” (2012). Inteligente, muy inteligente. Capaz de ver un par de pasos más allá, Ocean amenazaba con marcar el género para siempre.

En 2012 Frank Ocean sentó todos los cánones de su estilo: R&B de vanguardia capaz de fundir géneros en aleaciones preciosas y espoleado por una lírica imaginativa, vibrante, aguda, precisa y eficaz. Inteligente, muy inteligente. Capaz de ver un par de pasos más allá, Ocean amenazaba con marcar el género para siempre.

Tuvo que pasar más o menos un año para que la amenaza se convirtiera en realidad. Y “Pyramids” tiene la culpa. No sólo porque fue el single con el que se anunció oficialmente la salida de “channel ORANGE”, a la postre el histórico debut de Frank Ocean, sino por cómo es “Pyramids” en sí misma. Leerás que es comparable a “Purple Rain”, que es tan despiadada en su manera de componer géneros como “Paranoid Android” de Radiohead y que esconde el misterioso rigor prismático de “Amnesiac”, que entre sus susurros están Sade o Erykah Badu, que Michael Jackson o The Dream entre sus histrionías… leerás que comparan su narrativa con “The Hurricane” de Bob Dylan y que su croon no tiene nada que envidiarle al de Frank Sinatra, que hasta Tangerine Dream o Pink Floyd le dan alas psicodélicas.

Da igual lo que leas, esto mismo. Da lo mismo. “Pyramids” es con poca discusión la canción de R&B, si así se puede clasificar, más ambiciosa de los últimos diez años. Un viaje que arranca con una instrumental de cápsula del tiempo, abriendo las puertas de una fantasía milenaria ambientada en el antiguo Egipto con esos sintetizadores enterrados, y que desde entonces cuenta con precisión clínica y vívido grafismo una historia que se va revelando al oyente frase a frase, ritmo a ritmo, cambio a cambio, paso a paso y a la vez todas las demás.

Ocean asume el papel del esposo de Cleopatra, Octaviano, con sus ejércitos apostados frente a las puertas de Alejandría, y en pleno in media res sitúa la acción: han raptado a Cleopatra. Soltad a las fieras, corred tras ella, invita, y entonces entra el bajo para poner movimiento. “El trono de nuestra reina está vacío”.

Fotografía: Archivo
Fotografía: Archivo

La canción de R&B, si así se puede clasificar, más ambiciosa de los últimos diez años

La cacería está representada en el primer corte radical, la entrada de ese break dance con sabor a EDM, y es entonces cuando el suelo del templo, con sus amplios salones, parece convertirse en una pista de baile gigante. Y el tiempo se desdibuja, y ese groove corpulento del que Prince estaría orgulloso espolea los movimientos de las momias y demás seres de corte egipcia, logrando una febril imagen lúbrica. Todo contribuye a representar los celos de Octaviano, la arrogancia de Cleopatra y su aura irresistible, y además mientras la acción se traslada, no olvidemos, a África, a los dominios de una “reina negra” con “piel de bronce y cabello de cachemira”. Esa reina que, luego, en otro giro lírico, acaba “yaciendo con Sansón y su enorme cabellera”, otra metáfora perfectamente ligada de los celos y la traición sentimental, ya que quien verdaderamente yacía con Sansón era Dalila, la filistea que le engañó para matarle.

La primera parte de la historia acaba con Cleopatra muerta, “sin más áspides en su habitación”, y tras ello el viaje toma un curso mucho más relajado del Nilo. La bruma se apacigua y se torna psicodelia, y el barco arriba con pereza a la mañana, arañando sutil la barrera entre el sueño y la vigilia, igual que arañan los rayos del sol la habitación “a través de las persianas del motel”.

Ella se levanta, se pone las medias, se pinta los labios… “por ahora la llamaremos Cleopatra”. “Se dirige a la pirámide”… Y es entonces cuando llegan los mejores cinco segundos de la canción (del 5:20 al 5:25), cuando la narrativa se da la vuelta radicalmente y se pone patas arriba, y entiendes quién es Cleopatra y a dónde va. “Trabaja en la Pirámide esta noche”. Se la llevan los beats de 808, el trap y los hi-hats, los celos y las tragedias.

Leerás que “Pyramids” es comparable a “Purple Rain”, que es tan despiadada en su manera de componer géneros como “Paranoid Android” de Radiohead y que esconde el misterioso rigor prismático de “Amnesiac”, que entre sus susurros están Sade o Erykah Badu, que Michael Jackson o The Dream entre sus histrionías… leerás que comparan su narrativa con “The Hurricane” de Bob Dylan y que su croon no tiene nada que envidiarle al de Frank Sinatra, que hasta Tangerine Dream o Pink Floyd le dan alas psicodélicas.

Cleopatra trabaja en un strip club, en una esquina o simplemente está a punto de hacerle una mamada a su chulo, el narrador en este punto de la historia, y lo que podían ser celos y posesión antes se transforma en una obvia negación de la libertad sexual que por otro lado frena esos celos y esas ansiedades. “Tengo a tu chica currando para mí, hace la calle para pagarme las facturas”. Todas las putas son del chulo, pero a la vez ninguna lo es porque para ser del chulo tienen que ser al mismo tiempo de cualquiera. En esa paradoja se maneja todo el rato “Pyramids”, una de las canciones más complejas y completas sobre la prostitución jamás escritas.

Para poner la guinda se permite un microencuentro íntimo y sentimental con ella desde otro nuevo doble punto de vista, el de una ex-pareja (“aparecías después de trabajar y yo te bañaba, te tocaba en lugares que solo yo conocía… estás húmeda y caliente como nuestra bañera”) que puede confundirse con un cliente, volviendo a enfrentar los dos lados de la pareja casi con violencia, de forma imperceptible pero diametralmente opuesta: “La forma en que dices mi nombre me hace sentir que soy tu hombre aunque siga sin trabajo… dices que es grande pero te la metes igual”.

El último minuto y medio es el corolario de esta febril fantasía, con un solo de guitarra psicodélico e introspectivo aportado por John Maus, y el resumen es que sólo Prince está al nivel de esta masterpiece inclasificable que deja a Isaac Hayes, a D’Angelo o a Outkast con la boca, literalmente, abierta. La demostración de que Frank Ocean está, lírica y espiritualmente, por encima del mundo en el que vive. La historia ya le pertenece por derecho.