Nacho Vegas por él mismo. Nacho Vegas –pasado, presente y futuro– frente a un espejo. Sus rasgos dibujan un semblante lánguido. Al igual que sus canciones, todo en él transmite una ternura difícil de clasificar. Sus ojos rememoran en apenas un segundo una vida de altibajos emocionales y artísticos. No sé si cantautor, poeta o epígono crepuscular, Vegas lleva hablando de tristezas, bien cotidianas o terribles, toda la vida. Eso sí, siempre a través de canciones de corte popular que en ningún momento parecen haber perdido su fuerza y su capacidad para emocionar. Y la emoción tiene mucho que ver con la empatía, tal y como él mismo reconoce en esta entrevista, razón de más por la que siempre su público se ha sentido tan conectado a sus versos, en un sentimiento catártico que se extiende más allá de los discos y los libros publicados.

Su incursión vanguardista con Manta Ray dio paso a las tormentas existenciales de su primera etapa en solitario. Años más tarde, forjó una alianza de compromiso con los movimientos sociales. Ahora, con “Violética” (Marxophone, 2018), Vegas se asume a sí mismo y a las causas que le han definido, así como a sus peores vicios. Sus creaciones son como una carrera de fondo en la que, según él mismo canta en “Todo o Nada”: “Juro que no haré ni un esfuerzo más… y sin embargo, se mueve”.

Después de llevar más de veinte años componiendo canciones, su camino retorna a su propio imaginario, plagado de noches árticas, crímenes cantados y miedo al zumbido de los mosquitos. Una calurosa mañana en pleno centro de Madrid nos recibe con su característica timidez y cordialidad. Con amor y absurdidad. Citados en una conocida librería, Vegas atendió nuestras preguntas sobre su nuevo trabajo, así como las ideas que impregnan este manifiesto vital, existencial y político, pues como él admite, las relaciones que debemos tejer necesitan ser políticas y duraderas en el tiempo. Nacho Vegas por él mismo. Nacho Vegas –pasado, presente y futuro– frente a un espejo. Ese reflejo en el cristal resulta ser “Violética”, una antología de su propia obra que cobra vida y que ya no más peca de una sed mortal ni pide perdón “por existir”.

A estas alturas de tu carrera y con más de quince álbumes a tus espaldas, tu obra parece que ha ido atravesando diferentes generaciones, desde los que te escucharon en los 90 con Manta Ray hasta tus discos en solitario en los 2000, con los que te descubrió un público más joven. ¿Cómo valoras tu carrera hasta este punto?

La percepción que tengo de cómo me está recibiendo el público puede ser errónea, porque a veces te fías demasiado de las redes sociales. Todo lo que venga de ahí tienes que mirarlo con unas distancias siderales, pero bueno… Sí, por el contacto con el público en las giras he ido viendo que parte del público que antes me seguía y que era de mi edad ha ido desapareciendo. Por el contrario, me he ido encontrando con gente más joven en los conciertos, y en ocasiones con gente muy joven. A mí me hace ilusión que se sume, prefiero eso a que se mantenga la gente que me seguía hace quince años. La percepción, en todo caso, es positiva.

Veo mucha relación en lo que respecta al contenido de “Violética” con “Cajas de Música Difíciles de Parar” (Limbo Starr, 2003). ¿Hay una intención de antología en ambos discos?

Sí, la intención es parecida, lo que pasa es que eran momentos muy diferentes. En “Cajas de Música…” había canciones que podían haber formado parte de “Actos Inexplicables”, en el que sí hice una criba. Nos metimos de una manera un poco insensata en el estudio, todos éramos muy amateurs salvo Manu (el batería), pero aun así era un chico muy joven. Creo que grabamos treinta y pico canciones en menos de dos semanas. El disco es bastante caótico en ese sentido. Hubo colaboraciones que trajeron mucho caos al estudio, como la de Jota de Los Planetas. También, por el abultado número de canciones, las cuales formaron parte de EPs tiempo después. Aunque “Violética” es más corto, siento que ahora me puedo permitir hacer las cosas mejor, con muchos más medios y preparación. Además, con una banda que son grandes músicos y no sólo eso, sino grandes autores, como Abraham Boba. Tenía el referente de “Cajas de Música…”, sólo que quería hacerlo de una forma más ordenada y no tan caótica. Hacer el disco de una manera más consciente. Digamos que “Cajas de Música…” era mucho más inconsciente, pasaba por un momento en el que escribía muchas canciones y quería que todas entraran en el disco. Se puede decir que era muy poco crítico con ellas. Hoy en día, algunas las sigo tocando en directo, pero hay otras en las que metería bastante la tijera. Creo que hay muchas cosas que sobran en ese disco.

Para que un colectivo no se convierta en turba tiene que organizarse, y organizarse pasa porque haya una ética de los cuidados y ser conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros.

El miedo es nuestra emoción más universal”, cantas en “Todos contra el cielo”. ¿De dónde proviene ese miedo y cómo actúa sobre nosotros?

El miedo es por un lado natural. Todos llevamos un gen que nos hace tener miedo. Por otro, es una construcción social. Hace poco leí que todas las fobias que tenemos de pequeños, como a los insectos o a los animales, tienen que ver con lo que vemos en nuestros padres y en los referentes que tenemos en los adultos. A un niño pequeño le pones una tarántula o una serpiente y va a jugar con ella tan tranquilamente como si fuera un juguete. No sé si pasa así con todo el mundo, si es algo cultural o natural o una mezcla de ambas cosas, pero sé que es algo que existe y a lo que debemos enfrentarnos en nuestras vidas.

El poder sabe que el miedo es un arma muy importante y lo utiliza constantemente para intentar reprimir cuestionamientos del ‘status quo’. De hecho, el miedo muchas veces se convierte en terror, y es cuando se dan las situaciones más trágicas o cuando los estados dan su cara más siniestra. Pero ese miedo es el que nos tiene que hacer crear un efecto contrario del que ellos quieren, el que nos puede empoderar. El lema del 15-M estaba claro: el miedo va a cambiar de bando. Y debemos saber utilizar ese miedo que tratan de inculcarnos como una herramienta para empoderarnos y luchar. Mis canciones, las cuales muchas veces hablan de cosas nada amables o sentimientos dolorosos, son así porque necesito escribirlas para constatar que existen estas cosas y, de alguna manera, poder luchar contra ellas.

Solidaridad, amor y revolución son los tres ejes sobre los que pivota el álbum. ¿Organizarse, como decía una corriente filosófica, siempre pasa por la necesidad de quererse?

Sí, sin duda, porque si no la organización se convierte en una turba humana. En “A ver la ballena” parto del interés que me provoca el comportamiento de la gente cuando está junta, en masa y desorganizada. Es ahí cuando salen sus instintos más violentos y lo peor de sí mismos. Para que un colectivo no se convierta en turba tiene que organizarse, y organizarse pasa porque haya una ética de los cuidados y ser conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros, que cuidarnos y dejarnos cuidar es algo importante.

Durante las décadas de los 90 y los 2000 se impuso la ética del individualismo. Nos inculcaron la idea de que podíamos ser personas autosuficientes y que cuanto menos ataduras tuviésemos, más libres seríamos. Sin embargo, yo creo que las ataduras son las que te hacen ser quien eres y el motor de muchas cosas de la vida. Todo lo que has mencionado (solidaridad, amor y revolución) requiere un compromiso, es decir, una atadura, realmente necesaria para encontrar un motivo por el que vivir y trabajar. Para mí hacer canciones y dedicarme a esto requiere mucho compromiso. En primer lugar, porque soy consciente de que necesito a gente para sacar este trabajo adelante. No soy sólo yo, aunque en mis discos aparezca sólo mi nombre en la portada. Hay mucha gente que trabaja conmigo y también se muestran solidarios. Nos cuidamos entre todos. Una de las cosas más importantes en este trabajo es la parte afectiva. Es imprescindible que nos tratemos con cariño.

Lo que vivimos dentro de las lógicas capitalistas es tan sólo un reflejo de menor intensidad de lo que como seres humanos podríamos vivir.

En una entrevista, aseguraste que el amor romántico es un fraude y que está plagado de cierta hostilidad. ¿Crees que es posible en el momento en que vivimos tejer relaciones duraderas verdaderamente políticas?

No lo sé. Todas las cosas importantes de la vida son cosas que, en sí mismas, también tienen vida. El amor es algo lleno de vida y precisamente por eso puede llegar el día en que muera. Y las canciones son seres vivos; las canciones a veces perviven y duran mucho tiempo, pero también mueren. Y no sé, somos seres muy parecidos si nos vemos desde cierta distancia, pero muy complejos y diferentes si nos vemos de cerca. Esa diferencia es la que decide si es posible una relación duradera desde el punto de vista político. Al final estamos llenos de contradicciones y somos permeables a todo lo que pasa a nuestro alrededor. Por eso, las canciones de cada disco son diferentes, porque no sólo estoy hablando de mi, sino que mi vida también es el mundo en el que vivo y la gente que me rodea. No sólo las cosas que me pasan o me obsesionan, que tienen que ver con factores que se escapan a mis propias decisiones… Por todo ello, no sé responderte a la pregunta.

Fotografía: Laura del Castillo
Fotografía: Laura del Castillo
Fotografía: Laura del Castillo
También me recuerda mucho al verso de “Ideología”: “Dime si esto es amor, mi amor / o es un reflejo de lo que podríamos sentir”. ¿Consideras que esto puede ser extensible a todos los momentos de la vida?

Lo que vivimos dentro de las lógicas capitalistas es tan sólo un reflejo de menor intensidad de lo que estamos capacitados como seres humanos para vivir. Estamos en una época en la que los mantras culturales que se desprenden de todo este sistema hegemónico neoliberal son el individualismo y el consumismo, y el consumismo no sólo en el sentido de que compremos muchas cosas, sino que parece que quieren que nos definamos por aquello que consumismos. Aún más cuando hablamos de música, que parece que sólo se consume y no se escucha. En realidad, debería ser algo que cohesionara a la gente, que la conectara. Al final, las canciones tienen que ver con la empatía y no con la distinción, que es lo que manda en el consumismo. Si algo te gusta a ti, parece como que tienes que sentirte especial por ello. Por eso, depara en un sentimiento elitista entre la gente que consume un mismo tipo de música, cuando en realidad es el ejemplo de alienación máximo. Algo que pasa por ser electivo, como es comprar un libro o un disco, en realidad es algo cuya opción está mucho más dirigida de lo que creemos. Escapar de esas normas tiene que pasar por un proceso de conciencia, de los anclajes del mundo en el que vivimos y de cómo nos influyen estos paradigmas culturales. Debemos intentar escapar de ellos marcando nuestras líneas rojas o intentando crear otro tipo de comunidades que no sólo se basen en el consumo.

El centro de las ciudades de España es un entorno muy mercantilizado. En cada una de ellas hay una o varias calles que podrían llamarse Inditex porque todo es de esa empresa.

También dices en “Ideología”: “Vivir aislado embadurnado en tinta roja y carbón / a salvo de la vida en un rincón”. ¿Crees que los núcleos urbanos son lugares en los que esta ideología consumista se presenta con más fuerza? ¿Crees en un éxodo geográfico al campo?

La frase habla de todo lo contrario de lo que sería deseable: no huir y encerrarte en un lugar recóndito, sino ir a un sitio en el que las relaciones que se establezcan sean más sanas. Es una frase un poco distópica. Yo vivo en Xixón y a cinco minutos de casa ya tengo zonas rurales. El centro de las ciudades es un entorno excesivamente mercantilizado, plagado de franquicias. En cada una de ellas hay una calle que podría llamarse Inditex porque todo es de esa empresa, y hasta que no vas a un barrio no empiezas a ver tiendas. De momento, sólo el centro, pero seguramente acaben también en los barrios periféricos poco a poco, hasta abarcar todas las ciudades. Entonces, los entornos rurales serán lo único que nos quede. Los tratados de libre comercio están afectando directamente a la soberanía económica de esas zonas y están provocando que el éxodo, que ya se produjo hace unas décadas, ahora sea ya imparable. Y cada vez es más difícil repoblar las zonas rurales.

El disco lo ensayamos en Mozota, donde vive Edu, el guitarrista, que también toca en León Benavente. Es un pueblo a pocos kilómetros de Zaragoza muy pequeñito, una especie de oasis. Pasamos mucho tiempo ahí en su casa, grabando en su estudio. Entre la gente del pueblo hay un grupo de gente joven de veintitantos que están intentando darle otra vida al pueblo. Edu está intentando convencer a todos sus amigos de Zaragoza para que se vayan a vivir allí y crear un entorno diferente que salga de los vicios de las ciudades, los cuales te pueden corroer por dentro. Evidentemente, es muy diferente vivir en Xixón que en una gran ciudad como Madrid. Por eso lo prefiero, porque aunque sigan siendo muy parecidas (hay una calle en Xixón que es muy parecida a la calle Preciados pero en miniatura), es más fácil huir y ver otros mundos.

Entonces, ¿crees que un lugar para crear lazos de comunidad y relaciones políticas sería uno en el que estemos más rodeados de esas nociones, como por ejemplo, de naturaleza? ¿O también crees que se pueden dar en un sitio tan plagado de ideología como la Puerta del Sol de Madrid?

No, también se pueden dar en las ciudades, o eso es en lo que confío. Una de las cosas que celebro de la nueva política es el municipalismo de verdad, aunque algunas de las iniciativas municipalistas hayan acabado “como el rosario de la aurora”. Hay una cosa que siempre me gustó de Madrid, y es que yo tengo muchísimos amigos de allí que no viven en la ciudad. En el pasado, mucha gente de mi generación se marchó a vivir allí. En Asturias, con la reconversión industrial, se distribuyó muchísimo tejido laboral, social y cultural a Madrid. Me di cuenta de que tuvieron que buscar sus propias comunidades porque estaban desarraigados, de tal forma que se fueron creando entornos muy chulos que creo que al final explotaron en el 15-M cuando confluyeron diferentes espacios, como por ejemplo Juventud Sin Futuro, el Patio Maravillas… Creo en el municipalismo como un foco de resistencia contra todo este consumismo tan presente en las grandes urbes. Sin embargo, no sé si soy muy optimista al respecto. Las cosas no parecen ir por ese camino.

Debería encontrarse una alternativa, al final te enfrentas a maquinarias muy poderosas. Parece que todavía nos quedan años muy duros, lo único en lo que confío es que pueda haber una alternativa. Como decía Isidro López, un sociólogo que escribe artículos muy interesantes y que es diputado por Podemos en la Asamblea de Madrid: “El capitalismo tiene ciclos que son como burbujas; pero al final, como juega y especula con recursos finitos, en algún momento tiene que colapsar”. No sé si será ahora o dentro de 300 años. No será tan rápido, como decía también Santiago Alba Rico: “El fin del capitalismo no será como la toma de la Bastilla, sino más parecido a la caída del Imperio Romano”. Llevará varios siglos. Probablemente no lo veamos. Me considero optimista, pero a largo plazo.

En “Ideología” se desprende cierto pesimismo. Como en la frase “tenemos una vida y hoy es el terror”. ¿Somos nuestro propio Gran Hermano en el que todos y cada uno de nosotros somos vigilantes y a la vez vigilados, nuestro propio opresor y oprimido?

Esa frase forma parte de dos versos.“La ideología de los vencedores / la conciencia es para el perdedor”. No quiere decir exactamente eso; de hecho, tuve un problema con ese verso porque una de mis compañeras del Coro Altu La Lleva, una militante del PCE, me decía que no lo entendía, que le costaba mucho cantarlo porque para ella era como claudicar. La ideología le parece algo muy importante, a mí también, lo que pasa es que en esa canción me refiero a la ideología dominante, a la hegemónica. Al final, como hablábamos antes, cuidarnos los unos a los otros es esencial, porque cuando adquieres un compromiso político tienes que ser consciente de que vas a tener un montón de dilemas y contradicciones que sacarán la peor parte de ti mismo. Te vas a tener que enfrentar a tus propios demonios y vas a necesitar que alguien te dé una buena colleja cuando lo necesites. Es algo con lo que tenemos que lidiar, porque es imposible hacerlo solos. Esto tiene que ver con lo mucho que nos necesitamos, pero sí, es verdad que dentro de cada uno de nosotros habita un enemigo.

Fotografía: Pablo Zamora
Fotografía: Pablo Zamora
Fotografía: Pablo Zamora
En “Desborde” haces un llamamiento a “un nuevo orden acuático social” en el que a la “gente le salen branquias”. ¿De algún modo intentas decir que el cambio tiene que ser algo más profundo? ¿Quizás una transformación humana y social?

Yo creo que hubo una vocación transformadora después del 15-M, cuando se empezó a hablar de una nueva política. En los años anteriores, quedó demostrado que el reformismo no sirve para nada, sólo es una especie de bálsamo. Mientras crecía el capitalismo especulativo y las desigualdades, no valió que el PSOE viniese con sus cuatro medidas de golpes de efecto a decir “somos la izquierda”. Se requieren transformaciones muy radicales. Hoy en día, todas las fuerzas políticas que nacieron en ese momento están claudicando y matizando sus palabras. La única vía es la rupturista, es la única que puede conseguir cambios realmente sustanciales. Si no mantienes la vocación transformadora, acabas formando parte de aquello que antes odiabas.

Estoy un poco decepcionado con las redes sociales. Como decía Rendueles en “Sociofobia”, nos hacen creer que estamos haciendo las cosas juntos, cuando en realidad solo las estamos haciendo a la vez. Hay que buscar nuevos instrumentos.

En una entrevista reciente dijiste que te afiliaste a los anticapistalistas de Miguel Urbán porque sabíais que no ibais a ganar. Parece que vivimos en un mundo en el que el proceso lógico concluye en triunfar y ganar en todos los aspectos de la vida. ¿Debemos encontrar orgullo en la derrota y salir de esta mecánica?

Mi frase exacta fue algo así como que me presenté sabiendo que yo no iba a salir. También sabíamos que no iba a ser la lista más votada. Tan sólo quise que tuvieran el mayor número de votos posible. Es cierto que muchas veces cuando formas parte del bando perdedor al final aprendes muchas cosas, quizás más que del bando ganador. En este último ves las cosas desde arriba y te olvidas de lo que hay abajo. Es como lo que pasa con el fútbol, cuando eres de un equipo pequeño y estás acostumbrado a perder… Eso en un equipo grande no pasa, todo el mundo acaba enfadándose. Al final de la derrota se aprende mucho. En la derrota se crean muchos lazos de solidaridad necesarios para establecer relaciones más sanas.

¿Crees que las redes sociales se pueden contemplar como un espacio de encuentro y organización, como podían verse en un inicio, para derrocar a esa ideología dominante, o ya hace mucho tiempo que dejaron de tener esa función y se han pervertido?

Hubo un tiempo en el que tuvieron gran importancia como meras herramientas. En ningún momento se pensó que las redes sociales fueran por sí mismas transformadoras. Todavía hay gente que cree en que la revolución tiene que pasar por Internet, cosa que ahora me parece una absurda astracanada. Pero es verdad, Twitter en un primer momento parecía que ayudaba a difundir ciertas movilizaciones. Pero con el tiempo ha ido convirtiéndose en un lugar más hostil en el que cada vez es más difícil entrar… Todo por no encontrarte con gente que se insulta de la peor forma posible. En ese sentido, estoy un poco decepcionado con ellas, pero esto ya lo denunciaba César Rendueles, en su libro “Sociofobia”: “Las redes sociales nos hacen creer que estamos haciendo las cosas juntos, cuando en realidad las estamos haciendo a la vez”. Al final, para lograr entablar luchas colectivas necesitamos seguir viéndonos las caras. Las redes sociales son una herramienta, pero si no sirven tampoco pasa nada, hay que buscar nuevos instrumentos.

El motivo que más me ha hecho llorar en los últimos años, más que el dolor o la aflicción, es la rabia. El hecho de tener que contemplar situaciones de impotencia en medio de un movimiento colectivo.

Tu voz parece estar siempre al borde del llanto… ¿Por qué sueles llorar?

[Parece decir algo, pero al final enmudece] [De nuevo, intenta arrancar pero no puede].

Bueno, ya se sabe, la popular frase de: “Pregúntate por qué nunca viste a tu padre llorar”…

Sí, esta educación inculcada sobre cierta masculinidad malentendida. No estoy de acuerdo con esa frase, seguramente los hombres que lloraban lo hacían en soledad. Hay diferentes motivos por los que llorar, pero el que más me ha hecho llorar en los últimos años, más que el dolor o la aflicción, es la rabia. El hecho de tener que contemplar situaciones de impotencia en medio de un movimiento colectivo. Hace poco, por ejemplo… Bueno, en realidad no sé si lloré, pero sí un compañero con el que estaba. Fue hace unos pocos meses. Estaba con la PAH de Asturias y fuimos a intentar parar un desahucio de LiberBank, la antigua Caja de Ahorros de Asturias… La verdad es que están poniéndose muy duros con los desahucios. Había un matrimonio muy mayor que por culpa de un hijo al que dieron un aval les había llegado una orden de desalojo. Vivían en una vivienda que estaba tasada en 49.000 euros y el banco les pedía 90.000. Una pareja que apenas cobraba 400 euros de pensión. Él había trabajado toda la vida poniendo suelos, tenía las rodillas destrozadas. Un caso infame. Y fue la PAH asturiana a negociar y nos metimos en la sucursal. Nos encerramos y nos quedamos ahí hasta que alguien se dignara a venir a negociar con nosotros. Y vi a Miguel, que es uno de los cabecillas de la organización. Ya le había visto en algunas luchas llorar de alegría, en algún desahucio cancelado o en fiestas solidarias… Pero en ese momento le vi llorar de rabia. Al final, no lo conseguimos. Miguel tuvo que darle la noticia al hombre. Le dieron dos semanas más para pagar. Fue en ese momento cuando vi a Miguel llorar. De pura rabia. No recuerdo exactamente si yo lloré, seguramente sí. Pero sin duda alguna, los llantos de rabia pueden ser más dolorosos incluso que los de dolor o aflicción.

*Entrevista en colaboración con Laura del Castillo