Aporta o aparta. Esa debe haber sido la acertada premisa de la artista británica Anna Calvi en su nuevo trabajo, “Hunter” (2018), un álbum de confluencias musicales de diversa índole. No caeremos en la tentación de comparar al sucesor de “One Breath” (2013) con una montaña rusa de emociones, porque en realidad es capaz de sostener la misma sensación de liberación a lo largo de sus diez canciones. Ya lo vino advirtiendo con la presentación de su manifiesto, en el que remitía a una imagen andrógina del ser humano. Buscando un punto medio entre los extremos de lo femenino y masculino, Calvi añora “explorar una sexualidad más subversiva, que va más allá de lo que se espera de una mujer en nuestra sociedad heteronormativa patriarcal” y consigue llegar a ese equilibrio donde confluyen tabú y normalidad.

Balanceo de sensaciones radicales

Anna Calvi se ha atrevido a retomar ese espíritu de los años setenta, cuando las mujeres demostraron que sin lucha no hay victoria… ni chicas sobre los escenarios.

El interés de la artista por potenciar su talento más allá de su música, en cuanto a personalidad y estilo se refiere, le ha servido para colocarse como como uno de los principales referentes femeninos en el panorama musical actual.

Las comparaciones son obvias, pero no las hay si hablamos de la actualidad. Es de las pocas que se ha atrevido a retomar ese espíritu de los años setenta, época de libertad entre comillas, cuando las mujeres demostraron que sin lucha no hay victoria… ni chicas sobre los escenarios.

Fotografía: Maisie Cousins

El contoneo del placer y la caza

Aporta o aparta. Esa debe haber sido la acertada premisa de la británica para con su nuevo álbum de estudio, capaz de sostener la misma sensación de liberación a lo largo de sus diez canciones.

Con un ritmo en continua repetición durante todo el tema, “As a Man” comienza con una línea de guitarra a la que se van sumando bruscas baterías que en un principio se muestran algo caóticas. Sobre ellas suena la voz de Calvi dibujando diversas tonalidades que dan cuenta de lo que ocurrirá a lo largo de los diversos cortes del álbum. Ya desde el arranque la de Twickenham esparce sus convicciones feministas sobre cada una de sus frases, que llegan hasta la segunda canción, la homónima “Hunter”, en la que suenan constantes exhalaciones sobre las que pesa cierto carácter sexual. El videoclip ya pone en evidencia todo lo demás. Su sonido, incrustándose distorsiones a lo largo del metraje, se mantiene celestial como metáfora del orgasmo.

En “Don’t Beat the Girl out of My Boy” la artista británica juega a todos los niveles: con su significado, con su voz y con su instrumentación. Sobre lo primero, sobran las palabras, puesto que su intención es clara hasta la extenuación. En segundo lugar, su calidad vocal se mueve entre diversos tonos musicales claramente diferenciados, con coros de destacada inocencia y un grito final más rabioso que la línea conjunta de la canción. Por último, una guitarra más relajada y una batería acompasada –y, por ello, justificada– con el resto de elementos que conforman la pieza terminan por darle un toque de cuidado.

De las caricias a los puñetazos

Buscando un punto medio entre los extremos de lo femenino y masculino, Calvi añora “explorar una sexualidad más subversiva, que va más allá de lo que se espera de una mujer en nuestra sociedad heteronormativa patriarcal” y consigue llegar a ese equilibrio donde confluyen tabú y normalidad.

Las impresiones de ingenuidad se vuelven lascivas en la continuación de este tercer tema. Es sonar “Indies or Paradise” y caer, de repente, la noche. El canto de los pájaros inicial sitúa al oyente en una sabana calurosa, donde se ve encarnado en un animal siguiendo a su presa. Cantando a susurros, Calvi se contonea a paso firme sobre su presa, tomándose su tiempo y decidiendo dónde silencia su guitarra, en el estribillo, para elevar su voz unos tonos por encima durante el resto del cortejo. Esta es, quizás, la canción que mejor se acoge a su manifiesto de lo natural y lo primitivo. Hacia el final también incluye un gran solo de guitarra, distorsionada, sin retoques ni intenciones minimalistas. A esta cólera de temperamento y entusiasmo le sigue “Swimming Pool”, de relativa calma y con curiosas similitudes, salvando las distancias, con Lana Del Rey en canciones como “Blue Jeans” o “Young and Beautiful”.

Dado ese carácter angelical, casi termal, “Alpha” propone un contraste macabro. La artista vuelve rábida, poderosa, la líder de la manada. Su voz se vuelve íntima y afilada conforme continúa una melodía que, de repente, se ve perturbada por una eléctrica sin aparente sentido, que está ahí sin ningún motivo y que tampoco lo necesita para cortar la línea de la canción. Hace, por tanto, un uso casi literal del ‘divide y vencerás’ (“I divide and conquer”), como repite Calvi.

Tormentas, estallidos, creaciones

Aunque en un principio la británica parece proponer una línea de estilo más arriesgado, tan sólo se queda en algunas canciones a nivel instrumental e, incluso, vocal. No se echan en falta murmullos ni agonías, pero sí el toque oscuro y la diversidad de “One Breath” o, incluso, de su disco homónimo de 2011, donde parecía conjugar diferentes propuestas tan opuestas entre sí que encajaban con gracia.

Para “Chain”, Calvi decide comenzar sin ninguna base instrumental a modo de relato. Un encuentro sexual en la parte trasera de un coche en el que la oscuridad impide reconocer las formas de los cuerpos (“I’ll be the boy you be the girl I’ll be the girl you be the boy”). Esta vez incluye la reverberación como punto característico del tema, que en ocasiones puede incluso sonar a himno. Ya hacia el final de “Wish” puede degustarse una guitarra más propia del indie-rock británico, más convencional que en cortes anteriores. Una línea que se mantiene remitiéndose a la misma estructura e incluso a la misma letra.

El carácter sensorial del grueso del disco no hace sino potenciar la fuerza de la sencillez de sus dos últimas tomas, que se reciben con la misma sensación que la brisa de verano a última hora de la tarde. Es el momento de reflexión y sosiego. Sólo con guitarra y voz arranca la penúltima pista. De mayor solemnidad y quietud, “Away” sirve de pausa y refuerza la idea de un trabajo en el que hay espacio para todo, a pesar de que sus letras insinuantes sean su marcada seña de identidad. No le sigue muy de lejos “Eden”, más optimista y algo menos sensual. Con ella y unas cuerdas que rodean la parte final, se cierra un elepé en el que parece dibujarse un camino hacia el placer y el clímax.

Anna Calvi – Hunter

7.8

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Aunque en un principio la británica parece proponer una línea de estilo más arriesgado, tan sólo se queda en algunas canciones a nivel instrumental e, incluso, vocal. No se echan en falta murmullos ni agonías, pero sí el toque oscuro y la diversidad de “One Breath” o, incluso, de su disco homónimo de 2011, donde parecía conjugar diferentes propuestas tan opuestas entre sí que encajaban con gracia. Todo ello no impide que la escucha de “Hunter” sea deliciosa y explosiva.

Up

  • Calvi acierta rodeándose de músicos procedentes de diversos estilos musicales y con trayectorias reconocidas, como es el caso de Adrian Utley de Portishead o Martyn P. Casey de la banda de Nick Cave (The Bad Seeds).
  • Algunas de las canciones representan su mensaje feminista de manera casi sensorial, como es el caso de “Indies or Paradise”.
  • Es de las pocas mujeres que tienen espacio en el rock y por discos como éste se entiende el por qué.

Down

  •  El estilo de la británica es tan difícil de describir por su poder sobre el escenario que se echa de menos algún solo de los que concede en directo.
  • Su agresividad es prácticamente nula en algunas piezas y se espera más garra tras una presentación en la que se ha ha hecho uso de la rabia como forma de deshacerse de los clichés.