Si hay un tipo al que le perdonaríamos hasta una pena de prisión en El Quinto Beatle ese es Ty Garrett Segall. Poco podemos decir ya del rubio sin que empiece a parecer que estamos a sueldo suyo. No lo podemos evitar: disco que saca, disco que escuchamos hasta la saciedad y tratamos por todos los medios, legítimos y no tanto, de difundir a los cuatro vientos. Y, sin embargo, llega el enésimo disco de su carrera y uno va ya tan confiado, tan seguro de que lo que va a oír le va a dejar exultante una vez más, que, de repente, se pega contra una pared de ladrillo. ¿Qué demonios ha pasado?

El peor Ty sigue mereciendo la pena

“Joy” se queda en un descafeinado término medio entre el garage de “Hair” pasado por el colador saturadísimo y distorsionado de “Emotional Mugger”.

Pongámonos en situación. Segundo disco del año por parte de Segall (“Joy” sucede a “Freedom’s Goblin”), en lo que viene siendo su ritmo habitual (aunque hay que reconocer que con los posteriores de GØGGS y de versiones iguala, si no supera, su propio récord de prolificidad).

En esta ocasión aliándose por segunda vez con Tim Presley, también conocido como White Fence, tras aquel maravilloso “Hair” de 2012. Aquella vez el resultado de la colaboración fue uno de los álbumes más locos de la época dorada del garage psicodélico; una joya a ratos triste, a ratos ácida, siempre brillante.

Fotografía: Jessica Niles

Sin tiempo para lamentarse

Es cierto que no todos sus álbumes han sido musicalmente relevantes. Pero sí que es verdad que, hasta ahora, Ty apenas había dado pasos en falso, y que con cada disco ha avanzado en alguna dirección, nueva o revisitada, pero siempre progresando en su sonido. Parece claro que estamos ante el disco menos bueno, seguramente desde “Lemons”, de tal vez toda la carrera de Ty Segall. ¿Lo bueno? Que con el ritmo de sacar discos de Segall no te da tiempo ni a lamentarte.

Quizá esa sea la primera piedra en el zapato de este segundo capítulo de dicha unión: el altísimo listón dejado por su predecesor. Pero no será la única. Aunque el arranque beatleiano de Beginning y Please Don’t Leave This Town comienzan de forma prometedora, lo cierto es que en Good Boy se le empiezan a ver las costuras a este trabajo. La guitarra española desafinada conductora de la melodía empalma con Hey Joel, Where You Going With That? sin conseguir llamar la atención lo suficiente. Como luego se confirmará en Tommy’s Place, ahí se empieza a percibir un amago de hacer su propio “A Saucerful of Secrets”. Lo cual, por mucho que se le adore a en esta casa, es querer abarcar demasiado incluso para Ty Segall.

Por su parte, los interludios o bien irritan (Rock Flute) o bien se parecen demasiado a las canciones que pretenden separar como para tener mucho sentido (Room Connector,Prettiest Dog”), lastrando de nuevo el disco. Al final todo se reduce a cuántas ganas le quedan a uno de volver a escuchar “Joy” nada más terminar, y me temo que esta vez no son muchas. El disco peca de monocromo, de falto de frescura, pese a que se le pueden rescatar momentos interesantes, como la incisiva Other Way, rozando el estilo de otro proyecto paralelo como es GØGGS, la popera Do Your Hair o el final con buen sabor de boca que deja My Friend.

En conclusión: parece claro que estamos ante el disco menos bueno, seguramente desde “Lemons”, de tal vez toda la carrera de Ty Segall. Es cierto que no todos sus álbumes han sido musicalmente relevantes. Pero sí que es verdad que, hasta ahora, Ty apenas había dado pasos en falso, y que con cada disco ha avanzado en alguna dirección, nueva o revisitada, pero siempre progresando en su sonido. En este caso en cambio se queda en un término medio del garage de “Hair” pasado por el colador saturadísimo y distorsionado de “Emotional Mugger” (2016), pero sin llegar a los excesos sonoros de éste, ni la frescura de aquel. Una ligera decepción para los seguidores del rockero californiano. ¿Lo bueno? Que con el ritmo de sacar discos de Segall no te da tiempo ni a lamentarte. Y es que muy en el fondo, allí donde no lo reconoceremos, algunos casi vemos con alivio que no todos sus discos sean imprescindibles.

Ty Segall & White Fence – Joy

5.2

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Ty Segall desempolva su alianza con White Fence (Tim Presley), amante del lo-fi tanto o más que él, para parir un segundo disco conjunto de garage despreocupado y disonante. Por desgracia, el resultado no se acerca ni a la suela de los zapatos de “Hair”.

Up

  • Prueba definitiva de que jamás sentará mal un álbum del rubio de Laguna Beach.
  • Siempre es un placer revisitar a otro puntal de la escena como Tim Presley.

Down

  • Si la idea era llevar más allá el concepto loco de “Hair”, no se puede decir que se haya logrado.
  • Las canciones pasan con poco poso y demasiado parecido entre ellas.
  • La cadencia de producción de Ty juega en contra de todo lo que no destaque en su discografía.