La primera vez que escuché a Pixies tenía diecisiete años. No recuerdo el momento exacto, lo único que sé es que era de madrugada y estaba lo suficientemente borracho como para no recordarlo. “Hey” me la puso un amigo a raíz de una famosa serie inspirada en Friends, que en esa época estaba de moda. Luego, descubrí “Wave of Mutilation” e inmediatamente se convirtió en una de mis canciones preferidas. La primera la escuché en una fiesta, la segunda en mi habitación de aquel entonces, completamente solo y aburrido. Las dos pertenecen al segundo álbum de la banda “Doolittle”, continuación natural de “Surfer Rosa” (1988).

Una playa caribeña, sol, incesto y masoquismo. Así podrían resumirse los recursos temáticos de los que se nutre “Surfer Rosa”. Con canciones de menos de tres minutos, el cuarteto de Boston lleva el sentimiento del absurdo hasta sus máximas consecuencias. Tal y como sucede en la escritura y en el resto de disciplinas artísticas, hay un momento en el que la burbuja del hedonismo moderno pincha, y ya no hace falta esgrimir argumentos potentes, experimentar sensaciones profundas, invocar a las musas o defender voluntades de hierro. Adiós a los decadentistas post-Woodstock, a los viajes psicotrópicos y aromas oníricos del rock progresivo, a la rebeldía autodestructiva del punk o a la épica galopante del heavy metal. Llegó la hora de la frialdad nihilista, de lo irracional, de la gélida indiferencia y la suspensión total del orden moral. Llegó la diversión sin fin. Llegó Pixies.

Una vasta influencia sin precedentes

Hay un momento en el que la burbuja del hedonismo moderno pincha, y ya no hace falta esgrimir argumentos potentes, experimentar sensaciones profundas, invocar a las musas o defender voluntades de hierro. Adiós a los decadentistas post-Woodstock, a los viajes psicotrópicos y aromas oníricos del rock progresivo, a la rebeldía autodestructiva del punk o a la épica galopante del heavy metal. Llegó la hora de la frialdad nihilista, de lo irracional, de la gélida indiferencia y la suspensión total del orden moral. Llegó la diversión sin fin. Llegó Pixies.

1998 podría considerarse el año en el que la música alternativa terminó por instaurarse en el imaginario musical de todo buen melómano. Aparte del “Surfer Rosa”, es el año en el que se dan otros dos lanzamientos esenciales para entender la deriva estilística que luego sería el germen de nuevos géneros, como es el grunge, el post-hardcore o el shoegaze. El primero de ellos es la consagración definitiva de Sonic Youth con “Daydream Nation”, epítome de la banda liderada por Kim Gordon y Thurston Moore, situado justo en el punto medio entre los otros dos grandes largos de la banda, “Sister” (1987) y “Goo” (1990). El segundo álbum en cuestión es “Isn’t Anything”, de los irlandeses My Bloody Valentine, embrión salvaje del que tres años después sería uno de los mayores discos de culto de todos los tiempos: “Loveless” (1991) y su punzante ruido forjado en un nudo de efectos que cambió la historia de la música.

Estos dos discos junto con el “Surfer Rosa” abrirán las puertas a lo que más tarde se conocerá como ‘música alternativa’. Nirvana, la que quizás sea la banda más importante de los noventa, no dudó en encontrar como máxima influencia este primer álbum de Pixies, tal y como sostiene el periodista musical Ramón Oriol en su fantástico libro Música Alternativa. Auge y Caída (1990-2014). Fan absoluto de los Pixies, Oriol emprende una travesía por todos los estilos que surgieron de este choque múltiple de contraculturas diversas que emergieron a la vez. Pixies planean por todo este recorrido, como una sombra intermitente que aparece en casi todas las escenas a un lado y a otro del Atlántico, camuflados en distintas bandas y estilos. Tal es así, que la lista de bandas relacionadas con Pixies sería demasiado extensa. Por citar algunos nombres, estarían Fugazi, Unwound, Modest Mouse, Built to Spill, Weezer, PJ Harvey, Kings of Leon o Radiohead. En el ámbito nacional, podríamos citar a Los Planetas o Dover, entre muchos otros.

Fotografía: Press

Haz mi cuerpo añicos

“Surfer Rosa” impresiona por la fuerte cohesión de sus temas. Canciones frescas, espontáneas y cargadas de fórmulas pop. Es un disco excelente para engullir en una tarde soleada de verano, disipada y aburrida, en la que no hay nada que hacer.

La principal razón por la que grupos tan importantes como Nirvana quedaron contagiados por el sonido de este Surfero Rosáceo es la sombra imponente y alargada de uno de los mayores popes de la historia de la música reciente: Steve Albini. Para ser francos: este es el pavo al que se le ocurrió el recurso de aislar instrumentos, principalmente la batería, en el baño para crear la sensación de eco, antes de que todo el mundo se decidiera a hacerlo. Nada más empezar, en Bone Machine”, lo primero que se oye es un redoble seco, primario, básico pero contundente, cargado de energía. Una técnica que posiblemente, junto con la de Lars Ulrich en Metallica, fuera la más influyente para Dave Grohl a la hora de dar a luz a sus inspirados ritmos  en “Nevermind”.

Otra de las peculiaridades de este “Surfer Rosa” que introdujo Albini fue el juego de los volúmenes. Hasta el momento, lo normal en una grabación era que la voz resaltara siempre por encima de la instrumentación. Pero no para Pixies. Esto es algo que se puede percibir en muchos instantes del disco, tanto en los momentos lentos (el desarrollo de “Gigantic”) como en los más locos y catárticos (“Something Against You”, donde se pasa la voz por un amplificador de guitarra para conseguir ‘una viciosa estructura andrajosa’). De igual modo, esto se puede observar en la canción más famosa del disco, archiconocida por llevar al clímax el final de aquella película de David Fincher basada en una novela de Chuck Palahniuk que todos conocemos. Es precisamente en Where Is My Mind en la que se aprecia a la perfección la oscilación de volúmenes y el eco en los coros y baterías. “Con tus pies en el aire y tu cabeza en el suelo”. Así arranca este popular tema, en lo que parece un claro guiño, o lo que hoy en día llamaríamos beef, a los Talking Heads y a su “This Must Be The Place”.

A pesar de ser la canción más conocida del universo Pixies, nunca fue considerada demasiado importante de puertas para dentro, escogiendo “Gigantic” como single principal. Con un toque surf y una de las líneas de bajo más adictivas de la historia, es la única canción cantada íntegramente por Kim Deal. Habla, nada más y nada menos, que del tamaño del miembro de Paul, un amante de raza africana: “Esos dientes tan blancos como la nieve.

La naturaleza de la diversión: incesto y masoquismo

La principal razón por la que grupos tan importantes como Nirvana quedaron contagiados por el sonido de este Surfero Rosáceo es la sombra imponente y alargada de uno de los mayores popes de la historia de la música reciente: Steve Albini. Es a quien se le ocurrió el recurso de aislar instrumentos, principalmente la batería, en el baño para crear la sensación de eco. Y también introdujo el juego de los volúmenes. Hasta el momento, lo normal en una grabación era que la voz resaltara siempre por encima de la instrumentación. Pero no para Pixies.

“Surfer Rosa” impresiona por la fuerte cohesión de sus temas. Canciones frescas, espontáneas y cargadas de fórmulas pop. Es un disco excelente para engullir en una tarde soleada de verano, disipada y aburrida, en la que no hay nada que hacer. Temas como “Cactus” o “Tony’s Theme” se alejan del surf para internarse en el garaje. La primera habla de la soledad y la paranoia, pidiendo constantemente a su supuesto amante que le entregue un vestido manchado con su sudor o su sangre. Fue versionada por David Bowie en 2002 para su largo “Heathen”. Tony, sin embargo, es un superhéroe que monta una bici bajo la lluvia. La estructura de rock and roll es infecciosa y las voces histéricas de Francis son puro veneno. De algún modo, nos retrotrae al grito de psicópata clásico que luego perfeccionaría Kurt Cobain en canciones como “Scentless Apprentice”, incluida en “In Utero” (1993).

Los exabruptos musicales y vocales son otras de las señas de identidad de Pixies, que en “Vamos” se convierten en la esencia misma de la canción. La guitarra acústica marca el compás al que más tarde se une la batería, primero con el bombo y luego con los dos platos. “Vamos a jugar por la playa”, repite Francis en el estribillo, mientras la guitarra del filipino reparte martillazos. Una habilidad que luego recogerán con soltura las corrientes posteriores de noise y post-hardcore. Aquí, como en la masoquista “Break My Body, la surrealista Oh My Golly!o la violenta “Broken Face” se demuestra una vez más la frescura del conjunto y la facilidad de elaborar una propuesta vanguardista con los más mínimos recursos técnicos e instrumentales. Quizás sea ahí donde resida la clave de su éxito inmediato y su notoria influencia en el devenir estilístico de la década posterior.

Una de las obras más influyentes para las posteriores bandas de rock alternativo

La clave del éxito inmediato de “Surfer Rosa y su notoria influencia en el devenir estilístico de la década posterior quizás resida en la frescura del conjunto y la facilidad de Pixies para elaborar una propuesta vanguardista con los mínimos recursos técnicos e instrumentales.

Tal es la frescura y la espontaneidad de su propuesta que se permiten el lujo de cometer errores gramaticales. “Estaba pensando sobreviviendo con mi sister en New Jersey”, enuncia Francis, cuando en realidad lo que quiere decir es “sobre la vida”. La canción evoluciona hacia un nivel de crueldad literaria sin igual. Esta es la mayor libertad de Pixies, jugar con los significados de las canciones hasta que o bien pierden el sentido o resultan molestas por su cruda violencia. En este caso, “Vamos” narra la historia de un plan de fuga en el que el protagonista se larga con su hermana para irse a vivir juntos a la costa, follar, tener hijos y mantenerlos “bien educados”, para más tarde “ahorcarlos”, aunque no se sabe muy bien si ese “they will be all well hung”, se refiere al acto de matarles o de drogarles. “Tu papá es rico y tu mamá es una cosa buena, bien rica, bien chévere”.

Esta frivolidad extrema contrasta con el tono infantil. El objetivo es claro: incordiar y molestar a toda costa con temas tabú que la sociedad rechaza. Esto también sucede en “I’m Amazed”, en el que se emite el extracto de una conversación entre Francis y Deal sobre practicar sexo en la etapa escolar. Pero el argumento se rompe con dos versos muy breves pasados de rosca por su cinismo gore: “The day before that I was wed / She went upstairs and she shot her head”. Más allá de la intención de bucear en lo políticamente incorrecto, parece extenderse una crítica o sátira a todas aquellas canciones de bandas y artistas demasiado melodramáticas, como por ejemplo, el propio Lou Reed en su álbum “Berlin” (1973).

En “Brick Is Red” las guitarras se vuelven estridentes mientras navegan por una alfombra de surf ácido acolchado en una acústica. Sin significado, como la mayoría, marca un final sencillo y perfecto a este viaje en el que ya hemos perdido todo atisbo de cordura. Pero mi favorita particular, y la única que no ha sido nombrada todavía, es “River Euphrates”, un tema de apenas dos minutos y medio para escuchar a todo volumen hasta que los coros de Deal se te instalen en el cerebro. Para entonces, habrás caído en la adicción Pixies, y ya nunca podrás salir.

Pixies – Surfer Rosa

9.3

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Letras disparatadas, ritmos infecciosos, exabruptos tanto musicales como vocales y, sobre todo, diversión por los cuatro costados. “Surfer Rosa” es una de las obras más influyentes en las bandas de rock alternativo que vinieron después. Pixies inauguraron un nuevo estilo asentado en tierra de nadie que después de varias décadas sigue sonando tan rompedor o más que en su fecha de lanzamiento.

Up

  • Uno de los álbumes más influyentes de la historia de la música alternativa.
  • La frescura, cohesión y espontaneidad de sus temas. Un disco para escuchar de principio a fin y repetidas veces sin la menor sensación de cansancio. No envejece.
  • Temas legendarios de la historia de la música como “Where Is My Mind”, “Gigantic”, “Bone Machine” o “Vamos”.