Hace algo más de dos años, una jovencísima australiana se encerró en un cuarto con una Jazzmaster, unas cuantas baterías electrónicas, pedales de efectos y loopers para grabar, en una sola toma, un tema llamado “Jungle”. En aquella especie de jam session solitaria de casi ocho minutos compartían espacio una cuidadosa y compleja preparación con una improvisación electrizante; se mezclaban tanto en la voz como en la base aires de reggae, soul y hip-hop, y cada nueva sección del emotivo solo de guitarra mezclaba sus efectos y técnicas de un modo distinto al anterior. En cuestión de días, la jam que aquella completa desconocida subió a su canal de YouTube superó el millón de visitas; hoy, “Jungle” ha sido reproducida más de veinticinco millones de veces, y el nombre de Tash Sultana se ha reproducido de boca en boca, impulsado por el carácter casi legendario de su peculiar forma de hacer música.

Llegados a este punto, la historia de la guitarrista de Melbourne es vox populi: alrededor de los diecisiete años (ahora tiene veintitrés) Tash Sultana cayó en una psicosis derivada de su consumo de drogas, pasó por una larga terapia de recuperación e, incapaz de encontrar un trabajo estable, empezó a ganarse la vida y un cierto renombre como artista callejera a partir de 2013. Comenzó su andadura de pequeños conciertos en locales de Melbourne, haciéndose conocida en los círculos de música independiente de la ciudad, y en 2016, con la viralización de “Jungle”, Sultana llamó la atención de la radio Triple J. Todo este crecimiento cristalizó con el lanzamiento de “Notion”, su primer EP, cuyo rotundo éxito la catapultó a escenarios de todo el mundo durante dos giras que la han convertido en algo más que una artista de culto. Ahora, en 2018, y tras algunos retrasos por motivos de salud que no han hecho sino alimentar el hype del público internacional, Tash Sultana da el paso a la larga duración con “Flow State”, dispuesta a trascender aquel primer éxito viral.

La mezcla de géneros y técnicas en la música de una nueva ‘guitar heroine’

Su estilo se ha vuelto verdaderamente inclasificable, lo cual es también producto de su espectacular rango instrumental: percusiones analógicas y electrónicas, teclados, trompetas, saxofones, arpas, mandolinas y, cómo no, guitarras; Sultana es la única intérprete de todos los instrumentos que suenan en su estudio y en el directo.

Con los sucesivos lanzamientos y adelantos, el estilo de Tash Sultana se ha alejado mucho de aquella suerte de neo-reggae y se ha vuelto verdaderamente inclasificable, lo cual es también producto de su espectacular rango instrumental: percusiones analógicas y electrónicas, teclados, trompetas, saxofones, arpas, mandolinas y, cómo no, guitarras; Sultana es la única intérprete de todos y cada uno de los instrumentos que suenan en su estudio y que se lleva a sus conciertos, y no parece ponerse barreras a la hora de utilizar unos u otros en función del tipo de música que convencionalmente hacen. Lo mismo simula cuerda frotada o usa sintetizadores para músicas étnicas que mete solos a lo Jimi Hendrix en un tema soul. No hay fronteras entre las regiones del imaginario musical de Tash Sultana, sino que todos esos colores bañan una única paleta de la que ella se sirve indistintamente con tal de sacar de su cabeza el sentimiento deseado.

Esta sorprendente capacidad para la improvisación y la organización que la artista demuestra en cada espectáculo, algo que a menudo sería calificada de ‘virtuosismo’, no busca la mera exhibición; cada uno de los elementos que entran en juego en los temas de Sultana (que nacen, según su testimonio, movidos por una ética autoimpuesta de trabajo duro) aporta una nueva capa de emotividad a su sonido. Cuando la ves perder la cabeza en un solo desenfrenado, su expresión acompaña ese derroche de energía, demuestra cuánta emoción hay detrás de cada nota, y sabes que todo eso es verdad cuando ves el modo en que esa energía se contagia a su público. Hay algo de irrefrenable en ese ir y venir de un sonido a otro, de interpretar capas y capas de sonidos que por sí solos tienen contundencia y luego ver que se estaba preparando un clímax en el que todo suena a la vez y adquiere un nuevo sentido, pero la pregunta que cabría hacerse es: ¿cómo se traslada este tipo de espectáculo a un álbum de estudio?

Fotografía: Press

“Flow State”: donde todo converge

Es más que comprensible que “Flow State” provoque ciertas reticencias de un primer vistazo: un trabajo experimental-psicodélico de una hora de duración con catorce canciones puede no parecer lo más escuchable del mundo, pero cuando uno se deja llevar por su oleaje se da cuenta de que es muy fácil dejarse atrapar por él.

De acuerdo con las palabras de Sultana, “flow state” (algo así como “estado fluido”) hace referencia a un proceso creativo tan intenso que la persona se vuelve una con su propio arte, en el que desbloquea los secretos de la mente y descubre la verdadera pasión de sí misma. Puede entenderse que todo este elepé es una descripción de ese proceso, en el que entramos en la mente de Tash Sultana para intentar entender cómo hacerlo en la nuestra propia, o quizás sea la forma de la artista de decir que su personalidad y su arte son inseparables, que cuando necesita una guía se sumerge en sí misma para reencontrarse, tal y como dice la breve “Seed (Intro)”. Sultana empieza a introducirnos en las atmósferas calmadas y apacibles que desarrolla con más profundidad y complejidad en “Big Smoke”, que amplía la línea melódica de la intro acompañándola de percusión y otros arreglos, pero hacia la mitad el tema cambia para dar protagonismo a los tonos bajos hasta que el primer solo espectacular rompe el silencio.

Cigarettes” es la primera canción verdaderamente contundente, que con esos aires luminosos y seductores de soul y R&B genera una sensación familiar y atrapa el oído con más facilidad. La letra, siempre sincera y clara, gana más espacio y soltura, y todo fluye con suavidad y buen rollo, para sorprender de repente con unos acelerados acordes funky y un nuevo y emotivo solo de guitarra hasta el cierre. “Murder to the Mind” oscurece el tono con un riff de teclado que sirve de eje a todo lo demás. Sultana nos abre la puerta a esa oscura etapa de su pasado a través de sus letras, pero con un deje onírico y misterioso más que autocomplaciente. Parte de esta atmósfera se transfiere a “Seven”, primer corte instrumental del álbum y uno de los más destacables. Apartando por completo la guitarra, Sultana se sirve de un par de teclados para crear una poderosa pieza ambiental new age con reminiscencias étnicas, en la que demuestra un hábil manejo de los arreglos de cuerda y piano, e incluso introduce brevemente un arpa para ahondar en el toque místico.

Emocional, sincero, energético y sorprendente, pero excesivo en áreas clave

La de Melbourne no parece ponerse barreras a la hora de utilizar instrumentos en función del tipo de música que convencionalmente hacen. Lo mismo simula cuerda frotada o usa sintetizadores para músicas étnicas que mete solos a lo Jimi Hendrix en un tema soul. No hay fronteras entre las regiones del imaginario musical de Tash Sultana, sino que todos esos colores bañan una única paleta de la que ella se sirve indistintamente con tal de sacar de su cabeza el sentimiento deseado.

De regreso al terreno del soul y el soft-jazz, pero manteniendo los teclados en un papel importante, encontramos “Salvation”, otro contundente y sincero tema en el que Sultana se reivindica como la persona más importante en su desarrollo y evolución (“I don’t need your loving for my salvation / I found myself between the dirt and desperation / I don’t need you for my own validation”). Resulta interesante cómo la línea melódica de muchas de estas canciones enlaza de forma natural con las anteriores para hacer la progresión más suave. No obstante, llegados al ecuador de este largo trabajo, Sultana vuelve a tomar la guitarra en la emotiva “Pink Moon”, una intensa balada desnuda de cualquier acompañamiento o arreglo durante cinco de los casi siete minutos que dura. Podemos fijarnos aquí en la dulzura y brillantez que puede alcanzar la voz de Sultana, en la amplitud de su registro y la energía de sus lances, que desembocan en el potentísimo crescendo final. Sorprende ahora (quizás demasiado, por su brusquedad) el contraste entre esta sección y la sencillez de la guitarra acústica de “Yellow Marmalade”, una sencilla, dulce y cálida canción en la que, de un modo similar al tema previo, un breve solo es la única capa añadida a lo que, por lo demás, podría ser casi una grabación casera. Más coherente hubiera sido poner en su lugar “Harvest Love”, que parece tener mayor continuidad con “Pink Moon”, aunque quizás lo haga en el mal sentido: dos canciones lentas juntas pero con la suficiente energía pueden sentar bien, pero tres y tan largas son multitud. Y su rollito relajante tiene mucho valor, pero entraría mejor si estos temas estuvieran en otro orden y no compartieran esa estructura de introducción pausada y cierre creciente en intensidad.

Pero nada de dormirse, que “Mystik” aparece para volver a ponernos las pilas con una nueva y atractiva mezcla de reggae, funk, soul y todo lo que caiga entre medias. Mola porque parece que a estas alturas del disco no puede meter nada nuevo, pero justo entonces la trompeta nos toma con la guardia baja y se mezcla con la electrónica discotequera y las siempre presentes guitarras con toda naturalidad. Entrando en la tríada final del álbum, “Free Mind” vuelve a acercarse a ese neo-soul luminoso y vagamente dosmilero. Sus buenas vibraciones, junto con una duración más razonable (la mayoría de canciones de este disco rondan los cinco minutos largos), hacen que sea muy fácil y agradable de escuchar, lo que se agradece viendo lo que se avecina.

Un lugar donde curarnos el alma

Este no es, dejémoslo claro, un disco plagado de canciones memorables, pero la sensación general, la peculiaridad de la atmósfera y el estilo de Tash Sultana permanecen en el recuerdo sin dificultades. Y siempre da gusto volver a él para intentar encontrar ese espacio de nuestra mente que nos pertenece por completo, donde nos comprendemos y podemos apasionarnos.

Conviene prepararse: con más de nueve minutos y medio de duración por delante, Tash Sultana abraza su guitarra acústica de doce cuerdas para sumergirnos en las atmósferas desérticas de “Blackbird”, posiblemente el tema más arduo y más impresionante de todo el disco. La mezcla de técnicas es bestial: rasgueos que casi parecen percusiones como si fuera una guitarra de flamenco, punteos velocísimos, tapping a dos manos y arpegios misteriosos se confunden en recuerdos orientales y letras breves y místicas. Sultana curva el tempo de la canción a su antojo, acelera y frena a voluntad, la transforma y divide en secciones diferenciadas sobre la marcha, se retrotrae a minutos atrás y regresa sin solución de continuidad. Esta artista tiene la fuerza de una tormenta, y si alguien piensa que no es una de las mejores guitarristas de su generación, que tenga el valor de enfrentarse a esto. Sólo un breve (y quizás… ¿prescindible?) “Outro” instrumental, a modo de epílogo, separa esta pieza de servir como broche final al álbum.

Es más que comprensible que “Flow State” provoque ciertas reticencias de un primer vistazo: un trabajo experimental-psicodélico de una hora de duración con catorce canciones puede no parecer lo más escuchable del mundo, pero cuando uno se deja llevar por su oleaje se da cuenta de que es muy fácil dejarse atrapar por él. Sus fases más familiares resultan agradables y reconfortantes, pero sus audacias (y me atrevería a añadir ‘temeridades’) no dejan indiferente, y provocan una gran curiosidad si se han escuchado las primeras. Este no es, dejémoslo claro, un disco plagado de canciones memorables, pero la sensación general, la peculiaridad de la atmósfera y el estilo de Tash Sultana permanecen en el recuerdo sin dificultades. Y siempre da gusto volver a él para intentar encontrar ese espacio de nuestra mente que nos pertenece por completo, donde nos comprendemos y podemos apasionarnos y, con algo de suerte, podamos curarnos el alma un rato. Vale la pena intentarlo.

Tash Sultana – Flow State

7.2

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“Flow State”, el salto de la música callejera al formato de larga duración por parte de Tash Sultana, es un trabajo emocional, sincero, energético y sorprendente, pero peca de exceso en áreas clave. Su duración y densidad en un estilo ecléctico como el suyo pueden lastrar la escucha de un elepé con temas muy disfrutables y grandes sorpresas en las que Sultana apabulla con su nivel técnico. Recomendado si se pone un poco de esfuerzo.

Up

  • El disco está dotado de una atmósfera cautivadora y uniforme, pero se permite muchas variaciones y texturas merced a la amplísima paleta de Sultana.
  • Que la artista sea la única intérprete de todo el trabajo es, cuando menos, digno de elogio y reconocimiento.
  • Sabe coordinar con habilidad los momentos más cómodos, familiares y reconocibles con los experimentos más arriesgados.
  • “Cigarettes”, “Murder to the Mind”, “Seven”, “Free Mind”… Hay muchos y agradables temas a los que volver aunque solo sea para ponerlos de fondo.
  • “Blackbird” es un argumento en sí misma.

Down

  • La duración del disco y el número de temas pueden echar para atrás y está completamente justificado.
  • Las etiquetas de ‘artista DIY’ y ‘fenómeno viral’ pueden distraer de los méritos que tiene este trabajo.
  • Muchas de las composiciones más lentas están juntas y provoca que la escucha se haga pesada.
  • “Blackbird” dura nueve minutazos, sí, pero sigue siendo un argumento positivo en sí misma.